Twisted hate

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7. Jules

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Jules

El cumpleaños de Ava supuso un cambio de rumbo importante porque, después de unas semanas de mierda, todo empezó a ir sobre ruedas otra vez. Alguien un poco más supersticioso que yo habría dicho que estaba yendo demasiado bien, pero yo creía firmemente que a caballo regalado no hay que mirarle el diente. Pensaba aprovechar cada segundo de ese maravilloso tiempo que estaba haciendo, cada elogio de mis profesores y cada golpe de suerte mientras durara.

Por ejemplo: la búsqueda de apartamento, que quizás acabaría dando sus frutos gracias a Rhys.

El fin de semana después de la fiesta de Ava me encontraba en el vestíbulo del Mirage, el edificio de apartamentos de lujo propiedad del amigo de Rhys. Nos había conseguido una muy anhelada cita para que nos lo enseñaran a Stella y a mí, y yo había llegado temprano no solo porque tuviera pánico a llegar tarde (el metro de Washington era de todo menos fiable), sino también porque necesitaba un lugar tranquilo donde poder hacer la entrevista con el Centro de Alianza Médico-Legal.

Aunque el verano pasado me hubieran ofrecido un puesto de trabajo en Silver & Klein, no podía trabajar con ellos ejerciendo como abogada hasta que aprobase el examen de abogacía. Casi todos los bufetes aceptaban a graduados de Derecho antes de que salieran los resultados de los exámenes, pero Silver & Klein era una excepción.

Tenía que buscarme un trabajo a corto plazo para salir del apuro entre la graduación y la publicación de las notas del examen en octubre. El puesto temporal de investigadora asociada en el CAML, una sociedad donde médicos y abogados aunaban sus conocimientos para atender a los colectivos desfavorecidos, era ideal.

—No tengo más preguntas para hoy —dije cuando Lisa, la directora jurídica, hubo terminado de describir cómo era el día a día en el Centro. Me hundí un poco más en el sofá aterciopelado del vestíbulo, alegre de que no hubiera nadie más allí, aparte del recepcionista. No quería ser una de esas personas que hacían llamadas de trabajo detestables en público, pero, por desgracia y si quería llegar puntual a la visita del apartamento, no tenía otro sitio al que ir a hacer la entrevista—. Muchísimas gracias por su tiempo.

—No hay de qué —respondió Lisa amablemente—. Como eres la última persona a quien vamos a entrevistar, voy a ser sincera contigo. Eres la mejor candidata con la que he hablado. Tu experiencia laboral es muy buena, al igual que tus notas, y creo que encajarás perfectamente con el resto del personal. —Se quedó un segundo dubitativa y luego añadió—: No suelo terminar así las entrevistas, pero me gustaría extenderte una oferta no oficial para que te unieras a nuestro equipo. Luego te enviaré un correo electrónico de forma oficial y tú piénsatelo...

—¡Acepto! —Al oír lo entusiasmada que había sonado, me sonrojé, pero me importaba una mierda. Si conseguía trabajo me quitaría un peso enorme de encima. No tendría que seguir buscando y podría centrarme en estudiar para el examen de abogacía, a lo cual pensaba destinar todo mi tiempo libre.

Lisa rio.

—¡Perfecto! ¿Podrías empezar el lunes? ¿A las ocho en punto?

—Por supuesto. —Me había organizado las clases para tenerlas todas los martes y los jueves, así me quedaba el resto de la semana libre.

—Muy bien. Dentro de un rato te enviaré un e-mail con más detalles. Encantada de trabajar contigo, Jules.

—Igualmente. —Colgué con una sonrisa en los labios y reprimí las ganas de ponerme a bailar en medio del recibidor.

No sé qué polvo de hadas pulverizaron en el cumple de Ava, pero necesitaba un barril entero cuanto antes. Nunca había tenido una racha de suerte tan larga.

