Twisted hate

Twisted hate


Jules

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Jules

Deslizar hacia la derecha al ver una foto de un tío sujetando un pez en una aplicación de citas no podía aportar nada bueno. Y la red flag era aún mayor si el tío en cuestión se llamaba ni más ni menos que Todd.

Debería haberlo visto venir, pero ahí estaba yo: sola, sentada en el Bronze Gear, el bar de moda de Washington D. C., tomándome un combinado con vodka, que me había costado un riñón y medio, después de que me dejaran plantada.

Así, como os lo cuento.

Me habían dejado plantada por primera vez en la vida y lo había hecho un caballero de la pesca llamado Todd. Lo cual ya era suficiente como para que una chica dijera «a la mierda» y se puliera dieciséis dólares en una bebida a pesar de no trabajar a tiempo completo todavía.

¿Qué les pasaba a los tíos con las fotos de pesca? ¿No podían poner algo más creativo, como, por ejemplo, bucear en jaulas entre tiburones? También tiene que ver con el mar, pero está menos visto.

¿Que me pillara una lluvia torrencial de camino al campus sin paraguas ni sitio donde refugiarme? Hecho. (Cinco por ciento de probabilidad de lluvia, y un bledo. Debería denunciar a la empresa de la aplicación de meteorología.)

¿Quedarme encerrada durante cuarenta minutos en un metro atiborrado que apestaba a sudor por culpa de un problema eléctrico? Hecho.

¿Ir a ver apartamentos durante tres horas para acabar con los pies llenos de ampollas sin haber encontrado ninguna opción que me gustara? Hecho.

Después de un día tan catastrófico como este, lo único que me apetecía era cancelar la cita con Todd, pero no lo hice porque ya le había pedido que la pospusiéramos un par de veces: primero porque habían cambiado la hora de mi grupo de estudio y luego porque no me encontraba muy bien. Así que me aguanté y me presenté a la cita, total para que me dejara plantada.

El universo también tenía sentido del humor. Y era pésimo.

Me terminé la bebida y paré al camarero con un gesto.

—La cuenta, por favor.

Justo acababa de empezar la hora feliz, pero yo me moría de ganas de irme a casa y acurrucarme con mis dos amores de verdad: Netflix y Ben & Jerry’s. Ellos nunca me fallaban.

—Ya está pagado.

Arqueé las cejas y el camarero señaló con la cabeza hacia una mesa que había en una esquina, con unos cuantos veinteañeros bastante pijos. A juzgar por su indumentaria, tenían toda la pinta de trabajar en una consultoría. Uno de ellos, que llevaba una camisa de cuadros muy finos y tenía un aire a Clark Kent, levantó el vaso y me sonrió.

—Cortesía de Clark, el consultor.

Reprimí las ganas de reír, levanté el vaso y le devolví la sonrisa. Conque yo no era la única que creía que se parecía al alter ego de Superman...

—Clark, el consultor, me ha salvado de cenar ramen instantáneo, así que me lo voy a tomar en su honor —anuncié.

Dieciséis dólares que me había ahorrado, aunque dejé algo de propina. Como tenía experiencia en el sector de la hostelería, me había obsesionado con dejar propina de más. Nadie en este mundo tiene que aguantar a más capullos constantemente que quienes trabajan de cara al público.

Me terminé la bebida y clavé los ojos en Clark, el consultor, quien también me estudió atentamente la cara, el pelo y el cuerpo.

No creía en la falsa humildad; sabía que era guapa. Y sabía que, si me acercaba ahora mismo a esa mesa, podría calmar mi dañado ego con unas cuantas bebidas más, cumplidos y quizás, más tarde, un orgasmo o dos, siempre que el chaval supiera lo que se hacía.

Tentador..., pero no. Estaba demasiado cansada como para tener que ir hasta allí y currármelo para enrollarme con un tío.

