Twisted hate

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51. Jules

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Jules

Mi visita al hospital fue una mezcla de pruebas y reconocimientos. Tenía un corte en la cabeza, unos cuantos moratones un tanto feos, un esguince en el hombro y una leve conmoción cerebral; por lo demás, había tenido bastante suerte. Podría haber sido mucho peor.

A pesar de la conmoción, decidí acabar el examen de abogacía al día siguiente. Quería quitármelo de encima. Además, era un examen de opción múltiple; en el peor de los casos, podría marcarme un triple y rezar por que estuviera bien.

Entregué el examen. La administradora me sonrió y yo le devolví el gesto, cansada.

Había acabado. La suerte estaba echada.

No sabría si había probado hasta octubre, de modo que, ya puestos, podría celebrarlo durmiendo las próximas... setenta y dos horas.

Al salir de la sala de pruebas, estaba tan agotada que me pesaban las extremidades. Sin embargo, ahora que ya había terminado el examen, no podía dejar de pensar en mi visita al hospital el día anterior.

Era consciente de que Josh trabajaba en urgencias, por supuesto, pero no esperaba encontrármelo, aunque tampoco sabía muy bien por qué.

Al acordarme de su indiferente y frío reconocimiento, me dio un vuelco el corazón. No es que pensara que fuese a venir corriendo hacia mí y a perdonarme solo porque me había hecho daño, pero sí esperaba algo más de... ¿afectuosidad?, ¿empatía? No obstante, Josh me trató como si fuera otra paciente más a quien no conocía personalmente.

Competente y educado, pero sin emoción alguna.

«No pienses en eso. Ahora no.»

Rayarme demasiado era lo que me había jodido ayer. De no haber estado tan distraída, Max no me habría podido pillar tan por sorpresa.

Una fría capa de sudor me cubrió la piel. No pensaba que fuera tan estúpido como para volver al día siguiente, pero, ante situaciones desesperadas, la gente toma medidas desesperadas. Me imaginaba que sus «amigos» no estarían muy contentos de que hubiera perdido el cuadro y Max querría venganza por lo ocurrido en el hotel.

Había subestimado su inclinación hacia la violencia física.

Aunque si algo me pasaba a mí siempre, era que la gente que me rodeaba nunca acababa siendo como yo creía.

Aceleré el ritmo para poder meterme en el ascensor antes de que se cerraran las puertas. Estaba hasta los topes y olía ligeramente a atún y a sudor, pero seguía siendo mejor que ir por las escaleras. Aunque me pagaran todo el dinero del mundo, no volvería a bajar por ahí.

Me subí un poco la tira del bolso y encontré consuelo en el espray de pimienta y la táser que llevaba dentro. Me los había prestado Stella, que siempre los llevaba encima desde su breve aunque espantoso encuentro con un acosador el año pasado.

Cual reconocida influencer, mi amiga tenía que lidiar con gente muy pesada, pero ese tío se pasó de la raya. Le había mandado unas cartas asquerosas en las que especificaba todo lo que quería hacerle y también le había enviado por mensaje unas cuantas espontáneas suyas por la ciudad; eso la asustó tanto que incluso fue a la policía, aunque no sirvió de nada. Por suerte, el acosador en cuestión dejó de contactarla al cabo de unas semanas y Stella no volvió a saber de él.

Y todo eso solo lo sabía yo porque vivíamos juntas. Si a Stella no le hubiera preocupado que ese tío se presentara en nuestra casa, ni siquiera me lo habría contado. Tenía la mala costumbre de callarse todos sus problemas.

Las puertas del ascensor se abrieron.

«Gracias a Dios.»

Me gustaba el atún, pero no me gustaba el olor del atún mezclado con el sudor y media docena de perfumes distintos.

Crucé la entrada muerta de ganas por irme a casa y comerme otro tarro de helado. Me había zampado tantos Ben & Jerry’s a lo largo de la última semana que me sorprendía no haber explotado.

Ya casi había llegado a la salida cuando dos palabras hicieron que me detuviera:

—Hey, Pelirroja.

Al oír esa voz, aquí, llamándome por ese apodo, se me aceleró el pulso.

«No. Es imposible.»

Mi mente estaba volviendo a jugarme una mala pasada. Era imposible que Josh estuviera aquí después de cómo me había tratado el día anterior.

Un nudo cargado de emoción se me instaló en la garganta.