Aunque también podía ser que el universo me estuviera compensando por la forma en la que ese camarero se había puesto a ligar conmigo cuando terminó la fiesta. Me llamó J. R. y me dijo que le encantaba que me pareciera tanto a la puñetera Jessica Rabbit. Casi le tiré la bebida en la cara.

Apostaría lo que fuera a que Josh había tenido algo que ver con todo eso. Seguro que le había contado alguna mentira de mierda, como que me gustaba que me llamasen J. R.

Menudo imbécil.

No. No iba a dejar que unos cuantos pensamientos de Josh arruinaran lo que, dejando eso aparte, había sido una semana increíble.

Cogí una profunda bocanada de aire e intenté volver a pensar en positivo justo cuando el hombre que estaba detrás de la recepción hizo cierto ruido.

Levanté la cabeza y vi a Stella entrando por las puertas giratorias.

—Perdón, me he retrasado en el trabajo y he salido tan rápido como he podido —me contó casi sin aliento y sin prestar atención a la forma en que el recepcionista se la estaba comiendo con los ojos. Stella tenía las piernas tan largas que solo tuvo que dar un par de zancadas para acercarse a donde estaba yo—. ¿Llego tarde?

Nop. El arrendatario no ha...

No había ni terminado la frase cuando una mujer muy arreglada con un elegante traje gris se nos acercó a paso ligero y con una sonrisa en la cara.

—Señorita Ambrose, señorita Alonso. Soy Pam, la jefa de arrendamientos del Mirage.

—Encantada, Pam —dije arrastrando las palabras asombrada por cómo nos hablaba, como si fuera la directora de la Agencia de Seguridad Nacional del país en lugar de la de un edificio de viviendas. Y esto en Washington era el pan de cada día. Todo el mundo fingía ser más importante de lo que realmente era, lo cual no resultaba sorprendente en una ciudad donde lo primero que te preguntaba la gente justo después de haberte conocido era siempre: «¿A qué te dedicas?».

Era una ciudad de currículums andantes y escaladores de carreras profesionales, y no me daba vergüenza alguna decir que yo también formaba parte de ese colectivo. Tener una buena carrera profesional significaba ganar dinero, y ganar dinero era sinónimo de seguridad, de tener un techo bajo el cual dormir y comida en la mesa. Si a alguien le apetecía humillarme porque quisiera todo eso, podía irse a tomar por culo.

Stella me dio un codazo y me encogí ante el dolor.

—Aparta tus puntiagudos codos de mí —susurré.

—No te cargues la oportunidad que tenemos de conseguir este piso —respondió también en voz baja.

—Solo le he dicho «encantada».

—La cuestión es cómo lo has dicho. —Stella me advirtió con la mirada mientras seguíamos a Pam hacia el ascensor.

—¿Cómo lo he dicho? —Me llevé una mano al pecho—. Pero si siempre hablo de forma impoluta.

Stella suspiró y yo reprimí una sonrisa. De todas mis amigas, era la más impasible, así que conseguir sacarla de sus casillas era todo un logro. Aunque cierto era también que, en los últimos meses, había sido un poquito menos impasible que de normal. Nuestra casa brillaba de lo impecable que estaba, y eso era una clara señal de que Stella estaba estresada.

No la culpaba. Por lo que me había contado, su jefa en DC Style no le estaba poniendo las cosas fáciles.

Mientras subíamos a la décima planta en el ascensor, Pam continuó divagando sobre las comodidades del edificio entre las cuales se encontraban un bar-cafetería y una piscina en la azotea, un gimnasio de última generación y un servicio de portería y conserjería veinticuatro horas.

Cuanto más hablaba, más nerviosa me iba poniendo yo y más me iba preocupando. En la página web del Mirage no aparecían los precios de alquiler, pero me apostaba mi inminente carrera profesional a que era caro de narices. Rhys había dicho que su amigo nos haría un generoso descuento, pero no había especificado cómo de generoso iba a ser.

Madre mía, ojalá pudiéramos permitírnoslo. Mataría por tener una piscina en la azotea; lo del gimnasio ya me daba más igual. El único ejercicio que me gustaba hacer era el que se hacía en la cama y, aun así, llevaba un tiempo sin practicarlo. No había nada como estudiar Derecho para acabar con la vida amorosa de cualquiera.

