Twisted hate
43. Josh
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Josh
Algo no iba bien.
Mi casa tenía el mismo aspecto que cuando me había ido la noche anterior —las cortinas estaban corridas y las plantas que tenía en el porche estaban bien ordenadas y alineadas contra la pared—, pero aun así sentí que ocurría algo.
Miré a mi alrededor y me puse en alerta. Al no ver a nadie espiando desde detrás de los arbustos ni apuntándome con un fusil de francotirador a través de la ventana de algún vecino, me acerqué al porche con cautela.
En lugar de utilizar la llave que llevaba encima, giré el pomo y la puerta se abrió sin oponer resistencia. Me sorprendí, pero no demasiado.
Confirmaba lo que mi instinto ya había predicho: alguien había entrado en mi puta casa.
Abrí la puerta del todo. El corazón me latía con fuerza más por el cabreo que por el miedo. Dudaba que el ladrón siguiera aquí. La mayoría entraban a robar por la mañana, cuando la gente estaba trabajando. Si habían venido por la noche sería porque me habían estado espiando. Sabían que a veces tenía turno nocturno.
Aquella transgresión hizo que se me erizara la piel. Me dieron arcadas al pensar que alguien me había estado observando y había estado planeando en qué momento entrar a robar en mi casa, pero ahora no tenía tiempo para pensar en eso.
Primero tenía que ver qué me habían robado.
El sentido común me llevó a llamar al 911 y luego mirar si me habían robado algo de mucho valor. La tele seguía ahí, y la PlayStation y el balón firmado por Michael Jordan que me había regalado Ava cuando cumplí veintitrés, también. Era como si no hubieran tocado nada de la casa.
Casi me convencí de que eran todo paranoias mías y de que simplemente me había olvidado de cerrar la puerta al salir... hasta que entré en mi cuarto.
—La madre que los parió.
Me habían saqueado los cajones, me habían tirado la ropa, había botellas rotas esparcidas encima de la cómoda y me fijé en un espacio notoriamente vacío en la pared, donde antes tenía el cuadro expuesto. El ladrón me había destrozado la habitación.
Hazelburg era una de las ciudades más seguras del país, por eso no me había molestado en instalar ningún sistema de seguridad. ¿A qué fuerza cósmica había cabreado como para que me ocurriera esto?
La furia volvió a mí en una turbadora ola mientras seguía haciendo inventario de mis pertenencias. Sorprendentemente, no se habían llevado mi ordenador, pero lo que sí faltaba eran el cuadro, el dinero en efectivo para emergencias, el iPad y un reloj. Nada de demasiado valor, pero jodía igual.
El hecho de que alguien hubiera entrado en mi habitación y hubiese hurgado entre mis cosas sin permiso hizo que se me acelerara el pulso.
Necesitaba beber algo fuerte y pasar un buen rato con un saco de boxeo para calmar la ira, pero antes tenía que esperar a que llegara la poli.
Cuando aparecieron, un agente barrió el cuarto en busca de pruebas mientras otro me tomaba declaración. Después de que enumerara lo que me habían robado, el policía frunció el ceño.
—¿O sea que los ladrones se han llevado cuatro objetos cuyo valor asciende a unos doscientos dólares en total, pero han dejado el portátil? —Sus palabras rebosaban escepticismo.
No lo culpaba. Yo tampoco lo entendía, joder.
—A lo mejor se han asustado por algo y se han ido antes de poder cogerlo. —Era la única explicación que se me ocurría.
—Mmm. —El agente arrugó todavía más la frente—. De acuerdo. Haremos todo lo que podamos para dar con el delincuente y recuperar sus objetos, pero quiero serle sincero: solo se acaba resolviendo el trece por ciento de los casos de robo.
Ya me lo imaginaba, pero en ese momento me dio la impresión de que el policía estaba tirando la toalla antes de empezar.
—Lo entiendo. —Me obligué a sonreír forzadamente—. Toda ayuda sirve. Gracias, agente.
La policía se fue al cabo de poco rato sin ninguna pista y, al marcharse, se llevaron consigo mi esperanza de recuperar lo que me habían robado. En una semana, este robo estaría acumulando polvo en el último puesto de sus casos por resolver.
