Twisted hate
6. Josh
Página 10 de 68
6
Josh
La lista de cosas que preferiría hacer antes que irme de fin de semana con mi ex mejor amigo y esa amenaza pelirroja incluía (aunque no se limitaba a): pasar la mano por una trituradora, comerme un kilo de larvas crudas y que me pusieran celo en los párpados para ver Glitter una y otra vez sin cesar.
Pero (y era un pero muy grande) era el cumpleaños de Ava, y la estación contaba con una pista de triple diamante negro. Nunca había esquiado en una pista de triple diamante negro.
Pensé en ese reto y sentí cómo me corría la adrenalina por las venas. Tendría que ser imbécil para rechazar una oportunidad como esta.
—Josh.
Apareció Alex con un cubata de Coca-Cola y whisky en la mano, igual que el mío, y entré en tensión.
—Alex.
Seguí con la vista puesta en la pista de baile, donde Ava y sus amigas estaban dándolo todo. Ya hacía rato que nos habíamos levantado de la mesa. El resto de los invitados había dejado de mirar boquiabierto a Bridget y ahora solo le echaba algún que otro vistazo entre canciones. El segurata de Bridget había confiscado temporalmente los móviles de todos los asistentes, pero yo estaba seguro de que alguien le habría sacado algunas fotos al llegar, fotos que seguro que mañana por la mañana aparecerían publicadas en las páginas webs de la prensa rosa.
—Me sorprende que no estés ahí con todo el mundo. —Alex se apoyó contra la pared sin quitar los ojos de la fiesta, aunque en realidad estaba mirando exclusivamente a Ava—. Antes eras el primero en salir a bailar.
—Ya, bueno. —Le di un gran sorbo a la bebida y me la terminé—. Han cambiado muchas cosas desde que iba a la uni.
El trasfondo de mis palabras quedó suspendido en el aire, pesado y afilado cual guillotina a punto de caer.
En su día, Alex y yo habíamos sido amigos.
Ahora no éramos más que dos extraños a quienes solo unía una única cosa.
Si no fuera por Ava, yo no volvería a ver ni a hablar con Alex y estaría la mar de contento.
O, al menos, eso me decía a mí mismo.
—Lo de Vermont no ha sido idea mía —dijo Alex, esquivando el tema en cuestión.
—Lo sé. Ava no es tan astuta como cree.
Llevaba más de un año intentando que Alex y yo nos reconciliáramos. Quizás ella había sido capaz de perdonarle que nos mintiera para acercarse a mi padre pensando que él había estado detrás del asesinato de su familia, pero, para mí, esa traición había hecho mella.
Ava y Alex solo llevaban unos cuantos meses saliendo cuando este descubrió que su tío había sido el verdadero culpable y nos contó la verdad que se escondía tras su plan de venganza. Pero es que él y yo llevábamos siendo amigos ocho años.
Había invitado a Alex a mi casa. Lo había tratado como a un hermano. Le había confesado secretos, le había aconsejado y le había contado cosas de las cuales jamás había hablado con mi propia familia. Y, durante todo ese tiempo, Alex me había estado mintiendo. Me había estado utilizando.
Sentí el regusto del whisky cada vez más amargo en la lengua.
—Te echa de menos —confesó Alex en voz baja.
—Me tiene aquí mismo. —Miré a la barra—. Nos escribimos constantemente.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Pues no, la verdad.
Sus labios dibujaron una fina línea recta.
—Últimamente te estás comportando de una forma distinta. A Ava le preocupa que...
—Tío, déjalo. —Levanté la mano—. Si Ava está preocupada por mí, que me lo diga ella misma, pero no me vengas a hablar como si todavía fueras mi mejor amigo porque no lo eres. ¿Sabes lo que hace falta para que dos personas sean amigas? Confianza. Y tú perdiste la mía hace muchísimo tiempo.
Pasé por su lado antes de que pudiera responderme y fui directo hacia la barra con un nudo en la garganta y el corazón en un puño. Alex no me siguió; tampoco esperaba que lo hiciera. Él no iba detrás de nadie, solo de Ava. Por eso no ofrecí más resistencia cuando volvieron juntos.