Nos detuvimos delante de una puerta de madera oscura con el número 1022 grabado en dorado.

—Ya hemos llegado. Es el último apartamento disponible en el Mirage —nos informó Pam con orgullo. Abrió la puerta y Stella y yo ahogamos un grito simultáneamente.

Madre-mía.

Era como si alguien hubiera cogido nuestro piso de ensueños y lo hubiese impreso en 3D en la vida real. Paredes enteras con ventanales que iban del techo al suelo, balcón, resplandecientes suelos de parqué y una cocina sin estrenar con una isla en medio. Siempre había querido una.

No cocinaba, pero solo porque nunca había tenido una isla. Ya me imaginaba lo bien que quedaría mi comida a domicilio —quiero decir, mi comida casera— esparcida por esa maravillosa extensión de mármol.

Y aunque intentaba ahorrar y sabía que no debería derrochar en comida a domicilio, siempre era mejor eso que gastar el dinero haciendo la compra y dejar que se acabara pudriendo todo porque no sabía cómo cocinarlo. ¿O no?

—Precioso, ¿a que sí? —Pam irradiaba entusiasmo; parecía la dueña de un caniche que presume de su perrito de primera en Westminster.

Me las apañé para asentir. Quizás también estaba babeando. No estaba del todo segura.

Pam nos enseñó las habitaciones y ahí confirmé que estaba babeando, seguro, porque las habitaciones tenían vestidores. Pequeños, pero ahí estaban. Había vestidores.

A Stella se le escapó un sonido gutural.

Como era blogger de moda, tenía más ropa y accesorios que los que deberían estar permitidos. Ya me la imaginaba ordenando su vestimenta por colores mentalmente.

En la lista de cosas por las cuales Stella renunciaría a su brazo izquierdo, tener un vestidor ocupaba el tercer puesto, justo por detrás de conseguir una colaboración con Delamonte —su marca favorita— y hacer un largo viaje por Italia, comiendo pasta, comprando y bebiendo vino mientras disfrutaba de las puestas de sol.

No me lo estaba inventando. Stella había hecho una lista a mano y la había clavado en el tablero de su cuarto.

—El apartamento no está mal. —Intenté sonar tan despreocupada como pude—. ¿Me podría repetir a cuánto subía el alquiler?

Pam respondió y casi me ahogo con mi propia saliva. Incluso Stella se encogió al oír la cifra.

Siete mil quinientos dólares. Al mes. Sin gastos.

Eso no era un alquiler. Era un robo.

—Vaya —dijo Stella casi imperceptiblemente—. Mmm, creo recordar que nuestro amigo nos comentó que quizás podrían ofrecernos un descuento especial. ¿A cuánto nos saldría el alquiler en ese caso?

Pam arqueó una ceja bien maquillada y nos dedicó una lánguida sonrisa.

—Este es el precio con el descuento ya aplicado, cielo. —Acompañó la última palabra con un tono condescendiente que hizo que Stella se encogiera de nuevo.

Le puse una mano en el brazo a modo protector y le lancé una mirada asesina a Pam. ¿Quién se creía que era? No tenía ningún derecho de menospreciarnos así. Que no fuéramos obscenamente ricas no significaba que fuéramos menos que los residentes del Mirage.

—No es tu cielo —contesté con frialdad—. ¿Y cómo puede ser legal cobrar tantísimo por un solo apartamento?

A Pam se le dilataron los orificios nasales. Se irguió completamente y se dirigió a mí con la voz temblorosa y llena de rabia:

—Señorita Ambrose, le aseguro que todo lo que hacemos aquí en el Mirage es legítimo. Si el alquiler se sale de su presupuesto, déjenme que les sugiera que contemplen la posibilidad de algún sitio más...

—¿Todo bien, Pam? —intervino alguien con un tono grave y calmado que cortó el aire como si de un cuchillo recién afilado se tratara.

