Twisted hate
12. Josh
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Josh
Después de que Jules se marchara enfadada, hice una bajada por la pista de esquiadores avanzados y luego quedé con Alex y Ava para comer.
Di por hecho que Jules había vuelto a la cabaña después de nuestra clase de esquí fallida, pero el cuarto asiento en la mesa resultaba perceptiblemente vacío.
Me lo quedé mirando mientras respondía distraídamente a las preguntas de Ava sobre cómo me había ido la mañana antes de que fuera yo quien preguntase:
—¿Dónde está la amenaza pelirroja? ¿Se ha ido por ahí a clavarle agujas a una muñeca de vudú?
Teniendo en cuenta cómo se había marchado, no me sorprendería que la muñeca de vudú fuera una representación mía.
Para empezar, no sabía qué me había empujado a ofrecerle mi ayuda para que aprendiera a esquiar. Le eché la culpa a la presión de las alturas y al champán que me había tomado durante el vuelo, pero pasar la mañana con Jules no había resultado tan catastrófico como me lo había imaginado. Además, ver su reacción cuando le había preguntado si quería follarme ya había hecho que mereciera la pena.
Se me dibujó una sonrisa al acordarme de cómo se había sonrojado. Jules podía negarlo tanto como quisiera, pero esa idea le había cruzado por la mente. Se lo había visto en la mirada y lo había notado por la forma en la que su pecho se hinchaba encima del mío al respirar.
No era la única que había tenido pensamientos impuros.
Que nos cayéramos no había sido más que un accidente, pero la forma en la que sus curvas encajaban con mi cuerpo había sido una revelación. Ambos íbamos abrigados con ropa de invierno, pero, en mi cabeza, había sido como si no lleváramos nada. Me lo podía imaginar clarísimamente: su sedosa piel, sus exuberantes curvas, su fastidioso sarcasmo derritiéndose hasta convertirse en un gemido mientras me la follaba sin miramiento alguno...
Mierda.
Sacudí la servilleta y me cubrí el regazo con ella. La polla me hacía presión contra la cremallera y recé porque ni Alex ni Ava se hubiesen percatado de que mi respiración se había vuelto un tanto agitada mientras volvía a coger el vaso.
A saber qué pasaba con el aire de las montañas para que me hiciera fantasear tanto con Jules hoy, pero me estaba volviendo loco. Antes había estado a puntísimo de cometer una locura como...
—Me ha escrito para decirme que no se encontraba bien. —Ava le dio un sorbo al agua con expresión dubitativa—. Está descansando en la cabaña.
Mi excitación disminuyó ante la nueva información.
—Hace una hora estaba bien.
Alex arqueó una ceja.
—¿Cómo lo sabes?
Mierda.
—Eh... Porque me la he cruzado por las pistas.
—Jules dice que no ha esquiado. —La mirada de Ava se llenó de suspicacia—. Me ha contado que había ido a por el móvil a la cabaña y luego se había quedado por ahí.
Mierda. Otra vez.
—A lo mejor ha ido a esquiar primero y luego ha cambiado de opinión. —Me encogí de hombros con la esperanza de parecer lo suficientemente despreocupado—. A saber. Esa chica hace cosas muy raras.
Alex sonrió con suficiencia muy sutilmente.
Por suerte, el camarero llegó y evitó que continuaran con el interrogatorio. Pedimos y saqué a colación el nuevo encargo que Ava tenía para la revista World Geographic, donde trabajaba como fotógrafa júnior, para cambiar de tema. No había nada que le gustara más que hablar de fotografía.
Escuché a medias lo que iba contando Ava acerca de su proyecto sobre retratar las calles y los rincones de la ciudad. Quería a mi hermana, pero me importaba una mierda la fotografía.
Volví a desviar la vista hacia el asiento vacío de Jules. Conociéndola, solo tendría algo de jaqueca e iría diciendo que estaba a punto de morirse.
Seguramente.
Quizás.
