Twisted hate

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52. Jules

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Jules

Me tomé el viernes y el lunes libres y volví al Centro el martes por la mañana, más confundida que nunca. Me había pasado los últimos días dándole vueltas al tema, pero seguía sin saber qué hacer con Josh. Cuanto más lo pensaba, más me dolía la cabeza, así que agradecí volver al trabajo para mantenerme ocupada. Al menos, estaría distraída del exagerado lío que era mi vida personal.

Por suerte, habían entrado bastantes casos nuevos en mi ausencia, de modo que estuve entretenida hasta bien avanzada la tarde, cuando oí repiquetear las campanillas que había encima de la puerta de entrada.

Habíamos cerrado para comer, así que seguro que era alguien que trabajaba aquí... o algún voluntario.

Cuando me di la vuelta y vi a Josh, el corazón me dio un salto. Iba vestido con su atuendo de trabajo, zapatillas incluidas.

Todo el mundo se había ido a la cocina o a comer fuera, con lo cual solo estábamos él y yo.

—Hola. —Sin saber muy bien cómo, aquella palabra consiguió atravesar el seco desierto de mi garganta.

—Hola. —Josh se detuvo al lado de mi escritorio y paseó la vista por el corte vendado que tenía en la frente. Tragó saliva y se le notó el movimiento en el cuello—. ¿Cómo va ese corte?

—Bien. Sobreviviré. —Conseguí dibujar una sonrisa—. ¿No deberías estar descansando ahora mismo?

Ahora que lo tenía más cerca, me fijé en los círculos púrpura que le envolvían los ojos y las marcas de cansancio que tenía alrededor de la boca.

—Debería, pero quería verte.

Una bandada de mariposas me revoloteó por el estómago, haciéndome cosquillas a su paso.

—Oh.

«¿Oh?» Por el amor de Dios, parecía idiota, pero es que había perdido todas mis capacidades como para actuar de forma adecuada.

A Josh se le encorvaron los labios y dejaron entrever un sutil atisbo de amargura. Había mantenido su promesa de darme espacio para pensar, pero el aire que nos separaba retumbaba con tantas palabras por decir que incluso me estaba ahogando en ellas.

La frustración se abrió paso en mi estómago. ¿Qué diantres me pasaba? ¿Por qué no podía olvidarme de todo y volver con él como quería? No estaba enfadada por las dolorosas palabras que me había dedicado. Entendía por qué había estallado de esa forma, pero por algún motivo no conseguía avanzar.

Josh abrió la boca, como si quisiera decir algo, pero la cerró de inmediato y fue hacia su escritorio. Nos pusimos a trabajar envueltos por un tenso silencio hasta que me sonó el móvil e interrumpió mi penoso intento de concentrarme en el caso más reciente del Centro.

Me sorprendí al ver quién era. Habíamos intercambiado números de teléfono en la boda de Bridget, pero la verdad era que no esperaba volver a saber de él.

—Hey, Asher —saludé al responder.

Josh dejó de teclear.

—Hey, Jules. —Asher Donovan arrastró las palabras pausadamente al otro lado del teléfono—. Perdona que te llame de repente, pero es que mañana tengo que pasarme por la ciudad por un viaje de último momento y quería ver si te aparecería ir a tomar algo. Me encantaría que nos pusiéramos al día.

—Esto... —Asher era guapísimo, encantador y un atleta mundialmente conocido. Debería haberme emocionado su invitación, sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que había disfrutado del breve encuentro que compartimos en la boda de Bridget a raíz de las travesuras de cierto miembro de la realeza británica embriagado.

No obstante, en ese momento, yo no estaba pensando en la idea de irme a tomar algo con el hombre al que la revista People describía como «el mejor soltero en el sector deportivo». En lugar de eso, estaba intentando con todas mis fuerzas no mirar al hombre que tenía sentado a menos de tres metros.

El calor que desprendía la mirada de Josh me atravesó la piel y me distrajo tantísimo que ni siquiera me impresionó el hecho de estar al teléfono con el mismísimo Asher Donovan.

El universo me lo estaba mandando todo a la vez, de veras. Lo bueno y lo malo.

—Tampoco sería en plan cita —añadió Asher—; más bien solo un par de amigos pasando el rato. Y..., a ver, eres la única persona que conozco que vive aquí, pero aunque no lo fueras seguiría quedando contigo.

