Twisted hate
45. Jules
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Jules
Volví al hotel de Max al día siguiente, por la tarde.
Las instrucciones que me había dado Christian eran sencillas, por no decir fáciles, y no tenía sentido alargar lo inevitable.
Solo había dos opciones: o el plan salía bien, o fracasaba.
Llamé a la puerta de la habitación de Max con los nudillos, plenamente consciente del hombre que había escondido en un nicho al final del pasillo. Christian había enviado a uno de sus hombres para que me acompañara. Kage se esperaría donde Max no pudiera verlo hasta que yo hubiese entrado en su cuarto y, a continuación, él vigilaría todo lo que ocurría a través de mi colgante, que escondía una magnífica cámara. Por lo visto, Kage tenía una especie de aparato capaz de desactivar el lector de tarjetas de la puerta por si la cosa con Max se ponía fea.
—Jules. —Max me dedicó una amable sonrisa, pero me miró sospechoso—. No esperaba volver a verte por aquí. ¿Has vuelto a por tu... comisión? —Bajó la mirada hasta mi pecho.
Se me erizó la piel ante su lascivo escrutinio, pero me obligué a seguir actuando medio civilizadamente para poder entrar en su habitación.
—No, pero tengo que contarte algo importante sobre el cuadro. —Paseé la vista por el pasillo, paranoica por si alguien nos oía—. Mejor hablamos dentro.
Max entrecerró los ojos. Por un segundo, temí que fuera a rechazar mi propuesta; sin embargo, al cabo de unos largos y agonizantes segundos, abrió un poco más la puerta para dejarme pasar.
Entré y estudié el cuarto con la mirada, en busca de su ordenador. Si lo había guardado...
Al ver el ordenador abierto en el escritorio, me sentí aliviada. Gracias a Dios. Si no lo veía, Kage hubiera tenido que distraerlo para que yo pudiera buscar el aparato, pero ahora me resultaba mucho más fácil.
—¿Qué querías decirme? —Al ver que yo permanecía en silencio, Max se impacientó.
Me giré para mirarlo mientras caminaba hacia atrás para acercarme al escritorio.
—Creo que el cuadro que te di es falso. —Me metí las manos en el bolsillo de la sudadera con tanta naturalidad como pude.
Cerré los dedos alrededor del diminuto artefacto que me había dado Christian y tosí discretamente para que no se oyera el sutil pitido que sonó al encender el dispositivo.
Era una herramienta de piratería que Christian había desarrollado personalmente. Me había contado cómo funcionaba, pero yo no había pillado la terminología técnica. Lo que sí sabía era que tenía que estar a menos de un metro y medio del aparato que se deseara hackear y que no se podía encender hasta que estuviera a esa distancia; de lo contrario, se conectaría a una red distinta. O algo así.
Confiaba en que Christian supiera lo que hacía, así que seguí sus instrucciones al pie de la letra a pesar de que solo entendía la mitad de lo que me había contado.
—¿El que robaste de la casa de tu novio? No. —Me sobresalté, sorprendida, y Max sonrió—. ¿Pensabas que no sabía que te estabas tirando al médico? Después de haber localizado el cuadro, tuve que hacer un reconocimiento de su casa. Te vi entrando y saliendo de ahí a cualquier hora del día. No hay que ser un genio para imaginar qué estabais haciendo. —Su sonrisa adoptó una forma más desagradable—. La que nace puta, puta muere.
La ira hizo que me subieran los colores.
—¿Eso es lo mejor que se te ha ocurrido? Insultar ya está desfasado, Max. O te buscas otra forma de ofenderme, o ni te molestes en encontrarla; al fin y al cabo, si he venido aquí ha sido para ayudarte.
«Venga, Christian.»
Me dijo que el dispositivo tardaría dos minutos en conectarse al ordenador y que, luego, necesitaría entre cinco y diez minutos más para encontrar el vídeo, todo eso dependiendo de cuántos archivos tuviera Max. Visto con perspectiva, había tenido suerte de que Max me hubiese enviado aquellos pantallazos para tocarme las narices a lo largo de las últimas semanas, porque ahora Christian podría utilizarlos para saber qué buscar. De no haber sido así, el software de Christian tardaría muchísimo más en analizar todos los vídeos.
Habíamos quedado en que me mandaría un mensaje cuando hubiera encontrado y destruido todas las copias existentes. Había personalizado el tono de su contacto para que, en cuanto recibiera el mensaje, supiera que era él sin tener que mirar el móvil.
