Twisted hate
11. Jules
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Jules
Dios me estaba castigando por pecados que había cometido en mi vida anterior. Era la única explicación que se me ocurría dadas las circunstancias.
Tanto Josh como yo nos negamos a bajar del burro y dormir en el sofá, así que tendríamos que compartir no solo habitación, sino también cama durante las siguientes dos noches. Un caballero se hubiese ofrecido a dormir en otra parte, pero Josh no era un caballero. Era el vástago de Satanás... y ahora mismo me estaba mirando fijamente con los ojos entrecerrados mientras yo intentaba escaquearme, con sutileza, de ir a esquiar.
—Id tirando vosotros —le dije a Ava tratando de ignorar con todas mis fuerzas la mirada desconfiada de Josh—. Acabo de acordarme de que me he olvidado algo en la cabaña.
—¿Segura? Si quieres te acompaño.
—Qué va. Ya hemos perdido suficiente tiempo con todo lo de la habitación y creo que primero me quedaré un ratito en el vestíbulo. —Agité la mano en el aire—. Id tirando. No me pasará nada.
—Vale. —Ava no parecía del todo convencida—. Nosotros estaremos por aquí.
Cogí aire, esperé a que Alex y Ava hubieran desaparecido con el telesilla y luego exhalé. Mientras miraba el extenso paraje cubierto de nieve que reposaba ante mis ojos, una espina cargada de ansiedad se me clavó hondo.
No pensaba que me fuera a afectar tanto, teniendo en cuenta que hacía siete años desde el último fin de semana que había ido a esquiar, pero ese viaje me había dejado recuerdos terribles. Además, también estaba lo del vídeo...
No lo pienses.
—¿Qué narices te has dejado en la cabaña? —Josh interrumpió mi ensimismamiento. Para que le entusiasmase tanto esquiar, no parecía tener prisa alguna por empezar a bajar pistas.
Iba de punta en blanco con su equipación de primera calidad: pantalones negros, un anorak azul, que envolvía sus anchos hombros, y unas gafas de esquí que se había sacado y ahora descansaban encima de su gorro gris. Esa indumentaria le daba un encanto atlético y masculino que hacía que la mitad de las mujeres que había alrededor lo mirasen como hechizadas.
—El móvil. —Metí las manos en los bolsillos y agarré el teléfono, que estaba en el fondo del bolsillo derecho.
—Lo llevabas en la mano mientras veníamos hacia aquí.
Mierda.
—¿Por qué te interesa tanto saber qué me he olvidado? —solté para cambiar de tema—. ¿No hay una pista de diamante negro esperándote?
—De triple diamante negro —me corrigió Josh—. Y ahí precisamente estaba intentando llegar.
—Bueno, pues no te entretengo más.
Me estudió con la mirada.
—Espera... —dijo lentamente mientras me observaba de tal forma que hasta sentí que me picaba todo el cuerpo—. ¿Sabes esquiar?
—Claro que sé esquiar. —Las cejas de Josh se arquearon a más no poder, revelando su escepticismo, y yo añadí de mala gana—: Dependiendo de qué entiendas por saber.
Mi exnovio Max me había enseñado a esquiar aquel fin de semana, a mis dieciocho años. Y, desde ese día, nunca había vuelto a ponerme unos esquís.
Fui agobiándome cada vez más y esa sensación me fue comiendo por dentro, pero eso no me impidió fulminar a Josh con la mirada cuando este se echó a reír a carcajada limpia.
No dignifiqué su burla con una respuesta. En lugar de eso, me di la vuelta y me fui ofendida lo mejor que pude con esas malditas botas de esquí puestas, levantando airadas nubes de nieve a cada paso que daba.
—Vamos, Jules. Me quieres, ¿a que sí? —Max me besó y me estrujó el culo—. Si me quisieras, harías esto por mí. Por nosotros.
—Es una cuestión de seguridad, cariño. Por si decide presentar cargos.
—Te prometo que nunca se lo enseñaré a nadie.
Al acordarme de eso, el sudor se deslizó por mi columna vertebral; sin embargo, volví a meter esos recuerdos en su caja antes de que siguieran reproduciéndose en mi mente. Ya los había vivido una vez y no quería repetir la experiencia.