Varias personas pasaron por mi lado y me miraron extrañadas. Yo estaba ahí, plantada en el suelo de mármol, aunque en el fondo quería moverme. Os prometo que quería, pero mi cuerpo se negaba a obedecerme. Solo fui capaz de quedarme mirando hacia la salida con las mismas ganas de llegar ahí que de permanecer en mi burbuja ilusoria para siempre.

¿Y si era él de verdad? ¿Y si realmente estaba aquí? ¿Y si...?

Vi una sombra avanzando por el suelo bañado por la luz del sol. Alguien se puso delante de mí y me bloqueó la vista que tenía de la salida.

Levanté la mirada lentamente, estudiando aquel cuerpo vestido con una camisa; su pecho, aquellos amplios hombros y una marcada barbilla. Y entonces mis ojos encontraron los de Josh.

A mi corazón se le escapó un quejido, como si fuera un animal deseando que lo consolara la única persona capaz de hacerlo.

—No tenía claro que me hubieras oído. —Se metió las manos en los bolsillos. Unas estiradas cejas cubrían su preocupada mirada, pero se le dibujó una sonrisa en los labios—. ¿Qué tal el examen?

—Eh..., bien. —Era incapaz de creer lo que estaba pasando. Era surrealista.

Josh parecía una persona distinta a la del día anterior, y no me refería solamente a ese cambio de actitud radical. Ya nada quedaba de ese pulcro médico; ahora, en su lugar, había alguien más hosco, más curtido. Llevaba una barba de dos días que le cubría mejillas y barbilla, le había empalidecido ligeramente la piel y su pelo estaba tan enmarañado que parecía que se lo hubiera tocado con las manos miles de veces. En su mirada se atisbaba un claro arrepentimiento, y me dio un vuelco enorme el estómago.

Solo podía arrepentirse de una cosa y...

«No lo pienses.»

Me mordí la mejilla por dentro hasta que el sabor a cobre me envolvió la boca. Me negaba a hacerme ilusiones para que luego viniera Josh y volviera a destrozarlas.

—¿Podemos ir a hablar a alguna parte? —Josh se hizo a un lado para dejar pasar a alguien—. Tengo... —Guardó silencio un segundo y tragó saliva con tanta fuerza que se le marcaron los músculos de la garganta—. Necesito decirte algo.

—Puedes decírmelo aquí. —Me froté las palmas de las manos a ambos lados de los muslos discretamente. Tenía la falda pegada a la piel a pesar de las heladas corrientes del aire acondicionado y pasaba de tener calor a tener frío en cuestión de segundos.

—Vale. —En lugar de llevarme la contraria, Josh señaló con la barbilla hacia un pasillo que quedaba a un lado—. Al menos apartémonos del medio antes de que nos atropellen. Si los abogados ya son agresivos, los aspirantes a abogados todavía lo sois más.

Su hoyuelo se asomó prudentemente.

Al verlo, me derretí. De entre las tres cosas que más echaba de menos, su hoyuelo ocupaba la segunda posición, justo después de cómo besaba y antes de sus juguetones insultos.

Y, si bien en mi interior se escondía un sinfín de emociones, mi exterior permaneció intacto. Por más que lo intentara, fui incapaz de dibujar una sonrisa.

El hoyuelo desapareció y Josh tragó con fuerza otra vez.

No sé cómo, pero conseguí que me respondieran las piernas. Nos dirigimos hacia el pasillo en silencio y Josh fue girando los pomos de las puertas hasta que una cedió. Daba a una oficina que estaba vacía. No había ni un mueble, solo una pizarra blanca y una moqueta azul. El silencio que reinaba ahí era tal que incluso podía oír mi propio pulso.

Entré y jugueteé con la manga de mi blusa de seda con los dedos; aquel movimiento mecánico y familiar me tranquilizó.

—¿Qué haces aquí? ¿No tendrías que estar trabajando?

—Pedí un cambio de turno para tener el día libre. —Josh cerró la puerta y me estudió la cara. Su lento y meticuloso escrutinio hizo que una ola de calor me envolviera el cuerpo—. Quería asegurarme de que estabas bien.

No sé si fue el delirio, el agotamiento o una mezcla de los dos, pero reí. Mi risa sonó extraña, como el motor de un coche que arranca después de haber estado una semana sin que nadie lo usara.

