Twisted hate

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5. Jules

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Jules

Cuando empezó la fiesta sorpresa de Ava, yo ya me había deshecho del recuerdo del intento de atraco que había sufrido y lo había guardado en un sombrío rincón de mi mente. Estar ocupada era ideal para mantener los recuerdos a raya y, por suerte, yo tenía distracciones de sobra como para seguir ocupada durante los próximos cinco años.

—No me puedo creer que hayáis hecho todo esto. —Ava se dio la vuelta lentamente y estudió el restaurante, que habíamos convertido en un auténtico salón de fiestas, con los ojos abiertos a más no poder. Y por «salón de fiestas» me refería a que incluía una escultura de hielo de más de dos metros, distintas mesas de comida, un DJ, una fuente de chocolate y una pista de baile provisional, todo cortesía del ricachón de su novio—. No hacía falta, de verdad.

—Ya, pero queríamos hacerlo. —Sonreí con picardía—. Además, era la excusa ideal para traer una fuente de chocolate; siempre había querido ver una. —La abracé y el familiar aroma de su perfume hizo que me invadiera una ola de nostalgia.

Ava fue la primera persona que conocí en Thayer. Nos llevamos bien enseguida y yo jamás olvidaría que siguió a mi lado a pesar de que Josh le insistiera para que dejara de ser mi amiga. Ella y Josh tenían una relación verdaderamente estrecha, de modo que verla enfrentarse a él por mí significaba muchísimo más de lo que Ava podría imaginarse nunca.

Tras la graduación, seguimos quedando, pero nos veíamos menos de lo que me gustaría. Una parte de mí deseaba poder volver atrás en el tiempo, a cuando Ava, Stella, Bridge y yo nos quedábamos toda la noche despiertas, comiendo bolas de queso sin parar y escuchando cómo gritaban las chicas que había en la habitación de al lado porque una se había acostado con el novio de la otra.

—Feliz cumpleaños, cariño. —Sonreí; no quería que se notara que la melancolía se había apoderado de mí—. ¿Te hemos sorprendido?

—Totalmente. —Ava se giró hacia su novio y le dio un golpe en el brazo, a pesar de que le brillaban los ojos de la ilusión—. ¡Me has dicho que íbamos a comer!

—Y vamos a comer. —Una ligera sonrisa se dibujó en los labios de Alex Volkov. Era bastante probable que Ava fuese la única persona capaz de causarle tanta emoción (sí, lo decía en plan sarcástico) y la única que pudiera pegarle, aunque fuera de broma, sin acabar perdiendo una extremidad—. Técnicamente.

Ahogué un grito.

—¿Esto ha sido una broma? —Miré a Ava y a Stella, y pasé de Josh, que estaba al otro lado de Ava—. Alex ha hecho una broma. Rápido, que alguien apunte el día y la hora.

—Qué graciosa —respondió él con tono monocorde.

Incluso cuando iba vestido con vaqueros y una camisa de botones, que era lo más casual que veríais jamás a Alex, seguía irradiando vibras de director ejecutivo. El rostro de Alex podría haber sido esculpido por el mismísimo Miguel Ángel y, si bien su expresión era tan fría que incluso podría quemar a alguien, sus ojos verde jade brillaron.

Qué más daba. Alex podía mirarme así tanto como quisiera, pero, como amiga de Ava, era inmune a su cólera, y él lo sabía.

—Tú me hiciste una fiesta sorpresa una vez —le dijo a Ava con una voz ligeramente más dulce—, así que he pensado que ya era hora de que te devolviera el favor.

Ava estaba a punto de derretirse.

—Creo que me duelen los dientes de tanta dulzura —dijo Stella mientras Alex le susurraba algo a Ava al oído, haciéndola sonrojar.

—Tenemos que pedir cita al dentista enseguida —contesté coincidiendo con ella.

A pesar de nuestras bromas, sonreíamos como idiotas. Alex y Ava habían pasado por muchas cosas, y nos gustaba verlos así de felices, aunque hablar de Alex feliz era algo un tanto relativo.

Josh, a su vez, estaba apoyado en la mesa de postres con una expresión más oscura que la camiseta negra que se había puesto.

Él y Alex habían sido mejores amigos hasta que discutieron, pero eso era ya otra historia aparte. Ahora, cuando estaban juntos, se comportaban, aunque comportarse y ser amigos eran cosas completamente distintas.

—Quita esa cara de amargado, Dr. Aguafiestas —le dije—. Estás cortando el rollo.

—Si tanto te molesta mi cara, no me mires —me respondió arrastrando las palabras—. A no ser que no puedas evitarlo, lo cual sería comprensible.

Fruncí el ceño. Había organizado la fiesta con la ayuda de Stella y de Alex y, aunque me había sentido tentada de no incluir a Josh en la lista de invitados, no dejaba de ser el hermano de Ava. La gente esperaría que viniera, al igual que se espera que un pollo semicrudo tenga E. coli.