—¿Para ayudarme? —Max se me quedó mirando con aún más sospecha que antes—. ¿Y por qué ibas a hacer tú eso?
—Porque no quiero que vuelvas luego y me eches la culpa. Quiero que esto —nos señalé a los dos— termine cuanto antes. —Eché una ojeada rápida al reloj. Mierda. No habían pasado ni cinco minutos. Tenía que seguir sacando tema de conversación—. ¿Cómo sabes que el cuadro no es falso?
—Mis amigos me lo han confirmado —dijo secamente—. Además, todo el mundo piensa que es una mierda de cuadro. Nadie haría una copia falsa de eso, Jules. —Se me acercó. Al entrar en contacto con aquella moqueta de papel de fumar azul, sus pasos sonaron pesados.
Me obligué a no soltar un gruñido. Kage seguía esperando fuera, pero estar encerrada en la habitación de un hotel con Max me daba pánico y sentía que el corazón se me iba a salir de sitio.
—Pero ¿qué tiene ese cuadro de especial? Es horroroso. —Debería haberme puesto algo más aparte de la sudadera; se me pegaba a la piel y me estaba sofocando. El calor que sentía en el tronco me fue subiendo hacia la cara y me daba la impresión de que me iba a quemar viva en una especie de incineradora propia.
—El valor y la belleza de algo no siempre van de la mano. —Max me miró de arriba abajo en una evidente insinuación—. Ese cuadro es uno de los pocos que pertenecieron a un famoso coleccionista europeo. En según qué círculos, se pagaría muchísima pasta por él, pero lo vendieron en una liquidación de patrimonio por error y fue pasando de propietario en propietario hasta que lo localicé y vi que lo tenía tu novio, en su casa. Llegar hasta ahí nos costó mucho papeleo y sobornos, pero lo conseguimos. —Le brillaron los ojos mezquinamente divertidos—. Imagínate la ilusión que me hizo descubrir tu vínculo con el propietario actual. Fue como si la suerte me hubiese caído del cielo.
No, si ya. Era como si el pasatiempo de la suerte fuera tocarme los ovarios.
—¿Le contaste algo del cuadro? —se interesó Max—. ¿O le hiciste una mamada de la hostia y te lo dio sin rechistar?
—Al menos él sabe qué hacer con la polla, a diferencia de otros —dije con zaherimiento—. Chupársela no me supone ningún esfuerzo.
Max quería meter el dedo en la llaga de las inseguridades del pasado, pero me negué a dejar que me humillara por disfrutar del sexo, joder.
Los tíos se acostaban con distintas mujeres y los alababan por ser unos casanovas, pero si las mujeres hacíamos lo mismo, nos tachaban de zorras. Era un doble rasero anticuado a más no poder, y yo ya estaba hasta los mismísimos.
Sentí una ola de satisfacción al ver lo rojo que se ponía. Una verdad universal sobre los hombres: no hay nada que les hiera más el ego ni que los cabree más que cuestionar su virilidad.
—Cuidado, Jules. —Las palabras de Max iban acompañadas de una ira helada, pero se le iba cayendo la máscara. Se veía en la forma en que le temblaba el ojo y en cómo le latía una vena en la frente. Bajo toda esa falsa «amabilidad» había un mierdas frágil que estaba a un insulto de explotar.
Tragué saliva para deshacerme de la inquietud que sentía. «No pasa nada. Kage está justo fuera.»
—Solo tengo que darle a un botón. Eso es todo lo que tengo que hacer para que todo el mundo se entere de lo zorra que llegas a ser. Me pregunto qué dirá tu novio cuando vea a otro tío follándote por detrás y corriéndose en tu cara. O qué dirán los de Silver & Klein cuando vean lo que hace una de sus posibles futuras trabajadoras en su tiempo libre. —Ladeó la cabeza y le resplandecieron los ojos con malicia—. A lo mejor lo subo a alguna página porno. Así cobraría. Hoy en día, es complicado conseguir curro después de haber estado en la cárcel. Uno tiene que hacer lo que sea con tal de poder comer.
El aparato de metal se me clavó en las palmas. Sentía que me quedaba sin aire solo con pensar en la posibilidad de que el vídeo acabara en Internet y pudiera verlo todo el mundo; solo con pensar que tíos a los que no conocía de nada se pajearan viendo uno de los peores momentos de mi vida.
No debería haber provocado a Max tan rápidamente. ¿Y si Christian no conseguía borrar el vídeo? ¿Y si se olvidaba de una copia? ¿Y si...?
