Twisted hate

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44. Jules

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Jules

Me subió el desayuno por la garganta y tuve que hacer un sobreesfuerzo para tragármelo de nuevo tras terminar la llamada con Josh.

Tenía la sensación de ser más falsa que una copia de la Mona Lisa colgada en el vestíbulo de un motel de mala muerte.

¿Has contratado a alguien para que me robara, Pelirroja? Porque si tanto querías deshacerte de la pintura, me lo podrías haber pedido y ya. Por ti, la habría tirado.

Me pasé la palma de la mano, sudada, por el muslo.

Stella ya se había ido a trabajar, así que me había quedado sola con los gritos de mi conciencia.

«Eres una mentirosa y una persona horrible. Josh tenía razón desde el principio», se burlaba la traicionera voz de mi subconsciente. «Eres lo peor que le haya ocurrido jamás.»

—Cállate.

«Por eso siempre acabas sola. Por eso nadie te quiere. No te mereces...»

—Cá-lla-te.

Me puse a andar de un lado al otro del salón, tratando de ahogar las inseguridades que iban sacando su horripilante cabeza.

No era mala persona. A veces tomaba malas decisiones, pero eso no me convertía en una mala persona. ¿Verdad que no?

Se me adhirió la camisa a la piel del sudor.

—No pasa nada. Tengo un plan. Se lo devolveré todo y me desharé de Max. —Pronunciar esas palabras en voz alta alivió un poco las náuseas que sentía.

No podía permitirme el lujo de autocompadecerme si quería ejecutar el resto del plan, así que me di cinco minutos más para autodespreciarme y luego me enderecé, salí del apartamento, cogí el ascensor y subí al piso de arriba.

Había llegado la hora de iniciar la fase dos.

Mientras Max siguiera teniendo ese vídeo, tendría ventaja. Y yo no era tan ingenua como para creer que se iría por más que lo «compensara». Solo conseguiría quitármelo de encima de una vez por todas si me deshacía del vídeo. No sabía si era posible destruir todas las copias de un archivo digital de forma permanente, pero estaba tan desesperada que, por lo menos, tenía que intentarlo.

La única razón por la cual no lo había hecho antes había sido porque no tenía ni idea de cómo hacerlo y no quería arriesgarme a que me saliera mal y cabrear a Max.

Sin embargo, la otra noche, mientras estaba tumbada en la cama, despierta y con la vista puesta en el techo de mi nuevo y lujoso apartamento, me di cuenta de que había una persona que quizás supiera algo de informática y pudiera ayudarme a poner mi plan en marcha: Christian Harper; es decir, mi arrendador; es decir, el exjefe de Rhys.

Bridget nos había dicho que quien había rastreado a la persona que había filtrado las fotos en las que salían ella y Rhys el año pasado había sido Christian. No era exactamente lo mismo que borrar un vídeo del cual podía haber decenas de copias circulando por el ciberespacio, pero había que intentarlo.

El ascensor emitió un pitido y las puertas se abrieron.

Eché a andar por el pasillo hasta la puerta de Christian, que parecía una fortaleza, y llamé al timbre mientras rezaba por que estuviera en casa. No lo había visto más que un par de veces desde que Stella y yo habíamos firmado el contrato: la primera en la boda de Bridget, a la que asistió gracias a su relación con Rhys, y la segunda cuando me lo crucé en el vestíbulo.

Ayer me pasé por la oficina de Pam y no paré hasta que me hubo confirmado hasta cuándo se quedaría Christian en la ciudad. Ella soltó alguna observación mordaz del estilo «El señor Harper no está interesado en chicas como tú» —énfasis en el —, pero a mí me daba igual que pensara que quería seducir a Christian. A mí Pam me daba igual.

Volví a llamar al timbre. Max se iba este fin de semana. Si Christian no estaba en casa, estaría jodida.

Tenía un plan, pero eso no significaba que el plan fuera bueno. Dependía, en gran medida, de la suerte, y lo único que podía hacer era esperar que los dioses se apiadaran de mí y me echaran un cable.

Incluso había cogido prestado uno de los cristales de manifestación de Stella, por si me ayudaba.

Me quedé mirando la puerta, cerrada. «Venga, venga, venga...»

Cuando ya estaba a punto de aceptar la derrota, la puerta se abrió y aparecieron unos brillantes ojos de color ámbar y unos marcados pómulos.

Solo eran las ocho de la mañana, pero Christian ya iba vestido con un exquisito traje hecho a medida. Entre eso, su pelo perfectamente peinado hacia atrás y esa barba bien rasurada, parecía que llevara horas trabajando y cerrando distintos acuerdos multimillonarios.

—Señorita Ambrose. —Su calmada y suntuosa voz llenó el aire con todo su esplendor—. Un placer volverla a ver. ¿Qué puedo hacer por usted? —Miró detrás de mí, como si esperara que hubiese alguien más.

