Twisted hate

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46. Josh

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Josh

—Estás de un buen humor increíble. —Clara arqueó una ceja divertida mientras yo fichaba al terminar mi turno—. ¿La razón no empezará por «J» y acabará por «ules»?

—Ni confirmo ni desmiento —respondí casi silbando.

Dejando de lado el robo de hace unos días, mi semana había sido redonda. Había dejado todo lo de Michael atrás, Alex y yo estábamos empezando a recuperar nuestra amistad de nuevo y las cosas en el curro habían sido bastante tranquilas. Cuando trabajas en urgencias, eso significa que no ha muerto ningún paciente y que no se han producido accidentes con múltiples víctimas, a pesar de que sí habíamos tenido un caso bastante desagradable de un tío con un soplete.

Además, Jules haría el examen de abogacía en una semana, así que pronto podríamos volver a tener citas de verdad.

Yo ya había organizado nuestra primera cita postexamen: iríamos a pasar el fin de semana a Nueva York para ver un reestreno exclusivo de Una rubia muy legal: el musical, que solo estaría en la ciudad durante un tiempo limitado. Eso encajonado entre zamparnos un montón de comida riquísima y follar todavía más.

Tendría que volver a cambiar turnos para poder disfrutar de ese fin de semana que, con lo que ganaba como residente, me saldría por un ojo de la cara, pero Jules se lo merecía. Hacer el examen de abogacía eran palabras mayores.

—Vale. No me lo digas, pero ya lo intuyo yo. —Clara puso los ojos en blanco, simpática—. Un día de estos tendrás que reconocer que estáis saliendo, o el resto de las enfermeras no dejarán de ir detrás de ti para emparejarte.

—Lo reconoceré el día en que tú reconozcas que estás saliendo oficialmente con Tinsley. —Clara frunció el ceño y yo sonreí. Llevaba meses saliendo con Tinsley, pero seguía negándose a hacerlo oficial. Y luego la gente decía que yo era el que tenía problemas con el compromiso...—. Ya decía yo...

—Adiós, doctor Chen —contestó seca.

Reí y me despedí con la mano antes de irme.

Había quedado con Alex para ir a tomar algo esta noche, aunque todavía faltaban unas horas. Aún me daba tiempo de ducharme y echarme una minisiesta, quizás incluso pudiera buscar algunas cosas por Internet para el viaje a Nueva York. Había oído hablar de un sitio de postres cuyo helado de caramelo salado era increíble, o eso decían.

Marqué el código de seguridad al llegar a casa y la puerta se abrió. Después de lo ocurrido, una de las primeras cosas que hice fue instalar un sistema de seguridad. Me lo había recomendado Alex, así que di por hecho que sería bueno.

A ver, había sido el décimo que me había recomendado. Los nueve primeros eran caros de cojones, pero al menos este entraba dentro de su top ten.

Al terminar de ducharme, ya estaba medio dormido, pero el timbre me despertó de golpe.

Me puse unos pantalones de chándal y abrí la puerta. Me encontré con una grata sorpresa al ver a Jules ahí plantada.

—Hey, Pelirroja. —Le dediqué una sonrisa socarrona—. No puedes estar lejos de mí, ¿eh? Normal. —Me señalé a mí mismo—. Si es que mírame.

Iba sin camiseta. Y no quería farolear ni nada, pero mis abdominales eran una obra de arte, joder.

—Si hubiera sabido que tenías compañía, me habría esperado —respondió con sequedad. Llevaba una carpeta grande, de las de dibujo, lo cual me resultó raro porque Jules no dibujaba. A lo mejor había ido a comprar—. No quería interrumpir tu encuentro romántico semanal con tu ego.

—Diario —la corregí—. El amor propio es importantísimo para la autoestima. Pero, como estás buena, te dejo que nos interrumpas. —La invité a pasar y cerré la puerta antes de plantarle un beso en los labios—. ¿Has venido porque necesitabas una pausa entre tanto estudiar?

—Eeeh... Algo así. —Jules se acomodó el pelo detrás de la oreja; parecía nerviosa, lo cual no era normal en ella.

—Bueno, pues que sea una pausa breve. Estoy encantado de verte, pero quiero que lo petes en el examen. —Ahora me puse yo un poco nervioso—. Tengo una sorpresa para ti, para cuando ya hayas acabado.

—Qué ganas.

