Twisted hate
48. Jules
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Jules
Lo único bueno de mi ruptura con Josh era que tenía más tiempo y estaba más motivada para estudiar para el examen de abogacía. Antes ya estaba motivada, pero no había nada como sentir la necesidad de mantenerte distraída después de que te rompieran el corazón para echarle más horas a algo.
Me tomé una excedencia de una semana del Centro y aproveché para hacer un último maratón de estudio.
Diana a las 7.00 h de la mañana.
Desayuno y ducha.
Ver las clases grabadas y tomar apuntes hasta el mediodía.
Hacer ejercicios y practicar ensayos.
Cena seguida de una pausa.
Practicar preguntas de la otra parte del examen.
Y vuelta a dormir.
Me fijé el mismo horario cada día con el miedo de que, si no lo cumplía, caería en un agujero negro del que no podría salir.
Las rutinas iban bien. Tener una rutina me ayudaría a no tener que tomar decisiones o pensar en algo que no fuera el siguiente punto en mi lista de cosas por hacer.
Claro que eso solo duró hasta que hice el examen de abogacía. Luego...
Me quedé mirando la hoja que tenía delante:
Un hombre y su mujer deciden abrir una tienda de bicicletas con el hermano de la mujer. Presentaron un artículo de organización para poder crear una sociedad de responsabilidad limitada..., alquilaron un espacio comercial con escaparate..., firmaron un contrato para la compra de 150 neumáticos de bicicleta...
Pestañeé y sacudí la cabeza antes de volver a leer toda la información con más detenimiento. La migraña se acomodó en la parte trasera de la sien, pero ya casi había llegado a la meta.
Tras seis horas de examen, esta era la última pregunta; la última del primer día, al menos. Al día siguiente tenía un examen de respuesta múltiple, pero ya me preocuparía por eso mañana.
El ruido del lápiz se me coló en los oídos mientras iba tomando notas en el papel antes de apuntar la respuesta definitiva en el ordenador.
¿Qué S. R. L. son gestionadas por sus propios propietarios y cuáles por un administrador ajeno a los miembros de dicha sociedad? Explicar.
¿El contrato de los neumáticos es vinculante para la S. R. L.? Explicar.
Etcétera.
Terminé literalmente un minuto antes de que se acabara el tiempo. Envié el examen en formato electrónico y me desconecté de la página mientras esperaba sentirme aliviada o emocionada. Después de tantos años yendo a clase y de tantos meses estudiando, ya había hecho la mitad del examen que determinaría el futuro de mi carrera profesional.
Pero no sentí ni una cosa ni la otra.
Solo me sentía... vacía.
—Creo que me ha ido bien —dijo una mujer que tenía cerca hablando por teléfono. Era otra aspirante a abogada que reconocía del centro de pruebas. A la otra línea del teléfono, alguien le dijo algo que le hizo reír—. Para... Sí, claro. Cenamos juntos esta noche. Te quiero.
Sentí un nudo en la garganta.
En un universo paralelo, yo estaría hablando con Josh por teléfono y haciendo planes para celebrarlo con él. Sería un plan tranquilo, porque al día siguiente tenía otro examen; aunque, conociendo a Josh, organizaría algo a lo grande.
Una cena en mi restaurante favorito, un masaje en casa, un polvo para ayudarme a «desestresarme»...
—Para ti, cualquier excusa es buena con tal de echar un polvo, ¿eh? —bromeé. Me quité la chaqueta y la tiré en el sillón antes de que Josh me agarrase por la cintura y me diera la vuelta.
—¿Quién ha dicho que necesite una excusa? —Se le marcó el hoyuelo en la mejilla—. Quieres follar conmigo a todas horas, Pelirroja. Admítelo. Pero, ya que lo mencionas... —Me acarició el muslo en dirección ascendente y se me entrecortó la respiración—. Haber hecho ya la mitad del examen de abogacía es un gran motivo. Se merece una celebración.
—¿Ah, sí? —Intenté permanecer con cara de póquer, pero me resultaba un poco difícil porque él me iba acariciando el clítoris en círculos con el pulgar.
Una ola de calor se acomodó en la parte inferior de mi vientre.
—Mmmmm. —A Josh le brillaron los ojos, travieso—. Ya sabes lo que dicen: tantos exámenes y ni una recompensa hacen de Jules una chica muy sosa.
—Eso no lo dice absolutamente nadie.
—Yo sí, y soy una de las dos personas que importan. —Me rozó la boca con los labios—. Y hablando de recompensa...
El ruido del ascensor se cargó mi fantasía y esta se quebró en un millón de punzantes esquirlas.
No me encontraba en su salón después de haber disfrutado de una romántica noche juntos fuera. Estaba en el frío pasillo de un anodino edificio en el centro de la ciudad, con retortijones y el corazón encogido mientras perdía a Josh.
Otra vez.
Una parte estúpida e ingenua de mí esperaba que apareciera por arte de magia y me sorprendiera, como si fuéramos los protagonistas de una comedia cursi y romántica. Pero no lo hizo, por supuesto.
