Twisted hate

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10. Josh

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Josh

El breve compañerismo que Jules y yo experimentamos en el Centro no duró ni veinticuatro horas. Cuando llegué a la terminal del jet privado, me la encontré entusiasmadísima y petulante a más no poder porque se había personado allí antes que yo.

—Llegas tarde. —Jules le dio un sorbo al café. Seguro que era un moka de caramelo con extra de trocitos crujientes y leche de avena, porque era intolerante a la lactosa y detestaba el sabor de la leche de almendra.

Qué predecible.

—Aún no hemos embarcado, lo cual significa que no he llegado tarde. —Me senté delante de ella y fruncí el ceño al ver su vestimenta. Pantalones de yoga y botas, todo combinado con una chaqueta de borrego lila y unas gafas de sol enormes que llevaba puestas cual diadema—. ¿De dónde diablos has sacado esta chaqueta? Pareces el dinosaurio Barney.

—Tampoco esperaba que alguien que se planta en el aeropuerto en pantalones de chándal —enfatizó esa última palabra— entendiera algo de moda. —Jules miró hacia la prenda en cuestión y mi cabreo se fue transformando en alarde al ver que reposaba la vista un poco más de lo necesario en cierta zona.

—Sácale una foto. La tendrás de recuerdo —dije arrastrando las palabras.

Levantó la vista de repente y me miró a los ojos.

—Gracias por la oferta, pero solo estaba pensando en lo fácil que sería cortarte tu apreciado órgano. —Sonrió—. Duerme con un ojo abierto este fin de semana, Joshy. Nunca sabes lo que esconde la noche.

Ni siquiera me preocupé por responder a su ridícula amenaza. Al ver que cogía una pequeña bolsa de cartón blanco y me la lanzaba sin previo aviso, levanté las cejas.

La pillé sin problema. Tantos años de practicar deporte me habían servido para perfeccionar mis reflejos.

Abrí la bolsa y arqueé aún más las cejas al ver la magdalena de arándanos que había dentro.

—Para compensarte por lo del cupcake. —Igual fue cosa de la iluminación que me hizo ver lo que no era, pero me dio la sensación de que Jules se había sonrojado sutilmente—. No me gusta deberle nada a la gente.

—Era un cupcake, J. R., no un préstamo. —Sacudí la bolsa—. ¿La has envenenado? —le pregunté recuperando la misma pregunta que me había hecho ella el día anterior—. Vas a destrozar a Ava como su querido hermano se muera durante su viaje de cumpleaños, y eso significa que Alex tampoco estará de humor y que tú acabarás muerta.

El suspiro que soltó pesaba una tonelada.

—Josh, cómete la maldita magdalena.

Dudé un par de segundos antes de encogerme de hombros.

¿Qué diablos? Había peores formas de morir que comiendo una magdalena de arándanos.

—Gracias —dije a regañadientes.

Cogí un trozo y me lo metí en la boca mientras paseaba la vista por la terminal.

—¿Dónde está la parejita?

—Seguramente estén susurrándose cursiladas el uno a la otra mientras desayunan. —Jules echó la cabeza hacia un restaurante que parecía sofisticado y que había al final de la terminal.

Reí por la nariz con solo pensar en Alex susurrándole cursiladas a alguien, aunque ese alguien fuese mi hermana.

—¿Y tú no te has unido a ellos?

—No me apetecía hacer de sujetavelas.

—No sería la primera vez que lo hicieras.

En lugar de contestarme, me miró por encima del borde de su vaso y se le formó una pequeña hendidura entre las cejas.

—¿Te resulta extraño? —quiso saber—. Esto de ir de viaje con Alex.

Me quedé quieto y se me tensó la mandíbula un segundo antes de continuar masticando.

—Es lo que hay. Ava me lo pidió y aquí estoy. Fin —le contesté al terminar de comer.

Un tirante silencio se abrió entre nosotros, cargado de palabras no dichas.

Jules bajó la bebida y luego se la volvió a acercar a la boca como si quisiera protegerse de lo que estaba a punto de decir.

—Eres un buen hermano.