—Estoy bien, pero no te has tomado el día libre para venir y presentarte aquí solo para saber cómo me encuentro. —Un dolor que ya conocía se acomodó en mi pecho—. Ayer me trataste tú. Ya sabes cómo estoy.

—Ya que sacas el tema... —A Josh se le desdibujó por completo la sonrisa—. A lo mejor pareció que no me... preocupara, y lo siento.

Me encogí de hombros como si me diera igual.

—Eres médico. Estabas siendo profesional y haciendo tu trabajo. Yo no soy nadie para pedir más.

—No soy solo tu médico, Jules.

El aire que tenía en los pulmones me sofocó.

—También eres el hermano de mi mejor amiga.

—Soy más que eso. —Dio un minúsculo paso hacia mí y yo retrocedí instintivamente.

Levanté la barbilla forzándome a no llorar. Ya había derramado suficientes lágrimas por él.

—Ya no.

Nadie lo hace mejor que tú. Es tu mejor cualidad.

Por más que me repitiera esas palabras, no dejaban de dolerme.

Eso era lo que pasaba con alguien que te había visto en tus mejores y peores momentos: que sabía cómo llegar a ti, sabía qué palabras te harían más daño.

Josh movió la mandíbula, pero, en lugar de rebatirme ese argumento, cambió de tema tan de repente que casi me dio un latigazo cervical.

—Ayer encontré a Max.

—¿Que qué? —Esto resultaba cada vez más surrealista.

—Que encontré a Max —repitió—. No va a volver a molestarte nunca. Alex y yo nos aseguramos de ello.

—¿Qué...? ¿Cómo...? —Nada de lo que me estaba diciendo tenía sentido—. ¿Se lo has contado a Alex? ¿Qué hicisteis? No lo habréis matado, ¿no?

En parte, solo estaba bromeando. Tampoco me destrozaría que Max muriera, pero no quería que Josh corriera riesgos por mí. No pondría las manos en el fuego por Alex, pero ¿por Josh? Él no era un asesino, y si había hecho algo en un ataque de cólera, lo perseguiría el resto de sus días.

Imaginármelo sufriendo así fue peor que cualquier chantaje o palabras hirientes.

—No, pero no me faltaron ganas. —Una cruda sonrisa se le dibujó en la cara—. Alex me calmó. Alex. No voy a aburrirte con los detalles, pero te prometo que le dejamos las cosas bien claras. Max no volverá a ponerse en contacto contigo.

—¿Por qué lo hiciste? —La esperanza sacó su traicionera cabeza y yo volví a esconderla. Esperanzarme solo me traía decepciones—. Cuando me viste ayer en el hospital, te dio igual.

Los ojos de Josh se ensombrecieron y pasaron de un vivo color chocolate a un perturbador e infinito color obsidiana.

—¿Que me dio igual? —Volvió a avanzar hacia mí y reculé de nuevo.

Seguimos con nuestro baile al son de los latidos de mi corazón, y no paramos hasta que mi espalda acabó empotrada contra la fría pared y Josh me envolvió con el calor de su cuerpo. Cuando habló de nuevo, el grave y peligroso timbre de su voz hizo que un escalofrío me recorriera toda la columna vertebral.

—Cuando entré en esa habitación y te vi herida casi pierdo los papeles; me importó un bledo mi trabajo. Quería matar a Max por haberte puesto las manos encima, y no es una hipérbole, Jules. Si hubieras visto las pintas que tenía ese tío cuando acabé con él... —Su aliento me rozó la piel—. Tiene suerte de seguir con vida. Pero como se le ocurra respirar siquiera en la misma dirección que tú, le extirparé las entrañas y lo ahorcaré con ellas. Así que no, Pelirroja, no me da igual. Me importas tanto que incluso me aterroriza.

Yo ya estaba volviéndome a caer por una inevitable espiral y lo único que amortiguaba la caída eran sus palabras. El aire iba cantando una dulce melodía mientras yo me precipitaba hacia una muerte casi segura.

La silenciosa promesa de violencia que acababa de hacer debería haberme asustado. Sin embargo, crepitó por mis venas cual corriente eléctrica.

—Me odias. —Me faltaba el aire y me dolía todo; deseaba con todas mis fuerzas que lo que acababa de decir fuera verdad, pero me aterraba equivocarme.

—Nunca te he odiado.

—Mentira.

Rio dulcemente y el sonido de su voz llenó cada molécula de aire que reposaba entre nosotros.