Al oír aquella respuesta tan poco entusiasta, arrugué la frente. Normalmente me habría perseguido e interrogado hasta que cediera y acabara diciéndole qué era.

—¿Estás bien?

—Sí. No. A ver, es que tengo que contarte algo. —Cogió aire profundamente sin mirarme a los ojos—. Es sobre el cuadro que te robaron.

—Vaaale... —Entorné los ojos—. No me vas a hacer comprar ese que vimos el otro día por Internet, ¿no? Ese de los perros jugando al póquer, quiero decir. Mola y tal, pero seguro que lo tienen miles de personas.

—No. —Rio forzadamente—. En realidad, la historia tiene gracia. Tengo el cuadro. El tuyo.

Fruncí más el ceño, confundido.

—¿Has encontrado una copia?

—No. —Jules jugueteó con la carpeta—. El original. El que te robaron de la habitación.

Se me desdibujó la sonrisa. Un mal presagio me recorrió la piel como si de una capa de hielo se tratase. ¿Cómo coño había encontrado el cuadro si ni siquiera la policía tenía pista alguna?

—¿De qué me estás hablando?

En lugar de responder, Jules fue abriendo la cremallera de la carpeta poco a poco y sacó el cuadro.

Me lo quedé mirando estupefacto.

Ahí estaba, en todo su esplendor marrón y verde. Nunca me había dado cuenta de lo desdeñosa que era esa obra, que me sonrió altiva, provocándome con su canturreo:

Sé algo que tú no sabes. Y, cuando te enteres, no te va a gustar...

—Hay más. —A Jules le temblaba la voz con tanta violencia que parecía una versión distorsionada de sí misma.

El mal presagio que sentía se convirtió en un recelo glacial cuando vi que metía la mano en el bolso y sacaba los otros tres objetos.

«No.»

Los dejó en la mesita de café con las manos igual de temblorosas que su voz.

«No, no, no.»

—Dime que has perseguido al ladrón y lo has recuperado todo. —El rugido que sentía en los oídos no me permitía oírme la voz—. Dime que el ladrón ha tenido una crisis de conciencia y lo ha dejado todo en el porche mientras yo estaba duchándome y tú lo has encontrado. ¡Joder, Jules, dime algo!

Algo distinto a lo que sospechaba, que se me había instalado como un nudo en la garganta y no me dejaba respirar.

—Lo robé yo. —La confesión de Jules me atravesó y se me clavó en el pecho como si acabaran de dispararme. El dolor me recorrió el cuerpo y me hizo estremecer—. Lo siento muchísimo. Yo no quería hacerlo. Me estaba chantajeando, y no supe qué hacer aparte de seguirle el juego, y...

El rugido de mis oídos fue cada vez más fuerte y acalló su ambigua explicación. Sus palabras se mezclaron en una especie de mancha oscura que pintó el mundo de un horrible tono gris y de un violento color rojo.

Jules era la artífice y yo estaba atrapado en una pesadilla surrealista que ella misma había maquinado.

—¿Quién? —solté en referencia a lo último que recordaba haber oído.

Tenía el cerebro aturdido, y tuve que hacer un sobreesfuerzo para escupir la palabra.

Jules se abrazó a sí misma.

—Max.

Max. El tío que conocí en el Hyacinth.

Una rabia acuosa y oscura me corrió por las venas y se coló en mi voz al oír el nombre de ese capullo engreído.

—Cuéntamelo todo desde el principio.

Escuché, atónito, mientras Jules me lo iba contando todo con mayor detalle: los trabajos que había hecho en Ohio, su relación con Max, lo del vídeo en el que salía ella manteniendo relaciones sexuales, el chantaje de él, que había sido ella quien había entrado a robarme, y cómo había conseguido deshacerse del vídeo y recuperar el cuadro.

Cuando hubo terminado, el silencio fue ensordecedor a más no poder.

—Lo siento. —Jules tragó saliva—. Debería habértelo contado antes, pero no quería arruinar lo que teníamos justo cuando empezábamos a llevarnos bien. No sabía cómo ibas a reaccionar y pensé...

—¿Qué pensaste?

—Pensé que, si te contaba lo de mi pasado, estaría demostrando que todas aquellas cosas horribles que habías pensado de mí eran ciertas. —Con cada palabra se le fue apagando un poco más la voz, como si se estuviese dando cuenta de lo jodidamente estúpida que sonaba.