Sonó la dulce melodía del tono personalizado del móvil de Christian.
Ese mismo que le había puesto para saber que ya había terminado.
Sentí que se me desbocaba el corazón. Ahora que ya había llegado el momento, era incapaz de decir nada. ¿Hasta qué punto podía confiar en que Christian habría hecho lo prometido de verdad? Podría haberse dejado un archivo muy fácilmente. En el ciberespacio, nada desaparecía por completo. Además, ¿y si Max tenía una copia física del vídeo?
Sentí que las paredes a mi alrededor se iban cerrando y me aprisionaban entre un empapelado floral de color amarillo y el olor a moho.
«No puedo respirar, no puedo respirar, nopuedorespirarnopuedorespirarnopuedorespirar...»
La música volvió a sonar otra vez, rompiendo, impaciente, el silencio. Christian debería estar viéndolo todo a través de la cámara y preguntándose por qué no había dicho o hecho nada más.
Cogí aire profundamente.
Había llegado hasta aquí. Ya no había marcha atrás.
—De hecho —dije—, quizás te interesaría mirar el móvil. A ver si sigues teniendo el vídeo. En el ciberespacio, las cosas siempre se acaban perdiendo.
Max se me quedó mirando y unas perlas de sudor me bañaron la frente. Casi podía ver cómo lo estaba encajando todo: mi inesperada visita, cómo había seguido sacando tema para que la conversación no muriera, por qué me había vuelto tan insolente de golpe.
A la que lo pilló, le dio un toque al teléfono y fue mirando la pantalla, cabreado.
Gruñó y yo recuperé el aliento.
Ya estaba. Al menos, ya no tenía el vídeo en el móvil.
Max pasó por mi lado sin decir ni una palabra y fue directo al ordenador. Tecleó frenéticamente; en medio de ese silencio, cada tecla que pulsaba sonaba como un disparo.
Fui hacia la puerta sin quitarle los ojos de encima. Su reacción me lo diría todo: si Christian había destruido todas las copias que poseía Max o si todavía le quedaba alguna en algún rincón.
Cuando por fin levantó la vista, su rostro se transformó en una expresión de ira y a mí me fallaron las rodillas, aliviada.
Después de años preocupándome por el vídeo, por fin había desaparecido.
Ya no había nada que me atara a él.
—¿Qué has hecho? —preguntó entre dientes.
—Apropiarme de lo que me pertenece: el control sobre mi propio cuerpo. —La pesada presión que sentía en mi interior desapareció de forma tan repentina que, de no haber sido porque estaba aterrada de que cualquier movimiento que pudiera hacer fuera a quebrar este delicado sueño, habría salido volando. Aquella presión me había acompañado durante tanto tiempo que ni siquiera me había dado cuenta de su presencia hasta que se hubo disipado—. Y también quiero que me devuelvas el cuadro. No te pertenece, ni a ti ni a tus amigos.
Max se movió tan rápidamente que ni siquiera tuve tiempo de pestañear antes de que me agarrase la muñeca con toda la fuerza del mundo. Sentí un dolor que se me subió por todo el brazo y solté un grito.
—Zorra de mierda... —Solo llegó a decir esa media frase, porque entonces unas manos tatuadas lo apartaron de mí de un tirón y lo tiraron a un lado como si no fuera más que una muñeca de trapo.
Kage.
Había entrado en el cuarto sin que nos diéramos cuenta.
—A la señorita, ni tocarla —gruñó Kage.
Max, que estaba en shock, escupió mientras miraba al otro hombre, un tipo musculado y de casi metro noventa.
—¿Y tú quién coño eres?
Kage se cruzó de brazos. No respondió.
—El cuadro, Max. —Todavía me dolía la muñeca que me había agarrado antes, pero hice como si nada—. ¿Dónde está?
Él apretó la mandíbula, cabreado, pero no fue tan tonto como para poner a prueba hasta qué punto podía ser violento Kage.
—En el armario —espetó—. En la carpeta.
Miré a Kage y este asintió. Él vigiló a Max mientras yo cogía la carpeta del armario y abría la cremallera. El cuadro estaba dentro de aquella tela negra, sano y salvo, y horrible como siempre.
Gracias a Dios.
—Esto no se ha acabado —soltó Max mientras yo me dirigía hacia la puerta. Había intentado controlar su evidente ira, pero en sus ojos brillaban el enfado y el terror. Entendí que a sus «amigos» no les haría demasiada gracia que hubiera perdido el cuadro.