—Espera. —Josh me alcanzó. Seguía riéndose y, al oírlo, las huellas que había dejado mi indeseado viaje al baúl de los recuerdos se fueron desdibujando; por una vez en la vida, no quise darle una bofetada, aunque las palabras que pronunció a continuación me devolvieron las ganas de hacerlo—: ¿Me estás diciendo que te has vestido con este traje, has alquilado unos esquís y has venido hasta aquí..., pero no sabes esquiar? ¿Por qué diablos no has dicho nada antes? Podrías haberte apuntado a clases o algo.
—Pensaba que lo haría sobre la marcha. —No era el plan perfecto, pero era un plan. Más o menos.
—¿Pensabas que podrías esquiar sobre la marcha?
Sentí que me ardían las mejillas.
—Evidentemente, he cambiado de opinión.
—Y menos mal porque, de lo contrario, igual acababas muerta. —Josh dejó de reír, por fin, pero la comisura de sus labios dejaba entrever lo mucho que se estaba divirtiendo y su característico hoyuelo se asomó discretamente.
Me dio un vuelco el estómago. Jamás había visto a Josh divirtiéndose de forma genuina. Su expresión, a falta de sarcasmo o de maldad, era... desconcertante, aunque no llegara a ser ni media sonrisa.
—Me pasaré lo que queda de día en la cabaña. Tranquilo, no me voy a morir. —Me crucé de brazos—. Quizás encuentre a algún chico que pueda enseñarme a esquiar.
—¿Como el que te tenía babeando en el vestíbulo? —me preguntó con brusquedad.
—Puede. —No me digné a reconocer lo que acababa de decir Josh sobre si yo antes estaba «babeando». Parecía extrañamente obsesionado con mi breve interacción con un desconocido, aunque el chico en cuestión era mono. A lo mejor luego podía ir a ver dónde estaba. Ligar siempre me animaba, y me vendría bien cierta acción que no fuera cortesía de mi mano o de aparatos que van con pilas.
Josh se pasó la mano por la mandíbula. Tenía las cejas arrugadas y, al lado del fondo nevado, sus pómulos parecían aún más afilados.
—Yo te enseñaré a esquiar.
—Seguro.
—Lo digo en serio.
Me detuve y esperé a que estallara y se pusiera a alardear de cómo me había engañado y a decirme: «No pensabas que lo decía en serio, ¿no?».
Pero ese momento no llegó.
—¿Y por qué ibas a enseñarme tú a esquiar? —El estómago me dio otro vuelco sin razón alguna—. ¿Qué hay de tu queridísima pista de triple diamante negro?
Que Josh se ofreciera a ayudarme no tenía ningún sentido, sobre todo porque llevaba toda la mañana hablando de esa maldita pista. Si me enseñaba a esquiar, no nos moveríamos de la de principiantes.
—Porque soy buena persona. Me encanta ayudar a las amigas de mi hermana —dijo como quien no quiere la cosa. Ya, claro. Y yo era la reina de Inglaterra, ¿no te jode?—. Además, la cuestión es esquiar. Da igual en qué pista.
—Estoy bastante convencida de que eso no es verdad. —Incluso yo, que era una esquiadora novel, lo sabía.
Josh exhaló desesperadamente.
—A ver, ¿quieres aprender a esquiar, sí o no?
—Yo te enseñaré a esquiar. —Los blancos dientes de Max contrastaban con su piel—. Confía en mí. No dejaré que te caigas.
Sentí cómo se me cerraba el corazón cual puño. Detestaba que Max siguiera infectando mi presente cuando debería estar pudriéndose en el pasado, que era su lugar.
Por su culpa, hacía siete años que no había vuelto a esquiar. Había sido una elección inconsciente, pero no me había dado cuenta de lo profundas que eran esas heridas hasta ahora. Todo lo que me recordaba a Max hacía que quisiera vomitar, pero quizás había llegado el momento de reemplazar todos esos malos recuerdos por otros nuevos.