—Señor Harper. —El tono indulgente de Pam desapareció cual llama de una vela que alguien acabara de soplar y fue sustituido por uno de increíble sumisión—. Pensaba que estaba en Nueva York.

Madre mía del amor hermoso.

Pelo grueso, ondulado y de un castaño oscuro. Pómulos que podrían esculpir hielo. Ojos del color del whisky y unos hombros tan amplios que encajaban perfectamente en el carísimo traje de lana italiana que llevaba, como si se lo hubiesen hecho a medida, que seguramente era el caso. Todo en él irradiaba riqueza y poder, y su atractivo sexual era tan potente que casi podía saborearlo.

Había conocido a un montón de tíos atractivos, pero el hombre que tenía delante en ese momento... Guau.

—He terminado lo que tenía que hacer allí antes de lo previsto. —El hombre con aspecto divino me sonrió—. Christian Harper. El propietario del Mirage.

Harper... ¿Por qué me resultaba tan familiar ese apellido?

—Jules Ambrose. La futura propietaria de uno de los áticos del Mirage —solté.

Eso ocurriría después de que me hicieran socia de Silver & Klein, claro está. Porque pasaría. Stella era la mística de las dos, con sus cristales y sus horóscopos; yo creía discretamente en el poder de la manifestación, siempre y cuando se mezclara con una sana dosis de esfuerzo. A fin de cuentas, era lo que me había sacado de Ohio y gracias a lo cual había podido estudiar Derecho en Thayer.

A Christian le brillaron los ojos.

—Encantado, Jules. Pues espero que me compre el ático en algunos años.

Arqueé las cejas. Conque sí que vivía en el Mirage. Esperaba que reinara desde una mansión en las afueras de la ciudad, pero ahora que volvía a mirarlo, Christian Harper no parecía un tío que viviese en la periferia. Bastaba con mirarlo para saber que era un hombre de ciudad.

De café solo. De relojes caros. De coches rápidos.

Christian se giró hacia Stella. El dueño del edificio permaneció con una expresión calmada, pero en sus ojos resplandeció algo con una fogosidad y un brillo que hicieron desaparecer la diversión que se vislumbraba en su cara hacía un segundo.

Le tendió la mano. Tras dudar un segundo, Stella se la estrechó.

—Soy Stella.

—Stella —repitió él en voz baja y lentamente, como si estuviera saboreando cada sílaba. No se movió ni un ápice, pero la intensidad de su mirada era tan fuerte que se notaba en el aire. Fue como si el tiempo se hubiera ralentizado y me pregunté si los ricos tenían ese superpoder: el de manipular la realidad hasta que esta sucumbía a sus deseos.

Un tono rosado se posó en las mejillas de Stella. Abrió la boca y volvió a cerrarla antes de bajar la vista hasta la mano de Christian, que seguía enredada con la suya.

Pasó otro largo segundo antes de que Christian le soltara la mano y diera un paso hacia atrás con una expresión indescifrable dibujada en los perfectos rasgos de su cara.

Alguien le volvió a dar al play y el tiempo y el movimiento volvieron a su curso normal. Pam se movió, las bocinas de los coches que se oían diez plantas más abajo empezaron a colarse por las ventanas de cristal de nuevo y yo exhalé con fuerza.

La mirada de Christian, extrañamente recelosa, permaneció puesta en Stella una milésima de segundo más antes de que el propietario volviera a centrar la atención en mí. La tensión desapareció y fue reemplazada, otra vez, por su amable carisma y hospitalidad.

—¿Qué os parece el apartamento? —se interesó.

—Es precioso, aunque se nos va de precio —admití—. Pero muchísimas gracias por enseñárnoslo. Ha sido un detalle.

—Bueno. —Pam carraspeó—. Señor Harper, ya me sigo ocupando yo. Seguro que usted tiene muchas...

—¿Con qué presupuesto contáis? —quiso saber Christian, ignorando a su jefa de arrendamientos por completo.