Me alejé, no sin antes ver la mueca de decepción que se le dibujó en la cara. Hay que agradecerle a Clark, el consultor, que pillara el mensaje («Gracias por la bebida, pero no estoy interesada y no quiero nada más») y no intentara acercarse a mí, lo cual ya era mucho más de lo que podía decir de otros hombres.

Me colgué el asa del bolso en el hombro y, justo cuando iba a coger el abrigo que había colgado debajo de la barra, alguien rompió el silencio arrastrando las palabras con una voz grave y fanfarrona que hizo que se me erizara toda la piel.

—Hey, J. R.

Tres palabras. Conseguía ponerme en alerta con solo tres palabras. Para ser sincera, ahora ya era más bien como un reflejo condicionado de Pavlov. A la que oía su voz, la presión me subía hasta las nubes.

Cada-vez.

«El día mejora por momentos.»

Me agarré con fuerza al asa del bolso y luego me obligué a relajar la mano. No pensaba darle el gusto de que viera en mí el mínimo indicio de reacción.

Teniendo eso claro, cogí una bocanada de aire, me recompuse para mostrarme inexpresiva y me di la vuelta lentamente. Me recibió la vista más molesta del mundo junto con el sonido también más molesto del mundo.

El maldito Josh Chen.

Con su más de metro ochenta, vestido con vaqueros oscuros y una camisa de botones blanca que le quedaba perfectamente entallada para que pudiera presumir de músculos. No me cabía ninguna duda de que lo había hecho a propósito. Seguro que se preocupaba más por su apariencia que yo por la mía, y eso que yo le prestaba mucha atención. El Merriam-Webster debería poner una foto suya al lado de la palabra «vanidoso».

Lo peor era que, técnicamente, Josh era atractivo. Tenía el pelo grueso y oscuro, unos pómulos marcados y un cuerpo esculpido. Todo lo que me haría babear... si no fuera porque iban de la mano de un ego de tan sumas dimensiones que era digno de tener su propio código postal.

—Hola, Joshy —canturreé a sabiendas de lo mucho que detestaba ese apodo. Tendría que darle las gracias a Ava, mi mejor amiga y hermana de Josh, por esa valiosísima pizca de información.

Un haz de molestia le atravesó la mirada y sonreí. Ahora sí que empezaba a mejorar algo el día.

En mi defensa diré que fue Josh quien insistió en llamarme J. R. Era el diminutivo de Jessica Rabbit, el personaje de dibujos animados. Quizás otra persona se lo hubiese tomado como un cumplido; sin embargo, cuando eres pelirroja y tienes una copa D, la incesante comparación acababa haciéndose muy pesada, y Josh lo sabía.

—¿Has ido de copas sola? —Josh miró hacia los taburetes vacíos que tenía a ambos lados. Era la hora feliz del bar, pero aún no estaba en su máximo apogeo, y los asientos más buscados eran los que había en los reservados a lo largo de las paredes con paneles de roble, no los de la barra—. ¿O es que ya has asustado a todo el que estuviera en un radio de siete kilómetros?

—Tiene gracia que seas tú quien hable de asustar a la gente. —Miré a la mujer que había al lado de Josh. Era guapa, tenía el pelo castaño, los ojos marrones y una figura esbelta, y lucía un impresionante vestido cruzado con estampado. Qué pena que su buen gusto no se aplicara también a los hombres, suponiendo que estuviera en una cita con Josh—. Veo que ya te has recuperado del brote de sífilis y has podido engatusar a otra pobre ingenua para que tuviera una cita contigo. —Miré a la chica y le dije—: No sé tú, pero ya te digo yo que puedes conseguir a alguien muchísimo mejor. Créeme.

¿Habría pillado Josh sífilis de verdad? A lo mejor. O a lo mejor no. Se acostaba con muchas chicas, de modo que tampoco me sorprendería, y no estaría manteniendo el código de chicas si no avisara a Vestido Cruzado sobre la posibilidad de que acabara pillando una ETS.

