Twisted hate
50. Josh
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Josh
Lo más positivo de tener a un mejor amigo moralmente cuestionable era que, cuando hacías algo moralmente cuestionable, no te juzgaba.
Alex no me preguntó por qué quería dar con Max; lo localizó y punto. Tardó menos de una hora, ya que, según él, Max había dejado un rastro de migas digitales tan evidente que incluso la persona más opuesta a la tecnología y con menos conocimientos del tema lo podría haber rastreado.
Cuando lo encontramos tomándose unas copas en un antro cual alcohólico, Max ya llevaba un pedo considerable y solo tuvimos que prometerle unas cuantas bebidas más, drogas y chicas para que mordiera el anzuelo.
Dejé que fuera Alex quien hablara y yo pillé otro coche por si Max me reconocía, pero estaba tan borracho que ni siquiera se dio cuenta de nada hasta que llegamos a una silenciosa casa, apartada de todo, a las afueras de la ciudad.
Pero ya era demasiado tarde.
—Te tiene que haber cabreado muchísimo. —Alex se aseguró con tanto detalle de que Max estuviera bien atado que parecía un científico examinando un espécimen particularmente interesante con un microscopio—. Tú sueles hacer las cosas de otra forma.
Apreté los puños.
Max estaba atado a una silla en medio del sótano, con cinta en la boca y sacudiéndose en un intento por conseguir liberarse. Se le había pasado el efecto del alcohol y sus ojos me indicaron que iba asimilando la crudeza de la situación.
Bien.
Quería que sintiera cada segundo de lo que estaba por venir.
—La otra forma no me sirve. —La idea que había reprimido durante el turno en el hospital volvió a mí y ahogó todas las dudas que me pudieron haber asaltado.
Era médico. No buscaba peleas y había jurado no hacerle daño a nadie. Pero el Josh que había hecho esa promesa era distinto al que había en esta habitación. Incluso los recuerdos de esa persona eran borrosos y estaban sepultados bajo el peso de los acontecimientos de las últimas semanas.
Me acerqué a Max y le arranqué la cinta de la boca de un tirón. No me preocupaba que pudieran oírnos. Aquella casa era el escondite secreto de Alex, donde venía a alejarse de la ciudad cuando necesitaba estar solo, pero no disponía del tiempo necesario para poder irse más lejos; además, estaba tan bien insonorizada y contaba con tanta seguridad que el Pentágono no tenía nada que envidiarle.
—Sabes quién soy. —No era una pregunta.
Max conocía mi identidad, se le notaba por cómo apretaba los labios y por cómo le ardían los ojos, con una llama de animadversión llena de pánico.
—Jules me lo ha contado todo. Lo de Ohio, lo del cuadro, el chantaje, todo. —Me agaché hasta que nuestras caras quedaron a la misma altura—. Deberías haberte escapado de la ciudad cuando aún podías. Quedarte aquí fue una decisión muy estúpida. Y empujar a Jules escaleras abajo, todavía más.
Vi, por el rabillo del ojo, que Alex arqueaba una ceja. Sin embargo, no mostró apenas reacción ante lo que yo estaba contando, ni siquiera cuando mencioné a Jules.
—Se lo merecía. —Tal y como me había imaginado, Max no negó mi acusación. Seguro que sabía que no le serviría de nada—. A los que querían el cuadro no les ha hecho ni pizca de gracia que lo haya perdido. Van a matar. —Una perla de sudor le recorrió la frente—. Jules me jodió y pensó que podría salirse con la suya sin que sus actos tuvieran consecuencias. Después de todo lo que hice cuando éramos jóvenes... No tenía trabajo ni casa, y yo la recogí. ¿Crees que me apetece quedarme en esta ciudad de mierda? No puedo volver a Ohio; no sin el cuadro. ¡Se lo merecía!
A cada palabra que decía, fue levantando un poco más la voz hasta que se le formó espuma en la boca. Su ácido aliento con olor a whisky perfumó el aire que nos separaba e hizo que las tripas me dieran un vuelco del asco.
—A mí me parece que esto es un tema personal. Si te juntas con gente problemática, tendrás que pagar las consecuencias. Lo único que me importa —lo agarré por el hombro y ejercí presión con los dedos hasta que chilló de dolor— es que le has hecho daño. Has cometido un grave error, Max.