No había sarcasmo, solo sinceridad, pero esas palabras removieron algo en mi interior.

—Tu hermana está en el hospital...

—Casi se ahoga...

—Lo siento, hijo, pero tu madre... ha sufrido una sobredosis...

—Nos ha mentido. —Las lágrimas resbalaban por las mejillas de Ava—. Nos ha mentido a los dos.

—Ven con nosotros por las fiestas. —Le puse una mano en el hombro a Alex—. No puedes pasar la Navidad solo.

—Me quedaría más tranquilo si alguien la vigilara, ¿sabes?

—Eres la única persona en quien confío, además de mi familia. Y sabes cómo me preocupa Ava...

Unos cuantos recuerdos inconexos me asaltaron la mente.

¿Era un buen hermano?

Ava casi muere, no solo en una ocasión, sino en dos, y yo no estaba allí cuando sucedió. Estuve demasiado ciego durante todos esos años como para ver quién era nuestro padre en realidad. Lo había admirado y había hecho todo cuanto podía para que estuviese orgulloso de mí. E incluso había empujado a Ava a los brazos de Alex porque, para variar, había confiado en alguien que luego acabó traicionándome.

Al final, la relación entre Alex y Ava había salido bien, pero yo jamás olvidaría los meses en los que mi hermana se paseaba por casa cual alma en pena. Callada, apagada y sin esa chispa tan suya. Me despertaba cada día con el miedo de encontrármela como encontré a mi madre: con demasiadas pastillas en el estómago y sin las ganas suficientes para vivir.

Y todo porque yo había sido tan rematadamente estúpido como para confiar en quien no debía.

Sabía que, técnicamente, yo no tenía la culpa de que Michael hubiese intentado matar a Ava, así como tampoco la tenía de que mi madre se hubiese suicidado ni de que Ava se hubiese enamorado de Alex. Pero con la culpabilidad siempre pasaba lo mismo: daban igual las razones y los hechos; germinaba de las diminutas semillas de la duda que se filtraban por las grietas de tu mente y, cuando te dabas cuenta de qué era esa horrible oscuridad que te supuraba por las venas, ya se te había metido tan dentro que te sería imposible deshacerte de ella sin perder una parte de ti.

—Josh. —La voz de Jules sonó lejana—. ¡Josh!

Volvió a llamarme más fuerte y con más claridad, apartándome de mis propios pensamientos y devolviéndome a la soleada terminal.

Pestañeé y el corazón me latió con tanta fuerza contra la caja torácica que incluso sentí cómo me retumbaban los huesos.

—¿Sí?

La hendidura que se le había formado entre las cejas se había agudizado y en su mirada se asomó algo parecido a la preocupación.

—Llevo cinco minutos llamándote. ¿Estás... bien?

—Sí. —Me pasé la mano por el pelo y me obligué a respirar profundamente hasta que conseguí ralentizar mi ritmo cardíaco—. Solo estaba pensando.

De todas las respuestas que le podría haber dado, esa era la más patética, pero Jules no me juzgó. En lugar de eso, se me quedó mirando un poco antes de desviar la vista por encima de mi hombro y anunciar:

—Alex y Ava ya están aquí.

Giré la cabeza y vi cómo se acercaba la pareja en cuestión.

—¡Hey! —Ava se separó de Alex y me abrazó—. Pero si has llegado a tiempo.

—Pero ¿por qué todo el mundo piensa que no soy puntual? Sí que lo soy —refunfuñé.

Ahora en serio: llegas tarde a una fiesta, a una sola, y de repente todo el mundo piensa que siempre llegas tarde a todo.

—Claro que sí. —Mi hermana me dio una palmada en el brazo y luego se dirigió a todo el grupo—: ¿Listos para embarcar?

Sip. —Jules se levantó y tiró el vaso vacío en una papelera que tenía cerca—. Vámonos.

Ava y Jules se adelantaron y me dejaron con Alex, a quien saludé con un agarrotado gesto con la cabeza.

—Alex.

—Josh —lo dijo inexpresivo, como siempre, pero la tensión que le pesaba en los hombros dejaba entrever que yo no era el único a quien este fin de semana le inspiraba recelo.

