Twisted hate

Twisted hate


9. Jules

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Jules

Si hace un mes alguien me hubiera dicho que aceptaría una tregua con Josh Chen me hubiera reído en su cara y le hubiera preguntado qué se fumaba. Un tigre tenía las mismas posibilidades de cambiar sus rayas que Josh y yo de comportarnos civilizadamente con el otro.

Pero, aunque odiara admitirlo, su razonamiento había sido lógico. Estaba orgullosa de mi trabajo y lo último que quería era que mis emociones interfirieran en mi entorno laboral. Además, su disculpa me había pillado tan por sorpresa que no había sido capaz de pensar con claridad, y menos aún de sopesar las consecuencias que podía acarrear un alto al fuego con Josh Chen.

Por asombroso que pareciera, no habían sido tan malas, aunque quizás eso se debía al hecho de que no había visto a Josh desde el día en que nos dimos una tregua. Según Barbs, solo venía cuando libraba o al acabar algún turno, si no estaba reventado.

Lo cual me parecía bien. Cuanto menos tuviera que verle, mejor. Una parte de mí seguía avergonzada por cómo había reaccionado después de que me acusara de no tomarme mi trabajo en serio. Nos habíamos dicho cosas peores a lo largo de los años y, sin embargo, esa había sido la que me había hecho estallar.

No era la primera vez que alguien me juzgaba; ya lo habían hecho antes por mi apariencia, mi familia, la carrera que había escogido, cómo me vestía, porque me reía con mucho ímpetu cuando debería ser más modesta y porque actuaba de forma demasiado audaz cuando debería ser invisible. Estaba acostumbrada a ignorar las críticas, pero, con el paso del tiempo, había ido acumulando miradas de reojo y llenas de desdén, y ahora ya estaba harta.

Estaba harta de tener que currármelo el doble que los demás para que me tomaran en serio y tener que trabajar con más ahínco para demostrar lo que valía.

Sacudí la cabeza y traté de volver a concentrarme en los documentos que tenía delante. No tenía tiempo para rayarme. Tenía que acabar de verificar la información de un caso y el Centro cerraba en tres horas.

Ya iba por la mitad cuando las puertas se abrieron de par en par y entró Josh con una cajita de Crumble & Bake en la mano.

—Anda, mira, pero si es... —mi vástago del demonio favorito— el hermano de mi mejor amiga —sentencié al observar que Josh arqueaba una ceja a la espera de ver cómo acababa la frase.

Tardaría un poco en lograr refrenar ese instinto de insultarle con solo ver su cara.

—Una observación muy astuta. —Dejó la caja en la mesa y se sentó a mi lado. El olor de su colonia inundó el aire y se mezcló con el dulce aroma que emanaba del recipiente—. Déjame adivinar... Has molestado tanto al resto del personal que te han castigado en la cocina.

—Si tuvieras la más mínima capacidad de observación te habrías dado cuenta de que todavía no tengo escritorio. —Me obligué a no mirar hacia los dulces. No caigas en la tentación—. Trabajaré desde aquí hasta que llegue. Y —lo señalé con el bolígrafo, con una sensación de triunfo recorriéndome las venas— has roto la tregua.

—No. —Josh se remangó, dejando a la vista la piel morena de sus antebrazos ligeramente venosos. Un pesado reloj relució en su muñeca y, como tengo cierta debilidad por los hombres que llevan relojes, ver eso me habría parecido sexi si no fuera porque se trataba de..., bueno, de él—. Decir algo con sarcasmo no es lo mismo que insultar. Yo soy sarcástico con todos mis amigos. Es una forma de expresarles mi amor.

Puse los ojos en blanco con tanto afán que hasta me sorprendió no acabar en otra dimensión.

—Claro, porque tu intención era demostrarme tu amor hacia mí con ese comentario, por supuesto.

—No, mi intención era demostrarte mi amor hacia ti con esto. —Josh pronunció esas palabras con una lentitud suprema, como si estuviese hablando con una niña pequeña. Abrió la caja y me quedé ojiplática al ver el cupcake que había justo en medio.

De caramelo salado. Mi favorito.

Mi estómago rugió sutilmente en señal de aprobación. El trabajo me había absorbido tanto que no había ingerido nada aparte de una irrisoria ensalada para comer y un smoothie hacía unas horas.