Se me aceleró la respiración. El frescor del aire acondicionado me caló hasta los huesos y el eco de unos pasos acercándose adquirió un tono amenazante.
«Tengo que salir de aquí.»
Por desgracia, el ascensor que se abrió iba hacia arriba, no hacia abajo, y el otro tenía pinta de haberse quedado atascado en la sexta planta.
En lugar de esperar, abrí la puerta de las escaleras. Solo estaba en el tercer piso, así que llegaría a la entrada enseguida.
Creo que lo más justo es que lo nuestro se acabe con un polvo de despedida.
Aunque echaré de menos ese estrecho coño que tienes. Nadie lo hace mejor que tú. Es tu mejor cualidad.
Otra punzada de dolor me atravesó el cuerpo al recordar sus palabras. Josh siempre sabía cómo llegar a mí, tanto para bien como para mal.
Y, aun así, lo echaba tanto de menos que me dolía incluso respirar.
—Ven aquí, cielo.
—Pero ¿tú no tenías que estar en Nueva Zelanda?
—Prefiero estar aquí.
No lo había visto desde que rompimos. No se había pasado por el Centro y había ignorado todas mis llamadas y todos mis mensajes. Pero si...
—Necesito que me devuelvas el cuadro, Jules.
Giré la cabeza y me dio tiempo a ver unos ojos azules y un pelo castaño antes de que Max me empotrara contra la pared.
—No lo tengo —dije prácticamente sin aire—. Lo he tirado.
No quería que fuera a por Josh. Christian me había prometido que vigilaría a Josh por si los «amigos» de Max intentaban volver a robar el cuadro, pero no era una solución sostenible.
No había querido tirarlo sin antes devolvérselo a Josh. Merecía saber la verdad. No obstante, cuando se lo confesé todo la otra noche, también le conté que corría peligro y esperé que fuera lo suficientemente listo como para deshacerse de esa obra de arte antes de que los colegas de Max se plantaran en su puerta.
—No me vengas con milongas, Jules. Sé cuándo mientes. —El aliento de Max olía a whisky. No había ni rastro de aquella máscara pulcra y caballerosa que tanto le gustaba mostrar. Sus ojos desprendían una sensación de pánico desenfrenada y se le dibujó una fea mueca en los labios. Una ligera pátina de sudor le recorría la frente, haciendo que le brillase bajo los fluorescentes de la escalera.
Estaba como descontrolado. Desquiciado.
El corazón me latía desbocado, con fuerza, y un sabor pesado y muy fuerte me llenó la boca.
—Como no lo encuentre, me matarán. —Una gota de sudor le resbaló por la sien—. Necesito ese cuadro. Y tú vas a ayudarme.
—Ya te lo he dicho, lo he tirado. —El corazón me iba tan deprisa que hubiera podido desmayarme.
Oía los pasos de la gente al otro lado de la puerta, tan cerca y a la vez tan lejos.
«¿Por qué nadie va por las escaleras, leches?»
Sentía un grito lleno de frustración atrapado en el pecho. De entre todos los días que podría haber cogido las escaleras, algo que nunca hacía, lo había tenido que hacer hoy.
Debería haber mentido y seguirle el rollo a Max hasta que hubiera podido conseguir ayuda, pero me faltaba el oxígeno y era incapaz de pensar con claridad.
Además, ¿y si Max le hacía daño a Josh? ¿Y si...?
—Menuda zorra, estúpida de mierda. —Max estaba ejerciéndome tanta presión en la garganta con su antebrazo que casi no podía ni respirar. Me agarré con todas mis fuerzas a él para apartarlo, pero era demasiado fuerte—. Todo esto es culpa tuya. Me has arruinado la vida. Te pedí un favor, Jules, un único favor a cambio de siete años, y ni eso has podido hacer. —Su pesada respiración me azotó la cara con nubes de alcohol.
Borrachera y desespero. La combinación más peligrosa.
—A lo mejor debería cobrármelo de otra forma —dijo con un tono de voz tan desagradable que hizo que se me pusieran los pelos de punta. Max me puso la mano en la entrepierna—. Veamos si tu coño sigue siendo tan estrecho como para conseguir que me corra.
Se me empezó a nublar la vista. Las extremidades empezaron a pesarme más aún y cada vez me costaba más respirar, así que hice lo único que podía hacer: le pegué una patada con la rodilla en los cojones con toda la fuerza que me quedaba.
Su grito se oyó por toda la escalera. Me soltó y se dobló de dolor.
Me di solo un segundo para disfrutar del dulce aire que me llegaba a los pulmones antes de echar a correr hacia la salida, pero no había dado ni dos pasos cuando una mano me empujó por la espalda. Ni siquiera me dio tiempo a gritar. Caí escaleras abajo. Me di con algo frío y duro con la cabeza, y vi muy rápidamente cómo se abría la puerta de las escaleras antes de que todo se volviera oscuro.