No quería que fuera Josh quien me enseñara a esquiar, pero tenía que aprender. Así me distraería. Cuando me ponía así —cuando mi cabeza no podía dejar de pensar obsesivamente en el pasado hasta tal punto que apenas podía disfrutar del presente—, mi única cuerda salvavidas eran las distracciones.
—Vale. —Me acaricié la manga del anorak con el pulgar y el dedo índice, reconfortándome con la sensación de esa recia y gruesa tela—. Pero, como me muera, mi fantasma te perseguirá hasta el final de tus días.
—Me lo apunto. Me sorprende que no sepas esquiar —señaló mientras caminábamos hacia la pista infantil—. Pensaba que te habías criado cerca de Blue Mills.
Blue Mills era el complejo de esquí más famoso de Ohio y estaba a menos de una hora de Whittlesburg, el barrio de las afueras de Columbus donde crecí.
—A mi familia no le iba demasiado el esquí. —Me subí y luego me bajé la cremallera del anorak para quemar un poco de la inquieta energía que me recorría las venas—. Y, aunque nos hubiese gustado, tampoco nos lo hubiésemos podido permitir.
Me gustaría haberme podido retractar de aquella confesión accidental en cuanto lo dije, pero ya era demasiado tarde.
Josh frunció el ceño.
Sabía que había estudiado en Thayer gracias a una beca por necesidad financiera, pero lo que ni él ni mis amigas más cercanas sabían era lo difícil que había sido mi vida cuando no era más que una cría, antes de que mi madre se casara con Alastair. Y menos aún sabían lo mucho que se había complicado todo después de que mi madre contrajera matrimonio con él, a pesar de que Alastair fuese el hombre más rico de toda la ciudad.
—No hablas mucho de tu familia. —Josh no hizo ningún comentario al respecto sobre lo que yo acababa de decir de no tener dinero para ir a esquiar; fue un diminuto acto de amabilidad que no había visto venir, pero que, sin embargo, agradecí.
—No hay mucho que contar. —Me mordí el interior de la mejilla hasta que un sutil sabor a cobre me anegó la boca—. La familia es la familia. Ya sabes cómo son esas cosas.
Una expresión sombría se apoderó de su cara, atenuó la luz de su mirada y le borró cualquier rastro que hubiese dejado su hoyuelo.
—Creo que mi situación familiar no es muy común.
Reprimí las ganas de hacer una mueca.
Ya. El psicópata de su padre había intentado matar a Ava no una, sino dos veces, y ahora estaba entre rejas. Desde luego no era algo habitual.
Michael Chen parecía una persona normal, pero los peores monstruos siempre se esconden bajo las apariencias menos misteriosas.
Josh y yo no volvimos a cruzar ni una palabra hasta que llegamos a la pista para principiantes.
—Antes de subir te enseñaré lo esencial —me informó—. No hace falta que te choques con un pobre niño y lo traumatices. Tienes la suerte de que soy un profesor de primera, así que no creo que esto nos vaya a llevar mucho tiempo.
—Tu hilaridad y modestia son de otro mundo —dije con un tono monocorde—. Venga, profesor de primera, veamos qué sabes hacer. Y recuerda —lo señalé—: como me muera, te perseguiré el culo toda la eternidad.
Josh se llevó una mano al corazón con expresión escandalizada. Ya nada quedaba del aspecto un poco cabizbajo que le había visto antes.
—J. R., por favor, que esto está lleno de criaturas. Intenta mantener tu obsesión con mi culo para tus adentros hasta que volvamos a la habitación.
Fingí tener arcadas.
—A no ser que quieras que tu sofisticado traje de esquí acabe engalanado con mi vómito, te sugiero que dejes de hablar y empieces a enseñarme algo.
—Te puedo enseñar algo sin hablar, listilla.
—Cállate, anda. Ya sabes a qué me refiero.
Tras haber discutido unos minutos más, nos pusimos los esquís y empezamos con las clases. Como tampoco era una novata de manual, pillé las cuatro cosas básicas enseguida. Al menos, la teoría.
Eso lo llevaba bien, pero cuando Josh me enseñó algunos ejercicios para que me sintiera más cómoda con los esquís, topamos con un minúsculo bache.
