Twisted hate

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2. Josh

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Josh

—Ahórratelo. —Abrí el botellín de cerveza e hice caso omiso a la divertida expresión de Clara. La barman con la que había estado tonteando antes, una chica joven, había tenido que salir para ocuparse del montón de clientes que atraía la hora feliz al bar y, desde entonces, Clara no había parado de mirarme con una sonrisa socarrona en los labios.

—Vale, me lo ahorro. —Se cruzó de piernas y le dio un pequeño sorbo a la bebida.

Clara trabajaba como enfermera en las urgencias del Hospital de la Universidad de Thayer, donde yo estaba haciendo el tercer año de residencia y me estaba especializando en Medicina de Urgencias y Emergencias, de modo que nos veíamos a menudo. Éramos amigos desde mi primer año de residencia y nos empezamos a llevar bien gracias a nuestra compartida pasión por los deportes de acción y las películas cursis de los noventa; sin embargo, el interés sexual que le despertaba yo o cualquier otro tío era el mismo que le podía despertar una piedra.

Clara y yo no teníamos una cita ni por asomo; al menos, no en el plano romántico, pero tampoco me había esmerado en corregir a Jules. Mi vida personal no le incumbía lo más mínimo. Maldita sea, si es que a veces incluso desearía que no me incumbiera ni a mí.

—Mejor. —Vi que una rubia guapa me estaba mirando desde la otra punta de la barra y le dediqué una insinuante sonrisa, a lo que ella me respondió con otra.

Justo lo que necesitaba esta noche. Alcohol, ver el partido de los Wizards con Clara y tontear un poco con alguna chica. Lo que fuera con tal de no pensar en la carta que tenía esperándome en casa.

Me corrijo: las cartas. En plural.

24 de diciembre. 16 de enero. 20 de febrero. 2 de marzo. Por mi mente fueron pasando las fechas de las cartas más recientes que me había mandado Michael.

Recibía una al mes, sin falta, y me odiaba a mí mismo por no tirarlas a la basura tal cual iban llegando.

Le di un sorbo considerable a la cerveza para intentar olvidarme del fajo de cartas por abrir que tenía aguardándome en el cajón del escritorio. Ya era la segunda birra que me tomaba en menos de diez minutos, pero, eh, a la mierda: había sido un día muy largo. Tenía que despejarme.

—Siempre me han gustado las pelirrojas —señaló Clara, reanudando una conversación que no me apetecía tener—. Quizás porque, de pequeña, mi peli favorita era La sirenita.

Exhalé con pesadez y Clara dibujó una sonrisa ante mi reacción.

—Tu falta de sutileza es increíble.

—Me gusta que como mínimo uno de mis rasgos sea increíble. —Me dedicó una sonrisa aún más amplia—. Bueno, y ¿quién era?

No hacía falta ni que intentara esquivar la pregunta. A la que Clara se olisqueaba que un tema podía ser jugoso, se ponía peor que un pitbull con un hueso.

—La mejor amiga de mi hermana y una que siempre me toca los cojones. —Una tensión considerable se aposentó encima de mis hombros al acordarme del trompazo con Jules.

Típico de ella: gruñona incluso cuando intentaba ayudarla. Es que nada de darle una rama de olivo. Debería ofrecerle un ramo entero de espinas y esperar que la pinchara como se merece.

Cada vez que intentaba hacer un buen gesto con ella (que, a decir verdad, no solía ser demasiado a menudo), Jules me recordaba por qué nunca seríamos amigos. Éramos los dos demasiado tozudos y teníamos personalidades demasiado parecidas. Era como intentar combatir el fuego con más fuego.

Por desgracia, Jules y mi hermana, Ava, llevaban siendo uña y carne desde que compartieron habitación en su primer año de universidad. Y eso significaba que yo tendría que apechugar con tener a Jules en mi vida a pesar de que nos sacáramos de quicio el uno al otro.

No sabía lo que le pasaba a esa chica conmigo, pero lo que sí sabía era que tenía cierta inclinación a meter a Ava en problemas.

