Twisted hate

Twisted hate


Página 63 de 68

 

Un mes después

Jules

—Ábrelo.

—No.

—Jules. —Josh me puso las manos en los hombros—. Aparezca lo que aparezca en esta pantalla, estarás bien. Me tienes aquí. La intriga es más dolorosa que cualquier resultado.

—Para ti es fácil decirlo. —Desvié rápidamente los ojos a mi ordenador y la página de acceso a los resultados de mi examen de abogacía me devolvió la mirada—. En tu caso, el resto de tus días no está determinado por una mísera nota.

Había esperado muchísimo tiempo; sin embargo, ahora que ya habían publicado los resultados, quería lanzar el ordenador a la otra punta de la habitación y hacer como si no hubieran salido las notas. A veces era mejor vivir en la ignorancia.

Al acordarme de todas las adversidades del momento, se me encogió el estómago. Había hecho el examen justo después de romper con Josh y herida porque el psicópata de mi ex me había empujado por unas escaleras.

Las probabilidades de aprobar no eran demasiado altas.

—Esto no determinará el resto de tus días. —La calmada voz de Josh consiguió relajarme un poco—. Si no has aprobado, seguirás intentándolo hasta que apruebes. Y algún día serás una superabogada, Pelirroja. Confía en ti. Además... —Me besó la frente—. Es mejor mirarlo y quitártelo de encima que dejar que la incertidumbre te carcoma por dentro.

—Ya. Tienes razón. —Cogí una profunda bocanada de aire.

No pasaba nada. Estaría bien. Si no había aprobado el examen, tampoco sería el fin del mundo.

A ver, sería el fin de mi mundo, pero no sería el fin del mundo en general.

Fui hacia mi ordenador y puse el nombre de usuario y la contraseña con las manos temblorosas. El desayuno me fue dando vueltas por el estómago y me arrepentí de haber devorado de aquella forma los gofres de arándanos que había preparado Josh.

Cuando el informe de calificaciones empezó a cargarse, cerré los ojos y sentí que el corazón me latía con muchísima fuerza.

«Míralo y quítatelo de encima. No pasará nada.»

Josh seguía detrás de mí y volvió a apoyarme las manos en los hombros. Su acérrima presencia era reconfortante.

Terminé por abrir los ojos y enfocar bien para ver el resultado total, que aparecía al final de la página.

«295.»

Tardé un poco en procesar la cifra, pero luego chillé bien alto.

—¡He aprobado! —Salté y me di con la rodilla en la mesa, pero ni siquiera noté el dolor. Me giré y abracé a Josh por el cuello con una sonrisa tan amplia que incluso me dolían las mejillas—. ¡He aprobado, he aprobado, he a-pro-ba-do!

Josh rio y me hizo girar.

—¿Qué te dije? Felicidades, Pelirroja. —Sonaba realmente orgulloso—. Ahora ya puedes mantenerme con tu pedazo de sueldo de abogada mientras yo sigo dejándome la piel en la residencia para ir ascendiendo poco a poco.

Empezaría a trabajar en Silver & Klein en una semana. En parte, me daba pena dejar el Centro, pero esperaba encontrar alguna forma de poder seguir trabajando con el CAML. Lisa me había comentado que estaban interesados en colaborar con algún bufete de abogados especializado en derecho de sociedades para ampliar los servicios del Centro, y mi intención era proponer dicha colaboración a Silver & Klein cuando ya estuviera afincada en mi nuevo puesto de trabajo.

Mientras tanto, Josh ya había empezado su cuarto y último año de residencia. Cuando terminara, haría los exámenes finales y se convertiría en médico con todas las de la ley.

Estábamos perfectamente encaminados para conseguir la carrera profesional que siempre habíamos soñado, pero la verdad es que lo que más feliz me hacía era saber que tenía a Josh a mi lado mientras recorría ese camino. Así cada logro sabía mejor y cada fracaso, un poco menos amargo.