—¡Joder! —Caí de culo por, creo que, duodécima vez, y la frustración pudo conmigo.
No recordaba que me hubiese costado tanto hacía años. Me enorgullecía de aprender rápido, pero llevábamos buena parte de la mañana con esto y mi mejora era muy relativa.
—Inténtalo de nuevo.
Me sorprendió que Josh permaneciera tan tranquilo durante toda la clase; no me gritó en ningún momento ni se rio de mí por no pillar lo que estaban haciendo de forma impecable los críos de once años que teníamos alrededor. Cada vez que me equivocaba, repetía las mismas tres palabras: «Inténtalo de nuevo».
Por primera vez, vi cómo debía ser Josh en urgencias: una persona calmada, sensata, paciente. Era curiosamente reconfortante, pero yo eso no lo admitiría jamás.
—Creo que no estoy hecha para esto. —Me levanté e hice una mueca—. Propongo cambiar las pistas por una taza de chocolate caliente mientras observamos a la gente. Podemos intentar adivinar quién ha venido con su amante y quién será el primero en tirarse a alguien del personal.
Eso de hablar en plural me salió sin pensarlo. ¿Desde cuándo incluía a Josh en mis actividades y de forma voluntaria? Aunque eso de observar a la gente no era divertido si no podía hacerlo con alguien que valorara mis aportaciones y, como Ava estaba ocupada, no me quedaba más remedio que proponérselo a su hermano.
Josh se me acercó, lento pero decidido, hasta que lo tuve tan cerca que incluso pude oler el sutil aunque delicioso aroma de su perfume.
Me obligué a no moverme bajo el peso de su escrutinio.
—Podríamos hacerlo, pero eso significaría que te rindes —anunció—. ¿Eres de rajarte, Jules?
Al oír esa voz profunda y ligeramente ronca pronunciar mi nombre, se me aceleró el pulso. ¿Josh siempre había tenido esa voz? Antes era como si oyera a alguien rascar una pizarra con las uñas y me perforaba los tímpanos, pero ahora era...
«Nop. Nada de pensar en eso.»
—No. —Le aguanté la mirada a pesar de la gota de sudor que me recorría la espalda y dejaba, a su paso, un rastro de calor y electricidad—. Yo no me rajo.
La simple insinuación de que fuera de las que se rinden hacía que me rechinaran los dientes.
—Bien —sentenció Josh con voz serena—. Vuelve a intentarlo.
Lo hice una y otra vez, hasta que sentí que me ardían los músculos y el agotamiento me caló hasta los huesos. Pero lo conseguiría. Había aprendido a hacer cosas más difíciles que esquiar y tirar la toalla no era una opción. Tenía que demostrarme a mí misma que podía hacerlo. Era demasiado orgullosa como para claudicar.
Al final, tanto sufrimiento valió la pena. Al cabo de una hora, después de haber hecho todos los ejercicios sin caerme, Josh me dijo que ya estaba lista para bajar la pista infantil.
—Bien hecho. —La comisura de los labios se le encorvó de la forma más sutil posible—. Lo has pillado más rápido que la mayoría de las personas.
Entrecerré los ojos en un intento por encontrar cualquier indicio de sarcasmo, pero parecía sincero.
Vaya...
Subimos la colina a pie y, desde allí, Josh señaló hacia un punto lejano.
—Lo haremos paso a paso —me contó—. Yo me colocaré allí y quiero que bajes esquiando y que te detengas delante de mí haciendo cuña. ¿Necesitas que te vuelva a explicar cómo se hace?
—No. Ya lo he pillado.
Al ver a Josh posicionarse donde me había dicho y señalándome para que fuera hacia él, me puse muy nerviosa y sentí que se me removían las tripas.
«Allá vamos.»
Cogí una bocanada de aire y empecé a bajar. Iba un poquito más rápido de lo que debería, dada la corta distancia que había entre él y yo, pero no pasaba nada. Podría hacer cuña y frenar antes.
La verdad, tampoco estaba tan mal. En parte, era excitante: el viento en la cara, el aire fresco de las montañas, cuán hábilmente se deslizaban los esquís por la nieve... No se parecía en nada a aquel fin de semana con Max. Incluso podría ser que...