«No le pasa nada.» Corté el pollo con más fuerza de la necesaria.
Me traía sin cuidado que Jules estuviese siendo dramática como de costumbre para saltarse la comida o que se estuviera muriendo de verdad. Todo eso no tenía absolutamente nada que ver conmigo.
Cuando acabamos de comer ya me había olvidado de Jules... casi por completo. Ava se levantó para ir a ver cómo seguía su amiga y llevarle la comida, y ni siquiera pestañeé; sin embargo, cuando insistió en que Alex y yo fuéramos a esquiar sin ella, se me tensó el cuerpo entero.
Me había pasado la mañana evitando quedarme a solas con Alex. Pero se me había acabado la suerte.
Me quedé mirando al horizonte mientras nos dirigíamos hacia la pista de triple diamante negro. Ni siquiera hablamos; todo lo que se oía era el suave crujido de nuestras botas al chafar la nieve.
Durante la comida habíamos intercambiado alguna que otra frase, pero Ava y yo habíamos liderado la conversación y Alex había permanecido en silencio mientras comía.
Siempre habíamos seguido la misma dinámica, incluso antes de que nos enfadáramos. Yo hablaba; él escuchaba. Yo era el extrovertido y él, el introvertido. Ava solía llamarnos el yin y el yang en broma.
Yo podría decir lo mismo de su relación con Alex. Su soleado optimismo era completamente opuesto al helado cinismo de Alex, igual que el sol y la luna, y, aun así, conseguían que les fuera bien.
—Cincuenta pavos a que Ava se queda con Jules y no vuelve con nosotros —dijo Alex cuando ya nos acercábamos a la pista.
Reí por la nariz.
—Yo no apuesto. Jules siempre la convence para cualquier cosa. No me extrañaría que al volver encontráramos la cabaña en llamas.
A no ser, claro está, que Jules estuviera incapacitada de verdad. Ava no había entrado en detalles al decir que Jules no se encontraba bien.
¿Sería migraña? ¿Dolor de tripa? ¿Se habría hecho daño al caerse encima de mí por la mañana?
Me preocupé y sentí un nudo en la garganta, pero tragué saliva para deshacerme de él. Tras mi broma, Jules se había marchado sin problema alguno. Estaba bien. De lo contrario, Ava se hubiese alarmado más.
Antes de que Alex pudiera responder nos sonaron los móviles a la vez. Leímos los mensajes y negué con la cabeza al leer lo que ponían:
Ava: Me quedaré con Jules un rato. No me esperéis. Nos vemos en la cena.
Ava: ¡Pasadlo bien! Mua.
—Tenías razón. —Me guardé el móvil en el bolsillo. No estaba seguro de si Jules necesitaba que Ava se quedase con ella o si era otro intento de Ava para obligarnos a Alex y a mí a reconciliarnos. Seguramente sería una mezcla de ambas opciones—. Pero ¿qué le pasa a Jules? Ava no ha dicho nada —dije tratando de sonar lo más despreocupado posible.
—No se lo he preguntado.
Claro que no. A Alex solo le preocupaban dos personas, y en ambos casos el nombre empezaba por A.
—Bueno, seguro que está bien. —Me quité las gafas de la cabeza y me las puse en la cara para cubrirme los ojos.
—Pareces más preocupado por su bienestar de lo normal. Creía que la odiabas.
Su insinuación me dejó petrificado.
—No lo estoy y sí que la odio.
—Ya.
Pasé de su mirada de complicidad e hice un gesto con la cabeza para señalar dónde terminaba la pista.
—A ver quién llega primero abajo.
En parte era una ofrenda de paz y, en parte, una distracción. Últimamente estaba siendo muy generoso con lo primero. Pero si conseguía desbloquear mi relación con Jules, aunque solo fuera un poco y durante breves periodos de tiempo, quizás podría hacer lo mismo con Alex.