—Me sorprende que sigas posicionándote a su favor después de lo que hizo —jadeó Max. La malicia se unió al resentimiento que desprendió su mirada—. Te hizo más mal que bien al devolverte el cuadro. Mis amigos vendrán a por ti, y no son tan majos como yo.
Pero yo no era tan jodidamente idiota. Ya había tomado medidas para mitigar esa posibilidad, pero Max no tenía por qué saberlo.
—Tampoco iba a matarla. Solo quería asustarla. Acojonarla un poco para que volviera a echarme un cable. —Max paseó la vista por la habitación en busca de una ayuda inexistente—. No es justo que Jules siga saliéndose de rositas después de todo lo que hizo. He estado entre rejas por algo que hicimos los dos y, mientras tanto, ella ha ido a una buena universidad y ha hecho unas amistades bien posicionadas. No-es-justo. ¡Me lo debe!
Sonaba igual que un irritable crío en pleno berrinche temperamental.
—Si se metió en esos líos fue por tu culpa. —Le apreté el hombro aún más—. No vayas de mártir inocente.
—Cuánto la proteges para ser alguien que te ha mentido y te ha robado. —A Max se le encorvaron los labios; sus ansias por que le diéramos una mínima oportunidad eran muy superiores a su sentido de supervivencia—. ¿Por qué? ¿Por su coño? Recuerdo que estaba bastante bien, sobre todo la primera vez que sangró con mi polla. No hay nada como desvirgar a una tía. Aunque seguro que ahora ya está muy gastada...
Su frase se quedó a medias, interrumpida por el grito que soltó cuando le estampé el puño en la cara.
La ira ensombreció los bordes de mi visión. El mundo se fue haciendo cada vez más estrecho hasta que solo pude pensar en la feroz y absorbente necesidad que sentía de infligir tanto dolor como fuera posible al tío que tenía delante.
Pero quería que fuera una pelea justa. Así podría soltarlo todo sin sentirme culpable.
Puse la mano. Alex me dejó un cuchillo en la palma y yo corté las cuerdas con las que habíamos atado a Max.
Este saltó de la silla, pero lo agarré por el cuello antes de que pudiera dar dos pasos siquiera; lo empujé y volví a propinarle un puñetazo.
El gratificante ruido de unos huesos partiéndose llenó el aire, seguido por un grito de dolor.
Le había partido la nariz. Max se la agarró con una mano y me pegó con la otra. Esquivé su patoso intento casi sin esfuerzo y volví a estamparle el puño en la mandíbula para, acto seguido, oír cómo le crujían los huesos de nuevo.
El sonido de mi sangre era puro júbilo y la tormenta que sentía en mi interior por fin se estaba desatando. Cada golpe, cada salpicadura de sangre que me manchaba la cara iban liberando, poco a poco, la presión que sentía en el pecho.
Aquella violencia desenfrenada inundó el aire, y no tardé demasiado en oír cómo otro hueso roto daba paso al húmedo sonido de la carne ensangrentada.
El sudor y la sangre me nublaron la vista, pero no me detuve. Las imágenes de las heridas de Jules y las previas provocaciones de Max me iban bombardeando el cerebro.
Yo no quería hacerlo. Me estaba chantajeando...
Cuando he intentado escaparme, me ha empujado...
¿Por su coño? Recuerdo que estaba bastante bien, sobre todo la primera vez que sangró con mi polla.
Una nueva oleada llena de ira me recorrió el cuerpo y le di con tanta fuerza a Max que este acabó desplomado en el suelo. Fue arañando el pavimento con las manos mientras intentaba gatear para escaparse, pero no encontraría ninguna salida.
—P-por favor —me suplicó balbuceando con un tono húmedo—. Para. Por favor...
Apenas lo oí.
No era solo por lo de Jules. Era por lo de Michael, por lo de Alex y por cada paciente que había perdido en urgencias. Era por cada golpe, por cada decepción y frustración que había ido reprimiendo a lo largo de los últimos años. Lo solté todo con Max hasta que este dejó de suplicarme y se quedó tumbado en el suelo, sin fuerzas.
El corazón me latía desbocado, lleno de adrenalina. Debería haberlo hecho antes. Eso era justo lo que necesitaba.
Eché el brazo hacia atrás, dispuesto a pegarle otra vez, pero unas firmes manos me agarraron por los bíceps y me hicieron retroceder.