En lugar de echarse atrás, la chica se rio.

—Gracias por tu advertencia, pero creo que no me pasará nada.

—Haciendo bromitas de ETS, qué original. —Si a Josh le había molestado que lo hubiese insultado delante de la tía con la que había salido, no se le notó lo más mínimo—. Espero que tus alegatos orales sean más creativos o no lo pasarás demasiado bien en el mundo legal. Eso suponiendo que apruebes el examen de abogacía, claro.

Sonrió con suficiencia y se le marcó el hoyuelo izquierdo.

Me contuve las ganas de hacer una mueca. Odiaba ese hoyuelo con todo mi ser. Cada vez que se lo veía, era como si se estuviera burlando de mí y me entraban unas ganas enormes de clavarle un cuchillo en ese mismo punto.

—Aprobaré —respondí fríamente, controlando mis violentos pensamientos. Josh siempre sacaba lo peor de mí—. Yo que tú esperaría que no te denunciaran nunca por mala praxis, Joshy, o seré la primera en ofrecer mis servicios a la parte demandante.

Había trabajado lo que no estaba escrito para estudiar Derecho en Thayer y para conseguir las prácticas en Silver & Klein, un prestigioso bufete de abogados donde había trabajado el verano pasado. Ahora que casi podía tocarlo con la punta de los dedos, no iba a dejar escapar mi sueño de convertirme en abogada.

Ni de coña.

Aprobaría el examen de abogacía y Josh Chen tendría que tragarse sus propias palabras. Con un poco de suerte, incluso se ahogaría con ellas.

—Teniendo en cuenta que todavía no te has graduado, hablas mucho. —Josh se recostó en la barra y apoyó el antebrazo en la encimera; parecía un modelo posando para GQ y eso resultaba irritante. Cambió de tema antes de que pudiera devolverle la pullita—. Vas muy arreglada para estar sola.

Me estudió el pelo rizado y el maquillaje que me había puesto para la cita. Luego posó su mirada en el collar dorado que me colgaba por el canalillo.

Me quedé petrificada. A diferencia de Clark, el consultor, sentir el escrutinio socarrón de Josh hacía que me ardiera el cuerpo. Notaba el metal del collar como brasas contra la piel e hice todo cuanto pude por no arrancármelo de un tirón y lanzárselo a esa cara de engreído que tenía.

Aun así y sin saber muy bien por qué, permanecí inmóvil mientras Josh continuaba mirándome. Y no lo hacía con lujuria, sino más bien como si me estuviera juzgando, como si estuviera recopilando todas las piezas de un puzle y las estuviera ordenando mentalmente para crear cierta imagen en su cabeza.

Josh reposó la vista en el vestido verde de cachemir que se me ajustaba al torso y la fue bajando por las medias negras que me cubrían las piernas hasta detenerse en las botas de tacón también negras para luego volver a subir los ojos y clavarlos en los míos, de color avellana. Le desapareció la sonrisa y en la cara se le dibujó una expresión que no supe descifrar.

Entre nosotros se acomodó un silencio ensordecedor que Josh rompió:

—Vas arreglada porque tienes una cita. —No se movió ni un ápice de esa posición relajada, pero en sus ojos aparecieron unos destellos oscuros que amenazaban con revelar toda la vergüenza que sentía yo en ese momento—. Pero estabas a punto de marcharte y solo son las cinco y media.

Levanté la barbilla y sentí que se me encendía la piel de tanto bochorno. Josh era muchas cosas (exasperante, arrogante, el vástago de Satanás...), pero no era tonto, y era la última persona que quería que supiera que me habían dejado plantada.

Me lo recordaría toda la vida.

—No me digas que no se ha presentado —dijo con un tono extraño en la voz.

El calor se intensificó. Dios mío, no debería haberme puesto algo de cachemir. Me estaba asando con ese estúpido vestido.

