Twisted hate

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49. Josh

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Josh

—Te has olvidado de preguntarle si tenía alguna alergia —solté—. ¿Cómo voy a tratar bien a un paciente si me falta información importante? Estamos en urgencias, Lucy. No podemos permitirnos ni el más mínimo error.

Ante mi severo tono, Lucy reculó.

Solía tener una maravillosa relación profesional con las enfermeras, pero ahora me irritaba en exceso el olor a antiséptico que llenaba el aire, el ruido del personal de enfermería tecleando en el ordenador, el chirrido de los zapatos al andar por el suelo de linóleo... Básicamente, todo.

Hice caso omiso de la mirada incendiaria de Clara, que estaba un poco lejos de mí. No era culpa mía que la gente fuera una incompetente.

—Lo siento —se disculpó Lucy con la cara pálida—. Me aseguraré de que no se me olvide la próxima vez.

—Bien. —Di media vuelta y fui hacia la izquierda sin ni siquiera despedirme.

—No te agobies —oí que le decía Clara—. Ha sido el primer error que has cometido desde que empezaste a trabajar aquí. Lo estás haciendo muy bien. —Al cabo de un minuto, vino a por mí, con el mismo cabreo que me corría a mí por las venas—. Doctor, ¿puedo hablar contigo? A so-las.

—Estoy ocupado.

—Seguro que puedes hacer un hueco. —Tiró de mí para llevarme al lado más cercano del pasillo. Unos cuantos médicos y enfermeras pasaron por nuestro lado, demasiado ocupados con sus cosas como para prestarnos atención—. Pero ¿a ti qué diantres te pasa?

Me miró fijamente a los ojos, preocupada y enfadada a partes iguales.

—No me pasa nada. Estoy haciendo mi trabajo. Bueno, lo estaría haciendo de no ser porque cierta enfermera me está entreteniendo. —Le devolví la mirada, molesto.

—¿Y tu trabajo implica enemistarte con todo el personal de urgencias? Porque, en ese caso, has conseguido el título de Empleado del mes —anunció Clara con frialdad—. No sé qué te pasa, pero llevas siendo un grosero toda la semana, así que te voy a dar un consejo como enfermera y como amiga tuya que soy: déjate de gilipolleces o te cargarás todo por lo que tanto has trabajado en los últimos tres años. A nadie le caen bien los médicos que son unos capullos. —Me clavó el dedo en el pecho—. Siguiente paciente. Habitación número cuatro. Ahora mismo no tenemos tiempo para tu mal humor, así que te sugiero que dejes lo que coño te pase de lado y pares de joder a los que tienes alrededor. ¿Quieres hacer tu trabajo? Pues hazlo.

Se marchó decidida, giró la esquina y desapareció.

Clara tenía razón. Me había estado comportando como un capullo de primer grado. Lo de la semana pasada me había trastocado y lo había pagado con cualquiera que estuviera cerca de mí.

Al acordarme de Jules y de cómo habíamos roto, se me tensó la mandíbula, pero ahora mismo no podía rayarme con eso.

Tenía trabajo, y bastante tiempo había perdido ya.

Miré la información del paciente en el sistema en línea del hospital antes de entrar en la habitación. Era una chica de veinticinco años que se llamaba...

Al ver aparecer las letras en la pantalla se me heló la piel.

Jules Ambrose.

«Tiene que ser una broma.»

Tenía que ser otra Jules Ambrose. El universo no podía tener un sentido del humor tan malo.

Sin embargo, cuando abrí la puerta de la habitación número cuatro, ahí estaba ella, como si acabara de salir de mi más hermosa pesadilla.

Me devolvió la mirada, sorprendida. Tenía un corte feo en un lado de la frente y vérselo fue como recibir un puñetazo en el estómago.

Jules. Herida.

El tiempo se ralentizó en un doloroso e interminable segundo. El silencio era tan fuerte que incluso podía contar cada una de mis pulsaciones.

«Una. Dos. Tres.»

Si creíais que una semana era tiempo suficiente para limar las afiladas puntas de mi dolor, os equivocabais. Me rasgaron las entrañas e hicieron que volviera a sangrar de nuevo, pero eso no fue nada comparado con la preocupación que me carcomía por dentro.

¿Cómo narices se había hecho ese corte? ¿Y si se le había infectado? ¿Y si Jules...?

Se movió y el sutil sonido del cuero por fin me sacó de ese trance.

En esta habitación, no éramos expareja.

Jules era una paciente y yo, su médico. No teníamos tiempo de darle vueltas a nuestra historia personal ni de agobiarnos por un cortecito de nada... por más que me doliera en el alma verla sangrar.

—Soy el doctor Chen —me presenté en un tono profesional y cortante; por suerte, pude mantener mi agitación interna a raya.

Trataría a Jules como a cualquier otro paciente. Como a cualquier otro que no conociera.

Cuanta más distancia interpusiera entre nosotros, mejor.

—Hola, doctor Chen. Me llamo Jules. —El intento de sonrisa más diminuto del mundo le acarició los labios y me robó todo el puñetero aire que me quedaba en los pulmones.

«Céntrate.»

Gracias a Dios, el médico adjunto no estaba aquí. Como residente de tercer año, solía presentarme a los pacientes antes de avisarlo a él, quien atendería al paciente en cuestión después de que yo le hubiera dado la información pertinente.

