Twisted hate
8. Josh
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Josh
Como residente en urgencias, veía cosas muy pero que muy fuertes, y la de esa última semana no había sido ninguna excepción.
¿Un hombre que, mientras conducía, había chocado con una valla y luego había llegado al hospital con el poste de la valla clavado? Visto. (Ahora estaba en la UCI, pero era bastante probable que sobreviviera.)
¿Un paciente que se había quitado absolutamente toda la ropa y se había puesto a correr desnudo por los pasillos antes de que un par de enfermeras consiguieran pillarlo? Visto.
¿Alguien que no se podía quitar un pepino partido del recto? Visto.
Una locura sin igual, pero por eso me había decantado por Medicina de Urgencias y Emergencias y no por Cirugía, que era en lo que tanto había insistido mi padre. Quería presumir de tener a un cirujano cardiovascular como hijo, pero a mí me iba más el caos. Ir a trabajar cada día sin saber con qué reto iba a encontrarme en las próximas horas me hacía permanecer en alerta, aunque tampoco pasaría nada si no tenía que quitar verduras de los orificios de la gente en mucho mucho tiempo.
—Descansa un poco —me dijo Clara mientras yo fichaba tras otro extenuante turno de noche—. Pareces un zombi.
—Mentira. Yo siempre estoy guapísimo. ¿Verdad que sí, Luce? —Le guiñé un ojo a Lucy, otra enfermera. Esta rio nerviosamente, dándome la razón, y Clara puso los ojos en blanco—. Nos vemos mañana. Intentad no echarme demasiado de menos. —Al salir, di un golpecito en el mostrador con los nudillos de la mano.
—Para nada —contestó Clara.
—¡Lo intentaremos! —dijo a su vez Lucy, con un tono alegre y agudo.
Me entraron ganas de reír, pero cuando salí fuera ya habían desaparecido y habían sido reemplazadas por un cansancio agotador. Sin embargo, en lugar de irme a casa a dormir, que era lo que realmente necesitaba, giré hacia la izquierda y subí hacia la parte norte del campus, donde se encontraba el Centro de Alianza Médico-Legal.
No sé dónde había metido el cargador antes de que empezara mi turno y solo tenía un ocho por ciento de batería en el móvil. La única esperanza que tenía de mantener mi preciadísimo teléfono con vida era el cargador de recambio que tenía en el CAML.
Cuando llegué vi que en el diminuto parking que se encontraba pegado al lado del edificio solo estaba el coche de Barbs. El resto de los trabajadores solía ir apareciendo pasadas las ocho y media, pero ella abría y cerraba la oficina cada día, de modo que pasaba más tiempo aquí que los demás.
—Hola, preciosa —saludé al entrar en la recepción.
—Hola, guaperas —me respondió guiñándome el ojo.
Empecé a hacer de voluntario en el CAML cuando estudiaba Medicina; Barbs siempre me traía dulces caseros y me dio un sabio consejo: «Cuando la vida te dé limones, haz limonada y queda con alguien a quien la vida le haya dado vodka». Ella era una de las razones por las cuales había seguido haciendo de voluntario a pesar del frenético horario que tenía con la residencia. Con el paso de los años, el personal del Centro se había convertido en mi otra familia y, aunque solo podía pasarme por ahí entre turnos, una o dos veces por semana, hacían que siguiera con los pies en la tierra.
—No esperaba verte hoy. —Barbs se puso el boli detrás de la oreja—. Un pajarito me ha dicho que acabas de salir del turno de noche.
No le pregunté cómo lo sabía. Barbs era la persona mejor informada de todo el Hospital de Thayer. Sabía cosas de la gente incluso antes de que ellos mismos lo supieran.
—Créeme, en breve me voy a casa a dormir. —Me froté la cara con la mano en un intento por mantener los ojos abiertos—. Solo he venido a por el cargador.
Llevaba tanto tiempo como voluntario en el CAML que incluso tenía mi propio escritorio. Mi trabajo consistía mayoritariamente en encontrar trabajadores para su centro de salud a coste cero para aquellos pacientes que no tenían seguro médico, pero también ayudaba en algunos casos legales que requerían opinión médica.
—Antes de irte deberías saludar a nuestra nueva investigadora asociada. —Barbs señaló con la cabeza la puerta de la cocina que había al final del pasillo—. Te caerá bien. Es peleona.