—Josh. —La voz de Alex fue como si hubieran echado un jarrón de agua fría a las llamas que me consumían—. Basta.
—Suéltame —escupí. Hice fuerza para soltarme, desesperado por volver al ataque, para seguir desahogándome—. Todavía no he acabado.
—Claro que has acabado. Como sigas, lo vas a matar. —Alex me dio la vuelta sin soltarme los brazos y me miró serio y fijamente—. Si es lo que quieres, adelante, pero sé que no lo es.
—No lo sabes. —Mi agitada respiración retumbó por aquella sala vacía.
No había ningún mueble en el sótano, a excepción de esa silla, una mesa, un fregadero industrial y una nevera. No quería ni pensar qué tipo de actividades solía llevar a cabo aquí Alex. Seguramente sería algo parecido a lo que acababa de hacer yo.
—Sé que no eres el tipo de persona que quiere cargar con la muerte de alguien —dijo pausadamente—. No eres un asesino, Josh. Además, míralo. Ya le has dejado las cosas claras.
Me quedé mirando al tío inconsciente que había en el suelo. La cara de Max era una mezcla de sangre y magulladuras. Un charco de cierto líquido oscuro y pegajoso le envolvía al cuerpo y, de no haber sido por cómo se le hinchaba y deshinchaba el pecho ligeramente, habría pensado que estaba muerto.
Y había sido cosa mía. Mía.
Alex ni siquiera le había puesto un dedo encima.
Cuanto más miraba a Max, más se me iba ralentizando el ritmo cardíaco. El suave goteo del fregadero que había en una esquina me recordó al goteo de la sangre, y de repente fui ultraconsciente del líquido cobrizo que me manchaba la cara y la ropa.
Le había pegado hasta casi matarlo.
La bilis me subió por la garganta.
Me solté de Alex y fui hacia el fregadero. Fui soltando arcadas hasta irritarme la garganta y hasta que se me humedecieron y me empezaron a escocer los ojos.
No había comido nada desde antes de empezar el turno, así que no devolví nada, pero eso no impidió que las náuseas se apoderaran de mi estómago.
¿Qué cojones había hecho?
Secuestro. Asalto con agresión. Y seguramente había cometido una decena de delitos más que, como alguien descubriera, acabarían con mi carrera profesional.
Mi idea inicial había sido que Max pagara por lo que le había hecho a Jules, y había acabado utilizándolo cual saco de boxeo humano.
«Mierda.»
Abrí el grifo y me humedecí la cara con la esperanza de poder limpiarme la sangre, pero la marca permaneció allí incluso después de que el color rosado del agua fuera desapareciendo por aquel lavamanos de acero.
Cuando por fin levanté la cabeza con la piel entumecida por el frío del agua, vi a Alex a mi lado. Apoyó la cadera en el fregadero, con una expresión impasible.
—¿Ya estás mejor?
—Sí. No. No lo sé. —Me froté la cara, húmeda, con una mano y me quedé mirando a Max, que seguía inconsciente. Me volvió a dar un vuelco el estómago—. ¿Qué hacemos con él?
—Tranquilo, no irá a la policía. —Alex se le acercó y empujó la torpe figura de Max con desprecio—. Solo le traería problemas.
Cierto. Hacía solo unos cuantos meses que Max había salido de prisión y ya había cometido un asalto a mano armada y se había metido en una conspiración de hurto mayor. Si la poli miraba sus antecedentes, estaba jodido.
—¿Y si luego viene a por nosotros? —cuestioné.
—Por favor... No es más que un ladrón raso intentando jugar en una liga superior a la suya. —Alex no parecía nada sorprendido—. Además, si lo que ha dicho es verdad, ya tiene suficientes problemas de los que preocuparse como para intentar vengarse de nosotros. Quien quiera tu horrendo cuadro se encargará de mantener a Max ocupado.
—No es horrendo —gruñí—. Es diferente, y vale muchísima pasta.
Tras la confesión de Jules, había intentado vender el cuadro. Me traía malos recuerdos y, tal y como había dicho Max, las personas que lo querían vendrían a por mí si me lo quedaba. Por suerte, aún no se había dado dicha situación. Supongo que no confiaban lo suficiente en Max como para que acabara aquello que Jules había empezado.
La única forma de quitarme a los misteriosos «amigos» de Max de encima sin joder al siguiente propietario era vendiéndoselo a alguien a quien nadie se atreviera a robar.
