Twisted hate
3. Josh
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Josh
Al cabo de cuarenta y cinco minutos y tras haber respondido a decenas de preguntas, al final la poli nos dejó marchar.
Habían detenido a Mr. Boina, y Jules y yo nos dirigimos en silencio hasta la estación de metro que se encontraba en la calle contigua. Gran parte de la población estaría histérica tras haber sido víctima de un intento de robo; Jules, en cambio, parecía que acabara de salir de hacer la compra.
Yo estaba menos calmado. No solo había perdido una hora con el interrogatorio policial, sino que también me había perdido el partido.
—Cuéntame por qué cada vez que me meto en un lío, tú estás involucrada —le dije a Jules entre dientes cuando se acercó el metro.
—No es mi culpa que decidieras tomar esa calle, ni que decidieras quedarte para disfrutar de un grato interludio en lugar de seguir caminando —me reprendió—. Lo tenía todo bajo control.
Reí por la nariz mientras seguía descendiendo, furioso. Podría haber cogido las escaleras mecánicas, pero necesitaba sacarme el cabreo de encima. A Jules debía ocurrirle lo mismo, porque ahí estaba: a mi lado, tocándome las narices.
—¿Un grato interludio? ¿Quién habla así? Además, de grato nada, te lo aseguro. —Al llegar al torniquete, saqué la cartera—. Qué pena que la poli no te haya arrestado a ti también. Eres una amenaza para la sociedad.
—¿Y eso quién lo dice? ¿Tú? —Me miró con desdén.
—Sí. —Sonreí con frialdad—. Yo y cualquier persona que haya tenido el infortunio de conocerte.
Lo que dije fue horrible, pero entre las cartas, mi interminable turno en el hospital y la crisis existencial en la que estaba sumido, no me sentía con ganas de ser especialmente benévolo.
—Joder. Eres... —Jules deslizó la tarjeta del metro por el lector con una fuerza innecesaria—. Lo-peor.
Pasé por el torniquete detrás de ella.
—No, lo peor es tu instinto de supervivencia. Lo lógico sería que le hubieras dado al atracador ese lo que quería. —Cuanto más pensaba en lo que había hecho Jules, más desconcertante y cabreado estaba—. ¿Y si no hubieras podido desarmarlo? ¿Y si el tipo hubiese llevado otra arma escondida? ¡Podrías haber muerto, leches!
A Jules le subieron los colores.
—Deja de gritarme. No eres mi padre.
—¡No estoy gritando!
Nos detuvimos justo debajo del tablón donde se anunciaba que el próximo tren llegaría en ocho minutos. La estación estaba prácticamente vacía; solo había una pareja enrollándose en uno de los bancos y un empresario vestido con traje al final del andén, y el silencio me permitía oír cómo me llegaba la sangre a los oídos.
Nos quedamos mirándonos el uno al otro, respirando pesadamente. Quería pegarle una sacudida por haber sido tan idiota como para poner su vida en peligro total por un puñetero móvil y la cartera.
Que no me cayera bien no significaba que quisiera que se muriera.
Al menos, no siempre.
Esperaba que me respondiera de mala gana, pero se dio la vuelta y guardó silencio.
Era absolutamente impropio de Jules y perturbador a más no poder. Ni siquiera me acordaba de la última vez que me había dejado tener la última palabra.
Exhalé con fuerza por la nariz y me obligué a tranquilizarme y a pensar con claridad sobre la situación.
Daba igual que me cayera bien o no; Jules era amiga de Ava y acababan de intentar atracarla. A no ser que fuera un maldito robot, lo que le acababa de ocurrir no podía haberla dejado tan impasible como parecía.
La miré por el rabillo del ojo y me fijé en que tenía la mandíbula apretada y la espalda recta como un palo. Y tenía una expresión vacía. Demasiado vacía.
Me disminuyó un poco el enfado y me pasé la mano por la mandíbula, indeciso. Jules y yo no nos reconfortábamos el uno al otro. Ni siquiera decíamos «salud» cuando el otro estornudaba. Pero...
Joder.
—¿Estás bien? —pregunté bruscamente. No podía no preocuparme por alguien después de que casi hubiera muerto, daba igual de quién se tratara. Iba en contra de todo en cuanto creía como médico y como ser humano.
—Sí —respondió Jules como si nada, aunque cuando se acomodó el pelo detrás de la oreja vi que le temblaba sutilmente la mano.
Las descargas de adrenalina eran extrañas. Te hacían más fuerte, aumentaban tu atención. Te hacían sentir invencible. Sin embargo, cuando desaparecían y volvías a tener los pies en el suelo, te tocaba lidiar con todo lo que había dejado a su paso: las manos temblorosas, las piernas que empezaban a fallar, las preocupaciones que habías mantenido a raya aunque fuera un segundo antes de que arremetieran contra ti de nuevo.
Apostaría hasta mi último centavo a que Jules se encontraba en una crisis postadrenalina.
—¿Te ha hecho daño?
—No. Le he quitado la pistola antes de que pudiera hacerme algo. —Se quedó con la vista puesta al frente y en los ojos le brillaba una intensidad tan potente que incluso pensé que sería capaz de agujerear la pared de la estación con solo mirarla.
—No sabía que eras una supersoldado secreta. —Traté de suavizar un poco la tensión, aunque sentía una tremenda curiosidad por saber qué diantres había pasado. Habíamos hablado con la policía individualmente, de modo que yo no había oído su historia sobre cómo había desarmado a Mr. Boina.