Antes de que pudiera contestar a su presuntuosidad, el grito entusiasmado de alguien perforó el aire, y a este le siguió un montón de ruido y veintipico cabezas girándose a la vez hacia la entrada.

Seguí las miradas ojipláticas de los invitados hasta que di con la pareja que acababa de entrar, escoltada por dos guardaespaldas altos como un par de torres.

Y me cambió la expresión a una mucho más alegre.

—¡Bridget!

Esta sonrió y saludó con la mano.

—Sorpresa.

—¡Madre mía! —Ava, Stella y yo corrimos hacia nuestra amiga y, riendo, nos envolvimos en un caótico abrazo grupal. De no haber sido porque Rhys, el prometido de Bridget, y Booth, su guardaespaldas, nos sujetaron, habríamos acabado todas en el suelo—. ¡Pensaba que no podías venir!

—Mi coordinadora dio con un acontecimiento en la embajada este fin de semana que, casualmente, «requería» mi presencia. —Los ojos azules de Bridget brillaron con picardía—. La reunión con el embajador se ha alargado; si no, habría llegado antes. —Después de soltarnos, le dio un abrazo a Ava—. Feliz cumpleaños, cielo.

—No me puedo creer que estés aquí. —Ava la estrechó con fuerza—. Seguro que andas muy liada...

Bridget von Ascheberg había cursado sus estudios universitarios en Thayer, como nosotras, pero ahí terminaron nuestras similitudes. Ahora era una reina de verdad.

Cuando la conocimos, era princesa; no obstante, después de que su hermano mayor abdicara, Bridget pasó a ser la primera en la lista de sucesión al trono de Eldorra, un pequeño reino en Europa. Su abuelo, el rey Edvard, había dado un paso al lado por cuestiones de salud, y Bridget había sido coronada reina hacía un par de meses.

—No me perdería tu fiesta por nada en el mundo. Además, así me doy un respiro. —Bridget se apartó un mechón de su dorada melena del ojo. Con el azul de su mirada y su belleza y elegancia, se parecía a Grace Kelly—. El Parlamento no me lo está poniendo fácil. Para variar.

—La he sacado de palacio justo a tiempo. De lo contrario, se le habría roto alguna arteria —añadió Rhys con un tono monocorde que nada tenía que ver con el afecto que le brillaba en los ojos mientras miraba a Bridget.

Con su más de metro noventa y cinco y sus tatuados músculos, Rhys Larsen era uno de los hombres más peligrosamente atractivos que había conocido jamás y, bajo su áspera coraza, se escondía un corazón de oro. Había sido el guardaespaldas de Bridget hasta que se enamoraron, y ahora era el futuro príncipe consorte, pues el título de rey consorte no existía en Eldorra. Habían tenido que superar numerosos obstáculos para poder estar juntos, ya que nuestra amiga era de la realeza, pero él no; sin embargo, ahora formaban una de las parejas más queridas en todo el mundo.

El sonido del obturador de una cámara interrumpió nuestra reunión y, de repente, me acordé de que no estábamos solos. El resto de los invitados seguía, boquiabierto, mirando a Bridget y a Rhys.

Que una reina de las de verdad apareciera sin previo aviso en una fiesta de cumpleaños podía, efectivamente, causar cierto estupor.

Aunque nadie se movió de donde estaba, a excepción de Josh, que saludó a Bridget con un abrazo cualquiera y a Rhys con uno de esos apretones de manos y abrazos que tanto les gustan a los tíos. Me imagino que Booth y el guardaespaldas de Rhys eran tan intimidantes que a la gente le daba miedo acercarse.

—Bueno. —Bridget entrelazó el brazo con el de Ava y fue hacia la mesa más cercana—. Cuéntame, ¿qué me he perdido?

Nos pasamos los siguientes treinta minutos poniéndonos al día de nuestras vidas. Josh se acercó a la barra, y Alex y Rhys permanecieron en silencio, sentados al otro lado de la mesa; intercambiaron alguna palabra de vez en cuando, pero ambos se pasaron la mayor parte del tiempo mirando a Ava y a Bridget con cara de enamorados perdidos. A ver, con cara de enamorados perdidos teniendo en cuenta que estábamos hablando de alguien tan frío como Alex y de alguien tan arisco como Rhys.

Hice caso omiso de la punzada de dolor que sentí en el corazón al ver el evidente amor que profesaban a mis amigas y volví a centrarme en la conversación.

Ya hacía muchísimo tiempo que había renunciado al amor. No valía la pena anhelarlo.

—Jules y yo estamos buscando piso para cuando se nos acabe el contrato de alquiler —dijo Stella. Aún vivíamos en Hazelburg porque yo seguía estudiando en la Facultad de Derecho de Thayer, pero el contrato se acababa en abril, yo me graduaba a finales de mayo y, después de eso, ambas estaríamos trabajando en la ciudad, de modo que lo lógico era que buscáramos algo en Washington—. Pero aún no ha habido suerte.