Ayer, por fin, encontré al comprador adecuado, y quedamos en que firmaríamos el contrato en un par de días, cuando él hubiera vuelto de un viaje de negocios.
Di por sentado que, quienquiera que fuera detrás de la obra, sabría que lo había vendido. Sin embargo, el comprador me había prometido hacer pública la transacción por si los otros no estaban al corriente.
—Ya basta de hablar del cuadro. Aunque Max no vaya a llamar a la poli, no podemos dejarlo aquí. —De lo contrario, moriría desangrado, y Alex tenía razón. Yo no era un asesino. Sería incapaz de seguir con mi vida a sabiendas de que alguien había muerto en mis manos.
Volví a sentir unas inmensas ganas de vomitar.
—Necesita atención médica.
El suspiro de Alex derramaba exasperación a borbotones.
—Tú y Ava. Siempre con la conciencia por delante. El parentesco es innegable —murmuró—. Vale. Mandaré a alguien para que se ocupe de él.
—Para que se ocupe de él ¿en plan...?
Otro profundo suspiro.
—En plan médico, Josh. No voy a matarlo. Apenas lo conozco.
—Vale.
Con Alex, siempre era mejor asegurarse de las cosas.
Me sugirió que fuera a ducharme arriba y que me pusiera una de sus mudas de recambio mientras él se ocupaba de la situación, y así lo hice.
Cuando salí, ya no había ni rastro de Max, y Alex estaba sentado en su salón, mirando algo en el móvil.
—¿Qué coño...? ¿Tienes elfos mágicos en casa o algo así? —Me dejé caer a su lado en el sofá.
La ducha no me había ido mal. No me sentía bien, pero sí mejor que antes, a pesar de que las imágenes de la figura ensangrentada de Max me perseguirían durante bastante tiempo.
Me sentía culpable. Tragué saliva.
—No. Tengo a un equipo muy competente y muy bien pagado. —Alex ni siquiera levantó la vista del teléfono—. Además, te has pasado una hora en la ducha. Incluso una abuela de avanzada edad podría haberse ocupado de Max en ese rato.
—Y una mierda. Me he duchado en diez minutos como máximo.
—Según el reloj, has tardado más.
Miré el reloj de pie que había en la esquina. Alex tenía razón. Hacía más de una hora que me había metido en la ducha.
Añadí, mentalmente, la pérdida de conciencia del paso del tiempo a la larga lista de cosas por las que preocuparme.
Cerré los ojos e hice presión con el puño en la frente.
—¿Qué cojones me está pasando?
Me sentía como un pasajero que no sabía que estaba en un tranvía descarrilado hasta que miraba por la ventana y veía el terreno hacia el cual se estaba dirigiendo a toda velocidad.
Un día tenía una vida increíble —era popular, conseguía todo lo que me proponía, tenía una familia maravillosa y unos amigos geniales— y, al siguiente, todo se había puesto a arder con tanta fuerza que solo quedaban cenizas.
—Si es por lo de Max, no te sientas tan mal. Ese tío es escoria; era evidente que iba a acabar así. Pero sobrevivirá. —Alex me miró—. Antes no has acabado de responderme. ¿Ya estás mejor?
No me gustaba nada tener que admitirlo, pero...
—Sí.
La oscura nube que me había estado persiguiendo en los últimos tres años seguía ahí, pero ya no pesaba tanto. Era más llevadera.
—Bien. Y ahora cuéntame lo de Jules.
—Por el amor de Dios... —Abrí los ojos y fulminé a Alex con la mirada. Una nueva tensión me recorrió la columna vertebral e hizo que se me petrificaran los músculos—. No hay nada que contar, pero si tienes curiosidad... Es una chica de metro setenta, pelirroja, con los ojos de color avellana...
—Acabas de pegar a un tío hasta casi matarlo porque le ha hecho daño —soltó Alex—. No finjas que Jules no te importa; no me insultes.
Me agarré el puente de la nariz arrepintiéndome, aunque no por primera vez, de la decisión que tomó mi yo de dieciocho años de hacerse amigo del tío que tenía sentado a mi lado.
Aun así, después de haber mantenido mi relación —mi antigua relación— con Jules en secreto durante tanto tiempo, sería agradable poder hablar del tema con alguien..., por más que dicho alguien tuviera la capacidad emocional de un ladrillo.