El día no paraba de ir de mal en peor.
Entré en la cocina y abrí una botella de vodka mientras llamaba a Jules. Ella no podría hacer nada, pero necesitaba hablar con alguien y fue la primera persona que me vino a la mente.
—Hey, ¿qué tal?
Al oír su voz, se me destensaron sutilmente los músculos.
—Alguien ha entrado en mi puta casa a robar. —Llené un vaso de vodka y me lo bebí de un trago. El frío ardor del licor extinguió algunas de las llamas que desprendía mi cólera—. Se han llevado unos cuantos trastos. La policía se acaba de ir y me han dicho que investigarán el caso, pero, a estas alturas, el cabrón que lo ha hecho ya se debe de haber ido del estado.
Jules inhaló sorprendida y lo oí desde el otro lado de la línea.
—Madre mía.
—Sí... —Dejé el vaso, vacío, en el fregadero y puse a Jules en altavoz mientras iba hacia mi cuarto. Ahora que la policía había despejado la zona, tenía que ocuparme de limpiar el desorden que había provocado el ladrón—. Has tenido la suerte de que se han llevado ese cuadro que tanto detestabas. —Intenté destensar el ambiente—. ¿Has contratado a alguien para que me robara, Pelirroja? Porque si tanto querías deshacerte de la pintura, me lo podrías haber pedido y ya. Por ti, la habría tirado.
—Qué gracioso. —Su sonrisa sonó forzada, o quizás me lo pareció a mí a causa de la falta de sueño—. ¿Quieres que vaya?
—Nah. —Quería verla, pero ya tenía suficiente con lo suyo como para tener que aguantar mis mierdas—. Tú acaba de estudiar. Luego me paso, por si necesitas una pausa.
No tenía que fichar para el siguiente turno hasta bien entrada la tarde.
—Vale. —Le noté algo extraño en la voz—. Josh, eh... Siento que te haya pasado eso.
—No importa. A ver, es una putada, pero, poniéndolo en perspectiva, podría haber sido peor. Al menos estoy vivo.
—Ya —respondió en voz baja—. Empiezo las clases de repaso pronto, pero hablamos luego, ¿vale?
—Sip. Te... —Me quedé petrificado al darme cuenta de lo que estaba a punto de decirle—. Quedamos así —respondí sin convicción.
Colgué con el corazón aceleradísimo por el miedo.
¿Qué-cojones?
A lo mejor era por el alcohol, pero casi le había dicho las dos palabras que me había pasado la vida intentando evitar. Unas palabras que jamás creí que fuera a decirle a Jules. Y, sin embargo, en ese momento, me había parecido tan natural que casi se me escapan sin darme cuenta.
No había sido el resultado de una claridad cegadora y repentina igual que ocurría en las pelis. No habíamos compartido un intenso momento de contacto visual tras una conversación profunda ni un beso especial después de una cita mágica.
Había sido el resultado del cúmulo de un millón de pequeños momentos: la forma en la que Jules había intentado distraerme con su propaganda marina mientras veíamos Buscando a Nemo, su silenciosa compasión cuando le hablé de la muerte de mi paciente, su sabor y cómo su cuerpo encajaba con el mío como si fuera la última pieza del puzle de mi vida.
Había pasado de ser la última persona que quería tener cerca a ser la primera a quien recurría cuando necesitaba consuelo o sencillamente hablar con alguien.
Ojalá pudiera decir que no tenía ni idea de cómo había llegado hasta aquí, pero había ido avanzando lenta aunque constantemente hacia este momento desde aquel primer beso. Joder, incluso desde antes de ese día, con lo de Vermont y la tregua del CAML.
Pero había estado demasiado ciego como para darme cuenta de que la dirección de mi GPS había cambiado.
Hacía diez minutos, solo podía pensar en el robo de mi casa. Ahora, en cambio, eso no era más que una señal en mi radar.
Tenía que gestionar un problema de mucha más envergadura.
Es un acuerdo estrictamente físico.
Nada de enamorarse.
Pelirroja, tú te enamorarás de mí antes de que a mí se me pase la idea por la cabeza siquiera.
Los latidos de mi corazón se acentuaron.
—Jo-der.