Twisted hate

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13. Josh

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Josh

Jules tampoco vino a cenar, pero como no quería que Alex continuara preguntándome por qué me preocupaba tanto por Jules (que realmente no lo hacía, sencillamente me picaba la curiosidad), esperé a volver a la cabaña para interrogar a Ava.

—¿Qué le pasa a J. R.? —dije en voz baja.

Alex estaba en el baño porque se había ido a duchar, pero no me sorprendería que tuviera un oído supersónico.

Mi hermana se mordió el labio inferior.

—Ava. —La miré fijamente con seriedad—. Si se va a morir a mi lado en medio de la noche, tienes que decírmelo para que pueda planear mis horas de sueño alrededor de los hechos.

—Qué gracioso. —Desvió la mirada hacia la puerta, que estaba cerrada—. Vale, pero no te lo digo porque seas médico. Además, esta tarde ha empeorado, pero como es demasiado orgullosa no quiere pedir ayuda.

La semilla de preocupación que había sentido antes floreció hasta convertirse en un puto árbol, follaje incluido.

—¿Ha empeorado en qué sentido?

Mi hermana dudó un segundo y luego respondió:

—A Jules le duele mucho... la regla. Mucho más de lo normal. Los dolores suelen durarle un día más o menos y luego se van, pero durante ese día...

—Es inaguantable —acabé la frase por ella. Sentí que se me encogía el corazón—. ¿Endometriosis?

Gran parte de las mujeres sufrían dismenorrea primaria y dolores menstruales. La dismenorrea secundaria, como la endometriosis, se daba cuando el aparato reproductor no funcionaba bien y solía ser muchísimo más doloroso.

Ava negó con la cabeza.

—Creo que no, pero no quiero poner palabras en boca de Jules. No le gusta hablar del tema.

—Entendido.

Había cierto estigma social en cuanto a la menstruación, y muchísima gente, tanto hombres como mujeres, se sentía incómoda hablando del tema.

Tras años de estudiar Medicina y de hacer de médico residente, a mí no me suponía problema alguno hablar sobre las funciones del cuerpo, pero no iba a sacar un tema del que la otra persona no quería hablar.

—Déjate de insultos esta noche, ¿vale? —Ava me miró seria—. No está de humor.

—No soy un monstruo, hermanita. —La despeiné y Ava frunció el ceño—. Tranquila.

Después de que Ava se fuera a dormir, me quedé de pie frente a mi habitación y llamé a la puerta por si Jules se estaba cambiando. No obtuve respuesta.

Esperé un poco y luego abrí la puerta sigilosamente. La lámpara estaba encendida y enseguida distinguí a Jules hecha un ovillo. Estaba tumbada de costado, en posición fetal y abrazada a una almohada que se había colocado a la altura del estómago. No le veía la cara, pero vi cómo se ponía rígida al oírme entrar.

«Sigue despierta.»

—Hey —saludé amablemente—. ¿Cómo te encuentras?

—B-bien. Es solo dolor de tripa —balbuceó.

Acorté la distancia que había entre nosotros hasta que estuve cara a cara con Jules y, al ver que respiraba entrecortadamente y que agarraba la almohada con tanta fuerza que incluso tenía los nudillos de las manos blancos, sentí una punzada en el corazón.

—¿Te has tomado un ibuprofeno? Yo he traído. —Siempre llevaba un kit de primeros auxilios con vendas, calmantes y cuatro cosas básicas más.

—Sí. —Jules me miró con la frente arrugada—. Te lo ha dicho Ava, ¿a que sí?

—Sí. —No tenía sentido que le mintiera.

Jules refunfuñó.

—Debería haberle pedido que no dijera nada.

—Estoy bastante convencido de que yo solito me habría dado cuenta de que te pasaba algo al verte tumbada así, como si fueras una gamba deforme.

Si lo decía en un intento por hacerla sentir mejor, no contaba como insulto. Así tenía la oportunidad perfecta para devolvérmela, y discutir conmigo siempre la hacía sentir mejor.

Al ver que no respondía, mi sonrisa desapareció.

Vale, quizás el comentario de la gamba deforme no había servido de tanta ayuda como yo creía.

¿Debería intentar ayudarla o era mejor que la dejara sola? No existía ningún método infalible para aliviar los dolores menstruales agudos y Jules ya se había tomado el ibuprofeno, pero lo que sí había eran otros remedios que a lo mejor podrían ayudarla.

La pregunta era: ¿quería Jules mi ayuda?

Al ver la mueca de dolor que se dibujó en su cara y cómo se aferraba con más fuerza aún a la almohada, tomé yo las riendas de la situación.

A la mierda. La ayudaría, le gustara o no. Sería incapaz de dormir a su lado a sabiendas de que estaba agonizando. No era tan cabrón.

Fui al baño y estudié todo lo que había en la encimera de mármol. Habría jurado que, al dejar las maletas, había visto... Bingo. Cogí la botellita de aceite esencial de lavanda y me coloqué al lado de Jules.