—¡Para!
El grito de Josh me apartó de mis pensamientos inconexos y, al ver lo rápido que iba hacia él, me saltaron las alarmas.
Mierda. Separé los pies con fuerza para formar una V invertida, tal y como Josh me había enseñado, pero ya era demasiado tarde. Fui descendiendo cada vez más y más acelerada hasta que...
—¡Mierda! —Me choqué con Josh con tanta fuerza que acabamos los dos en el suelo.
El aire me salió disparado de los pulmones y él soltó un sonoro gruñido cuando le caí encima, ambos espatarrados de brazos y piernas. La nieve salió volando por los aires y luego fue cayendo y rociándonos con diminutos cristales blancos.
—¿Qué parte de para no has entendido? —refunfuñó visiblemente cabreado.
—Lo he intentado —me defendí—. No he podido.
—Eso ya lo veo. —Josh tosió un poco—. Joder, creo que me has magullado las costillas.
—Déjate de dramas. No te ha pasado nada. —Aun así, bajé la mirada para asegurarme de que no estuviera sangrando o de que ninguno de los dos tuviera las extremidades en un ángulo inusual. No podía ver si le había magullado las costillas, pero por su expresión no parecía que se hubiese hecho daño ni nada por el estilo, así que di por sentado que no se estaba muriendo.
—Me podrías haber matado.
Puse los ojos en blanco. Y la gente me llamaba a mí drama queen.
—Ha sido una caída, Chen. Te podrías haber apartado.
—No sé por qué no me sorprende que me culpes por algo que tú has hecho mal. Lo tuyo es de otro nivel, J. R.
—Deja de llamarme J. R. —Era inútil tener esa discusión mientras estábamos pegados el uno al otro y envueltos de nieve, pero estaba hasta las narices de ese apodo. Cada vez que lo oía me volvía un poco menos cuerda.
—Está bien. —En su cara se desdibujó el enfado y a este lo sustituyó una sutil expresión juguetona—. Lo tuyo es de otro nivel, Pelirroja.
—Pelirroja. Cuánta imaginación —respondí con voz monótona—. Me deja anonada lo rápido que se te ocurren estos apodos tan particulares y para nada evidentes.
—No sabía que le dedicaras tanto tiempo a pensar en los apodos que te pongo. —Josh me agarró un mechón de pelo y un brillo pícaro le iluminó la mirada—. Y, más allá de que seas pelirroja, la mitad de las veces que te veo haces que vea el color rojo. Además, es más fácil que decir «J. R.».
La sonrisa que se apoderó de mis labios estaba tan azucarada que podría haberle causado diabetes de inmediato.
—Claro, es que decir dos letras puede ser muy complicado para tu diminuto cerebro.
—Cielo, yo no tengo nada diminuto. —Josh bajó la mano y la paseó por mi hombro, donde la dejó el tiempo justo para que su calor atravesara las capas de tela y me calara hasta los huesos.
Se me cortó la respiración. Una imagen no deseada de su «nada» me azotó la mente y una descarga eléctrica me recorrió las venas tan rauda e inesperada que me quedé sin palabras.
Por primera vez en toda mi vida, no se me ocurrió qué contestar.
De repente me di cuenta de lo dolorosamente cerca que estábamos. Yo seguía encima de Josh, en la misma posición que nos habíamos caído, con el pecho tan pegado al suyo que incluso le notaba el ritmo cardíaco: rápido, errático y totalmente opuesto a su forma de hablar, lenta y pausada. Las nubes de humo que formaban nuestros alientos se mezclaron en la microscópica distancia que existía entre su cara y la mía, y una sutil sensación de sorpresa me recorrió al verlo.
Teniendo en cuenta el nudo que sentía en el corazón, no estaba del todo segura de estar respirando.
Josh dejó de sonreír, pero no apartó su mano de mi hombro. Su tacto era extremadamente sutil en comparación con la forma en la que me había agarrado antes el pelo; sin embargo, lo notaba de pies a cabeza.