—No hay que ser una supersoldado para desarmar a alguien. —Arrugó la nariz. Por fin. Algo que denotaba normalidad—. Fui a clases de defensa personal de pequeña. Y también nos enseñaron a enfrentarnos a ladrones.
Vaya. Nunca me habría imaginado que Jules fuera una de esas personas que hace clases de defensa personal.
El tren llegó a la estación antes de que pudiera responder. Como la parada anterior siempre estaba llenísima de gente, no quedaba ni un asiento vacío, así que permanecimos de pie cerca de las puertas, uno al lado del otro, hasta que llegamos a Hazelburg, a las afueras de Maryland, donde se encontraba el campus de Thayer.
Ava y Jules vivieron juntas en su último año de universidad, época en la que fuimos vecinos. Pero luego Ava se mudó a la ciudad y yo alquilé otro apartamento. Tenía demasiados recuerdos en mi antigua casa que prefería olvidar.
Aun así, Hazelburg era pequeño y solo había veinte minutos andando entre mi casa y la de Jules.
Al salir de la estación echamos a andar, instintivamente, uno al lado del otro.
—No le cuentes a Ava ni a nadie lo que ha pasado —dijo Jules cuando llegamos a la esquina a partir de la cual teníamos que tomar caminos separados: ella iría hacia la izquierda y yo, hacia la derecha—. No quiero que se preocupen.
—No se lo diré. —Jules llevaba razón. Ava se preocuparía y no tenía ningún sentido que se rayara por algo que ya había ocurrido—. ¿Seguro que estás bien?
Casi me ofrecí a acompañarla a casa, pero quizás habría sido demasiado. Ya habíamos sobrepasado el límite de educación con el otro, lo cual evidenciaron sus siguientes palabras.
—Sí. —Se pasó el pulgar y el dedo índice de una mano por la manga del abrigo del otro brazo con expresión distraída—. No llegues tarde a la fiesta de Ava del sábado. Sé que eso de ser puntual no forma parte de tus limitadas virtudes, pero es importante que estés allí a la hora.
Mi compasión se evaporó y dejó paso a una ráfaga de enojo.
—No llegaré tarde —contesté entre dientes—. No te preocupes por mí.
Me alejé antes de que pudiera responder y ni siquiera me molesté en decir adiós. Jules siempre lo jodía todo. Cada-puta-vez.
Quizás utilizaba esta hosquedad como mecanismo de defensa, pero a mí me traía sin cuidado. Yo no estaba ahí para ir despojándola de sus capas como si esto fuera una de esas malditas novelas románticas que tanto le gustaban a Ava.
Si Jules quería ser insoportable, yo tenía todo el derecho del mundo de ahorrarme el sufrimiento alejándome de ella.
El viento me abofeteó la cara y silbó entre los árboles, realzando aún más el latente silencio que reinaba en las calles. Hazelburg era una de las ciudades más seguras de Estados Unidos, pero...
La mano temblorosa de Jules mientras esperábamos a que llegase el metro. Lo tensos que tenía los hombros. Lo pálida que estaba.
Dejé de caminar a paso ligero y fui más bien merodeando por la calle.
«Le estás dando demasiadas vueltas a un solo movimiento. Vete a casa y ya, tío.»
¿Qué más daba que ya hubiese caído la noche y Jules estuviera sola? La posibilidad de que le ocurriera algo era ínfima, aunque cierto era que Jules era un imán para los problemas.
Cerré los ojos. No me podía creer que estuviera siquiera contemplando la posibilidad de hacer lo que estaba a punto de hacer.
—Me cago en la leche, joder —escupí antes de detenerme y pegar media vuelta en la dirección por donde se había ido Jules. Apreté la mandíbula y fui gruñendo cada vez más enfadado a medida que avanzaba.
Enfadado con mi conciencia, que había decidido hacer acto de presencia en el peor momento. Enfadado con Jules por existir y con Ava por ser su amiga, y enfadado con la coordinadora de alojamiento por haberlas puesto en la misma habitación hacía un montón de años y, por consiguiente, haber contribuido al hecho de que acabaran forjando esta amistad de forma inevitable.
Al destino le gustaba tocarme las narices y nunca me las había tocado más que el día en que metió a cierta pelirroja en mi vida.
No tardé demasiado en alcanzar a Jules. Me quedé lo suficientemente alejado de ella para que no se diera cuenta de mi presencia, pero seguía estando bastante cerca como para verla. Incluso en la oscuridad, y gracias a los llamativos colores de su pelo y de su abrigo, era fácil distinguirla.
Me sentía intimidante a niveles escandalosos, pero es que si Jules se enteraba de que la estaba siguiendo volveríamos a discutir y yo ya estaba harto de tanta tontería.
Por suerte llegamos a su casa en menos de diez minutos y, al ver la luz que resplandecía tras las cortinas, me relajé. Stella ya debería de haber llegado; era otra amiga de la universidad de Ava que ahora compartía casa con Jules.
Jules se acercó al porche, metió la mano en el bolso... y se detuvo.
Me tensé de nuevo y me escondí detrás de un árbol al otro lado de la acera por si se daba la vuelta, aunque no lo hizo. Se quedó ahí, inmóvil, durante un largo minuto.
¿Qué narices hacía?
Ya estaba a punto de cruzar la calle por si se había quedado en shock o le había pasado algo, pero entonces volvió a moverse. Sacó las llaves del bolso, abrió la puerta y desapareció en el interior.
Exhalé un largo suspiro, lentamente, y este formó una diminuta nube blanca en el aire invernal. Me esperé un minuto más con la vista puesta en el mismo sitio donde Jules se había quedado quieta; luego me di la vuelta y me fui para casa.