Josh sonrió con suficiencia al verme remover los papeles vehementemente para ahogar el ruido de mis tripas. No quería darle la satisfacción de verme salivar por algo que había comprado él.

—Considéralo mi ofrenda de paz. —Me acercó la caja—. Eso y el hecho de que no haya dicho nada cuando tú sí que has roto la tregua al insultar mis capacidades de observación que, por cierto, son extraordinarias.

Solo Josh podía atribuirse el mérito de no haber hecho algo que realmente acababa de hacer.

En lugar de llevarle la contraria, toqué el cupcake con recelo.

—¿Lo has envenenado? —Comportarnos de forma civilizada era algo muy distinto a comprarle a alguien su cupcake favorito porque sí.

Nah, iba con prisas. La próxima vez, quizás.

—Qué gracioso. Netflix debería ofrecerte algún monólogo. —Lo saqué de la caja y lo examiné para ver si encontraba alguna señal que me demostrara que el cupcake había sido manipulado.

—No, si ya. —Josh rebosaba arrogancia—. Es uno de mis muchos increíbles talentos.

Me contuve para no volver a poner los ojos en blanco. Seguramente hubiera cientos de pobres almas en pena con poca autoestima porque se la había quedado toda Josh Chen para ir por la vida con un ego del mismo tamaño que Júpiter. Satanás debió distraerse el día que creó a su vástago infernal y echó, en el vaso de Josh, demasiado de eso que lo hacía tan detestable.

—¿Cómo sabías que mi favorito era el de caramelo salado? —Entorné los ojos al ver una diminuta mancha negra en el envoltorio del cupcake.

¿Era solo la marca de algún boli o la prueba de que lo había envenenado? Mmm...

—Tampoco cuesta tanto. —Josh señaló la bebida venti que tenía en la mesa con la cabeza—. Cada vez que te veo estás inhalando un moka de caramelo que mide lo mismo que tu cara.

Vale, ahí llevaba razón. Me encantaba todo lo que tuviera sabor a caramelo, y eso lo sabía casi todo el mundo.

—Como sigas así acabarás con diabetes —añadió—. Tanto azúcar no es bueno para el cuerpo.

—O sea, que me traes algo dulce con la esperanza de que me vuelva diabética. —Di un golpecito en la mesa con el boli que tenía en la otra mano—. Ya sabía yo que venías con intenciones malvadas.

Josh suspiró y se agarró el puente de la nariz.

—Jules, cómete el maldito cupcake.

Reprimí una sonrisa. Ahora ya estaba vacilándolo, más que nada, y me estaba muriendo de hambre. Si tenía que morir, al menos me moriría comiendo algo que me encantaba.

Aparté el envoltorio y di un pequeño mordisco. Un delicioso y tibio dulzor me recorrió la lengua y fui incapaz de contener un gemido ante tal sensación.

No había absolutamente nada mejor que un cupcake de caramelo salado después de horas de trabajo.

Josh se me quedó mirando mientras comía y esa expresión de enfurecido dio paso a algo que no supe identificar.

Una especie de vergüenza a la que no estaba muy acostumbrada se abrió paso dentro de mí.

—¿Qué?

Abrió la boca, pero volvió a cerrarla, se recostó en la silla y, con las manos detrás de la cabeza, entrelazó los dedos.

—Me caes mucho mejor cuando no hablas. Debería traerte comida más a menudo.

—Pues menos mal que me da igual si te caigo bien o no. —Las palabras me salieron solas de la boca—. Aunque si quieres comprarme comida, adelante, pero ten en cuenta que lo inspeccionaré absolutamente todo antes de metérmelo en la boca.

Me di cuenta de mi error antes incluso de que acabara de pronunciar la frase entera.

Mierda. Había sonado peor de lo que esperaba.

A Josh se le dibujó una sonrisa diabólica en la cara.

—Para. —Levanté una mano y sentí cómo me sonrojaba—. Ahórrate cualquier broma infantil que tuvieras la intención de soltarme.

Y, por sorpresa, lo hizo.

Josh le dio un golpecito al montón de papeles que había delante de mí con un dedo.

—Sabes que puedes trabajar en otros sitios aparte de la cocina, ¿no?