Se conocían desde hacía siete años, y en ese tiempo ya había visto a Ava colocada y prácticamente corriendo en bolas en medio de una fiesta por culpa de los brownies de maría de Jules; la había consolado después de que, borracha en la fiesta de los veinte de Jules, se tiñera el pelo de un naranja semipermanente, y las había rescatado del lado de una carretera en Bumfuck (Maryland), cuando a Jules se le ocurrió la brillante idea de irse con unos cuantos tíos a los que habían conocido en un bar durante un viaje por carretera a Nueva York planeado en el último minuto. Resulta que, de camino, el coche se estropeó y, por suerte, esos tíos no resultaron ser problemáticos, pero aun así... La cosa podría haber salido mal, pero que muy mal.

Y eso eran solo algunos ejemplos. Podría hablar de miles de ocasiones más en las que Jules había convencido a mi hermana para se uniera a uno de sus descabellados planes.

Ava ya era adulta y podía tomar sus propias decisiones, pero también confiaba demasiado en los demás. Y mi trabajo como hermano mayor era protegerla, sobre todo tras la muerte de nuestra madre y después de que nuestro padre resultara ser un puto psicópata.

Y yo estaba completamente convencido de que Jules era una mala influencia. Punto.

A Clara se le curvaron los labios.

—¿Y esa que siempre te toca los cojones cómo se llama?

Volví a dar un trago a la cerveza y luego respondí seco:

—Jules.

—Mmm. Pues Jules es muy guapa.

—La mayoría de los súcubos carnívoros lo son —respondí cabreado.

Sí, Jules era guapa, pero también lo eran los acónitos y los pulpos de anillos azules. Eran todos bonitos por fuera, aunque escondían un veneno letal en su interior. Y, en el caso de Jules, el veneno salía por su viperina lengua.

A la mayoría de los tíos los cegaban sus curvas y esos grandes ojos de color avellana, pero eso a mí no me ocurría. La conocía demasiado bien como para morder el anzuelo. Los pobres idiotas a quienes había roto el corazón en Thayer eran una prueba viviente de que me tenía que mantener alejado de ella por mi propio bienestar mental.

—Nunca te había visto tan malhumorado por una mujer. —Clara tenía cara de satisfacción total—. Espérate a que se lo cuente al resto del equipo de enfermería.

Ay, señor...

Gossip Girl no tenía nada que envidiarle al grupo de enfermeras de Thayer. En cuanto se enteraban de algo, lo iban contando por todo el hospital y las noticias se esparcían ávidas como las llamas de un incendio.

—Ni estoy malhumorado ni hay nada que contar. —Cambié de tema antes de que pudiera seguir insistiendo. No me apetecía seguir hablando de Jules Ambrose ni un segundo más de lo necesario—. Si quieres enterarte de algo que sea cierto de verdad, yo te lo digo: ya sé dónde me iré de vacaciones.

Clara puso los ojos en blanco.

—A diferencia de tu vida amorosa, esto no es para nada interesante. Tienes a la mitad de las enfermeras loquitas por ti. Es que no lo pillo.

—Mujer, pero si yo soy un partidazo.

No es que fuera un arrogante, es que era verdad. Aunque jamás me acostaría con alguien que trabajara en el hospital. Era eso de «donde metas la olla, no metas la polla».

—Sí, y humilde también. —Clara se acabó rindiendo, dejó de intentar sonsacarme más información sobre Jules y cedió ante mi evidente cambio de tema—. Vale, te seguiré el rollo. ¿Dónde te irás de vacaciones?

Sonreí, esta vez de verdad.

—A Nueva Zelanda.

Había estado debatiéndome sobre si ir a Nueva Zelanda a hacer puenting o a Sudáfrica para bucear en jaulas entre tiburones. Al final me decidí por la primera y anoche compré los billetes.

Los residentes de Medicina tenían unos horarios de mierda, pero los de Medicina de Urgencias y Emergencias los tenían algo mejores que los cirujanos, por poner un ejemplo. Trabajaba en turnos de entre ocho y doce horas; cada seis días, tenía uno libre por obligación, y tenía cuatro tandas de cinco días de vacaciones al año. A cambio, teníamos que trabajar los turnos enteros sin parar, pero a mí me daba igual. Me gustaba estar ocupado. Así no pensaba en otras cosas.

Sin embargo, este año me moría de ganas de mis primeras vacaciones. Había pedido una semana en primavera y me la habían concedido. Ya me imaginaba cómo sería estar en Nueva Zelanda: cielos azules sin una nube, montañas con las cimas nevadas, la sensación de ingravidez mientras me precipitaba en caída libre por el aire y la adrenalina que me corría por las venas cada vez que disfrutaba practicando uno de mis deportes favoritos.