—Deberías preocuparte menos por mi vida amorosa y más por tu cita.

Desde que había aparecido, Josh no había mirado a Vestido Cruzado, aunque a ella no parecía importarle. La chica estaba demasiado ocupada charlando y riendo con la barman.

—Te aseguro que, de todas las cosas que tengo en mi lista de quehaceres, preocuparme por tu vida amorosa no está ni entre las primeras cinco mil. —A pesar del sarcasmo con el que lo dijo, Josh siguió mirándome con esa confusa expresión.

Me dio un vuelco el estómago sin ninguna razón aparente.

—Perfecto. —Fue una respuesta penosa, pero tenía el cerebro algo aturdido. Lo achaqué al cansancio. O al alcohol. O a un millón de cosas más que nada tenían que ver con el hombre que estaba sentado delante de mí.

Cogí el abrigo y bajé del taburete con la intención de irme sin cruzar ni una palabra más.

Por desgracia, calculé mal la distancia entre el reposapiés del taburete y el suelo. Me resbaló el pie y ahogué un grito mientras mi cuerpo se echaba hacia atrás sin que yo pudiera evitarlo. Estaba a nada de caerme de culo justo cuando alguien me agarró por la muñeca y tiró de mí hasta quedar otra vez de pie.

Josh y yo nos detuvimos al instante y ambos nos quedamos con la vista puesta en su mano alrededor de mi muñeca. No me acordaba de la última vez que nos habíamos tocado por voluntad propia. Quizás había sido hacía tres veranos, cuando él me empujó a la piscina durante una fiesta, con ropa y todo, y yo se la había devuelto dándole un codazo «sin querer» en la ingle.

Cuando no me sentía demasiado bien, pensar en Josh retorciéndose de dolor me levantaba el ánimo. Sin embargo, ahora no estaba pensando en eso.

En lo que sí estaba pensando era en lo alarmantemente cerca que estaba, suficiente como para que pudiera olerle el perfume. Era un aroma agradable y con toques cítricos, y no me recordaba al fuego y al azufre, tal y como me había imaginado.

La adrenalina provocada por esa casi caída me recorrió de arriba abajo e hizo que el corazón se me acelerara tanto que no podía ser ni saludable.

—Ya puedes soltarme. —Me esforcé en igualar mi respiración a pesar del sofocante calor que sentía—. Antes de que me dé urticaria.

Josh me agarró con más fuerza una milésima de segundo y luego me soltó el brazo como si fuera una patata ardiente. Su rostro se llenó de enfado e hizo desaparecer la inexpresividad de hacía dos segundos.

—De nada. Por haberte ahorrado que te rompieras el coxis, J. R.

—No seas dramático, Joshy. Me habría agarrado a algún sitio yo solita.

—Seguro. No vaya a ser que se te escape un gracias de la boca —respondió con un sarcasmo cada vez más agudo—. Eres insoportable, ¿lo sabías?

—Es mejor que ser un capullo.

Todo el mundo veía a Josh como a un médico encantador y guapísimo. Yo, en cambio, cuando lo miraba veía a un capullo falso y criticón.

Encontrarás a otras amigas, Ava. Esta chica te traerá malos rollos. No te conviene tener a alguien así en tu vida.

Me ruboricé. Hacía siete años desde que había oído a Josh hablando sobre mí con Ava, justo cuando se empezó a forjar nuestra amistad; acordarme de eso aún me dolía. Aunque nunca les dije que los había oído; lo único que habría conseguido hubiese sido que Ava se sintiera mal. Además, Josh no tenía que enterarse del daño que me habían hecho sus palabras.

No era la primera persona que creía que yo no era suficientemente buena, pero sí que había sido el primero en intentar arruinar una de mis incipientes amistades solo por eso.

Sonreí como buenamente pude.

—Si me disculpas, ya he excedido el límite de mi tolerancia diaria hacia tu presencia. —Me puse el abrigo y los guantes y me coloqué bien el bolso—. Dale a tu cita mi más sentido pésame.