A pesar de todas sus cagadas, Alex quería a mi hermana de verdad. Yo quería que Ava estuviera bien y fuera feliz, y si estaba bien y era feliz con él, a mí me tocaba aguantarme y comportarme decentemente.
Lo cual no significaba que tuviera que tener una sentida conversación con él al lado de la pista de baile.
—Hey —saludé al camarero e hice un gesto con la cabeza—. Un chupito de tequila. Doble.
Necesitaba algo más fuerte que el whisky para aguantar lo que quedaba de fiesta.
—Marchando.
Acababa de meter un par de dólares en el tarro de propinas cuando, de nuevo, me interrumpió otra persona entrometida e inoportuna a más no poder.
—¿Problemillas entre bros? —Ese susurro aterciopelado hizo que una descarga de irritación y algo que no sabría nombrar me recorriera la espalda.
—Pírate, J. R. No estoy de humor. —No giré la cabeza en dirección a Jules, pero de reojo vi esa inconfundible melena pelirroja y el destello dorado de su vestido.
—Tus dotes para poner apodos dejan mucho que desear, Joshy. —Jules se me acercó y sonrió al camarero, que dejó de prepararme la bebida a mí para poder sonreírle a ella—. Me tomaré un sex on the beach, si no es demasiado pedir. —Dio un golpecito con la uña a la carta, cuya lista incluía bebidas simples, como destornilladores o cócteles de vodka con arándanos rojos, y donde desde luego no aparecía el puñetero sex on the beach.
Al camarero le brillaron los ojos.
—Para una preciosidad como tú, lo que sea.
Esa frase me sonó tan a cliché que casi no pude evitar las ganas de reír por lo bajo.
—Gracias. —A Jules se le ensanchó la sonrisa.
Estaba seguro de que, si no hubiese sido por el grupo de invitados que vino a pedir a la barra, habría presenciado cómo esos dos continuaban ligando y me habrían entrado náuseas. Por suerte, el camarero se distrajo y enseguida terminó de prepararnos las bebidas antes de atender a la media docena de personas que se estaban peleando para que les sirvieran primero.
—¿Tan bajo has caído ya? Tsss... —dije fingiendo estar decepcionado—. Esperaba más de ti.
—¿Por qué? ¿Porque trabaja como camarero en lugar de ser médico? —Jules arqueó una ceja—. Telita con tu esnobismo.
—No. Porque su forma de ligar es igual de penosa que tu intento de humillarme. —Me bebí el chupito y ni siquiera tomé nada más para quitarme el sabor de la boca—. Pero, eh, que si te pone eso...
—No trates de desviarte de tu propia relación fallida.
—Yo no estoy en ninguna relación. —Y no tenía interés alguno en meterme en una a corto plazo. El sexo no era más que eso: sexo. No era un preludio antes de empezar a salir con alguien o de ligar con alguien con quien conjuntar la ropa o lo que fuera que hiciera la gente. Me aseguraba de que cada mujer con la que me acostaba supiera lo que había, porque a mí no me iba eso de dar falsas esperanzas a los demás.
Ser residente me ocupaba la mayor parte del tiempo y, aunque no hubiese estado tan ajetreado, mi deseo por tener una pareja estable era inferior a cero. Yo no estaba hecho para atarme. Al cabo de unas semanas, siempre terminaba aburriéndome, y todo ese rollo de tener pareja me parecía agotador. Tantas citas, llamadas, el preocuparte por la otra persona...
Me estremecí con solo pensarlo.
Me alegraba por aquellas personas que estaban enamoradas y eran felices así, pero yo no era una de ellas y no lo sería nunca.
—Estoy hablando de Alex. —El camarero le pasó la bebida a Jules y esta le sonrió con picardía antes de girarse de nuevo hacia mí—. Aún recuerdo esa época en la que parecía que vivierais pegados el uno al otro.