—¿Prometes que no se lo contarás a Ava? —Todavía no estaba listo para tener esa conversación.
—Prometo no sacar el tema. Pero, si me lo pregunta directamente, le contaré la verdad. —Alex se encogió de hombros—. Lo siento.
No había oído a nadie que lo sintiera menos en toda mi vida. Pero las probabilidades de que Ava preguntara por mí y por Jules eran bajas; mi hermana todavía creía que nos odiábamos.
Al cabo de un largo minuto de deliberación, le conté la historia completa a Alex, empezando por la tregua que acordamos con Jules mientras estuviéramos en el Centro y acabando por su visita a urgencias.
Cuando terminé, volví a sentir cierta presión en el pecho, y Alex se me quedó mirando con un extraño brillo de incertidumbre en los ojos.
—¿Qué?
—El noventa y nueve por ciento de personas de este planeta son idiotas —anunció—, y siento informarte de que tú formas parte de esta cifra.
Fruncí el ceño a más no poder.
—Estoy convencido de que en el fondo no quieres recuperar nuestra amistad.
¿Dónde había quedado lo de ser un lameculos? ¿Y los halagos? Había dejado su empresa y se había ido al puto Londres por Ava, ¿y ahora era incapaz de empatizar un poco conmigo y decirme: «Qué putada, tío»? Si es que siempre me tocaba pringar a mí.
—Si tanto te molesta, luego te mando un ramo de flores —dijo Alex, seco—. Pero, primero, escúchate. Estás enamorado de Jules, a saber por qué, ¿y te cabrea que te haya mentido ahora que ya te he contado la verdad?
Se me tensaron los hombros.
—No estoy enamorado de Jules.
—Casi matas a un tío por ella.
—¿Y? Tú casi matas a alguien a diario. No es nada del otro mundo.
—No me cambies de tema; no es lo tuyo. —Alex se quitó una pelusa de los pantalones con un movimiento rápido—. ¿Crees que no quiero recuperar nuestra amistad? Pues te diré aquello que dices que tanto quieres oír: la verdad.
—¿Y cuál es?
—Que eres un jodido cabezota que está demasiado ciego como para ver lo que tiene delante de las narices.
La tensión que sentí fue tan fuerte que incluso me dio jaqueca.
—He cambiado de opinión. No quiero oír la verdad.
Alex siguió hablando como si yo no hubiera dicho nada.
—Puede que Jules te mintiera, pero también te contó la verdad por voluntad propia. Si hubiera seguido con el pico cerrado, seguramente nunca te habrías enterado de lo que había hecho. La gente solo se confiesa así, espontáneamente, por una razón: porque quiere empezar de cero. Y la única razón por la que alguien quiere empezar de cero cuando su relación ya va bien es porque se ha dado cuenta de algo.
—Ve-te.
—Te quie...
—Ni se te ocurra decirlo. He dicho que te vayas, Jules. ¡Pírate, joder!
El corazón me palpitaba con tanta fuerza contra el pecho que sentía que me iba amoratando la caja torácica con cada doloroso latido.
—No hace falta que te diga qué es ese algo —prosiguió Alex—, eres listo de sobra como para pillarlo. Aunque dices que no te lo contó antes porque tenía miedo de cuál sería tu reacción; porque no pensaba que fueras a apoyarla. Ahora, dime: ¿cómo reaccionaste cuando te lo explicó?
El oxígeno fue desapareciendo de la sala.
De dolorosa nada. Cada bocanada de aire que tomaba era absolutamente insoportable.
—No soy el mayor fan de Jules, pero eres mi amigo y quiero que seas feliz. —A Alex se le relajó muy sutilmente la expresión, si bien la crudeza de sus palabras no disminuyó—. Pero no puedes ser feliz si te niegas a ver la realidad y miras a otro lado pensando que puedes alejarte de ella sin más y olvidarla. Te lo dice uno que en su día intentó hacer lo mismo con alguien a quien ama. Serás un desgraciado hasta que no resuelvas esta situación.
Nunca había oído a Alex utilizar tantas palabras en tan poco tiempo. De no haber estado ocupado repitiéndomelas mentalmente, aún me habría sorprendido más.
No te lo contó antes porque tenía miedo de cuál sería tu reacción. Ahora, dime: ¿cómo reaccionaste cuando te lo explicó?
Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos con fuerza otra vez.
—Pfff, joder.
¿Qué coño había hecho?