—Buenos días. Me gustaría pedirle un favor. —Fui directa al grano. Cada segundo contaba y, además, Christian Harper no parecía el tipo de hombre al que le gustara andarse por las ramas.

—Un favor. —Le brillaron los ojos, divertidos, como el whisky iluminado por el resplandor de una hoguera.

—Sí. —Levanté la barbilla para intentar controlar los nervios. Era paradójico que estuviera pidiéndole un favor cuando, precisamente, había sido un favor lo que me había llevado a mi situación actual, pero el universo siempre había tenido un pésimo sentido del humor—. Ayudó a Bridget y Rhys con ese... problema el año pasado y, si pudiera ayudarme con una cosa a mí también, le estaría muy agradecida. Se trata de una cuestión, eh..., digital, y tengo entendido que en estos temas usted es el mejor de los mejores.

Que nos halagaran un poquito nunca hacía daño, ¿no?

—Le estaba devolviendo un favor a Rhys, no haciéndole uno. —Christian no pareció ni inmutarse por mi cumplido—. La pregunta es: ¿por qué debería ayudarla? —Su sonrisa, aunque educada, no hizo más que afilar su ya cortante pregunta.

Titubeé.

—P-porque... ¿es buena persona?

Me había reducido el alquiler mensual a una miseria en comparación con el precio inicial sin ningún tipo de compromiso. Al menos, no que saltara a la vista.

A lo mejor debería haber elaborado un poco más mi plan.

La sonrisa de Christian desapareció.

—Su mayor error, señorita Ambrose, sería dar por sentado que soy buena persona —respondió con un tono de voz suave.

El desasosiego me recorrió la espalda. Aun así, insistí. No tenía otra opción.

—No tiene que ser buena persona para ayudarme. Le devolveré el favor.

Teniendo en cuenta que yo no sabía absolutamente nada sobre Christian Harper, hacer aquella promesa fue un movimiento osado. Podía acabar en la misma situación en la que me encontraba con Max, pero con él. Sin embargo, era amigo de Rhys, y él era leal; eso ya decía algo, ¿no?

—Rhys era mi mejor trabajador, un exmilitar de las Fuerzas de Operaciones Especiales de la Marina y el futuro príncipe consorte de Eldorra —señaló Christian—. ¿Qué puede ofrecerme usted?

—¿Asesoramiento legal profesional?

—Pago a un equipo de abogados por anticipado para que me asesoren.

—¿Un pastel personalizado de Crumble & Bake a modo de agradecimiento?

—Yo no como dulces.

Eso no podía ser. ¿Qué clase de monstruo no comía dulces?

Me mordí el labio inferior mientras intentaba dar con otra alternativa.

—¿Mi gratitud eterna? Lo elogiaré delante de todas mis amigas.

Christian ladeó la cabeza con una mirada pensativa.

Tenía que ser una broma. Lo había dicho en plan coña.

—Un favor suyo a cambio de uno mío —dijo—. Y decidiré cuál más adelante.

El recelo se hizo hueco en mi estómago. Sonaba sospechosamente igual a lo que me había pedido Max, aunque con él la situación era aún más turbia.

—¿Qué clase de favor?

Juro por Dios que como Christian me pidiera que me acostara con él...

—Nada sexual ni ilegal —me garantizó, aunque sus palabras no aliviaron mi preocupación. Tenía una experiencia de mierda con lo primero—. Esa es mi oferta. ¿La toma o la deja?

Aceptar un favor por determinar no era una brillante idea, pero no podía permitirme el lujo de planear algo a largo plazo ante una emergencia inminente. Además, Christian era el director ejecutivo de una respetada organización, no un delincuente como el pedazo de escoria de Max.

«Ojalá no me arrepienta de esto.»

—La tomo.

A Christian se le iluminó la mirada.

Me daba la sensación de que acababa de sellar un pacto con el diablo y no conseguía quitármela de encima. Pero, quisiera el favor que quisiera en el futuro, valdría la pena con tal de disipar la negra nube de mi vídeo sexual de una vez por todas.

¿No?

—Excelente. —Abrió más la puerta—. No tengo ninguna otra reunión hasta las ocho y media. Tiene once minutos.

Lo seguí por el ático y le conté mi situación: lo del vídeo, las amenazantes extorsiones de Max, mis ansias por deshacerme definitivamente de la grabación. Me salté la parte en la que antes yo robaba para conseguir dinero; ni a Christian le hacía falta saber eso ni yo tenía tiempo de entrar en detalles.

—Ya veo. —Parecía que mi dilema incluso le aburriera.

En parte me molestaba que no le diera importancia a la gravedad del asunto, pero en parte tenía la esperanza de que su tranquilidad fuera sinónimo de que había solución.