Noté una punzada en el corazón, pero respondí de forma liviana:
—No me había dado cuenta de que te interesara tanto mi vida privada, J. R.
—Es que no me interesa, siempre y cuando no afecte a la calidad de la mía. —Jules dio un fino sorbo a su cóctel—. Y, como vamos a irnos todos juntos de fin de semana, este estúpido rencor que le sigues guardando a Alex nos concierne directamente a Ava y a mí.
Agarré el vaso con más fuerza e imaginé que era la garganta de Jules.
—¿Estúpido? —Mi palabra fue acompañada por un punzante filo que la tiñó de ira—. Estúpido es pelearse por qué película ver. Estúpido será el pobre idiota que se acabe casando contigo. Pero te aseguro que no es para nada aplicable a lo que ocurrió con Alex. No hables de cosas de las que no tienes ni idea.
La fulminé con la mirada, pero Jules no apartó la vista.
—Puede que no haya estado personalmente involucrada en tu... situación —dijo con más tacto del que creía que tenía—, pero soy una de las mejores amigas de Ava. Sé lo que ocurrió, y ocurrió hace ya casi tres años. Ella ha perdonado a Alex. Él se ha disculpado. Es hora de superarlo y avanzar.
Me dio un consejo sin tapujos y, por una vez, no noté sarcasmo en sus palabras. Aun así, sentí que se me tensaban todos los músculos.
—A ti te resulta fácil decirlo. —Joder, necesitaba beber más—. Dímelo cuando te haya traicionado alguien cercano.
Una oscura sombra titiló en los ojos de Jules.
—¿Y cómo sabes que no me han traicionado ya?
Me quedé helado.
¿Y cómo sabes que no me han traicionado ya?
No sabía mucha cosa del pasado de Jules. Vamos, si es que casi no sabía nada de ella más allá de lo que le dejaba ver a los demás: esa actitud descarada, su desvergonzada forma de ligar y una mezcla extraña de chica despiadadamente ambiciosa y fiestera imprudente.
Me quedé mirándola. Sus grandes ojos y la forma en la que separaba ligeramente los labios desvelaban lo sorprendida que estaba tras haber dejado que esas palabras se le escaparan de la boca.
Reprimí las ganas imperiosas de preguntarle qué había ocurrido mientras el aire que nos separaba se cargaba de... no exactamente de compañerismo, sino más bien de una pizca de comprensión que alivió ligeramente la presión que sentía en el pecho.
No teníamos una de esas relaciones en las que la gente habla de sus problemas con el otro. Y, aunque la hubiésemos tenido, dudaba de que Jules fuera a responderme. Lo de mostrarse vulnerable no iba con ella.
Se irguió y le cambió la expresión por completo, deshaciéndose de cualquier rastro que hubiera podido quedar de su previa fragilidad.
—Que perdones o no a Alex es cosa tuya. Pero no nos jorobes la diversión a los demás con tu malhumor, aunque quizás lo consigues solo con tu presencia.
Y, dicho eso, se dio media vuelta y se fue meneando las caderas y con la cabeza bien alta.
Antes de que pudiera recomponerme, un silencioso gruñido se apoderó de mi garganta. No merecía la pena que desperdiciara mi energía en cabrearme con ella. Tenía que guardar todas mis fuerzas para asegurarme de que no la mataba en Vermont. Por más gratificante que pudiera ser, no iba a lanzar mi futuro por la borda solo por un momento de extrema satisfacción.
Volví a centrar mi atención en el camarero, deseando pedir otro chupito, pero lo encontré con cara de enamorado perdido y la vista clavada en un punto en concreto de la pista de baile.
No, en un punto no. En una persona.
Jules tenía los brazos en alto y meneaba las caderas al ritmo de la música, haciendo babear a todos los tíos que tenía alrededor. Desvió la vista por encima del hombro, le guiñó el ojo al camarero y luego me miró a mí, engreída.
Le respondí de la forma más madura que se me ocurrió: haciéndole la peineta.
Jules se rio con una expresión más petulante si cabe y a continuación me dio la espalda.