—Ya sabía yo que eras un cazafortunas. —Ya había pagado sus préstamos universitarios, y todavía le quedaba dinero de sobra para vivir cómodamente durante unas cuantas décadas, todo gracias a la venta del cuadro, pero lo vacilé de todos modos—. Solo me quieres por el dinero. Me acabas de dejar muerta. Helada. Escandalizada...

Josh me acalló con un beso.

—Tú tranquila. —Bajó la voz y me fue recorriendo el muslo con la palma de la mano—. Puedo pagarte en especies.

Se me aceleró el corazón y, cuando llegó a la hendidura de mi entrepierna, contuve un gemido. Ya estaba empapadísima, cosa que me confirmó la alegre mirada de Josh. Cuando la cosa iba de sexo, él siempre se las daba de erudito.

Y detestaba que me encantara tanto.

—No te creo —exhalé—. Primero tendrás que demostrármelo.

—Te veo muy negociadora. —Me apartó las braguitas hacia un lado y me acarició el clítoris con el pulgar—. ¿Y qué tipo de demostración quieres? ¿Que te folle hasta que hayas olvidado cómo te llamas? ¿Que te coma ese dulce y pequeño coño hasta que te corras en toda mi cara? ¿O quizás —me metió un dedo y lo encorvó hasta dar en un punto que hizo que me temblara todo el cuerpo— prefieres que llene cada uno de tus agujeros como la buena putita que eres?

Se me escapó un gemido al imaginarme lo que me acaba de decir. Mis juguetes sexuales ya nos habían acompañado en otras ocasiones, y la última vez que me los había puesto mientras él me follaba la boca...

Un escalofrío de placer me atravesó el cuerpo.

—¿Qué quieres, Pelirroja? —Josh me metió otro dedo—. Dímelo.

—Eh... —Tuve dificultades para formular una respuesta coherente, pero es que estaba demasiado distraída con el lento movimiento de sus dedos entrando y saliendo de mí.

Sentí que se me iba formando un charco lleno de electricidad en la entrepierna.

—Tsss, deberías mejorar tus habilidades verbales. Pero, como hoy me siento generoso y tenemos que celebrar que has aprobado el examen de abogacía, te haré una demostración de prueba de las tres...

Josh tenía razón con lo de mis habilidades verbales porque, cuando hubo acabado sus demostraciones al cabo de tres horas, no me notaba el cuerpo e incluso me costaba recordar cómo me llamaba.

—Mmph. —El sueño se apoderó de mí y se me fueron cerrando los párpados. Habíamos ido del salón a su cama, y yo solo quería hundirme entre sus cojines y no moverme nunca de allí—. Buena prueba.

La dulce risa de Josh me acarició la piel mientras él me daba un beso en el hombro.

—¿Qué te parecería una demostración entera, no solo una prueba? —Me acarició la curva del culo y las mariposas que dormían en mi estómago volvieron a alzar el vuelo.

—Para —me quejé medio aterrorizada, medio excitada—. Como tenga otro orgasmo, me voy a morir.

Las probabilidades de que mañana andara con naturalidad ya eran prácticamente nulas.

—Vale, vale. Te concederé una prórroga. —Josh volvió a reír antes de girarse para coger el móvil—. De hecho, te he comprado un regalo porque sabía que aprobarías el examen. —Se le marcó más el hoyuelo—. Bueno, nos he comprado un regalo

Mi curiosidad le ganó el pulso a la somnolencia y me desperté de golpe.

—¿Un juguete? ¿Lencería? ¿El Kamasutra?

—No, Pelirroja. —Me dio un golpecito en la nariz con un dedo y le brillaron los ojos, extremadamente divertido—. Quítate esas guarradas de la cabeza.

Hice una mueca mientras él buscaba algo en el teléfono.

—Mira quién fue a hablar, el que vive pensando en esas guarradas constantemente.

Josh me dio un cachetazo en el culo con delicadeza y me pasó el aparato.