De haber estado aquí, no le habría gustado lo distraído que estaba. Siempre que tenía la cabeza en otra parte, él se daba cuenta.

Clara ya se había encargado del ABC —apertura de las vías aéreas, búsqueda de la respiración y circulación—, de modo que pasé directamente a las preguntas con la esperanza de que me ayudaran a mantenerme con los pies en el suelo.

—¿Qué ha pasado? —Permanecí con la vista puesta en el portapapeles como si fuera lo más fascinante del mundo. Cuanto menos la mirara, menores serían las probabilidades de que acabara rompiéndome cual paraguas barato un día de tormenta. Seguía cabreado con ella. Que se hubiera hecho un poco de daño no iba a cambiarlo.

«Está bien. No es más que un corte.»

—Me he caído por las escaleras —me contó en voz baja.

Se me heló la mano una milésima de segundo antes de seguir tomando nota. El corazón me latía con tanta fuerza que ni siquiera oí las siguientes palabras que pronuncié:

—¿De cuántos escalones estamos hablando?

—¿De unos doce? No estoy segura.

Joder. Una pátina de sudor me cubrió la piel al imaginarme a Jules hecha un ovillo en el rellano de unas escaleras. Casi alargué el brazo para tocarla como lo habría hecho si aún siguiéramos juntos, pero me obligué a dejar mis emociones a un lado y pasé a examinarle las extremidades para ver si tenía alguna herida.

No encontré nada físico, más allá del corte que tenía en la frente y un par de moratones, pero eso no significaba que no tuviera nada más.

Al imaginarme lo peor que le podía pasar en caso de tener alguna herida interna, empecé a sudar un poco más.

«Para. Es tu paciente. Y punto.»

—¿Te has dado en la cabeza? —A juzgar por el corte, resultaba evidente, pero tenía que preguntárselo.

Jules asintió.

—¿Te has desmayado?

—Sí.

Tragué saliva y seguí con la batería de preguntas:

«¿Tomas anticoagulantes?» No.

«¿Posibilidad de embarazo?» No.

—¿Te duele algo en concreto ahora mismo?

Mi pregunta se quedó en el aire, cargada con un significado distinto.

A pesar de lo que había ocurrido entre nosotros, imaginarme a Jules herida hacía que me resultara jodidamente difícil respirar.

—La cabeza, el hombro y las lumbares.

—¿Y el cuello? —Le toqué las cervicales y exhalé en silencio, aliviado, al ver que no se quejaba—. ¿Te duele?

Jules negó con la cabeza.

—No. Solo me duele donde te he dicho. Al menos, físicamente.

El dolor que sentía en el pecho aumentó y sentí que me faltaba el aire.

Se me había olvidado lo mucho que me gustaba ese sonido: el sonido de Jules, sin más, recordándome que, por fatal que estuviera el mundo, al menos tenía una cosa buena.

Al menos, hasta hacía poco.

Apreté la mandíbula y seguí examinándola físicamente tan rápido como pude.

—Vale. Pediré que te hagan un TAC, por si acaso. —Mis palabras, secas, retumbaron por esa habitación de luces fluorescentes y se llevaron consigo cualquier tipo de dulzura—. ¿Cómo es que te has caído por las escaleras?

Hubo un largo silencio antes de que respondiera:

—Me han empujado.

Me la quedé mirando. Estaba seguro de que no lo había oído bien.

—Te han empujado —repetí.

Jules asintió con los labios apretados.

—Estaba bajando por las escaleras después de acabar el examen de abogacía. Iba distraída y sin prestar demasiada atención a lo que ocurría a mi alrededor. Esa persona... me ha pillado por sorpresa y, cuando he intentado escaparme, me ha empujado. Me he dado en la cabeza y me he desmayado. Al despertarme, estaba en la parte trasera de un taxi con una mujer que había visto en el centro de pruebas. Me ha dicho que acababa de entrar por las escaleras cuando ha oído cómo me caía, aunque no ha visto a nadie. Me ha dejado en el hospital y, bueno, aquí estoy.

Me detalló los hechos como si nada, pero la forma en la que le temblaba sutilmente la voz me decía que aquel incidente la asustaba más de lo que quería demostrar.

Una rabia tóxica se coló lentamente en mis venas.

Me había cabreado en distintas ocasiones, pero nunca de esa manera.

—¿Quién? —pregunté con un tono tan calmado que ni siquiera se notó la violencia que se estaba gestando en mi estómago—. ¿Quién te ha empujado?

Acababa de decir que la habían pillado por sorpresa. Y, a juzgar por su tono, había sido alguien a quien Jules conocía.

Intuí la respuesta antes de que ella me lo confirmara:

—Max.

Vi el temor en su mirada, como si le diera miedo cuál pudiera ser mi reacción al escuchar ese nombre, y con razón, joder.

Max. El tío que tenía un vídeo de Jules manteniendo relaciones sexuales. Que le había hecho chantaje para que me robara. Que le había puesto las putas manos encima y se había cargado lo único bonito que tenía en la vida: lo nuestro.

Mi ira fue creciendo cada vez más, tiñendo el mundo del mismo color que la sangre.

—Vaya. —No dejé que se notara todo lo que sentía en el pecho—. Voy a pedirte el TAC. Ahora vuelvo.

Salí de la habitación y cogí el móvil. Tardé menos de dos segundos en mandarle un mensaje a Alex.

Yo: Necesito que encuentres a alguien.

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