—Me alegro de saberlo. —Reí—. Pero es que mañana... —La verdad era que solo me apetecía dormir toda la noche, igual que llevaba haciendo la última semana, aunque quizás también me vendría bien salir. Me sentiría más humana y menos como una triste concha pasando por las distintas etapas de su vida—. Venga, vale. ¿En el Bronze Gear a las seis? Es un bar que hay en el centro.

El calor que sentía en el lado izquierdo se convirtió en una ardiente hoguera. A pesar del helado aire acondicionado y de mi ligera blusa, perlas de sudor se acomodaron entre mis pechos y tuve que esforzarme con todo mi ser para no desviar la mirada hacia Josh.

—Perfecto —contestó Asher—. Vendré camuflado. Gorra de béisbol y camiseta azul.

—¿En serio funciona? —Dudaba que una simple gorra de béisbol pudiera mantenerlo en el anonimato. Su cara no era fácil de olvidar.

—Te sorprendería. La gente ve lo que espera ver, y nadie espera verme tomando algo en un bar de Washington un miércoles por la noche. Nos vemos, Jules.

—Chao.

Cuando colgué, el silencio era tal que habría jurado que podía oír el flujo de mi sangre a través de las venas.

—¿Asher Donovan? —preguntó Josh. Era una pregunta sin más, pero el apretado tono de su voz lo delató.

—Sí. Va a estar por la ciudad y quiere ir a tomar algo.

Más silencio.

¿Por qué narices hacía tanto calor aquí dentro? Me aparté el pelo de los hombros y por fin miré a la izquierda. Josh estaba apretando la mandíbula con tanta fuerza que me sorprendió que no se le rompiera.

Se me detuvo un segundo el corazón.

—No es una cita —añadí con cautela.

No sabía por qué había tenido la necesidad de aclarárselo. Josh y yo ya no estábamos juntos, y mi encuentro con Asher era puramente platónico. Sin embargo, al ver la fija expresión de Josh, me sentí culpable y un escalofrío me recorrió el cuerpo.

—Puede que tú pienses que no es una cita —Josh me dedicó una triste sonrisa antes de que volviera a poner la vista en el ordenador—, pero créeme, Jules: cualquier tío que te dejara escapar teniendo la mínima oportunidad de estar contigo sería un idiota.

 

 

—Creí que podía parar en Washington, pillar unas cuantas setas venenosas y utilizarlas para preparar algo especial para antes del partido —dijo Asher—. ¿Qué te parece?

—Genial. —Jugueteé con la pajita.

Tal y como habíamos acordado, Asher y yo quedamos la noche siguiente para ir a tomar algo en el Bronze Gear. En otra ocasión, habría querido que me contara hasta el más mínimo detalle de su última riña con otra estrella de fútbol europeo, pero estaba tan distraída que era incapaz de prestar demasiada atención a nuestro diálogo.

¿Qué estaría haciendo Josh en ese momento? Dormir, seguramente. Después de un largo turno ese día, se había vuelto a presentar en el Centro a pesar de que Barbs le había insistido para que se fuera a casa. Josh tenía toda la pinta de caer rendido en su propio escritorio.

—¿No deberías estar descansando ahora mismo?

—Debería, pero quería verte.

La risa de Asher me devolvió a la realidad.

—Una parte de mí se siente ofendida al ver que estás ignorándome descaradamente —anunció con un tono más seco que la ginebra que había en su copa—; la otra está intrigada.

Me sonrojé. Era cierto: estaba siendo una compañía malísima.

Además, estaba convencida de que Asher no estaba acostumbrado a que pasaran de él, y no solo porque le hubieran dado un Balón de Oro. De no ser un jugador de fútbol tan bueno, se ganaría perfectamente la vida como supermodelo.

Pómulos marcados, ojos verdes, pelo oscuro... Y yo no sentía nada más allá de la previa frustración por todo el tema de Josh.

A veces me cabreaba a mí misma por un sinfín de razones.

—Tu ego podrá soportarlo —dije jovial para intentar deshacerme de mi melancolía—. Aunque me sorprende que lo de la gorra funcione de verdad.

Asher se había bajado tanto la gorra de béisbol que le tapaba la mitad de la cara; además, aquellos vaqueros y la camiseta que había escogido nada tenían que ver con los elegantes atuendos que llevaba normalmente. Una gruesa barba de dos días le cubría las mejillas de la mandíbula, que solía llevar perfectamente afeitadas. Aun así, me resultaba increíble que un montón de gente pasara por nuestro lado sin volverse para mirarlo siquiera.