Mi rabia se incrementó. Se escapó de mis venas y me envolvió el pecho entero, vaciándolo hasta que no quedaba nada más.

La mitad de mi ira iba dirigida a Max por lo que le había hecho a Jules.

La otra mitad...

«Respira.»

—Ya veo. —Por más que lo intentara, fui incapaz de aunar una pizca de amabilidad. La sangre se me heló hasta convertirse en un cubito sólido y doloroso, y temía que el mínimo movimiento fuera a romperlo, que fuese a fragmentarlo en miles de témpanos que fueran a despellejarme desde el interior—. ¿Y por qué me lo estás contando ahora?

—Porque no quería seguir mintiéndote. Jamás he querido mentirte, pero... —Jules cogió una bocanada de aire y se armó de valor—. Quería que tú y yo empezáramos de cero, sin secretos ni mentiras.

—Ya veo —repetí. El frío que sentía en el pecho descendió unos cuantos grados más—. Te perdono.

Jules titubeó. Se le dibujó una expresión confundida en la cara al oír mis palabras con el frío tono que las acompañó.

—¿De verdad?

—Sí. —Sonreí, lo cual se me hizo raro; fue como contorsionar la boca para lograr un gesto que ya no era capaz de hacer—. Ven aquí, Pelirroja.

Su apodo me dejó un sabor amargo en la boca.

Dudó un segundo y se acercó a mí.

Estaba pálida y tenía unos oscuros círculos alrededor de los ojos. Aun así, seguía siendo la traicionera más hermosa que había visto en toda mi vida.

Le agarré el cuello por detrás y le acaricié la piel con el pulgar antes de acercarla a mí y besarla con tanto ímpetu que gimió de dolor.

—¿Te ha dolido?

Jules negó con la cabeza, tensa.

—Mejor. —La besé con más suavidad y le acaricié los labios con la lengua—. No deberías haberme mentido, Pelirroja —susurré—. Ya sabes que odio a los mentirosos.

Sentí que le temblaban sutilmente los hombros.

—Ya lo sé.

—Pero... —Le paseé la boca por la mandíbula y, luego, por el cuello—. Eres tan guapa... Eres tan dulce bajo la armadura llena de espinas que llevas... Sabes cosas de mí que nunca nadie más sabrá. —Hinqué los dientes en la curva que le unía el cuello al hombro—. ¿Cómo voy a enfadarme contigo?

Le colé la mano debajo de la falda y le acaricié el coño. Jules gimió, pero, esta vez, no estaba húmeda.

Aunque esto tenía solución.

Le metí la mano debajo de la ropa interior y la acaricié hasta qué me empapó los dedos y su cuerpo se fundió con el mío.

Mis movimientos eran fríos. Mecánicos. Los había repetido un millón de veces. Vi cómo abría la boca, gemía y se quedaba sin aire, apática.

La polla, empalmada e irritada, hizo presión contra la cremallera. Se trató de una reacción física, más que otra cosa, pero era la única parte de mi cuerpo que seguía sintiéndose viva.

Jules estaba temblando, a punto de llegar al orgasmo, pero entonces aparté la mano de un tirón.

—Arrodíllate de una puta vez.

Al oír mi ruda orden, Jules se sacudió. No obstante, tras dudar un segundo, se fue arrodillando lentamente sin rechistar.

—¿Quieres? —Le levanté la barbilla para obligarla a mirarme a los ojos—. Si no quieres, dímelo, Pelirroja. Es tu última oportunidad.

Le solté la barbilla y le tiré la cabeza hacia atrás con una mano mientras, con la otra, me liberaba la polla.

—Si quieres que pare, tócame la pierna.

Se la metí hasta el cuello sin previo aviso. A Jules le vinieron arcadas ante tal brusca invasión; se le llenaron los ojos de lágrimas, pero permaneció con las manos apoyadas en su regazo.

Le tiré del pelo con ambas manos y le follé la boca, metiéndosela cada vez más hondo hasta que el obsceno sonido de mis pelotas contra su barbilla se fundió con su ahogado gorgoteo.

Me la quedé mirando y apreté la mandíbula. Verla arrodillada frente a mí, con lágrimas en los ojos y el rímel corriéndosele por las mejillas mientras ella se atragantaba con mi polla, hizo que me invadiera una irracional oleada de furia.

Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás, lo cual resultó ser un error porque unas imágenes indeseadas enseguida empezaron a aporrearme el cerebro.