—¿Dónde? ¿En el baño? —El CAML era un lugar diminuto y no quería quitarle la mesa a nadie—. Da igual. Aquí estoy bien.

Eso si hacía la vista gorda y no me fijaba en el frío antártico que hacía, pasaba del hecho de que la mesa cojeara e ignoraba lo incómodas que eran esas sillas de madera. Pero, aun así, era mejor que trabajar desde la taza del váter.

—Claro, si lo comparas con el bosque siberiano...

Exhalé molesta.

—¿Has venido a trabajar o a fastidiarme?

—Puedo hacer ambas cosas. Se me da genial eso del multitasking —respondió Josh antes de que su mirada volviese a recuperar su seriedad—. Me han dicho que hoy tenemos un nuevo caso.

—Ajá. —Le pasé los papeles y activé el chip de trabajo—. Los Bower. La madre, Laura Bower, se cayó por las escaleras y tiene que estar dos meses de baja. No tienen seguro, así que se les están acumulando las facturas médicas, y es la única que trabaja de la familia. Su marido, Terence, salió de la cárcel hace unos cuantos años, pero con sus antecedentes penales le ha resultado imposible que lo contrataran. Tienen dos hijos, Daisy y Tommy, de seis y nueve años.

—Y quieren desahuciarlos —señaló Josh revisando los documentos.

Asentí.

—Laura necesita un lugar seguro donde poder recuperarse de su caída, por no hablar de todo lo que conlleva el quedarse sin hogar.

Unos recuerdos turbios y no deseados me inundaron el cerebro al pronunciar esas últimas tres palabras.

Noches frías. El estómago vacío. Esa continua sensación de ansiedad envolviéndome entera.

Mi situación no había sido la misma que la de los Bower, pero me acordaba vívidamente de cómo era despertarme cada mañana preguntándome si sería el último día que tendría un techo bajo el cual dormir y comida en la mesa.

A mi madre, camarera en un bar de cócteles, le había parecido más interesante pulirse su escaso sueldo en compras que en pagar las facturas. A veces, mientras yo hacía deberes, nos cortaban la luz porque resultaba que se le había olvidado pagar el recibo. Al final, a la avanzada edad de diez años, aprendí a pinchar la electricidad de nuestro vecino. No era la solución más ética, pero no tenía alternativa.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

«No pasa nada. Ya no eres esa niña.»

—La conozco. —Josh dio un golpe con el nudillo al papel donde había una foto de Laura grapada y eso me devolvió al presente—. La atendí yo cuando vino. Tenía varios huesos rotos, unos moratones considerables y se había torcido el tobillo, y aun así estaba animada y hacía bromas para intentar que sus hijos no se asustaran. —Se le relajó la expresión—. A veces, al trabajar en urgencias, es fácil olvidar a los pacientes, pero de ella sí me acuerdo.

—Ya... —dije en voz baja—. Parece muy maja.

A pesar de que no conocía a Laura, se veía cómo era. Yo habría matado por tener una madre así.

Me aclaré la voz para intentar deshacer el nudo que se me había formado con la emoción y proseguí:

—Desde un punto de vista legal, la solución obvia sería limpiar los antecedentes penales de Terence para que pueda encontrar trabajo. —Ahora que ejercía como abogada en el CAML, Lisa tenía que autorizar todos mis actos, y ya habíamos acordado que limpiar los antecedentes de su marido era la mejor opción—. Lo acusaron de posesión de marihuana. Se pasó un año en prisión por veintiocho gramos. —Empecé a encenderme de nuevo, igual que me había ocurrido al enterarme de los detalles del caso por primera vez. Había pocas cosas que me cabrearan más que la injusticia de la draconiana legislación sobre drogas—. No tiene ningún sentido. Hay violadores a quienes solo encierran unos meses, pero como lleves algo de maría encima cargarás con esa mancha en tus antecedentes de por vida. Menuda gilipollez. En Colorado hay cultivadores de marihuana que se embolsan un dineral por vender maría mientras otros denigran a gente como Terence. Dime dónde ves tú la justicia aquí. Yo... ¿Qué? —Interrumpí mi discurso al ver que Josh me estaba mirando con una ligerísima sonrisa que casi le hacía parecer hasta fascinado.