—Cállate —se quejó Clara—. Qué envidia. ¿Qué excursiones tienes pensado hacer?

Había buscado información de sobra acerca de cuáles eran las mejores excursiones para hacer allí, y le fui contando mis planes a Clara hasta que la camarera volvió y mi compañera se distrajo. Como no quería cortarles el rollo (y arrebatarles la posibilidad de algo), me centré en mi bebida y en el partido de baloncesto entre los Wizards y los Raptors que tenían puesto en la tele.

Justo cuando iba a pedir otra cerveza, la dulce voz de una mujer me interrumpió.

—¿Está ocupado? —preguntó refiriéndose a un asiento.

Me di la vuelta y vi a la guapa rubia con la que había establecido contacto visual hacía un rato. No me había dado cuenta de que se había levantado de donde estaba, pero ahora la tenía tan cerca que podía apreciar las pecas que le bailaban por la nariz.

La costumbre me llevó a dedicarle una vaga sonrisa y ella se sonrojó de inmediato.

—Todo tuyo —contesté.

A estas alturas, conocía tan bien las técnicas de flirteo que apenas tenía que esmerarme. Estas cosas no se olvidan. La invité a una bebida, le pregunté un poco sobre ella misma, escuché atentamente (o fingí hacerlo) y fui asintiendo e intercambiando alguna que otra opinión de vez en cuando, le acaricié la mano con la mía para establecer contacto físico...

Antes, todo esto solía divertirme, pero ahora lo hacía porque..., bueno, la verdad es que no sabía muy bien por qué. Supongo que porque era lo que había hecho siempre.

—Quiero ser veterinaria...

Volví a asentir intentando no bostezar con todas mis fuerzas. ¿Qué narices me pasaba?

Robin, la rubia, estaba buena y, si entendíamos que había reposado la mano en mi muslo como una indirecta, hubiera dicho que también estaba dispuesta a que nos fuéramos a algún sitio con algo más de privacidad. Sus aventuras de cuando montaba a caballo de pequeña no es que fueran exactamente fascinantes, pero se me solía dar bien eso de encontrar aunque solo fuera un dato interesante en cada conversación.

Quizás era yo. Últimamente, el aburrimiento me acompañaba allí donde fuera y no sabía cómo deshacerme de esta maldita sensación.

Las fiestas a las que iba eran siempre más de lo mismo. Las chicas con las que me acostaba no me satisfacían. Las citas que tenía se habían acabado convirtiendo en acontecimientos rutinarios. Solo sentía algo cuando estaba en urgencias.

Desvié la vista hacia Clara. Seguía tonteando con la camarera, que estaba ignorando vivamente a sus clientes y mirando a Clara con cara de enamorada.

—No me acabo de decidir entre un pomerano o un chihuahua... —continuó diciendo Robin, que no había dejado de hablar.

—Los pomeranos están bien. —Hice ademán de mirar la hora en el reloj que llevaba en la muñeca y añadí—: Oye, perdona que te corte, pero tengo que ir a recoger a mi primo al aeropuerto. —No era una gran excusa, pero era la primera que se me había ocurrido.

A Robin le cambió la expresión.

—Oh, vaya. Igual podríamos vernos algún día. —Garabateó su número de teléfono en una servilleta y me la pasó—. Llámame.

Le respondí con una sonrisa evasiva. No me gustaba prometer cosas que no iba a cumplir.

«Diviértete», le articulé a Clara con los labios al salir. Me hizo un gesto con la cabeza y sonrió discretamente antes de volver a centrar su atención en la barman.

Hacía tiempo que no salía de forma tan escopeteada de un bar. No es que estuviera enfadado por cómo había ido la noche. Clara y yo solíamos salir a tomar algo juntos, y cuando nos... distraíamos íbamos por caminos separados; pero hoy yo tendría que pensar dónde ir.

Todavía era temprano y aún no quería volver a casa. Y tampoco quería ir a ninguno de los otros bares que había en esta calle por si acaso Robin hacía lo mismo al cabo de un rato.

«A la mierda. Acabaré de ver el partido en el antro que hay al lado de mi casa.» La cerveza y la tele eran eso: cerveza y tele, daba igual dónde. Con un poco de suerte, el metro iría bien de tiempo y no me perdería el resto del partido.