—Vigila o la prórroga durará más de lo que creías.

Pasé del cosquilleo que me causaron sus palabras y miré atentamente el documento que había en la pantalla. Parecía... ¿un billete de avión?

Cuando por fin conseguí leer aquellas diminutas letras, ahogué un grito.

—¿Nueva Zelanda? ¡¿Nos vamos a Nueva Zelanda?!

—A principios del próximo año, cuando yo vuelva a tener vacaciones. Aunque he comprado billetes flexibles para que podamos cambiar las fechas en caso de que no puedas pedir una semana de fiesta en tu nuevo trabajo. —La sonrisa de Josh casi me deslumbró—. ¿Te hace ilusión?

—¿Estás de coña? ¡Es Nueva Zelanda! —Me dio un vuelco el estómago al imaginarme montañas nevadas y aguas de un color azul cristalino. Además de Estados Unidos, solo había estado en Eldorra, Canadá, México y algunas islas del Caribe. Nueva Zelanda era uno de los sitios a los que quería ir antes de morir—. Y, si no hubiera aprobado, ¿qué? —le pregunté mientras volvía a mirar los billetes para asegurarme de que no estaba soñando.

No, no era un sueño. Los billetes eran reales, tenían fecha y destino, y uno estaba a mi nombre. Era todo real.

Josh se encogió de hombros.

—Pues te los habría dado para animarte.

Me emocioné y sentí un nudo en el pecho y otro en la garganta.

—Josh Chen, a veces eres... —Dejé el móvil a un lado y lo besé. Al carajo el caramelo salado. Nada sabía mejor que él, que sabía a menta y a sexo—. Soportable.

—¿Soportable? —Arqueó una ceja—. Qué mal. Se supone que tengo que ser insufrible, y tú... —Enredó las manos en mi pelo y tiró de él con suavidad—. Tú se supone que tienes que odiarme.

Le clavé las uñas en el muslo hasta que oí cómo cogía aire entre dientes.

—Si yo te odio.

Una sonrisa se le fue dibujando en los labios lentamente.

—Demuéstramelo.

Le clavé todavía más las uñas en la piel, fui bajándole las manos por el pecho y me senté a horcajadas encima de él. Le agarré el pelo con fuerza; Josh volvió a azotarme y yo hice una mueca; esta vez me había dado con tanta fuerza que el golpe retumbó por todo mi cuerpo.

Los fluidos me resbalaron por los muslos y gemí. Ni rastro quedaba ya de mi adormecimiento.

A la mierda el andar con naturalidad. Total, estaba sobrevalorado.

Cuatro meses después

Josh

—Si me muero, te arrastraré hasta el infierno y te atormentaré toda la eternidad. —Jules me agarró por la cintura con un brazo mientras caminábamos arrastrando los pies hasta el borde de la plataforma; estaba más pálida de lo normal.

A nuestras espaldas, el instructor de puenting se aseguró por última vez de que lleváramos los arneses bien atados.

—Si te mueres, yo también me muero, Pelirroja. —Sonreí y le di un beso en la mejilla—. Acabar en el infierno contigo me parece lo más paradisíaco del mundo.

Su tensa expresión se relajó.

—Eso ha sido cursi de cojones, Josh.

—Ya, ¿y? Estoy lo suficientemente bueno como para poder permitirme decir estas cosas. —Miré el río que teníamos debajo—. Además, creo que deberías de ser maja conmigo. No querrás que nuestras últimas palabras sean insultos, ¿no?

Era nuestro último día en Nueva Zelanda y estábamos en el puente Kawarau, en Queenstown, para hacer algo de puenting. Jules se había tomado todas las otras actividades con filosofía: paracaidismo, parapente, tirarnos con el Shotover Canyon Swing... Pero nunca la había visto tan nerviosa como ahora.

Empalideció todavía más.

—No digas eso.

—Es broma, es broma. —La abracé fuerte por la cintura—. No nos pasará nada. Confía en mí.