Stella y yo cruzamos la mirada antes de responder.

—Dos mil quinientos al mes. Todo incluido. —Casi me dio hasta vergüenza decirlo en voz alta. Era una ridiculez en comparación con lo que pedían.

Esperaba que Christian se riera en nuestra cara y nos echara del edificio. No obstante, se pasó el pulgar por el labio inferior, reflexivo.

El silencio volvió a envolverlo todo, pero esta vez el ambiente estaba cargado con una expectativa asfixiante (sobre todo para mí, aunque me fijé en Stella y vi que en sus ojos también brillaba un rayo de esperanza).

Intenté rebajar mis expectativas. No aceptaría nuestra oferta ni de coña. Christian era un hombre de negocios y los hombres de negocios no...

—Hecho —sentenció.

A Pam se le cayó la boca al suelo del shock.

No me gustaba nada admitirlo, pero a mí me ocurrió lo mismo que a ella.

—¿Perdón?

No mirarle el diente a caballo regalado y cuestionar algo que era una locura absoluta eran dos cosas distintas. Que sí, que Christian era amigo de Rhys y este formaría parte de la realeza en el futuro, con lo cual no le venía mal tenerlo de su parte, pero nosotras dos no éramos familia de Rhys ni nada por el estilo. Si Christian nos alquilaba aquel piso por un precio así de bajo, eso supondría un golpe financiero considerable para el Mirage.

O quizás no. No tenía ni idea. Por algo había estudiado Derecho y no ADE o Economía.

—Dos mil quinientos al mes. Hecho —repitió Christian tan tranquilo, como quien está comprándose un café en Starbucks—. Pam, redacta los documentos.

A la directora le palpitó una vena en la sien.

—Señor Harper, creo que deberíamos hablar de...

Esos ojos color whisky se afilaron y le lanzaron una mirada poco amigable a Pam.

Esta guardó silencio, pero seguía pareciendo claramente soliviantada.

—Te espero aquí. —A pesar del tono generalmente afable de Christian, sus palabras estuvieron acompañadas por un matiz cortante cual filo de navaja.

Otra advertencia, y esta había sido menos discreta.

—Por supuesto. —Pam le dedicó una prieta sonrisa—. Enseguida vuelvo.

Esperé a que se hubiera ido antes de cruzarme de brazos, mirar a Christian con los ojos entrecerrados y preguntarle:

—¿Cuál es el truco?

Se estiró la manga del traje y respondió:

—Explíquese.

—Dos mil quinientos al mes apenas darían para cubrir los gastos, así que no hablemos ya del alquiler. Sé que somos las amigas de su amigo y tal, pero económicamente no tiene ningún sentido.

Cuando algo parecía demasiado bueno para ser verdad, era por algo. Seguro que había un truco.

A Christian se le encorvó la comisura de los labios.

—A no ser que monten un parque acuático interior y lo tengan todo el día en funcionamiento, dudo que sus gastos mensuales suban tanto. Y no hay ningún truco. Rhys es un viejo amigo y le debo un favor.

—¿De qué lo conoce? —intervino Stella.

Christian guardó silencio un segundo y esa indescifrable expresión que se le había dibujado en la cara anteriormente volvió a hacer acto de presencia antes de que se limitara a responder:

—Hace tiempo trabajábamos juntos.

Y entonces caí.

—Seguridad Harper —dije refiriéndome a la empresa de seguridad privada de alto standing para la cual Rhys trabajaba cuando le hizo de guardaespaldas a Bridget—. Usted es el director.

—A su servicio —respondió lentamente.

—Más vale que no. —Si en algún momento Stella o yo necesitábamos un guardaespaldas, sería porque nos encontrábamos en una situación un tanto peliaguda—. ¿En serio que no hay gato encerrado?

—No. Lo único que pido es que firmen hoy. No creo que a la gente que está en la lista de espera para venir a vivir al Mirage le guste que les haya dado prioridad, y no puedo asegurarles que mañana, o incluso esta misma noche, mi oferta siga en pie.