Asher tenía razón. La gente veía lo que esperaba ver.

—Bueno y ¿por qué has venido a Washington? —me interesé, cambiando de tema—. Dijiste que había sido algo de último minuto.

—Si te lo cuento, mi agente me mata. —Se terminó la bebida—. Pero tengo distintas reuniones en Estados Unidos y una es precisamente en Washington.

Me costaba creer que los medios de comunicación no hubieran hecho eco de su viaje a Estados Unidos. Aunque debo admitir que yo no estaba atenta a las noticias deportivas, así que a lo mejor sí que lo habían mencionado y yo ni siquiera lo sabía.

—¿Te resulta extraño ser tan famoso? —quise saber. No podía ni imaginarme cómo debería ser tener a la gente observando todos mis pasos.

—Antes sí, pero ahora ya me he acostumbrado. —Sonrió con sarcasmo—. ¿Puedo contarte un secreto? —Asentí y él prosiguió—: Nunca quise ser famoso.

Arqueé las cejas a más no poder.

—Venga ya...

Había famosos que se escondían para no estar en el punto de mira, pero parecía que Asher se sintiera como pez en el agua. Siempre salía con una nueva supermodelo, conducía los coches más rápidos del mercado y asistía a las mejores fiestas.

—En serio. —Se recostó en la silla—. A veces, ser un don nadie es, en cierto modo, liberador. Nadie espera nada de ti y no tienes tanta presión; en mi caso, solo estamos mi pasión por el deporte y yo. Me pasé muchísimo tiempo en la retaguardia porque me daba miedo hacerme famoso. ¿Yo, un don nadie de Berkshire, fichando para los mejores equipos y jugando contra los mejores jugadores del mundo? No me lo merecía. Pero me encanta el fútbol, el fútbol europeo, quiero decir, y esa forma de pensar acaba afectando a mi forma de jugar. No me di cuenta hasta que me lo dijo mi entrenador, y ahora... —Asher se encogió de hombros—. Como te decía, ya me he acostumbrado a la fama, pero lo más importante es que puedo jugar con todo mi potencial. Solo tuve que dejar de ponerme palos en las ruedas.

No me lo merecía.

Aquellas palabras retumbaron en mi mente y me llenaron los pulmones con una repentina y helada certeza. Oh, Dios. Quizás la razón por la que yo...

—Basta de hablar de mí —dijo Asher—. Hablemos de por qué ese tío lleva quince minutos mirándome como si quisiera arrancarme la cabeza. —Señaló hacia alguien que me quedaba detrás con la barbilla.

¿Lo habría reconocido ya alguien?

Me di la vuelta y la certeza que había sentido se convirtió en estupefacción al ver a Josh sentado a una mesa un tanto alejada de nosotros. Como yo estaba de espaldas a la puerta, no lo había visto entrar.

En lugar de apartar la mirada, Josh me la aguantó con una evidente tensión en sus oscuros ojos y en la mandíbula. De repente, una descarga eléctrica irrumpió en el aire e hizo que se me encendieran los nervios.

—Es el tío de la boda, ¿no? —Asher volvió a llamar mi atención. Le brillaban los ojos, divertido—. ¿Estáis saliendo?

—Yo no lo llamaría así. —Ya no.

La diversión de su mirada se intensificó.

—O sea que es complicado.

—Por decirlo de algún modo, sí. —Complicado, difícil y una de las pocas experiencias bonitas que había vivido hasta la fecha.

Aunque ya no estaba mirando a Josh, todavía podía sentir las chispas de aquellos dos segundos de contacto visual.

No me lo merecía.

Solo tuve que dejar de ponerme palos en las ruedas.

Cualquier interés que hubiera podido tener en continuar tomando algo con Asher desapareció.

—Lo siento, pero...

—Ve. —Me hizo un gesto con la mano—. De todos modos, tenía la impresión de que nuestra noche no se alargaría demasiado. Y estoy prácticamente convencido de que la gente me está empezando a reconocer, así que escápate mientras puedas.

Le seguí la mirada y vi que venían dos tíos directos hacia nosotros, con los ojos puestos en Asher y entusiasmadísimos, como si fueran sus mayores fans.

Ups.

—Buena suerte.

Asher rio.

—Gracias, por la suerte y por haberme hecho compañía durante unas cuantas horas. Si alguna vez te pasas por Manchester, avísame.

—Lo haré.

Me marché justo en el mismo instante en el que esos tipos llegaron a nuestra mesa.