—Vale, quizás te odié un poco en su día. —Se le desvaneció la sonrisa y su mirada adoptó un aire serio—. No sé qué me has hecho, Pelirroja, pero he pasado de querer matarte... a estar dispuesto a matar por ti.

El estómago me dio un vuelco todavía más fuerte. Mil burbujas doradas revolotearon por mi interior hasta que tuve la sensación de ser un globo que volaba con el viento.

No sabía lo que había cambiado desde la semana pasada, cuando Josh...

¿Recuerdas que te he dicho que te perdonaba? Estaba mintiendo.

El globo petó con tanta rapidez que parecía que lo hubieran pinchado con el filo de una espada.

Josh no era cruel. No manipulaba los sentimientos de las personas para divertirse. Sin embargo, la semana pasada se había pasado tanto que casi había alcanzado los niveles de crueldad de Alex.

¿Y si esto era otro de sus enrevesados juegos? Me había dicho todo cuanto quería oír, pero no me fiaba de ese repentino cambio de ciento ochenta grados. La gente no podía deshacerse de la ira que él había demostrado sentir en solo una semana.

—¿Por mí o por mi «estrecho coño»? —lo interrogué citándolo. Me tembló la barbilla—. Es mi mejor cualidad, ¿no?

Se le dibujó una mueca de dolor en la cara.

—Jules...

—No puedes hacerme esto. No es justo. —La promesa que me había hecho a mí misma de no llorar se rompió justo en el instante en que una lágrima me rozó la mejilla—. Que la haya cagado no significa que puedas seguir torturándome. Tenemos que parar.

Se le escapó un gruñido del pecho.

Josh me secó la lágrima con el pulgar, con un tacto infinitamente dulce, pero sus ojos irradiaban intensidad.

—Ni parar ni leches —refunfuñó—. Yo no. Nosotros no.

—La semana pasada me echaste de tu casa. —Una nueva sensación de dolor me estrujó los pulmones—. Me follaste y luego te deshiciste de mí, igual que hace todo el mundo.

Lo había hecho porque estaba cabreado, y con razón, pero acordarme de sus palabras..., de cómo me había mirado...

Había cogido mi mayor inseguridad, la había convertido en un arma y la había apuntado hacia mí.

Josh empalideció y la expresión de dolor que se le había dibujado en la cara se intensificó hasta convertirse en algo tan visceral que, de no haber estado yo tan aterrada, habría echado abajo todas mis murallas.

Por más que quisiera volver con Josh, no podía dejar que me utilizaran o me manipularan de nuevo.

—Ha pasado solo una semana. ¿Qué ha cambiado? —Otra lágrima me rodó por la mejilla—. ¿Echas de menos el sexo? ¿Es eso?

—¡No! No es... —Josh se pasó la mano por el pelo—. Es cierto, no reaccioné bien cuando me contaste la verdad. No reaccioné nada bien. Me pilló por sorpresa, y lo ocurrido en los últimos años me había dejado tan trastocado que estallé de la forma más cruel que pude. —Tragó saliva con tanta vehemencia que se le movió la nuez—. Todas las personas en quienes he confiado me han mentido. Pero tú... A ti te conté cosas que nunca le había contado a nadie. Cosas que incluso me dolía admitirme a mí mismo. Tu traición fue más dura que cualquiera de las otras juntas, pero el error fue mío. Fui yo quien se equivocó al pensar que me habías traicionado cuando, en realidad, también eres la única persona que me ha contado la verdad por voluntad propia. No esperaste a que te pillara, aunque seguramente podrías habértelo callado para siempre y yo no me hubiese enterado nunca. Y fui... —Se le quebró la voz—. Fui un idiota. Y lo siento. Y te quie...

—Para. —No podía respirar—. Déjame ir. Por favor.

Tenía que pensar. Tenía que procesarlo todo. Todo eso era demasiado y yo no podía... No podía...

Volví a tomar una bocanada de aire de forma superficial, lo cual no consiguió mitigar el mareo.

—No puedo. —Su tono de voz estaba lleno de agonía—. Haré todo lo que quieras, menos eso. —Josh bajó la boca y noté los fuertes latidos de su corazón contra el mío.

Me giré antes de que pudiera besarme porque estaba muerta de miedo de pensar que, si cedía un poco, Josh iría a por todas y rompería lo poco que aún quedaba entero de mí.

Se detuvo. Su respiración estaba cargada de arrepentimiento.