Arqueé las cejas.
—¿Ya tenemos a una nueva asociada?
Últimamente, al CAML no habían parado de llegarle nuevos casos. Lisa, la directora jurídica, había mencionado que quería contratar a algún asociado temporal para que nos echara un cable hasta que se redujera un poco la carga de trabajo, pero no me imaginé que fueran a encontrar a alguien con tanta rapidez.
—Así es. Una alumna de tercero de Derecho en Thayer. —La forma en que le brillaron los ojos a Barbs hizo que me pusiera en alerta automáticamente—. Es lista. Y también guapa, aunque un poco ansiosa. Empezó el lunes y me la encontré esperando fuera quince minutos antes de que abriéramos.
—Felicidades. Acabas de describir a la mitad de las chicas de Thayer. —La mayoría del alumnado de Thayer es perfeccionista hasta la saciedad—. Ni se te ocurra —añadí al ver que Barbs ya abría la boca—. Yo no me lío con gente del trabajo.
Tenía la reputación de ser un donjuán, pero jamás me enrollaría con alguien con quien trabajaba; daba igual que lo de CAML lo hiciera como voluntario.
Barbs puso cara de decepción. Le gustaba ser la alcahueta del hospital y llevaba años intentando juntarme con alguien.
—Además, suponiendo que acabara con alguien del Centro, sería contigo —espeté seductor.
Continuó con el ceño fruncido diez segundos más, pero luego se derritió y me dedicó una sonrisa.
—Mientes fatal.
—¿Mentir? ¿Yo? —Me llevé la mano al pecho—. Eso nunca.
Negó con la cabeza.
—Tira. Llévate ese encanto a otra parte. Eres demasiado joven para mí. Y cuando la hayas visto ven a hablarme —soltó. Giré la cara para mirarla, desesperado, y Barbs se echó a reír.
Cogí el cargador que tenía en mi escritorio y me lo guardé en el bolsillo. Y entonces, muy a mi pesar, me entró la curiosidad y fui hacia la cocina para conocer a la nueva trabajadora. Al menos sabría de dónde salía tanto alboroto.
Empujé la puerta y en mi boca se dibujó una son... Qué-cojones.
Mi sonrisa duró menos que los caramelos en una fiesta de cumpleaños de niños pequeños.
Sentada en medio de la cocina, tomando café con mi taza favorita y estudiando un fajo de papeles: Jules Ambrose.
Se me disparó la presión.
No. No, joder. Debía de haberme quedado dormido después del turno y estaba teniendo una pesadilla muy vívida, porque Jules no podía ser la nueva asociada ni de coña. El universo no podía ser tan cruel.
Al oír que se había abierto la puerta, levantó la vista. Me habría hecho muchísima gracia que empalideciera de esa forma si no hubiera sido porque yo estaba igual de atónito.
—¿Qué narices haces aquí? —Nuestras voces se sobrepusieron la una a la otra en una melodía disonante: su voz, aguda a causa de los nervios, y la mía, grave a causa del pavor.
Sentí un espasmo en la mandíbula.
—Trabajo aquí. —Solté el pomo de la puerta y me crucé de brazos—. ¿Qué excusa tienes tú?
—La que trabaja aquí soy yo —dijo enfatizando la última palabra—. Tú trabajas en urgencias. —Jules arqueó una ceja—. Veo que ya estás perdiendo la memoria. Es lo que pasa cuando tu cerebro tira de todas sus limitadas capacidades para hacer cosas de lo más básicas.
Me cago en... No tenía tiempo para esto. Había venido a por el cargador y ahora estaba aquí atrapado discutiendo con el diablo en forma de mujer cuando lo único que quería era dormir.
Pero ya era demasiado tarde. Ya no podía echarme atrás a no ser que quisiera que Jules me restregara por la cara, hasta el fin de los tiempos, que había sido ella quien había tenido la última palabra.
—No proyectes tu vida en la de los demás. Es ruin. Que tú tengas una capacidad intelectual inferior a la media no significa que a los demás nos suceda lo mismo. —Le tembló un ojo y sonreí con superioridad—. Y en cuanto al Centro, llevo haciendo de voluntario desde que estudiaba Medicina.
Traducción: ese lugar era mío. Yo había llegado antes.