—¿Eres Asher Donovan? —le preguntó uno—. ¡Soy superfán tuyo! El gol que marcaste el año pasado contra el Barça...

Sacudí la cabeza con la esperanza de que, cuando todo el mundo se hubiera dado cuenta de quién era Asher, no lo atosigaran demasiado. Pero, como bien había dicho él, ya estaba acostumbrado a eso. Me daba a mí que se las podría arreglar solito.

Yo, en cambio, tenía algo más importante de lo que ocuparme.

En lugar de ir hacia Josh, salí del bar y me quedé en la esquina de la acera. Cada vez había más gente en el Bronze Gear y no quería hablar allí.

Tal y como imaginé, Josh apareció en menos de un minuto.

—Muy discreto no eres —señalé. A pesar del bochorno veraniego, se me puso la piel de gallina.

—No he venido a ser discreto, Pelirroja. —Se detuvo justo enfrente de mí.

Unas gotitas de calor se desprendieron del aire y me calaron hasta llegar a las venas.

—¿Y entonces a qué has venido? —Traté de sonar despreocupada a pesar del aleteo de mariposas que sentía en el pecho—. ¿Me estás acosando, Josh Chen?

—¿Estás intentando olvidarme, Jules Ambrose?

Al oír su oscuro tono, tragué saliva.

—Porque, de ser el caso —siguió Josh a la vez que daba otro paso hacia mí—, que sepas que no va a funcionar.

Las mariposas enloquecieron.

—Te tienes en un pedestal terriblemente alto —apunté.

Una gran sonrisa se le dibujó en la cara.

—Te prometí que te daría todo el tiempo que necesitaras, y lo haré. Pero no pienso quedarme sentado esperando mientras vas de citas con otros tíos, Pelirroja.

—Ya te dije que no era una cita.

—Y yo te dije que yo no comparto. A ti no. —La ardiente mirada de Josh se clavó en la mía—. Me importa una mierda que ese tío sea multimillonario y que tenga la cara estampada en todas las revistas del mundo. Podría ser el jodido rey de Inglaterra, y aun así nunca te daría lo que yo sí estoy dispuesto a darte.

Ya tenía los pelos de punta, pero se me tensaron todavía más.

—¿Y qué es?

—Todo. —Acortó la distancia que nos separaba hasta que su boca quedó a unos pocos centímetros de la mía. Me mantuve firme, pero la descarga de electricidad que había sentido antes volvió a mí aún más intensamente y me corrió ávida por las venas. Había unas cuantas personas más en la acera; no estaban lo suficientemente cerca como para oírnos, pero tampoco me importaba. Cuando tenía a Josh cerca, era como si el resto del mundo no existiera—. Mi corazón. Mi alma. Mi dignidad. ¿Qué quieres que haga, Jules? —Se le quebró la voz en unos pedazos punzantes y dolorosos—. ¿Quieres que te suplique? Joder, dímelo y yo me arrodillo.

Sentí que se me humedecían los ojos. Me dolía el pecho y sacudí la cabeza.

¿De qué tienes tanto miedo?

La pregunta que me había hecho Josh en la boda de Bridget retumbó en mi cabeza. En su día no había sabido darle una respuesta, pero ahora ya lo sabía.

Tenía miedo de mí.

Incluso cuando había empezado a pillarme por Josh, una parte de mí sabía que lo nuestro no funcionaría mientras siguiera ocultándole mi secreto. Sin embargo, ahora que ya lo sabía todo, me aterrorizaban otras cosas: que me hiciera daño, que yo no fuera a ser suficiente, y que me quisiera de verdad cuando en realidad no me lo merecía.

Ya no era aquella niña pequeña de Ohio, pero había ciertos aspectos de la infancia tan enraizados en nuestro interior que se convertían en una parte de nosotros sin que nos diéramos cuenta siquiera. Después de pasarme casi toda una vida sin que nadie me quisiera, ahora que alguien se negaba a marcharse, yo no sabía cómo gestionar la situación.

A lo mejor ya era hora de que aprendiera.

—Prométeme que lo nuestro es de verdad —susurré.

Necesitaba saberlo; asegurarme, de todas las formas posibles, de que no volvería a romperme el corazón. Estaba tan cansada de resistirme y sabotear mi propia vida... Después de pasarme años nadando contracorriente, ya iba siendo hora de zambullirme en algo que quería de verdad, sin importarme adónde me llevara.