Vermont. El centro. Hyacinth. El pícnic. Ohio.

Cada pieza del puzle que conformaba nuestra relación hasta entonces había sido contaminada.

Y no era por la magnitud de las mentiras de Jules. Me importaba un bledo aquel estúpido cuadro y los otros tres objetos. Era por la confianza.

Lo único que yo quería era sinceridad, y lo único que había conseguido Jules había sido decepcionarme.

La tensión se apoderó de mis entrañas.

Abrí los ojos y le saqué la polla de la boca. Una pátina de sudor me cubría la piel y el corazón me latía fuerte y dolorosamente.

Jules tenía unas pintas catastróficas: el pelo enmarañado, los labios hinchados y las mejillas llenas de lágrimas. Me miró y aquellos enormes ojos de color avellana me dijeron algo que yo no quería oír.

—De cuatro patas.

No podía ni mirarla; sin embargo, incluso si me la tiraba por detrás, en mi cerebro no paraban de aparecer imágenes suyas.

Cómo le brillaba el pelo cuando le daba el sol. Las llamas que le abrasaban los ojos cuando me insultaba. El suave tacto de su mano con la mía y cómo se le encorvaba muy sutilmente la boca hacia la derecha cuando sonreía.

Sentí una sofocante presión en el pecho.

Jules estaba a punto de correrse. Lo notaba por cómo respiraba y por cómo se contraía alrededor de mi miembro.

Resultaba incluso gracioso: a veces estaba en total sintonía con sus movimientos y, otras, era como si no la conociera en absoluto.

Me incliné hasta que prácticamente le rocé la oreja con la boca.

—¿Recuerdas que te he dicho que te perdonaba? —Estiré el brazo hacia delante para pellizcarle el clítoris—. Estaba mintiendo.

Mis palabras y su orgasmo se juntaron en uno, y ella soltó algo que era entre un gemido y un sollozo mientras yo me corría justo después de que lo hiciera Jules.

Me separé de ella y me erguí. Jules se desplomó en el suelo y lloró sigilosamente, con los hombros temblorosos y la falda del vestido arrugada en la cintura.

—¿Qué tal es eso de que te mientan, Jules? —Parecía que esas palabras, crudas y llenas de enfado, hubieran salido de la boca de otra persona, de la de alguien más cruel de lo que yo jamás me había imaginado capaz de ser—. Jode, ¿a que sí?

El hielo de mis venas ya se había derretido. Me estaba ahogando desde mi interior, y una parte de mí quería ceder, hundirse bajo la superficie y no volver a salir nunca más.

Michael. Alex. Jules.

Tres de las personas en las que más había confiado me habían apuñalado por la espalda. Las traiciones de Michael y de Alex me habían dolido, pero la de Jules... Jules sabía lo mucho que me había afectado lo ocurrido con los otros dos.

En parte entendía por qué no me lo había querido contar antes. Emocionalmente, en cambio, me resultaba imposible evitar que el dolor derivado de sus acciones infectara todos los recuerdos que teníamos juntos.

Cuidado, Pelirroja. Como sigas diciendo cosas así, puede que no te suelte nunca.

Eres una de las pocas personas en quien confío. Incluso cuando no nos aguantábamos, siempre pude confiar en ti porque sabía que serías sincera conmigo.

Se me incendiaron las mejillas.

Si es que yo era imbécil a parir.

Jules se dio impulso para levantarse del suelo y me miró. Unas enormes manchas rojizas le cubrían la cara y el cuello. Había dejado de llorar; no obstante, en medio de ese silencio, su respiración sonaba extrañamente fuerte y superficial.

—Creo que lo más justo es que lo nuestro se acabe con un polvo de despedida. —Una cruel sonrisa se me dibujó en los labios. Aquella inexorable presión se apoderó de mi garganta y me costó un mundo poder hablar—. Al menos te vas con un orgasmo, así que no digas que nunca te di nada. Aunque echaré de menos ese estrecho coño que tienes. Nadie lo hace mejor que tú. Es tu mejor cualidad.

Estaba enormemente dolida, se le veía en la cara, y esa imagen me marcó como un atizador ardiente.

En ese momento, solo odiaba a una persona más que a ella: a mí mismo.

—Lo que hice estuvo mal, y lo siento. —La voz de Jules revelaba una diminuta pizca de su intensidad habitual—. Pero ahora mismo estás siendo cruel.