¿Que era un punto de vista un tanto infantil? Quizás. Pero había pocos lugares en los que me sintiera como en casa. El Centro era uno de ellos, y la presencia de Jules reduciría a cenizas la paz que sentía aquí.
—Aún estás a tiempo de dejarlo. —Me apoyé contra la pared y seguí aguantándole la mirada en un silencioso reto—. Disfrutarías más de tu tiempo libre en otra parte. Si te aburres, seguro que hay algún pobre idiota que está dispuesto a cubrir los huecos que aún tienes en la agenda.
—Mira, igual que tú, don Criticón. —Jules le dio un sorbo al maldito café que se había preparado en mi taza—. ¿O es que ya no encuentras a más mujeres que se crean toda tu mierda? A no ser que utilices esto de ser voluntario como una excusa para ligar, lo cual ya sería tristísimo.
Di tres zancadas para acortar la distancia que nos separaba y planté las manos en la mesa con tanta fuerza que incluso se movieron los subrayadores que había al lado de los papeles que estaba estudiando Jules. Me incliné hasta que mi cara quedó a pocos centímetros de la suya y mi aliento y el suyo se mezclaron en una nube de hostilidad.
—Márchate —le exigí con voz tensa y furiosa, dejando que esa palabra retumbara entre nosotros.
A Jules le brillaron los ojos ante mi reto.
—No —enunció de forma lenta y precisa, lo cual hizo que se me acelerara la presión un poco más todavía.
Apreté los nudillos contra la dura superficie de madera y cerré los puños. El corazón me latía con tanta fuerza que oía el eco en mi cabeza, provocándome.
No entendía por qué esta nimiedad me molestaba tanto. Jules era la nueva investigadora asociada. Vale, ¿y qué? Yo no venía aquí a menudo, ni tampoco tenía por qué hablar con ella si no quería. Además, el puesto que estaba cubriendo tenía fecha de caducidad. En unos meses ya se habría ido.
Aun así, la simple idea de que estuviera aquí, en mi lugar de paz, bebiendo café con mi taza, riéndose con mis amigos y llenando cada molécula de aire con su presencia hacía que me costara respirar.
«Uno. Dos. Tres.» Fui contando, obligándome a coger aire.
La nevera, ajena a la batalla que se estaba librando en la cocina, zumbaba a lo lejos. Y, a su vez, el tictac del reloj seguía avanzando hacia las ocho y media para recordarme que hacía rato que debería haberme ido.
La ducha. La cama. El tan ansiado sueño.
Todos me llamaban, pero aquí seguía yo, plantado delante de Jules y sin ninguna intención de ondear la bandera blanca en esa sigilosa guerra.
Incluso teniéndola tan cerca era incapaz de encontrar una sola imperfección en su cremosa piel. Sin embargo, de lo que sí era capaz era de contar cada una de las pestañas que le envolvían esos ojos de color avellana, y también vi que tenía un lunar diminuto justo encima del labio superior.
Haberme fijado en todo eso me cabreó aún más.
—Pensaba que lo tuyo era el derecho de sociedades. Peces grandes. Prestigio. —Las sílabas me salieron de la boca afiladas y con tanta frialdad que incluso cortaban—. Puede que CAML no sea un lugar tan sofisticado como Silver & Klein, pero nuestro trabajo también es importante. No es un lugar donde pasar el rato hasta que te marches y entres en una liga superior.
Fue un golpe bajo. Lo supe incluso al pronunciar esas palabras.
Jules seguramente necesitaba un trabajo que la ayudara a mantenerse hasta que aprobara el examen de abogacía, lo cual no tenía nada de malo.
Sin embargo, mi frustración —por lo de mi padre, por lo de Alex, por esa incesante sensación de vacío que sentía en el pecho y que se había apoderado de mí más noches de las que realmente quería reconocer— me había convertido en alguien a quien no reconocía y que no me caía especialmente bien. En otro momento, habría hecho como si siguiera siendo el mismo chaval del instituto, un Josh sin preocupación alguna; sin embargo, y aunque no sabía muy bien por qué, cuando estaba cerca de Jules, esa máscara no tardaba demasiado en caerse.
A lo mejor era porque no me importaba lo más mínimo que viera lo peor de mí. Y el hecho de que me diera absolutamente igual lo que pensaran los demás de mí era, en parte, liberador.