—Está buenísima. —Al camarero le brillaron los ojos de tal forma que se me pusieron los pelos de punta, más de lo que ya lo estaban—. Por favor, dime que está soltera.
Camuflé mi enervamiento con una prieta sonrisa.
—¿Sabes lo que es un súcubo?
El tipo se frotó la barbilla. El grupo que había venido a pedir antes ya volvía a estar divirtiéndose en la fiesta y nos habíamos quedado solos en la barra.
—¿Te refieres a esas plantas pequeñitas? A mi hermana le flipan. Tiene un alféizar entero lleno.
—No, tío. Tú estás hablando de suculentas. —Bajé la voz—. Un súcubo es un demonio que adopta la forma de una mujer espectacular para seducir a los hombres y chuparles toda la energía. Se supone que no es más que mitología, pero... —Señalé a Jules—. Esta es un súcubo de los de verdad. No caigas en su trampa. Bajo esa cara mona se esconde un demonio despiadado.
Era imposible que un ser humano tuviera un pelo tan rojizo, una mirada tan feroz y unas curvas tan exuberantes. Lo único que podía explicar la apariencia de Jules era cualquier cosa sobrenatural.
—Oh. —El camarero abrió los ojos—. ¿Con eso quieres decir que se acostará conmigo?
Tócate los cojones.
—Pregúntaselo a ella. —Me incliné como si fuera a contarle un secreto—. Voy a darte un consejo: le encanta que la comparen con Jessica Rabbit. Dile que siempre has deseado tirarte a una J. R. en la vida real y la tendrás en el bolsillo. Y si la llamas J. R., aún te saldrá mejor la jugada. Es su apodo favorito.
El chaval frunció el ceño.
—¿En serio?
—Créeme. —Me pasé la mano por la boca para esconder mi pretenciosa sonrisa. Era como robarle los caramelos a un niño—. La conozco desde hace años. Le pone muchísimo esa comparación.
—Genial. —La expresión de recelo que se había dibujado en la cara del camarero se disipó y, en su lugar, apareció una amplia sonrisa—. Gracias, tío. —Me dio una palmada en el hombro y me sirvió otro chupito—. Invita la casa.
Había barra libre, de modo que, técnicamente, la casa invitaba a todas las bebidas, pero no dije nada. En lugar de eso, levanté el vaso en señal de agradecimiento y sonreí con más brío al imaginarme la reacción de Jules cuando el camarero la llamara J. R.
Era una chica tan predecible que, ya puestos, podía cubrir todos los hilos de los que le podría tirar con tela fosforescente, para que se vieran a la legua.
Aun así...
¿Y cómo sabes que no me han traicionado ya?
Tenía el vaso rozándome los labios, pero detuve la mano una milésima de segundo. Acto seguido, sacudí la cabeza, recibí el intenso sabor del tequila y este me quemó la garganta al tragar.
No obstante, sus palabras seguían retumbando en mi mente y su ambigüedad continuaba despertándome curiosidad.
¿Quién podría haber traicionado a Jules? Nunca había tenido ninguna bronca fuerte con Ava, Bridget o Stella, y tampoco había tenido ningún novio serio desde que la conocía. Nuestra aversión a una relación con ataduras era una de las pocas cosas que teníamos en común.
¿Le habría roto el corazón algún novio de instituto? ¿Le habría hecho alguna putada algún familiar?
Volví a pasear la mirada por la pista. Jules seguía bailando despreocupada al son de un remix de uno de los últimos temazos de pop. Ava le dijo algo, y Jules echó la cabeza hacia atrás, dejando que el ronco sonido de su risa se oyera por encima de la música.
Con su vestido brillante. Sus ojos brillantes. Jules se presentaba al mundo como una chica guapísima y sin preocupaciones que tenía a todo quisqui a sus pies.
¿Y cómo sabes que no me han traicionado ya?
Me pregunté qué secretos escondería Jules bajo esa fachada de fiestera.
Y lo que era más importante aún: me pregunté por qué me importaba.