Lo único que esperaba era que saliéramos todos indemnes del viaje.

 

 

Cuando aterrizamos en Vermont una hora y media después, yo ya había ahogado mis preocupaciones sobre el fin de semana gracias a un par de mimosas sin zumo de naranja, cortesía del servicio del jet privado.

Un Range Rover negro nos estaba esperando a la salida del aeropuerto, que se hallaba a solo treinta minutos en coche del complejo. Ava se pasó la mayor parte del trayecto hablándonos de todas las comodidades de lujo del complejo: un spa de primera categoría, dos restaurantes gourmet, la famosa pista de triple diamante y un montón de cosas más que no escuché porque ya había desconectado.

Lo único que me interesaba a mí eran las pistas de esquí. La primera vez que bajaría por una pista de triple diamante negro. Sería legendario.

Me moría de ganas de deshacer la maleta e ir a las pistas, pero, por desgracia, tuvimos nuestro primer imprevisto incluso antes de hacer el check in.

—¿Cómo que la cabaña está ocupada? —Alex fue soltando cada palabra como si fueran carámbanos de hielo cayendo uno detrás de otro mientras fulminaba al recepcionista (Henry, según ponía en la placa) con la mirada.

—Lo siento muchísimo, señor Volkov, pero parece que ha habido una equivocación en el sistema y tenemos una doble reserva para este fin de semana. —Henry tragó saliva—. Los otros huéspedes hicieron el check in anoche, cuando llegaron.

—Ya veo... —respondió Alex con un tono de voz con diez grados de frialdad más que antes—. ¿Y dónde se supone que tendremos que quedarnos exactamente, teniendo en cuenta que ya me había dejado una suma bastante considerable de dinero para la cabaña Presidencial?

Henry volvió a tragar saliva y se puso a teclear desesperadamente en el ordenador.

Ava tiró a Alex de la mano y le susurró algo al oído. Él relajó los hombros, pero siguió sin apartar la vista de Henry.

Me apoyé en el mostrador y fui lo suficientemente listo como para mantener el pico cerrado en vista de la hostilidad que gastaba Alex. Hasta Jules permaneció en silencio, aunque quizás fue porque estaba demasiado ocupada mirando sugestivamente a un tío que había al otro lado del vestíbulo.

Eché un vistazo rápido al chaval. Rubio, con una sonrisa de un blanco que era imposible que fuera natural, y el mismo uniforme que el resto del personal: camisa celeste y pantalones caquis. Me apostaba hasta el último centavo a que era profesor de esquí. Tenía esa mirada irritante e impaciente que tienen todos.

—Deja de babear, J. R. Te entrarán moscas en la boca.

—Yo no babeo. —Jules sonrió al esquiador chulopiscinas y este le devolvió el gesto.

Una sensación de rabia se me arremolinó en el estómago. Este fin de semana inauguraban las pistas y el chaval estaba merodeando por la entrada y tonteando con los huéspedes. ¿Acaso no tenía trabajo que hacer?

—Nos queda una cabaña vip —anunció Henry—. La cabaña del Águila no es tan grande como la Presidencial, pero disfruta de mejores vistas y cuenta con los mismos servicios. Y, por supuesto, les devolveremos la diferencia de precio, les invitaremos a una comida y les regalaremos un vale para que puedan ir al spa para compensarles por las molestias.

Estaba convencido de que, de no haber estado Ava allí, Alex le habría cantado las cuarenta al recepcionista; sin embargo, se limitó a responder:

—¿Qué quiere decir con que no es tan grande como la Presidencial?

—No dispone de cuatro habitaciones, sino de dos. Sin embargo, en el salón hay un sofá cama —se apresuró a decir Henry al ver que Alex arrugaba las cejas.

—Nos sirve. —Ava colocó una de sus manos en el antebrazo de Alex—. Es solo un fin de semana.

A Alex se le dilataron las fosas nasales, pero asintió con brevedad.

—La cabaña del Águila nos sirve.