Eso no significaba que fuera a perdonarlo. No tenía ningún problema en aferrarme a ese rencor, pero odiar a alguien con todas tus fuerzas era agotador, sobre todo si tenías que pasarte mucho tiempo cerca de esa persona. Y ya me sentía demasiado cansado constantemente. Incluso cuando me encontraba bien físicamente, me sentía consumido en el plano mental.
La vida me estaba desgastando lentamente y no tenía ni idea de cómo reclamar los pedazos de mí que iba perdiendo.
Alex pareció sorprendido, pero luego se le encorvaron los labios en una minúscula sonrisa.
—El que llegue último pagará las bebidas lo que queda de fin de semana.
—Teniendo en cuenta que yo soy un pobre residente de medicina y tú un puto millonario, no es que la situación me favorezca mucho —refunfuñé.
—No me insultes. Soy multimillonario —me corrigió—. Pero si tan poco confías en tus habilidades como esquiador... —se encogió de hombros—, podemos dejar la apuesta.
Arrugué la frente. Aunque no me gustaban nada sus gilipolleces de psicología inversa, siempre acababa cediendo.
—Confío plenamente en mi deportividad, señor Me Paso El Día Detrás De Mi Escritorio. —Le tendí la mano—. Trato hecho.
Alex rio discretamente y pasó de mi ofensa. Ganaba un pastizal sentado detrás de su escritorio, así que supongo que, de haber estado en su lugar, yo tampoco le habría dado más bola al asunto.
Me dio un apretón de manos y me miró con aires de competitividad.
—Trato hecho.
Dicho esto, nos pusimos a esquiar.
Los dos éramos muy buenos, así que no tardamos demasiado en bajar.
No teníamos que esquiar por una pista tan difícil ni tampoco tan rápido, pero a ninguno nos importaron las reglas.
El estrés del trabajo, la tensión con Alex, mi reciente y molesta fijación con Jules... Todo se desvaneció en cuanto me puse a esquiar.
La adrenalina me corría por las venas alimentada por el viento que me azotaba la cara y el frío aire que se me colaba en los pulmones. Mi corazón era como un animal salvaje en libertad y mis sentidos como hojas afiladas que se percataban de todos los detalles que el mundo disponía a mi alrededor: los copos de nieve que se alzaban hacia mí, el silbido del viento y el silencioso rugido de mi corazón, cada cresta y cada bache que me encontraba mientras descendía por mi primera pista de triple diamante negro.
Una silueta vestida de negro pasó volando por mi lado.
Alex.
Se me dibujó una sonrisa en los labios a la vez que mi sentido de competitividad se agudizaba un poco más. Hice un poco de presión con el esquí exterior y lo adelanté.
Creí oír cómo se reía detrás de mí, pero el viento ahogó el sonido antes de que mis orejas pudieran reconocerlo al cien por cien.
Pegué un giro cerrado para esquivar una roca que sobresalía y luego repetí el gesto para seguir por el circuito. La mayoría de la gente se habría asustado al ir tan rápido por una pista de estas características, pero, para mí, no había nada mejor que la adrenalina que se sentía al burlar la muerte tan de cerca.
Entre la vez que Ava casi se ahoga, el suicidio de mi madre y la gente a quien le salvaba la vida en urgencias (y a quien no se la podía salvar), la muerte y yo éramos ya viejos conocidos. La odiaba y cada vez que sobrevivía a una de mis correrías era como mandar a la parca a la mierda metafóricamente.
Uno de estos días me pillaría, igual que a todo el mundo. Pero hoy no.
Seguí girando. Fui encontrándome más obstáculos que, de no haber sido tan experimentado, me hubieran llevado directo a urgencias como paciente en lugar de como médico. Fui esquivándolos a medida que iban apareciendo, sin frenar, aunque no iba igual de rápido que cuando esquiaba en una pista normal.
Alex y yo fuimos avanzando más o menos a la misma velocidad hasta el final, cuando le gané por menos de cinco segundos.
Yo rebosaba satisfacción.