Me fui y me adentré en una calle más silenciosa que daba a la estación de metro. A medio camino vi, en el callejón que había al lado de lo que en su día había sido una tienda de zapatos, el destello de una melena pelirroja y un abrigo lila que me resultaba familiar.

Ralenticé el paso. ¿Qué narices seguía haciendo Jules aquí? Se había ido unos veinte minutos largos antes que yo.

Y entonces me di cuenta de que le resplandecía algo metalizado en la mano. Una pistola. Apuntando directamente al hombre con barba desaliñada que tenía delante.

—Pero ¿qué coño...? —Mi expresión de incredulidad resonó por la calle vacía y rebotó contra las persianas de los escaparates.

¿De dónde narices había sacado Jules una pistola?

Esta se dio la vuelta para poder mirarme sin tener que apartar la vista del hombre. El debilucho se había cubierto su media melena castaña con una boina andrajosa y llevaba un abrigo negro que le quedaba enorme.

—Ha intentado atracarme —me informó.

Mr. Boina la miró con desprecio, pero fue lo suficientemente listo como para cerrar el pico.

Me apreté la sien con la esperanza de que me sacara de la realidad alternativa en la que parecía haber saltado. Nop. Seguía en el mismo maldito lugar.

—Y esa pistola supongo que será suya, ¿no?

Por alguna razón, no me sorprendía que Jules hubiera cambiado las reglas del juego con el que técnicamente había intentado robarle. Si la secuestraran, seguro que la devolverían en menos de una hora de lo insoportable que era.

—Sí, Sherlock. —Jules agarró el arma con más fuerza—. Ya he llamado a la policía. Están de camino.

Acto seguido, oímos el estridente ruido de unas sirenas.

Mr. Boina se quedó petrificado, entró en pánico y miró a su alrededor.

—Ni se te ocurra —lo advirtió Jules—. O te disparo. Yo no me ando con faroles.

—Lo hará —le aseguré—. Una vez vi cómo disparaba a un tío en el culo con una Smith & Wesson porque le había robado una bolsa de patatas. —Bajé la voz hasta susurrar en modo conspiratorio—: No sabes lo mucho que llega a cabrearse cuando tiene hambre.

La situación no podía ser más absurda. Ya puestos, me entretendría un rato.

Como decía antes: estaba aburrido.

Al escuchar lo que acababa de inventarme, Jules dibujó una rápida mueca antes de volver a ponerse seria y fruncir el ceño.

Mr. Boina abrió los ojos a más no poder.

—¿En serio? —Fue paseando la vista entre ella y yo—. ¿De qué os conocéis? ¿Folláis?

Jules y yo retrocedimos al mismo tiempo.

O Mr. Boina nos acababa de preguntar algo tan estúpido y fuera de lugar para distraernos, o quería que vomitara. Y, en caso de que fuera la segunda opción, casi lo había logrado. Las tripas me empezaron a dar vueltas como una hormigonera a toda máquina.

—Nunca jamás. Míralo. —Jules me señaló con la mano que tenía libre—. No le pondría la mano encima a este ni de coña.

Mr. Boina me miró con los ojos entrecerrados y preguntó:

—¿Qué le pasa?

—No dejaría que me pusieras la mano encima ni que te ofrecieras a pagarme todos los préstamos universitarios —gruñí.

Aunque Jules Ambrose fuera la última mujer en la tierra; me daba igual. Era la única persona con la que nunca me acostaría. Jamás.

Ella me ignoró.

—¿Has oído alguna vez eso de que cuanto más grande tienen el ego más pequeño tienen el pene? —le preguntó a Mr. Boina—. Pues a él le va como anillo al dedo.

—Pfff, qué putada. —Mr. Boina me miró con compasión—. Lo siento, tío.

Sentí cómo me latía una vena en la sien. Abrí la boca para informar a Jules de que preferiría bañarme en lejía que dejar que se me acercara al pene, pero el portazo de un coche me interrumpió.

Un poli de las mismas dimensiones que Hulk salió apuntando con la pistola.

—¡Quieta! Baja el arma.

Gruñí y casi vuelvo a apretarme la sien antes de recomponerme.

Por el amor de Dios.

Si es que debería haberme ido cuando aún tenía la oportunidad.

Ahora me perdería lo que quedaba de partido sí o sí.

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