—Genial. —El sosiego de Henry era palpable—. Aquí tienen las llaves...

Nos fue contando cómo llegar a la cabaña, pero yo desvié la vista hacia Jules.

—¿Estás ya tirándote a ese tío en medio del vestíbulo?

Jules continuaba ligando en silencio con el esquiador chulopiscinas, pero al oír mi comentario apartó la vista del tipo.

—Si crees que ahora mismo me estoy tirando a ese tío, con razón las tías salen descontentas de tu habitación.

Touché.

Sonreí discretamente. Si los deportes de aventura me servían para quemar energía físicamente, chinchar a Jules me ayudaba a hacerlo a nivel mental. Nada me provocaba la misma adrenalina.

—Las tías salen de mi habitación sintiéndose de muchas maneras, pero te aseguro que descontentas no.

—Eso creéis siempre los tíos —se burló—. Lamento informarte de que seguramente estén fingiendo.

—Sé diferenciar perfectamente un orgasmo fingido de uno real, J. R.

—O sea que me estás diciendo que hay mujeres que sí que han fingido un orgasmo contigo —respondió con una voz dulce como el veneno.

—Las primeras veces. —No me avergonzaba admitirlo. Todo el mundo había empezado de cero en esto—. Pero la práctica lleva a la perfección. Con un poco de suerte, puede que algún día lo descubras por ti misma.

Jules fingió tener arcadas mientras seguíamos a Alex y a Ava y nos marchábamos del vestíbulo en dirección a nuestra cabaña.

—No me hagas potar. Acabamos de llegar. Además, odio el vómito.

Me entraron ganas de reír. Sacarla de quicio era fácil de narices.

Sin embargo, en cuanto llegamos a la cabaña, nos encontramos con el segundo contratiempo y mi risa desapareció: el sofá no era un sofá cama. Era un maldito sofá y punto, y eso quería decir que teníamos dos habitaciones para cuatro personas; me imaginé cómo podríamos repartirlas, pero cada opción que se me ocurría era peor que la anterior.

—Yo puedo dormir con Jules. —Ava miró hacia Alex pesarosamente—. Y tú compartes con Josh.

—No —salté yo. Preferiría bañarme desnudo en el río helado que había al lado de las pistas que dormir en la misma habitación que Alex.

—¿Tienes otra alternativa? —me rebatió mi hermana—. No quiero pasarme todo el día discutiendo sobre quién dormirá con quién.

Solo había dos opciones más: compartir habitación con Ava o compartirla con Jules. Si elegía dormir en el mismo cuarto que Ava, Alex y Jules tendrían que compartir y eso sería raro de cojones.

—Compartiré habitación con J. R. —Señalé a Jules con la cabeza—. Tú y Alex os quedáis la principal. La de invitados tiene dos camas; ya nos apañaremos.

No era la mejor solución, pero al menos no era tan horrible como la otra alternativa.

Jules hizo eco de mi opinión con el mismo entusiasmo con el que un ratón habría entrado en la jaula de una serpiente.

—¿Estás seguro? —Ava era plenamente consciente de la animosidad que existía entre nosotros y seguramente se estaría imaginando cómo nos matábamos el uno al otro mientras dormíamos.

Sinceramente, entraba dentro de las posibilidades.

—Sí. Quitémonos este tema de encima y así podemos ir a esquiar. —Total, tampoco estaríamos tanto tiempo en la habitación. Podía aparecer por la noche y hacer como si Jules ni estuviera.

Pero, por mala suerte, el universo y su jodido sentido del humor tenían otros planes.

Cuando abrimos la puerta del cuarto de invitados, nos recibió una tercera pega, es decir: lo peor que podría haber visto en toda mi vida.

—Ni de puta coña —dijo Jules a la vez que yo refunfuñaba—. Tiene que ser una broma.

Justo en medio de lo que, de no haber sido por eso, hubiese sido una habitación muy bonita, descansaba, decorada con blandos cojines y una lujosa colcha azul marino, una cama con dosel.

Cama. En singular. En el sentido de que solo había una.

Y tenía que compartirla con Jules Ambrose.

«Matadme.»

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