Tenía los labios secos; me los humedecí y vi cómo a Josh se le ensombrecía la mirada antes de bajarla hasta mi boca.
La descarga eléctrica que me había recorrido las venas se convirtió ahora en unos relámpagos descontrolados que me encendían desde mi interior.
Debería apartarme. Tenía que apartarme antes de que mis pensamientos tomaran una dirección aún más inquietante, pero sentir el sólido peso de su cuerpo bajo el mío era incluso tranquilizante. Josh olía a invierno y a calor a la vez, y esa sensación me estaba dejando aturdida.
Es el aire de las montañas. Ubícate.
—Jules —dijo en voz baja.
—Dime. —Esa palabra se quedó un segundo en mi garganta antes de que la dijera de la peor forma posible. Mi voz sonó extraña y ronca, distinta a más no poder de como era normalmente.
—En una escala del uno al diez, ¿cuántas ganas tienes de follarme ahora mismo?
Y todo se desmoronó de inmediato.
Me ardía la piel y me aparté de Josh, no sin asegurarme de que le clavaba el codo en la cara al hacerlo.
—Menos mil. Y multiplicado por infinito —respondí entre dientes.
Josh rio y cualquier tipo de benevolencia que pudiese haber acumulado a lo largo de nuestra clase de esquí se desvaneció.
No me podía creer que hubiese llegado a pensar que a lo mejor era hasta un poco tolerable. Que hubiéramos pasado una mañana medio decente no quitaba el hecho de que Josh siguiera siendo el mismo capullo engreído e insoportable de siempre.
Y lo peor es que no estaba del todo equivocado. Por un momento, aunque fuese solo un segundo, me había imaginado cómo sería sentir sus manos acariciándome la piel. Cómo sabría su boca, y si le gustaría hacerlo lento y suave o rápido y duro.
Sentí un nudo de vergüenza y cabreo en la garganta. Necesitaba echar un polvo, claramente, y, en vista de que estaba fantaseando con el maldito Josh Chen, más valía que fuera rápido.
—Me parece a mí que esta señorita protesta demasiado. —Josh se levantó y sonrió presumido, aunque sus ojos delataban una ardiente mirada que se iba cociendo a fuego lento. Verlo así me hizo sentir un poco mejor. Al menos estar tan cerca no solo me había afectado a mí—. Podemos hacerlo, eh. Ya no me opongo a la idea. Estamos avanzando en nuestra relación.
—La única relación que hay entre tú y yo es la que tenemos en tus sueños. —Me quité el gorro de mala gana y me pasé la mano por mi enmarañado pelo—. Se han acabado las clases.
—Rajada. —Esa sutil burla me tocó las narices, pero no mordí el anzuelo.
—No me estoy rajando. Lo estoy posponiendo. —Hice un gesto con la barbilla—. Mañana me apuntaré a clases de verdad. Quizás el tipo del vestíbulo sea mi profe. —Rubio, con una sonrisa entusiasta y un cuerpo musculado. Ya puestos, al tío de la entrada le podían grabar «esquiador chulopiscinas» en la frente—. Seguro que con él me divierto en serio.
Su sonrisa dejó paso a una expresión más seria.
—Tú créete lo que quieras, Pelirroja.
En lugar de responder, me di la vuelta y salí iracunda, pero con tanta elegancia como pude con los esquís puestos. Debería habérmelos quitado antes de mi salida triunfal, pero ahora ya era demasiado tarde.
El ligero mal sabor de estómago que me había provocado el enfado se fue intensificando a medida que me acercaba a la cabaña. Por el amor de Dios, pero qué tonta llegaba a ser. No debería haber...
De repente, esa sensación se convirtió en un dolor apabullante. Fue abriéndose paso en mi interior cual cuchillo de filo dentado y me obligó a acurrucarme en mí misma y a ahogar un grito.
«No. No, no, no.»
Sentía el pulso en los oídos.
Era demasiado temprano. Todavía faltaba una semana.
Pero cuando otra punzada de dolor hizo que se me humedecieran los ojos vi con claridad que a la madre naturaleza le importaban un carajo mis horarios.
Iba a ocurrir ahora y yo no podría evitarlo de ninguna forma.