Twisted hate
53. Josh
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Josh
—Esto no era lo que tenía en mente cuando has dicho que siguiéramos la noche en tu casa. —Mi cojín amortiguó el suave refunfuño de Jules.
Contuve una carcajada mientras le enfriaba el hombro con un paquete de hielo envuelto en una toalla.
—En ningún momento he dicho cómo íbamos a seguir la noche.
Después de haberme disculpado minuciosamente en su apartamento, cogimos un tren en dirección a mi casa antes de que apareciera Stella. Al llegar, le pedí a Jules que se tumbara en mi cama para que pudiera curarle las heridas.
En unas semanas estaría completamente recuperada, pero imaginármela sufriendo, aunque fuera un poco y temporalmente, hacía que se me encogiera el corazón.
—Se sobreentendía. Me siento engañada. Engatusada. Falsamente informada. —Jules levantó la cabeza para lanzarme una mirada asesina—. ¿Dónde ha quedado el polvo de reconciliación, Chen?
Solté una carcajada.
—¿No has tenido bastante con los orgasmos de antes?
Le pasé los dedos por el cuello antes de llegar a su cara y apartarle un mechón de pelo del ojo. Me había pasado todo el trayecto en tren sin poder quitarle los ojos de encima por miedo a que, si apartaba la mirada demasiado tiempo, Jules fuera a desaparecer.
Había muchísimas razones por las cuales podría no haberme perdonado por cómo la traté y, de haber tomado esa decisión, no la habría culpado.
Pero menos mal que no había sido el caso, joder.
Me follaste y luego te deshiciste de mí, igual que hace todo el mundo.
Sentí una punzada de dolor en el pecho al acordarme de sus palabras.
Dios, si es que era un capullo integral.
—El sexo oral no es lo mismo. —Las palabras de Jules se transformaron en un leve suspiro cuando le besé el cuello y acaricié suavemente su humedad.
—¿Quieres que esté dentro de ti, Pelirroja?
Se estremeció de arriba abajo.
—Sí.
Yo ya estaba empalmado, pero se me puso aún más dura al oír la esperanza que se desprendió de su voz entrecortada; sin embargo, me mantuve firme—. Tienes un esguince en el hombro, Jules, por no hablar de todos los moratones. Tus heridas podrían empeorar.
Volvió a suspirar, esta vez con menos ganas.
—Esto me pasa por salir con un médico, ¿a que sí?
—Ajá. —Se me encorvó la comisura de los labios al verla tan exasperada—. Pero salir con un médico también tiene sus ventajas. Por ejemplo... —Le metí un dedo dentro mientras seguía acariciándole el clítoris con el pulgar—. Se me da muy pero que muy bien la anatomía.
El quejido de Jules se convirtió en un continuo de gemidos mientras se arqueaba con mi mano dentro. Le fui besando el pecho y el estómago, que tenía al aire, y sus gemidos se convirtieron en un grito cuando le abrí las piernas y le paseé la lengua por el sexo. Con fuertes lengüetazos, chupándoselo y succionándolo. Alabándola como si fuera un penitente y ella, mi salvación.
—Josh... Me... —El suave grito ahogado de Jules se me clavó directo al corazón—. Contigo dentro. Por favor. Quiero correrme teniéndote dentro.
Me detuve y gruñí. El corazón me latía con tanta fuerza que lo notaba en cada parte del cuerpo y sentía que la polla me iba a explotar en cualquier momento.
—Me vas a matar, Pelirroja.
No deberíamos hacerlo. Estaba herida; no de forma grave, pero aun así... Lo más inteligente sería esperar a que estuviera curada del todo.
Aunque no podía negarle nada mientras me suplicara de esa forma, por el amor de Dios.
Muy a mi pesar, levanté la cabeza y me erguí hasta quedar a la misma altura que ella.
—Hoy no lo haremos tan brusco, ¿vale? —Le aparté otro mechón de pelo de los ojos.
Jules asintió con tanto entusiasmo que casi volvió a reír, pero a la que me coloqué el condón y la penetré centímetro a centímetro hasta llenarla por completo, la risa se desvaneció.
Su gemido y el mío se fundieron en uno.
Estar dentro de ella era increíble, joder. Lo tenía estrecho y húmedo; estaba hecho para mí, como si Jules fuera aquella pieza de mi vida que me había faltado siempre.
Una pátina de sudor me envolvió la piel debido al esfuerzo de contener un orgasmo y gruñí suavemente, a modo de advertencia, cuando Jules se contrajo a mi alrededor.
—No puedo evitarlo. —Su respiración se volvió jadeante—. La tienes demasiado grande.
Aunque pasáramos tan solo unos días sin enrollarnos, Jules tenía que volver a acostumbrarse al tamaño de mi miembro otra vez.
—Pero la recibes maravillosamente. —Se la saqué y volví a metérsela suave y lentamente. Jules se retorció un poco, pero sus músculos se fueron relajando poco a poco y sentí que el orgullo me invadía el corazón—. Así. Justo así. Lo estás haciendo muy bien.