—Nunca te había visto tan cabreada por algo que no fuera yo.

—Para variar, tu egocentrismo no tiene límite. —Se me bajó un poco el rubor del enfado, pero seguía indignada por la injusticia de todo aquello—. Y no estoy rompiendo la tregua —señalé—. Es un hecho.

—Claro que sí —contestó Josh con indiferencia—. Aunque llevas razón. Lo que le ocurrió a Terence no es para nada justo.

Ladeé la cabeza. Seguro que lo había entendido mal.

—Repite eso. Lo segundo que has dicho.

Primero se había disculpado y luego había admitido que yo tenía razón. ¿El que tenía sentado delante era Josh de verdad o lo habían abducido los álienes, le habían dejado el mismo cuerpo y le habían cambiado la personalidad por la de alguien que era más amable?

—No.

—Repítelo. —Le di una patada en el pie y frunció el ceño—. Quiero volver a oír cómo lo dices.

—Y precisamente por eso no pienso hacerlo.

—Venga. —Le puse los mejores ojitos que pude—. Es viernes.

—¿Y qué más da? —Al ver que me esforzaba aún más en poner ojitos, Josh suspiró con pesadez—. He dicho —dijo acompañando sus palabras con una breve pausa— que llevas razón. —Sonó tan contrariado que casi me río—. Aunque solo, única y exclusivamente con esto. Con nada más.

—¿Ves? Tampoco ha sido tan complicado. —Doblé el envoltorio del cupcake con cuidado hasta formar un cuadrado y lo dejé a un lado para tirarlo luego—. Tienes una sonrisa decente cuando no vas de capullo —añadí, ya que estábamos siendo simpáticos.

—Gracias.

Hice caso omiso al sarcasmo de Josh y volví a centrarme en el caso. Quería dejar el trabajo terminado antes de irme para no tener que pasarme el fin de semana preocupándome por eso. Mañana nos íbamos a Vermont y, aunque no es que me entusiasmara ir a pasar dos días en la misma cabaña que Josh, sí que tenía muchísimas ganas de disfrutar de mis primeras vacaciones del año.

El viaje a Eldorra para la coronación de Bridget no contaba. Solo estuve allí un fin de semana y a duras penas pude dormir de lo ocupada que estaba, o sea, que no hablemos ya de hacer turismo.

—A ver, lo de los Bower... —Le di al papel con el boli—. Lisa me dijo que podíamos ofrecerle revisiones médicas a Laura mientras siguiera recuperándose.

—Así es. Normalmente les pedimos que vengan a las visitas gratuitas del Centro. —Josh señaló hacia la salida y en ese instante caí en que debería de haberse pasado el día buscando personal. La carpa estaba justo fuera del CAML, así que por eso no lo habría visto llegar—. Sin embargo, dada la situación de Laura, podemos ir a visitarla en su casa; lo único que hay que hacer es rellenar los formularios necesarios...

Nos pasamos la siguiente hora trabajando codo con codo en el caso de los Bower. Josh preparó un horario de seguimiento y se ocupó de los documentos médicos, y yo terminé de revisar los detalles y recopilé la información necesaria para limpiar los antecedentes de Terence.

Miré un segundo a Josh mientras él anotaba algo en una hoja de papel en blanco. Estaba concentrado y tenía el ceño fruncido, y en ese instante me di cuenta de que era la primera vez que lo veía trabajar.

—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó sin apartar la vista del papel.

Sentí un calor en el cuello que no era de enfado, sino de vergüenza.

—Como el diccionario no haya cambiado la definición de «gustar» por la de «aborrecer»...

Se le encorvaron muy ligeramente los labios.

—La tregua, J. R.

No fui capaz de distinguir si ese sutil recordatorio era una burla o no, pero me dio un vuelco el estómago. Quizás sí que le había metido algo al cupcake.

Subrayé un párrafo del caso con más agresividad de la necesaria. Josh y yo formábamos un equipo sorprendentemente bueno, pero no fui tan tonta como para pensar que nuestra tregua sería la predecesora de una amistad.

En esta vida, solo unas cuantas cosas eran seguras: la muerte, los impuestos y el hecho de que Josh Chen y yo jamás seríamos amigos.

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