Al fin y al cabo, no había nada tan valiente como hacer una promesa... y mantenerla.

Josh me agarró la cara con ambas manos.

—Te lo prometo. —En sus labios se dibujó una diminuta sonrisa y su mirada buscó la mía con una prudente esperanza—. Me temo que vas a tener que quedarte conmigo para siempre.

Sus palabras me atravesaron la piel y envolvieron cada parte de mi cuerpo con su calor.

«Suéltalo ya, Jules.»

Dudé solo un segundo y al final mis labios se separaron en una tímida invitación.

Una expresión de alivio se dibujó en la cara de Josh antes de que se lanzara y su boca cubriera la mía para besarme de forma casi desesperada y con tanta pasión que me hizo encoger los dedos de los pies. Me fundí en él, saboreando su sabor y volviendo a sentirlo.

La presión que se había adueñado de mi corazón me fue abandonando y todos mis nervios recobraron vida.

Había besos que se sentían incluso en los huesos. Ese lo sentí en el alma.

—Doce días, ocho horas y nueve minutos. Me he pasado cada segundo pensando en ti. —Josh me rozó la boca con los labios mientras hablaba—. Antes pensaba que sabía lo que quería: ser médico, vivir aventuras, ser el más popular de todos, la persona que mejor cayera de la sala... Pensaba que todo eso me haría feliz, y lo hizo. Temporalmente. Pero tú... —Apoyó la frente en la mía—. Tú eres la única capaz de hacerme feliz para toda la vida.

Solté un sonido que quedó a medio camino entre una risa y un sollozo.

—Cuidado, Chen. Como sigas diciendo cosas así, puede que no te suelte nunca —dije utilizando las mismas palabras que había pronunciado él en nuestra primera cita.

Aquel hermoso hoyuelo que tenía volvió a aparecer en todo su esplendor.

—Eso espero. —Me agarró por detrás del cuello con una mano y me plantó otro beso en los labios, esta vez con más dulzura—. Por si no te ha quedado claro, te quiero, Jules Ambrose; incluso cuando me vuelves loco, joder. Sobre todo cuando me vuelves loco.

—Eso es porque eres masoca. —Fui incapaz de reprimir una sonrisa—. Pero no pasa nada. Yo también te quiero.

Era la primera vez que le decía eso a un chico, pero no me resultó extraño. Fue como si aquellas dos palabras siempre hubieran estado allí, en la punta de la lengua, esperando a que llegaran el momento y la persona adecuados antes de salir de mi boca.

La mano de Josh permaneció inmóvil.

—Repítelo —me pidió.

—Te quiero —exhalé con una energía increíble por todo el cuerpo y el corazón lleno a rebosar, tanto que pensé que iba a explotar en cualquier momento.

Una sonrisa socarrona se abrió paso entre los labios de Josh.

—Cómo no. Si es que soy adorable, joder, menos cuando estoy siendo un capullo..., que fue el caso durante la semana siguiente a tu confesión sobre lo del cuadro. —Desvió la vista hacia el grupo de adolescentes que nos estaban mirando y me di cuenta de que estábamos empezando a llamar la atención de los transeúntes—. Pero quizás deberíamos seguir con esto en un lugar más íntimo...

Mi apartamento solo quedaba a dos manzanas. Stella no estaba en casa y, justo al cruzar la puerta de mi habitación, Josh volvió a besarme y se arrodilló ante mí.

—Doce días, doce orgasmos. —Me levantó la falda y sentí el cálido roce de su aliento en la sensible piel de mis muslos—. Me parece lo más justo, ¿no crees?

Unas cuantas llamas empezaron a arder en la parte inferior de mi estómago.

—¿Qué...?

Mi pregunta sufrió una muerte indigna cuando Josh me bajó las bragas y me paseó la lengua por el clítoris.

«Oh, Dios.»

Agarré a Josh por el pelo mientras me lamía y succionaba hasta que el orgasmo se apoderó de mí. No me dio ni tiempo de recomponerme. Volvió a hundir la cabeza entre mis piernas y enseguida me convertí, de nuevo, en un cuerpo jadeante. Si no hubiera sido porque sus fuertes manos me agarraban por las caderas y me mantenían firme, ya habría caído rendida al suelo.

Aun así, a pesar de los orgasmos que me fueron azotando y el denso olor a sexo que se respiraba en el aire, lo que estábamos haciendo no tenía pinta de ser sexo sin más.

Más bien éramos dos personas haciendo el amor.

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