Stella y yo volvimos a mirarnos. No me gustaba nada hacer las cosas apresuradamente, pero este apartamento era de ensueño. ¿Y si Christian cambiaba de opinión más tarde? Jamás me perdonaría haber dejado escapar esta oportunidad.

Pam regresó con los papeles y la frente arrugada.

Una pena. Si tenía algún problema con esto, tendría que hablarlo con su jefe, aunque dudaba que fuera a hacerlo. Christian no tenía pinta de tolerar el desacato.

—Tome. —La mujer casi me tiró los papeles en la mano.

—Gracias, Pam —le dije y le dediqué una sonrisa cortés—. Me hace muchísima ilusión que vayamos a ser sus inquilinas. —Guardé silencio un momento—. Perdón, quería decir las de Christian.

Pam apretó aún más los labios, pero fue lo suficientemente lista como para no responder.

Al cabo de media hora, después de que Stella y yo hubiéramos estudiado meticulosamente cada frase del contrato de arrendamiento en busca de alguna cláusula que nos pudiera hacer saltar las alarmas como, por ejemplo, «las inquilinas deberán ofrecer servicios sexuales al dueño del edificio cada mes para compensar la ridiculez de alquiler que pagan» y no encontrar ni una, firmamos donde correspondía.

Pam firmó justo después de nosotras y quedó todo hecho.

Éramos oficialmente arrendatarias del Mirage, lo cual se haría efectivo en cinco semanas.

Surrealista.

—Me alegro de que hayamos podido llegar a un acuerdo. —Christian sonrió de medio lado—. Llego tarde a una reunión, así que os dejo con Pam; estaréis en buenas manos. Ya nos veremos por aquí, seguro. —Antes de irse, miró brevemente hacia Stella.

Cuando él y su alta y esbelta complexión hubieron desaparecido pasillo abajo, Pam exhaló sarcásticamente.

—Felicidades —dijo escueta—. Acabáis de conseguir uno de los apartamentos más codiciados de la ciudad por cuatro duros.

—A mí la suerte siempre me sonríe. —No era cierto, pero valió la pena verle ese tic en el ojo.

Salimos del piso, cogimos el ascensor y bajamos hasta el vestíbulo en silencio. Al llegar abajo, Pam se despidió de la manera más sosa del mundo, pero a mí me dio igual.

—¡Lo tenemos! —Esperé a que tanto Stella como yo hubiéramos salido del Mirage antes de lanzarme a ella y envolverla en un abrazo. Ya no podía seguir reprimiendo la ilusión. Entre el piso y mi nuevo puesto en el CAML, hoy era el mejor día del mundo. Y punto—. ¡Es el piso de nuestros sueños! —Suspiré ilusionada al pensar en las posibilidades que había de que lo consiguiéramos.

Subir a tomar una copa por la noche en la azotea.

Bañarnos en la piscina por las mañanas. Zambullirme en una pila de ropa en mi vestidor, porque ahora tendría vestidor.

—Pellízcame —dije—. Creo que estoy soña... ¡Au!

—Me has pedido que te pellizcara —respondió Stella con cara de no haber roto nunca un plato. Se echó a reír y esquivó mi falso intento de pegarle—. Ahora en serio: estoy supercontenta de que ya tengamos piso, pero...

—¿Pero?

—¿No te parece que ha sido demasiado fácil? Mira cómo ha aceptado nuestra oferta, así, sin más. —Se mordió el labio inferior y unos pliegues le atravesaron la frente.

—Sí, sí ha sido demasiado fácil —admití—, pero tanto tú como yo hemos revisado el contrato dos veces y no había nada fuera de lo normal. Puede que Christian solo esté siendo majo porque somos amigas de Rhys.

—Puede. —La mirada de Stella se llenó de dudas.

—Nos irá bien. —Entrelacé el brazo con el suyo y me puse a andar en dirección al Crumble & Bake que había unas calles más abajo para celebrar nuestra victoria con cupcakes—. Y, si no, resulta que conozco a un montón de abogados.

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