Twisted hate
4. Jules
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Jules
—¿Qué tal la cita? —Stella levantó la vista del móvil justo cuando yo entré en el salón.
—No ha aparecido. —Me desabroché el abrigo y lo colgué en el perchero de metal que teníamos al lado de la puerta principal. Tuve que intentarlo dos veces, cortesía del temblor de mi mano.
«Es por el frío.» Nada del intento de atraco ni la breve parálisis que acababa de sufrir en el porche cuando...
«Basta. No lo pienses.»
Stella abrió los ojos de par en par.
—¿Qué dices? Menudo gilipollas.
Esbocé una sonrisa. Stella casi nunca decía palabrotas, así que, cuando se le escapaba una, me parecía lo más.
—Da igual. Me he librado de una buena. ¿Tú has visto la foto que tiene en esa app para ligar? Con el maldito pez. Te juro que no sé en qué estaba pensando. —Me quité los guantes y los zapatos y evité mirar a mi amiga a los ojos mientras trataba de coger todo el oxígeno que necesitaban mis pulmones.
Había desarmado al ladrón con bastante rapidez, pero la sensación de sentirme desamparada, aunque fuera solo durante unos minutos, había hecho aflorar algunos recuerdos que más valía que siguieran guardados en su cajón.
La madera clavándoseme en la espalda. Su rancio aliento en mi cuello. Las manos en...
—Jules.
Me sobresalté y casi tiro el perchero al suelo.
Justo después de que intentaran robarme, había mantenido la calma. Sin embargo, ahora que estaba en casa, en un lugar seguro, mi cuerpo por fin empezaba a procesar todo lo que había ocurrido.
Y no era algo agradable.
El corazón me latía desbocado en el pecho y estaba comenzando a sentir una marabunta de náuseas en el estómago. Lo único que hacía que no me desmoronara era la presencia de Stella.
Esta frunció el ceño.
—¿Estás bien? Llevas cinco minutos mirando a la nada. Y te he llamado dos veces.
—Sip. —Forcé una amplia sonrisa—. Había desconectado. Estaba pensando en cómo devolvérsela a Todd.
No iba a gastar ni un miligramo más de energía en ese capullo, pero eso Stella no lo sabía.
Ladeó la cabeza y entrecerró sus verdes ojos de gata. Como fashion blogger e influencer, se pasaba la mayor parte del tiempo pegada al móvil, pero era más observadora de lo que la gente creía.
—Tú no desperdiciarías más energía en un tío así —me reprendió.
Vale, una cosa era ser observadora y la otra llegar a unos niveles de percepción que daban miedo. A lo mejor esos asquerosos smoothies de pasto de trigo que tanto le gustaban le habían dado superpoderes y ahora podía leer la mente de los demás.
—Estoy bien, en serio. —Estiré todavía más mi sonrisa. No es que estuviera llena de escrúpulos y no quisiera pedirles consejo a mis amigas, pero solo lo hacía cuando realmente podían ayudarme; de lo contrario, no merecía la pena que se preocuparan—. Ahora solo me apetece ver una peli, comer helado y olvidarme de Todd el sapo.
En los ojos de Stella aún se podía entrever un ápice de sospecha, pero, por suerte, no insistió más.
—Nos queda un tarro de helado de caramelo salado —me informó—. ¿Volvemos a ver Una rubia muy legal mientras nos lo terminamos?
—Por supuesto. —Nunca me cansaba de ver a una Elle Woods perfectamente peinada siendo la jefa—. Me voy a duchar primero. Tú haz lo que tengas que hacer.
—Estoy leyendo mensajes directos —exhaló—. Aunque nunca acabaré de leerlos todos.
—Oye, tampoco hace falta que respondas a todo el mundo.
Stella tenía cientos de miles de seguidores. Me resultaba imposible imaginarme la inmensa cantidad de mensajes que seguro que recibía a diario.
—Pero quiero hacerlo. A no ser que sean de acosadores. —Sacudió la mano en el aire—. Tú ve a lo tuyo. Te espero aquí.
Mientras Stella volvía a centrarse en el móvil, yo me metí en el baño que compartíamos, abrí la ducha y dejé de sonreír.
Esperé a que el vapor espesase un poco más el aire antes de meterme en la bañera y apoyar la frente en los resbaladizos azulejos de la pared mientras dejaba que el sonido del agua se llevara esos recuerdos no deseados.
Mi último año de instituto. Alastair y Max y Adeline...
«Basta.»
—Recomponte, Jules —susurré con vehemencia.
Ya no era una niña pequeña e indefensa atrapada en Ohio.
Estaba en otro estado completamente distinto y a punto de conseguir todo lo que siempre había soñado.
Dinero. Libertad. Seguridad.
Y no pensaba dejar que nadie me lo arrebatara.