—¿Sí? —me burlé—. Hostia, pues lo siento. Como habrás comprobado, ser majo no me ha servido de mucho en el pasado. —Me escocían los ojos.

Mirarla me dolía. Oírla me dolía. Me dolía todo.

—Hostia, Jules, me lo podrías haber contado. ¿Tan mal considerado me tenías como para pensar que te juzgaría por las cosas que habías hecho cuando otra persona te estaba manipulando?, ¿como para pensar que no te habría apoyado y nos habríamos deshecho de ese cabrón juntos? Entiendo que no me contaras la verdad ese día en el Hyacinth, pero después de lo de Ohio... —Apreté la mandíbula—. Eso es lo que más me duele, joder, que yo pensé que podía confiar en ti, pero tú no pensaste lo mismo de mí.

A Jules le tembló la barbilla. Tenía la mano cerrada en un puño, se la llevó a la boca e hizo presión. Bajo esa tenue luz, le brillaban los ojos.

—Si me hubieras pedido el cuadro, te lo habría dado. —Se me quebró la voz—. Te habría dado todo lo que quisieras.

Un angelado sollozo se coló por su puño, y a este le siguió otro y otro hasta que la respiración entrecortada de Jules llenó todo el aire.

Me la quedé mirando, inmóvil, mientras ella hiperventilaba. Me dolían los músculos del esfuerzo que estaba haciendo para no moverme.

Odiaba esa parte de mí que aún quería reconfortarla. Era una parte que nada entendía de supervivencia, que necesitaba tanto a Jules que incluso le pasaría un cuchillo para que me apuñalara con tal de que ella fuera lo último que viera antes de morir.

Jules tenía razón. Yo era masoca.

—Vete.

Al oír mi orden, Jules se estremeció.

—Josh, por favor. Te juro que no...

—Ve-te.

—Te quie...

—Ni se te ocurra decirlo. —Una descarga de adrenalina hizo que se me acelerara el pulso. «Respira. Tú solo respira, joder»—. He dicho que te vayas, Jules. ¡Pírate, joder!

Por fin se movió. A medida que se acercaba a la puerta, sus sollozos se fueron oyendo cada vez menos. Una vez se hubo ido, cerré y luego... silencio.

La tensión que me había mantenido firme hasta entonces estalló.

Me incliné, apoyé las manos en las rodillas y, en silencio, noté cómo unos escalofríos me recorrían el cuerpo de arriba abajo. La presión que sentía en el interior me estranguló todos los órganos vitales, pero, por más que creciera, se negó a explotar y permaneció ahí, sofocándome.

Jules se había ido, pero yo aún la sentía. Estaba en todas partes: en cada rincón de mi habitación, en cada uno de mis pensamientos y en cada latido de mi corazón.

La necesidad visceral de destrozar todo lo que me recordara a ella hizo que saltara del sofá y fuera directo hacia mi habitación. Hurgué en el cajón de mi escritorio hasta encontrar las entradas para ir a ver el musical de Una rubia muy legal; las rompí en pedazos y me sentí perversamente satisfecho al ver el confeti de las hojas destrozadas volando hacia la papelera.

Lo siguiente en probar la misma suerte fue la camiseta que le dejé la primera noche que se quedó a dormir en mi casa, el tique de la cena en Giorgio’s, que había guardado en secreto cual estúpido souvenir de nuestra primera cita, y el cojín que todavía olía a ella. Todo aquello que pudiera recordarme mínimamente a nosotros, por pequeño que fuera, acabó destrozado y en la basura.

Cuando hube terminado, mi cuarto estaba igual que me sentía yo: vacío.

Incapaz de soportar la desnudez de mi habitación, fui hacia la cocina y pillé la primera botella de whisky que encontré.

Me hubiese preocupado por lo mucho que estaba bebiendo últimamente, pero es que todo eso me importaba una mierda. Yo solo quería ahogar la constante presencia de Jules. Tampoco me estaba emborrachando hasta desmayarme cada noche...

Ni siquiera me esmeré en vaciar el líquido en un vaso. Eché la cabeza hacia atrás y tragué directamente de la botella.

No sé cuánto bebí, pero tampoco me importaba.

Me limité a beber y a beber hasta caer en la oscuridad del olvido, y los pensamientos de Jules por fin desaparecieron de mi mente.

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