Twisted hate

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47. Jules

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Jules

¿Recuerdas que te he dicho que te perdonaba? Estaba mintiendo.

Mientras andaba a trompicones hacia el metro, las palabras de Josh retumbaban en mi mente cual incesante escarnio.

¿Recuerdas que te he dicho que te perdonaba? Estaba mintiendo.

¿Que te perdonaba? Estaba mintiendo.

Estaba mintiendo.

Estaba mintiendo.

Las lágrimas me nublaron la vista; no tenía claro si estaba yendo en la dirección correcta, pero me daba igual. Necesitaba alejarme y punto.

Alejarme de las crueles palabras de Josh, de su fría mirada y de su vengativo tacto.

Alejarme de lo que ya sabía: que la había cagado y la única culpable de todo eso era yo.

La gente decía que era mejor haber querido a alguien y perderlo que no haberlo querido nunca.

Lo que nunca decía nadie era lo duro que resultaba haber estado con la persona a la que querías, perderla y que esta persona te mirara como si fueras lo que más odiaba en el mundo. Josh nunca me había mirado así, ni siquiera cuando pensaba que me odiaba.

Me pasé el dorso de la mano por las mejillas, pero fue como intentar barrer el agua para devolverla al océano. Totalmente inútil.

Cabía la posibilidad de que, cuando Josh descubriera la verdad, reaccionara mal, y yo lo sabía. Lo que no me esperaba era que fuera a reaccionar tan mal.

Lo peor era que Josh llevaba razón. No había confiado en él como para pensar que me apoyaría si se lo contaba todo. Mis inseguridades me habían cegado y, aterrada de pensar que podía destrozar una de las pocas cosas bonitas que tenía en la vida, había convertido esta destrucción en una profecía autocumplida.

A Josh le había dado igual lo del vídeo y el estúpido cuadro. Lo único que le había importado era que yo le había mentido.

Menuda imbécil estaba hecha, joder.

Si me hubieras pedido el cuadro, te lo habría dado. Te habría dado todo lo que quisieras.

El dolor me volvió a afligir cuales agujas clavándoseme en el pecho. El corazón me ardía, como si alguien lo hubiera echado a unas ardientes brasas, y era incapaz de llenarme los pulmones de aire. A lo mejor era porque me dolía incluso respirar.

Cada bocanada de aire que tomaba, cada latido de mi corazón, cada pestañeo. No eran más que funciones habituales del cuerpo, pero me dolían todas y cada una de ellas.

Incluso mi propio cuerpo me odiaba.

Volví a secarme la cara en el momento en el que vi la estación de metro. Ya casi estaba.

Seis paradas hasta llegar a la estación que más cerca quedaba de mi piso y luego cinco minutos andando hasta el edificio.

Seis paradas. Cinco minutos.

Sobreviviría.

—Serénate antes de que la gente empiece a llamar a la policía —me dije entre sollozos.

Ya había llamado la atención de unos cuantos transeúntes que parecían alarmados y preocupados. Hablar en alto conmigo misma seguramente tampoco ayudase.

Por suerte el metro entró justo cuando yo llegué al andén, de modo que no tuve que esperar. Decidí subirme al vagón más vacío y me quedé prácticamente hecha un ovillo en una esquina, viendo cómo los oscuros túneles pasaban a la velocidad de la luz. Mi demacrado reflejo me devolvía la mirada desde la otra ventana: pelo enmarañado, regueros de rímel por toda la cara y ronchas al rojo vivo en la piel, como si me acabase de dar un repugnante brote de urticaria.

¿Tan mal considerado me tenías como para pensar que te juzgaría por las cosas que habías hecho cuando otra persona te estaba manipulando?, ¿como para pensar que no te habría apoyado y nos habríamos deshecho de ese cabrón juntos?

Cerré los ojos y deseé con todas mis fuerzas poder volver atrás en el tiempo y retomar las decisiones de todo lo referente con Max.

Se suponía que iba para abogada. Una persona lógica, razonable, estratégica. Sin embargo, con Max y con Josh había sido justo lo contrario.

¿Cómo la había cagado tanto con mi propia vida?

Volví a abrir los ojos; no quería darle demasiadas vueltas. Sería una tortura.

Me quedé mirando cómo pasaban las paradas del metro sin demasiada emoción.

Tenleytown. Van Ness. Cleveland Park. Woodley Park-Zoo/Adams Morgan.

Cuando llegué a mi parada y me dirigí al Mirage, los sollozos habían dado paso a un frío entumecimiento.

Caminé por el oscuro y silencioso apartamento. Mis pasos sonaban estrepitosamente fuertes al andar por los suelos de madera. Stella no estaba en casa, así que no tuve que dar explicaciones sobre por qué iba con esas pintas catastróficas.

Solo quería dormir hasta que se hiciera de día, pero logré ducharme rápidamente antes de meterme en la cama. Mis movimientos eran firmes y mecánicos, como si estuviera en otra parte.

Ojalá fuera el caso.

A pesar de que el agotamiento me iba cerrando los ojos, no podía dormirme, así que me quedé mirando el techo y escuchando el silencio.

A lo mejor era cosa de mi imaginación, pero de repente olía la colonia de Josh, de la última vez que se había quedado a dormir. Si cerraba los ojos, casi podía fingir que estaba aquí, con la cabeza hundida en mi cuello y su fuerte cuerpo envolviéndome.

—Eres el primer tío con el que me he acostado en mi habitación.

—El primero y el último, Pelirroja.

—¿Tan posesivo eres?

—Por supuesto que sí. No me gusta compartir.

—Saber compartir es una virtud, Josh.

—Me la suda completamente. Yo no comparto. A ti no.

Algo cálido y húmedo me recorrió la mejilla. Su salado sabor me humedeció los labios, y entonces me di cuenta de que estaba llorando otra vez.

A diferencia de los sollozos anteriores, estas lágrimas no emitían sonido alguno. Eran unos gritos silenciosos que tenía atrapados en el pecho y que me calaban, sofocantes, hasta los huesos.

Ni siquiera me molesté en limpiármelas. Me quedé ahí tumbada, con la vista puesta en la oscuridad y dejando que se me comiera viva.

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