—¿Crees que acabas de resolver todos tus problemas porque te has deshecho del vídeo y has recuperado el cuadro? Porque sigues siendo una zorra y una mentirosa. Y, en algún momento, tu novio lo descubrirá todo y te abandonará, como todo el mundo. Como yo mismo había pensado hacer antes de que te escabulleras en plena noche cual cobarde.
Me detuve en el marco de la puerta. Max estaba intentándolo todo para desestabilizarme. Algunos de sus comentarios no me afectaron; otros, en cambio, rascaron la costra de algunas heridas que aún estaban sanando y volvieron a sangrar.
Me imaginé a Josh descubriéndolo todo y una pátina de sudor me cubrió las palmas de las manos.
—A lo mejor acelero un poquito el proceso y todo. Puedo avisar al señor médico de quién fue exactamente la persona que allanó su casa. Seguro que agradecerá saber la verdad. —El veneno de las palabras de Max se me filtró en las venas.
El gruñido grave de Kage llenó el aire. Dio un paso hacia Max, pero estiré el brazo para frenarlo.
Esta batalla no le tocaba librarla a él.
—¿Sabes qué, Max? Que sí se ha acabado. —Se me resbaló la tira de la carpeta—. Ya no tienes el vídeo. No tienes ninguna prueba de nada de lo que ocurrió en Ohio. Si la tuvieras, ya la habrías utilizado. Y puedes intentar —enfaticé esa palabra— contárselo a Josh, pero me creerá a mí antes que a ti. Ya no puedes chantajearme.
Max empalideció. Apretó los puños y empezó a respirar superficialmente.
Sin su coraza hecha a base de extorsión, parecía más pequeño. Débil, igual que el Mago de Oz al correr la cortina.
En mi estómago brotó una extraña e inesperada semilla de compasión. A pesar de las terribles cosas que Max había hecho, también me había salvado de mi madre después de que esta me echara de casa. Cierto es que me arrastró por un camino del que no me sentía orgullosa, pero, sin él, quizás hubiera acabado siendo una vagabunda.
Si me dieran la oportunidad, no dudaría en cortarle las pelotas, pero Max tenía razón. Estaba en deuda con él. No le debía dinero ni mi cuerpo, pero sí algo de reconocimiento por la historia que compartimos y que me permitiría marcharme de una vez por todas con la conciencia limpia.
—Siento que hayas estado en la cárcel todo este tiempo —dije—. Siete años es mucho, y entiendo que estés enfadado. Pero ahora ya has salido y tienes la oportunidad de empezar de cero. No te sigas aferrando aún más a tu antigua vida. —Tragué saliva con fuerza—. Es fácil quedarse atrapado en las viejas costumbres y en nuestras heridas, pero si sigues persiguiendo algo que ya no existe, nunca serás feliz. Ha llegado el momento de que dejes el pasado atrás. Yo ya lo he hecho.
Me fui y dejé a Max colorado y solo en la habitación del hotel.
Miles de pensamientos me asaltaron la cabeza mientras Kage y yo bajábamos al vestíbulo en ascensor.
Ha llegado el momento de que dejes el pasado atrás. Yo ya lo he hecho.
Pero no lo había hecho. No del todo.
Había pensado en volver a dejar los objetos robados en casa de Josh y dejar que fuera él quien descifrara por qué iba el ladrón a hacer algo así. Sin embargo, si lo hacía, mis mentiras seguirían siendo una carga toda la vida. Incluso en el caso de que Josh nunca descubriera lo ocurrido, yo sí lo sabría. Y cada vez que me besara, cada vez que me sonriera, yo sabría que le estaba escondiendo algo. Y eso me destrozaría a mí y, a la larga, a los dos.
¿Cómo se podía construir una relación a base de mentiras?
Pista: no se podía.
Las puertas del ascensor se abrieron. Crucé el vestíbulo sin apenas reparar en la espantosa moqueta naranja y aquellos andrajosos sofás.
Dejar el pasado atrás no significaba enterrarlo bajo unos nuevos cimientos y esperar que nadie fuera a encontrarlo. Significaba sacar la fealdad al descubierto y responsabilizarse de todo.
Nadie podía sanar sin aceptar sus errores.
En cuanto Kage y yo salimos del hotel, mis pensamientos se volvieron claros como el agua.
Sabía lo que tenía que hacer.
Tenía que contarle la verdad a Josh.