—Por lo que parece, el que pagará las bebidas este finde vas a ser tú. —Me volví a colocar las gafas en la cabeza mientras respiraba con pesadez—. Menos mal que eres multimillonario, con el «multi» delante, porque pienso pedirle al camarero lo más caro que tengan. Todo el finde.
—Todavía no. —Alex entornó los ojos. Me divertía soberanamente ver cómo reaccionaba cada vez que perdía, porque no solía pasar a menudo—. Al mejor de tres.
—Cambiando las reglas después del resultado... Tsss. —dije decepcionado—. Eres un puto resentido cuando pierdes, Volkov.
—Yo no pierdo.
—¿Y cómo le llamarías a lo que acaba de pasar? —señalé hacia el serpenteante y empinado circuito que teníamos detrás.
Un travieso destello poco habitual en él le atravesó la mirada.
—Victoria alternativa.
—Venga ya. Déjate de tantas gilipolleces. —Sin embargo, no pude sino reírme.
Como yo nunca me achicaba ante un reto, acepté que nos jugáramos las bebidas al mejor de tres, aunque cuando Alex me ganó por un minuto en la segunda bajada me arrepentí de haber cedido.
La tercera esquiada estuvo más reñida que la primera. Fuimos literalmente al mismo ritmo hasta el último segundo, cuando me adelanté por un pelo.
Sonreí con suficiencia y abrí la boca para hablar, pero Alex me cortó:
—Ni una palabra —me advirtió.
—No iba a hacerlo. —Mi expresión hablaba por sí sola—. No te sientas mal. —Le di una palmada en la espalda mientras volvíamos al complejo para cenar—. Las victorias alternativas no están tan mal. Tú pregúntaselo a cualquier atleta que haya conseguido una medalla de plata.
—No me siento mal. Y, de lo contrario, ya me compraré una medalla de oro. De veinticuatro quilates. Cartier.
—Mira que eres cabrón.
—Eso siempre.
Sacudí la cabeza mientras reía. Hacía tanto tiempo que no quedaba con Alex que se me había olvidado el sentido del humor de mierda que tenía, aunque yo era de las pocas personas que lo consideraban «humor». En su mayoría, la gente atribuía su inexpresividad a que era un capullo, lo cual..., bueno, tenía sentido. Ava solía decir que era un robot...
Dejé de sonreír.
Ava. Michael. Secuestros y secretos y miles de mentiras que mancharon todos los recuerdos de nuestra amistad.
Esa tarde había sido lo más cerca que habíamos estado de echar el rato como en los viejos tiempos desde hacía muchísimo, y casi se me había olvidado por qué Alex y yo ya no éramos amigos.
Casi.
Alex debió de notar la tirantez en el ambiente porque a él se le desdibujó la sonrisa a la vez que a mí y se le puso rígida la mandíbula.
La tensión se desplomó entre nosotros cual cortina de hierro.
Ojalá pudiera olvidar lo ocurrido y empezar de cero. Tenía muchos amigos, pero a lo largo de toda mi vida solo había tenido un mejor amigo, y a veces lo echaba tantísimo de menos que incluso me dolía.
Sin embargo, ahora yo ya no era el mismo que hacía tres años, y Alex tampoco. Por más que quisiera, no sabía cómo avanzar. Cada vez que notaba cierto progreso, un yugo del pasado me hacía retroceder y sentir como si fuera un amante celoso.
De todos modos, nuestra carrera de esquí había demostrado que Alex y yo podíamos actuar como dos personas normales el uno con el otro, incluso sin que Ava estuviera aquí. No lo arreglaba todo, pero era un comienzo.
—Me lo he pasado bien —reconocí con frialdad, tanteando el terreno tanto para mí como para Alex.
No respondió de inmediato. Lo había vuelto a sorprender. Dos veces en un solo día; seguro que acababa de batir un récord.
—Yo también.
Después de eso, no volvimos a mediar palabra.