—Qué típico de ti, eso de dar por hecho mi lado más oscuro. —Si antes yo había sido frío al hablar, Jules acababa de ser como una asadera y había quemado los afilados bordes de mi enfado hasta reducirlos a cenizas de remordimiento—. ¿Qué pasa? ¿Crees que voy a venir aquí cada semana, dar un par de vueltas, ojear unos cuantos papeles y fingir que hago algo solo porque es un curro temporal? Pues entérate, imbécil: cuando me comprometo con algo, lo hago bien. Me da igual que sea un bufete de abogados superimportante, una organización sin ánimo de lucro o un puto puesto de limonada en un callejón sin salida. Ni tú eres mejor que yo por el simple hecho de ser médico, ni yo soy solo la mala de la película por querer trabajar en un sector donde los salarios sean altos. Así que deja de ir de superior y métete tus sermones por el culo, Josh Chen, porque ya me tienes harta.
La cocina se sumió en un profundo silencio que solo cortaba la andrajosa respiración de Jules. La indiferencia que había aparentado antes la amiga de mi hermana se había evaporado y ahora tenía las mejillas sonrojadas y la mirada fogosa. Esta vez, no me regodeé sacándola de quicio.
Abrí la boca para decir algo, lo que fuera, pero me había quedado demasiado anonadado como para formular una respuesta adecuada.
Me resultaba imposible contar todas las pullas que Jules y yo nos habíamos lanzado a lo largo de los años. Siempre se defendía con toda la fuerza del mundo, pero lo que acababa de ocurrir... Si no fuera porque la conocía, habría jurado que estaba dolida de verdad.
Una fuerte punzada de culpabilidad se me clavó en el pecho.
Me erguí, me pasé la mano por la cara y me pregunté en qué momento mi vida se había vuelto tan complicada. Echaba de menos los días en los que Jules y yo nos insultábamos sin remordimiento ni culpa alguna, cuando mi hermana no estaba enamorada de mi ex mejor amigo y cuando yo todavía me llevaba bien con él.
Echaba de menos los días en los que yo todavía era yo.
Y, ahora, aquí estaba: a punto de hacer algo que el Josh del pasado jamás hubiese hecho porque antes se habría amputado el brazo.
—No debería haber dicho eso —reconocí finalmente—. Ha sido un golpe bajo y... —Se me contrajo un músculo en la mandíbula. Maldita sea—. Lo siento.
Escupí las palabras. Nunca antes me había disculpado con Jules y quería quitármelo de encima de inmediato.
Que hiciera lo correcto no significaba que tuviera que gustarme.
Me preparé para ver a Jules regodeándose, pero no lo hizo. En lugar de eso, se me quedó mirando como si no le hubiera dicho nada.
Insistí.
—Lo que pasa es que el CAML es importante para mí y no quiero que nuestras... diferencias interfieran en el trabajo. Así que te propongo una tregua.
Proponerle una tregua era como rendirse, pero me negaba a que nuestra enemistad contaminara el tiempo que pasaba yo aquí. Que ocurriera en cualquier otra parte no me importaba. Pero en el Centro no.
Arrugó la frente y repitió:
—Una tregua.
—Solo cuando nos encontremos aquí. —No era tan ingenuo como para pensar que íbamos a ser capaces de mantener una relación relativamente pacífica fuera del entorno laboral—. Nada de insultos ni de comentarios hirientes. Seremos profesionales. ¿Trato hecho? —Le tendí la mano.
Jules se la quedó mirando como si fuera una cobra enrollada lista para atacar.
—A no ser, claro está, que creas que no serás capaz de hacerlo.
Al ver que apretaba los labios, la satisfacción me invadió. Sabía que le tocaría el nervio competitivo que tenía, y lo había hecho.
Me aguantó la mirada y me dio un apretón. Uno fuerte.
Joder. Para ser tan pequeña, tenía una fuerza descomunal.
—Trato hecho —respondió con una sonrisa.
Le devolví el gesto con los dientes apretados y le estreché la mano con más presión todavía mientras disfrutaba de cómo se le dilataban las fosas nasales ante mi reacción.
—Perfecto.
Ni caso de lo que había dicho de estar aburrido.
Teníamos unos interesantes meses por delante.