Todo lo que habíamos encontrado quedaba demasiado lejos de donde trabajábamos, era demasiado caro o estaba hecho una pocilga. Estaba bastante segura de que uno de los pisos que habíamos ido a ver había sido uno de esos antros donde se fabrica y se vende droga.

Lo de buscar piso en la ciudad era una maravilla.

—¿Y dónde tenéis pensado mudaros? —quiso saber Rhys.

—Nos gustaría encontrar algo por el centro, cerca de la línea roja —respondí. Esa línea me dejaba justo en Thayer, y cuantos menos transbordos de metro tuviera que hacer, mejor.

Se le iluminó la cara, como si acabara de tener una idea, y dijo:

—Conozco al dueño de un edificio en el centro de la ciudad; quizás él pueda echaros un cable. A lo mejor no sabe de ningún piso en alquiler, pero se lo puedo preguntar.

Stella arqueó las cejas a más no poder.

—¿Es el dueño de un edificio entero?

Rhys se encogió de hombros. Los tenía tan sumamente grandes que fue como ver temblar una montaña.

—Le gusta invertir en el sector inmobiliario.

—Pues sería genial. —Miré a Alex con dureza—. Al menos hay alguien del sector que puede ayudarnos.

Alex era el director ejecutivo del Grupo Archer, la mayor empresa de desarrollo inmobiliario del país.

La pullita que le acababa de soltar no era más que una broma, pero, en lugar de ignorarme, Alex respondió:

—Tengo todos los inmuebles alquilados, a no ser que queráis dormir en un centro comercial o en un edificio de oficinas.

—Mmm. —Me di golpecitos en la barbilla con un dedo—. El centro comercial no estaría mal. Me encanta la ropa.

—Y a mí —añadió Stella.

No parecía que a Alex le hubiera hecho ni la más mínima gracia.

—Hablando de desarrollo inmobiliario... —intervino Ava justo en el momento en el que Josh volvió a aparecer bebida en mano. Este se sentó en la silla que había al lado de Alex y se aseguró de no mirar al que antes había sido su mejor amigo—. Uno de los socios empresariales de Alex ha abierto una nueva estación de esquí en Vermont y hemos comprado tiques para estar a su lado el día de la inauguración. Cuatro tiques, para ser exactos, así que podemos ir con dos acompañantes. Bridget y Rhys, sé que vosotros no estaréis aquí; y tú, Stella, dijiste que el último fin de semana de marzo tenías un evento importante en Nueva York...

Gracias a su blog, a Stella siempre la invitaban a sofisticados eventos de moda, pero si ni ella ni Bridget ni Rhys podían acompañarlos, solo quedarían...

Oh, no.

—Josh, Jules, ¿qué os parece? Podemos ir todos juntos. —Ava sonrió—. ¡Será superdivertido!

¿Irme de fin de semana con Josh? Antes preferiría que me hicieran una endodoncia sin procaína, pero Ava parecía tan ilusionada que no supe decir que no, y menos aún el día de su cumpleaños.

—Genial —respondí tratando de sonar tan entusiasmada como fuera posible—. Me muero de ganas.

—Me encantaría, pero... —Josh hizo un mohín en el peor intento por fingir arrepentimiento que he visto en mi vida—. Ese fin de semana tengo turno.

¡Gracias a Dios! No me importaría tanto hacer de sujetavelas si esto significaba no tener que...

—Qué pena. —Ava ni siquiera pestañeó ante la réplica de su hermano—. La estación tiene una pista de triple diamante negro.

Josh, que se estaba llevando el vaso a la boca, detuvo el movimiento de inmediato.

—Estás de coña.

Me dio un vuelco el estómago. Josh era adicto a la adrenalina y pocas cosas ofrecían más adrenalina que las pistas de esquí más peligrosas del mundo. Eso era como ponerle a un adicto harina de primera calidad debajo de la nariz.

Nop. —Ava dio un sorbo a la bebida, Stella sonrió con la vista clavada en el móvil, y Rhys y Bridget intercambiaron una mirada divertida. Alex fue el único que no mostró ningún tipo de reacción—. Sé que siempre has querido esquiar en este tipo de pistas, pero como tendrás que trabajar...

—Creo que podré pedir un cambio de turno —anunció Josh tras una larga pausa.

—¡Perfecto! —A Ava le brillaron los ojos de tal forma que me saltaron las alarmas—. Decidido, entonces. Nos vamos a Vermont; tú, yo, Alex y Jules.

La sonrisa forzada de Josh fue un claro reflejo de la mía. No estábamos de acuerdo en casi nada, pero no tuvo que decirme que en lo que sí estábamos de acuerdo era en una cosa.

Ese viaje no acabaría bien. Nada bien.

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