—Eso espero, porque si no te juro que dejaré que Cerbero te arranque los genitales de un mordisco.

Sonreí. Me encantaba cuando se ponía violenta.

—¿Preparados? —preguntó el instructor, que nos estaba agarrando por la parte trasera de los arneses.

Miré a Jules. Esta cogió aire y asintió.

—Sí —respondí.

El corazón me latió con fuerza al pensar en esta actividad.

El instructor nos empujó con cuidado y...

Saltamos. Rápido y con fuerza. Oímos cómo silbaba el viento mientras caíamos en picado hacia las aguas turquesas del río Kawarau.

El grito de Jules se mezcló con mi eufórica risa.

Joder, cuánto lo había echado de menos. La energía. La adrenalina. La sensación de estar tan vivo que las chispas que sentía dentro de mí serían capaces de hacer que el mundo ardiera a mi alrededor.

Pero no era solo por el puenting. Era porque estaba viviendo esa experiencia con Jules. Nada ni nadie podía hacerme sentir tan vivo como ella.

Le agarré la boca para darle un beso y distraerla del movimiento de la cuerda. A la mayoría de la gente le asusta sobremanera el momento en el que la cuerda se extiende y se enrosca de nuevo, y Jules ya estaba bastante nerviosa.

Se le tensaron los músculos, pero cuando empecé a besarla con más ímpetu y la agarré por la cintura para que se sintiera protegida, se le relajaron otra vez. Mientras descendíamos, no volvió a gritar.

Me sentí superorgulloso. «Esa es mi chica.»

Al final de nuestra última caída libre nos esperaba una balsa. Los dos miembros del personal nos desabrocharon los arneses y caímos boca arriba en un amortiguador que parecía una especie de colchón.

—Jo-der —resolló Jules después de recobrar el aliento.

Giré la cabeza para mirarla.

—Ya te dije que iba a ser espectacular.

—No sé yo si «espectacular» es la palabra adecuada para definirlo. He visto cómo me pasaba la vida por delante. —Ella también se giró y nos quedamos mirándonos el uno al otro. Tenía las mejillas sonrosadas a causa del viento y el pelo esparcido a su alrededor cual nube rojiza y sedosa. Era tan jodidamente bella que incluso me dolía el pecho al mirarla—. Pero, ya solo por ese beso, ha merecido la pena.

—No tenemos nada que envidiarles a Spiderman y Mary Jane.

—Para nada.

Sonreímos y permanecimos en un cómodo silencio mientras la balsa nos acercaba a la orilla.

Tras una semana llena de actividades, por fin podíamos disfrutar de un momento de paz.

Una parte de mí quería quedarse aquí y explorar Nueva Zelanda con ella para siempre. La otra, en cambio, se moría de ganas de vivir el resto de nuestras vidas juntos, en casa.

Yo estaba terminando mi último año de residencia. Jules estaba progresando en Silver & Klein y ya la habían puesto a trabajar en un caso enorme con un socio sénior. Además, nos habíamos ido a vivir juntos hacía un mes para poder maximizar el tiempo que pudiéramos compartir, dados nuestros ajetreados horarios. Nos habíamos puesto de acuerdo para poder encontrar una casa que quedara entre su oficina y el hospital.

Eso significaba que ahora Stella vivía sola en el Mirage. Había conseguido llegar a un pacto con el propietario para no tener que pagar la parte de alquiler de Jules hasta que finalizara el contrato. Eso alivió un poco a Jules, que se sentía culpable por haber dejado a su amiga en la estacada en su antiguo apartamento, aunque Stella insistía en que no pasaba nada.

Nueva Zelanda era una fantasía; Washington, una realidad. Ambas cosas eran bastante increíbles.

—¿Todavía me odias? —susurré entrelazando mis dedos con los suyos.

A Jules le brilló la mirada, traviesa, y me apretó la mano.

—Siempre.

Sonreí.

—Bien.

Ir a la siguiente página

Report Page