Christian no volvió a pronunciar ni una palabra hasta que llegamos a su biblioteca privada. Había dos paredes cubiertas con estanterías repletas de libros de arriba abajo y en las demás se esculpían unos recovecos enormes tallados por las ventanas que, a su vez, bañaban la sala de la radiante luz matutina.

En medio de la habitación, había un hombre con un traje que parecía igual de caro que el de Christian. Estaba hablando por teléfono, en italiano, a una velocidad vertiginosa y con una expresión que evidenciaba su enojo; en cuanto nos vio, colgó abruptamente.

—Dante, confío en que todo va bien —dijo Christian, obviando el hecho de que el otro hombre acababa de sonar como si quisiera matar a alguien a plena luz del día.

Dante forzó una breve sonrisa.

—Por supuesto que sí. —Desvió la vista hacia mí y sentí su ávida curiosidad por toda la piel.

Parecía algo mayor que Christian; debería tener unos treinta y pico, quizás, pero eso le sumaba encanto. No era objetivamente atractivo como Christian, pero rezumaba una fuerte masculinidad que haría perder la cabeza a más de una mujer. Su grueso y oscuro pelo y su figura musculada tampoco estaban nada mal.

—No sabía que tuviera compañía —le comenté a Christian. Me parecía un poco temprano como para tener una reunión a esas horas, pero ¿yo qué iba a saber? El director ejecutivo era él.

—Yo ya me iba. —Dante me tendió la mano. Me fijé en unos relucientes gemelos con unas minúsculas uves grabadas que llevaba en las mangas de la camisa—. Dante Russo.

—Jules Ambrose.

Asintió escuetamente y le lanzó una indescifrable mirada a Christian.

—Luego seguimos con la conversación. Se acaba de morir mi abuelo. —Anunció aquella noticia como quien decía que se iba a comprar al súper.

Yo me quedé estupefacta y abrí los ojos como platos, pero Christian ni pestañeó siquiera.

—Claro.

Una vez Dante se hubo marchado, Christian se acercó al ordenador que tenía en una esquina y tecleó algo. Al cabo de un minuto, la impresora escupió una hoja de papel y él me la tendió, junto con un bolígrafo.

Los gemelos resplandecieron al entrar en contacto con la luz y me di cuenta de que tenían gravadas las mismas uves que las que había visto en los gemelos de Dante.

—Fírmelo y yo me ocupo de lo del vídeo.

Leí el texto por encima.

—¿Tiene un contrato para los favores? —pregunté haciendo énfasis en la última palabra. Era un acuerdo tipo en el que se enumeraban las condiciones de nuestro trato pero, en caso de que yo lo incumpliera, me responsabilizaba de pagar... Pestañeé para asegurarme de que lo estaba leyendo bien—. ¡¿Dos MILLONES de dólares?! Esto tiene que ser una broma.

—Yo no hago bromas con los negocios, y cualquier cosa que requiera mi tiempo y mis habilidades la considero un negocio. —Christian señaló el papel con la cabeza—. Como imagino que ya sabrá, señorita Ambrose, los contratos protegen a ambas partes. Si se diera el caso de que yo no pudiera cumplir mi parte del acuerdo, el contrato se anularía. En caso de que lo incumpliera, yo también me haría responsable de pagar dos millones de dólares. Es lo justo.

Sí. El problema era que, para él, pagar dos millones no era nada y para mí era imposible.

—Esas son mis condiciones. Todavía no hemos firmado nada, así que aún puede echarse atrás. —Se encogió de hombros con suma elegancia—. Usted elige.

Acababa haciéndole un favor por determinar o le debería dos millones de dólares...

La incertidumbre me asaltó la cabeza.

¿Cuántas probabilidades había de que me pidiera que hiciera algo realmente terrible? Me había dicho que no se trataría de nada sexual ni ilegal.

Había un cincuenta por ciento de posibilidades de que me arrepintiera de haber aceptado sus condiciones, pero mis ansias por deshacerme de Max eran superiores a todo lo demás.

Garabateé mi firma en la línea pertinente y le devolví el contrato. Christian firmó a continuación.

Hala. Habíamos hecho negocios, oficialmente.

—Es bastante complicado eliminar algo para siempre cuando ya está en el mundo digital, pero no es imposible —anunció Christian.

Para mí.

Oí aquella insinuación en su frase alta y clara.

La congoja que sentía en el estómago se atenuó un poco. No lo conocía demasiado, pero sabía que Christian Harper era jodidamente bueno en lo suyo. No había creado la empresa de seguridad de más alto standing del mundo a base de holgazanear.

—Sin embargo, lo que sí que necesitaré será que me ayude en una parte del plan. Puedo pedirles a mis hombres que se ocupen ellos, pero será mucho más fácil si lo hacemos así. —Christian sonrió—. Lo que tiene que hacer es...

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