—No puedo dejarte ir, Pelirroja. Sería más fácil que me pidieras que me desgarrara el corazón con mis propias manos, joder. —Me secó otra lágrima de la cara—. Sí, cometiste un error, pero yo fui cruel y dije cosas que no debería haber dicho nunca.

Josh me hundió la cara en el cuello. Sentí algo húmedo en la piel y me di cuenta de que no era la única que estaba llorando.

—Lo siento —confesó con voz ronca—. Siento haber reaccionado de esa forma. Siento haber explotado contigo cuando solo estabas intentando hacer lo correcto. Siento no haberte escogido a ti como te mereces cuando eres todo cuanto siempre he querido.

Un sollozo se apoderó de mi garganta.

—Lo siento, lo siento, lo siento... —Fue repitiendo el mismo mantra mientras me dejaba besos por el cuello y la mandíbula—. Lo siento muchísimo, joder.

Josh se acercó a mi boca y detuvo sus labios justo encima, esperando que le diera permiso. Esperando que lo perdonara.

Me quedé mirando al suelo. Mis esfuerzos por no hacerme esperanzas eran tantos que me escocían los ojos.

—Por favor. —Su derrotada súplica se coló entre los muros de mi resistencia—. Dime qué tengo que hacer, Pelirroja. Haré lo que sea.

—Yo... —Entre el incidente del día anterior con Max, el examen de abogacía y cómo se me bloqueaban las ideas cada vez que Josh estaba cerca, era incapaz de pensar con claridad. Un leve dolor se me acomodó en la sien y me nubló la mirada—. Necesito espacio. Solo necesito... Necesito...

A cada bocanada de aire que tomaba, menos oxígeno inhalaba.

Quería creer a Josh, de veras. Y, en ese embrollo, parte de la culpa también era mía. ¿No era yo quien quería que me perdonara por haberle mentido?

Sin embargo, ahora que había llegado el momento, había algo intangible y exasperante que no me permitía aprovechar la ocasión.

¿Y si me estaba mintiendo otra vez?

¿Y si yo volvía a equivocarme y Josh se marchaba para siempre?

¿Y si un día se despertaba y decidía que había sido él quien había cometido un error?

¿Recuerdas que te he dicho que te perdonaba? Estaba mintiendo.

¿De qué me sirve tener una hija si no sabe hacer bien una cosa tan sencilla?

La que nace puta, puta muere.

Nadie lo hace mejor que tú. Es tu mejor cualidad.

El batiburrillo de voces en mi cabeza hizo que el dolor se intensificara severamente. Las paredes se fueron cerrando a mi alrededor hasta que la aspereza fantasmal de aquel yeso blanco me arañó la piel e hizo que se me revolvieran las entrañas.

No tenía claustrofobia, pero a veces mis pensamientos me encerraban en una especie de jaula tan pequeña que me sofocaba con cada respiración.

—No puedo lidiar con esto ahora mismo. —Pestañeé en un intento por aclararme la visión—. Dame... Dame algo de tiempo. Necesito pensar.

Las últimas cuarenta y ocho horas habían convertido mi vida en un caos, y tenía que aclararme antes de hacer nada más.

Josh exhaló tembloroso.

—Jules...

—Por favor. —Se me quebró la voz.

Él cerró los ojos un segundo y luego me dio un beso en la frente.

—Vale. —Suspiró con pesadez y esa acción se me clavó en el pecho—. Tómate todo el tiempo que necesites. Esperaré.

No sé por qué, pero sus palabras hicieron que sintiera una nueva punzada de dolor en el corazón.

—¿Por qué?

Nunca me había esperado nadie. Era incapaz de imaginar que alguien fuera a hacerlo ahora.

—Porque eres la mujer con la que quiero estar. Hoy, mañana, dentro de un año o en unas cuantas décadas; eso nunca va a cambiar. —Los labios de Josh me rozaron la piel antes de que se apartara con la cara llena de conmoción—. Soy humano, Pelirroja. He cometido errores en el pasado y cometeré muchos más en el futuro. Pero hay un error que no pienso cometer en la vida: dejarte marchar. Mientras haya la mínima posibilidad de que estemos juntos, no te dejaré ir. Porque la posibilidad de estar contigo es mejor que la realidad de estar con cualquier otra persona.

Un líquido salado me resbaló por las mejillas.

—Así que, como te he dicho... —Josh me secó la lágrima—, esperaré. Esperaré el tiempo que haga falta.

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