Antes de que pudiera responder, me alejé por su lado a toda prisa; salí y me recibió el aire fresco del mes de marzo. Una vez fuera, me permití relajarme a pesar de que seguía teniendo el pulso frenéticamente acelerado.

De toda la gente que me podría haber encontrado en el bar, tenía que dar con Josh Chen. ¿Podía empeorar aún más el día?

¿Te acuerdas de cuando te dejaron plantada, J. R.?

¿Te acuerdas de cuando te quedaste sentada en la barra de un bar durante una hora, completamente sola, cual pringada?

¿Te acuerdas de cuando te arreglaste y acabaste lo poco que quedaba de tu sombra de ojos favorita para un tío que se llamaba Todd?

Vale, Josh no sabía nada de los dos últimos puntos, pero tampoco me sorprendería que se acabase enterando.

Hundí un poco más las manos en los bolsillos y me fui de ahí. Tenía unas ganas inmensas de poner la máxima distancia posible entre el vástago de Satanás y yo.

Habían construido el Bronze Gear en una calle muy concurrida, llena de restaurantes, donde la música inundaba el aire y las aceras se llenaban de gente incluso en invierno. La calle por la cual estaba caminando en ese momento, que era justo la de encima, estaba sumida en un silencio escalofriante. Las tiendas que se amontonaban a ambos lados estaban cerradas y algunos brotes de malas hierbas se asomaban por las grietas que había en el suelo. El sol todavía no se había puesto, pero las largas sombras que lo envolvían todo le daban al ambiente un aspecto un tanto siniestro.

Eché a andar más deprisa por inercia, aunque seguía distraída no solo por mi encontronazo con Josh, sino también por todas las cosas que tenía que hacer. Cuando estaba sola, mis preocupaciones y tareas por completar se me amontaban en el cerebro como si fueran un niño pequeño queriendo llamar la atención de sus padres.

«La graduación, estudiar para el examen de abogacía, seguramente enviarle un mensaje a Todd para cantarle las cuarenta (no, no vale la pena), seguir mirando por Internet a ver si encuentro un apartamento, la fiesta sorpresa de este fin de semana para celebrar el cumpleaños de Ava...»

«Espera.»

«Cumpleaños. Marzo.»

Frené en seco.

Madre mía.

Además de Ava, conocía a otra persona que cumplía años a principios de marzo, pero...

Cogí el móvil del bolsillo con la mano temblorosa y me dio un vuelco el estómago al ver la fecha: 2 de marzo.

Hoy era su cumpleaños. Se me había olvidado por completo.

La culpabilidad se arremolinó en mi interior y me pregunté, como hacía cada año, si debería llamarla. Nunca lo hacía, pero... quizás esta vez sería distinto.

Ya, eso también me lo repetía año tras año.

No debería sentirme culpable. Ella tampoco me llamaba nunca por mi cumpleaños. Ni por Navidad. Ni en ninguna otra festividad. Hacía siete años que no había visto ni hablado con Adeline.

«Llama. No llames. Llama. No llames.»

Me mordí el labio inferior.

Hoy cumplía cuarenta y cinco años. Era una fecha importante, ¿no? Lo suficientemente importante como para justificar que su hija le deseara feliz cumpleaños... siempre y cuando quisiera algo de mi parte.

Estaba tan ocupada debatiéndome sobre si llamarla o no que no me di cuenta de que alguien se me estaba acercando hasta que noté la dureza del cañón de una pistola en la espalda y oí la orden de una voz áspera:

—Dame el móvil y la cartera. Venga.

Me dio un vuelco el corazón y casi se me cae el móvil al suelo. Me quedé petrificada; no me lo podía creer.

«¿Es coña?»

Nunca le hagáis preguntas cuya respuesta no queréis saber al universo porque, por lo visto, el maldito día sí que podía empeorar más aún.

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