A Jules se le dibujó una expresión de placer en la cara.
—Josh...
—Tu coño está hecho para mí, Pelirroja. Toda tú estás hecha para mí. —Fui acelerando un poco y mi respiración se volvió más pesada. Aquel ritmo lento y sensual era totalmente opuesto a nuestra forma de follar, brusca, impetuosa; sin embargo, en cierto modo, era incluso más sexi.
Podía saborear cada penetración y cada gemido de Jules mientras el sexo se llevaba por delante cualquier mal recuerdo que tuviera de la última vez que habíamos estado juntos.
—No te cortes —solté al ver que se mordía el labio inferior. A juzgar por lo tensos que tenía los músculos, estaba a punto de correrse y yo lo sabía—. Quiero oír cómo gritas con esa dulce voz.
Bajé la mano para frotarle el clítoris y ejercí la suficiente presión como para acabar de llevarla al clímax mientras empezaba a ir un poco más rápido. Jules chilló de placer. Arqueó la espalda y, al notar cómo le palpitaban las paredes vaginales a mi alrededor, gruñí.
Verla así hizo que se me ensanchase el pecho. Corriéndose con todas sus fuerzas y tan hermosa que no habría podido apartar la mirada de ella aunque me estuvieran amenazando a punta de pistola.
—Así. —Le acaricié la mejilla con el pulgar y me incliné para besarla. Apasionadamente—. Buena chica —susurré—. Me encanta oír cómo gritas por mí.
Mi polla enseguida reaccionó a los gemidos de Jules y no tardé demasiado en correrme con otro fuerte gruñido.
Me aparté a un lado porque no quería darle un golpe en el hombro y nos quedamos ahí tumbados en un alegre silencio hasta que recobramos el aliento.
El sexo era una pasada, pero ¿esto? ¿Disfrutar de la compañía del otro después? Esto era todavía más increíble.
Me apoyé en un costado, abracé a Jules por la cintura y la acerqué a mí. Antes de estar con ella, las carantoñas siempre me habían dado absolutamente igual, pero me encantaba tenerla entre mis brazos. Sentía que era... como tenía que ser.
—¿Qué tal el hombro?
—Sigue en su sitio. —Yo fruncí el ceño y Jules rio—. Está bien, ¿lo ves? Nos hemos acostado y no me he muerto.
—No me hace gracia. —No quería ni bromear con la idea de que Jules muriera—. Luego volveré a mirártelo, por si acaso.
—De acuerdo, doctor Chen —me vaciló—. ¿Le ofreces estas revisiones tan hábiles a todo el mundo o es que yo soy especial?
—Solo se las ofrezco a mis pacientes más testarudos, irritantes y tocapelotas. A aquellos en quienes no puedo dejar de pensar. Por suerte —le acaricié la curva del culo con la palma de la mano—, solo tengo una paciente así.
A Jules se le entrecortó la respiración.
—Qué suerte la mía.
—Pues sí —respondí con una sonrisa socarrona en los labios.
—Mira que llegas a ser arrogante. —Rio y luego volvió a ponerse seria—. ¿Todavía tienes el cuadro? Los socios de Max vendrán a buscarlo y no...
—Ya me he ocupado del tema.
—¿Cómo?
—Ya lo verás.
Jules arrugó la nariz.
—Qué enigmático estás, ¿no?
—Es una sorpresa, Pelirroja. Ya lo verás —repetí.
Jules resopló y dejó el tema, pero estaba intrigada, se le notaba. No había nada que consiguiera llamarle más la atención que una sorpresa.
Ahora solo tenía que pensar cómo revelárselo... después de conseguir recuperar las entradas para el musical qué había destrozado la semana pasada. Podría hacerlo todo a la vez.
Le acaricié dulcemente la espalda con los nudillos de la mano mientras disfrutaba del simple hecho de oírla respirar. Jules bostezó y me hundió la cara en el pecho. Ahora que empezaban a amainar los efectos de la euforia poscoital, el cansancio cubrió el rostro de Jules y le ensombreció los ojos.
—Tarde o temprano, vamos a tener que contárselo a Ava —murmuró—. En algún momento.
—No me lo recuerdes. —Hice una mueca con solo imaginarme la reacción de mi hermana—. ¿Cuánto crees que deberíamos esperar? ¿Un año? ¿Una década?
—Una década, o quizás mejor un siglo. Sí, yo creo que un siglo está bien. Estará muy... —A Jules se le fue apagando la voz.
Bajé la vista para mirarla. Se había quedado frita; así, sin más.
Entre lo ocurrido con Max, el examen de abogacía y nuestra reconciliación, debía estar agotada.
Ya nos preocuparíamos más adelante por lo de Ava.
De momento, quería disfrutar de los ratos que eran nuestros y de nadie más.