—Quizás te ayude con los dolores —le conté—. Date la vuelta.

—¿Por qué?

—Confía en mí. —Jules abrió la boca para protestar, pero levanté la mano que me quedaba libre y le dije—: Sí, ya sé que no confías en mí. Pero soy un profesional de la salud y te prometo que no tengo intenciones perversas. Así que, a no ser que quieras pasarte la noche en vela dando vueltas en la cama...

—Mucho profesional de la salud, pero tu forma de tratar a los pacientes podría mejorar con creces. —A pesar de su comentario, hizo lo que le había pedido y se tumbó bocarriba.

—Hasta ahora no se me había quejado nadie. —Me senté en la cama, a su lado, y puse una almohada al otro costado. Señalé el dobladillo de la camiseta con la cabeza—. ¿Puedo?

Jules no estaba para nada convencida, pero asintió con otro breve gesto de cabeza.

Le levanté la camiseta para dejarle el vientre al aire. Abrí la botella de aceite y me eché unas cuantas gotas en la mano para calentarlas. Teóricamente era para bañarse, pero, dadas las circunstancias, también serviría como aceite para masajes.

Le pasé las palmas de las manos por el abdomen y dibujé círculos cuidadosamente antes de ejercer más presión en un área en concreto. No era masajista, pero con los años había aprendido lo básico y unos cuantos trucos.

A Jules se le tensaron los músculos al notar mi tacto, pero a medida que iban avanzando los minutos se fue relajando poco a poco.

—Así —murmuré—. Respira profundamente. ¿Qué tal?

—Mejor. —Tenía los ojos cerrados, pero se le movían las pestañas—. Se te da bien esto —dijo con un tono que dejaba entrever admiración y recelo a partes iguales.

—Se me da bien todo —contesté. Ella rio por la nariz y yo sonreí.

Nos sumimos en un cómodo silencio mientras yo continuaba masajeándola. La piel de Jules era suave y cálida, y su respiración se fue igualando hasta sostener un ritmo firme.

La miré un segundo a la cara. Seguía con los ojos cerrados, así que me permití observar con más detenimiento la extensión de sus largas y oscuras pestañas y cómo contrastaban con sus mejillas, la frondosa curva de su labio inferior y el sedoso abanico de su cabello rojizo descansando encima de la almohada. Ya no tenía el ceño fruncido a causa del dolor, y yo dejé de sentir esa presión en el pecho.

Era la primera vez que veía a Jules tan indefensa. Era... perturbador. Estaba tan acostumbrado a nuestras riñas que nunca había pensado demasiado en cómo sería Jules detrás de toda esa vivacidad y audacia.

¿Y cómo sabes que no me han traicionado ya?

A mi familia no nos iba demasiado el esquí. Y, aunque nos hubiese gustado, tampoco nos lo hubiésemos podido permitir.

A Jules le duele mucho... la regla. Mucho más de lo normal.

Hacía años que conocía a Jules, pero casi no sabía nada de ella. De su familia, de su historia, de sus secretos, de sus fantasmas. ¿Qué escondía tras esa fogosa fachada? Algo me decía que no todo era de color de rosa.

Volví a centrarme en mi tarea e intenté controlar mis pensamientos errantes.

—¿Te sientes mejor? —La voz me salió extrañamente ronca.

—Mmm, hum. —La adormilada respuesta de Jules fue la causante de otra sonrisa.

Volví a levantar la vista y, al ver que me estaba mirando con una expresión relajada y soñolienta, una ola de calor se arremolinó en la parte baja de mi vientre.

Jules entreabrió la boca mientras nos mirábamos a los ojos. Aguantándonos la mirada. Ardiente.

Una corriente eléctrica atravesó el aire que hasta el momento había estado calmado y me acarició la piel, que de repente sentía demasiado tensa alrededor de los huesos. El corazón me latía desbocado.

Jules comenzó a respirar de forma arrítmica de nuevo. No solo oía cómo inspiraba y espiraba rápidamente, sino que lo notaba bajo las manos. Su respiración y la mía, ambas desiguales, se unieron en una.

Se humedeció los labios y ni siquiera el mismísimo Dios hubiese logrado detener las imágenes pornográficas que me inundaron el cerebro.

Esos labios carnosos alrededor del glande de mi pene, esa delicada lengua rosada chupándomela entera mientras Jules me miraba con esos grandes ojos de color avellana...

Mis manos detuvieron el movimiento y cerré los puños sutilmente. Era inútil que fingiera que seguía dándole un masaje. Lo único en lo que me podía centrar era en la erección que se me estaba formando bajo la cremallera y en cómo evitar que Jules la viera.

Manda cojones. Jules no se encontraba bien y yo aquí, duro como una roca. Lo cual demostraba que el cuerpo y la mente solían discrepar más a menudo de lo que pudiera parecer.

Pero tampoco parecía que Jules siguiera encontrándose mal. Me estaba mirando como si...

«Ni lo pienses.»

—Ahora ya deberías sentirte mejor. —Me aclaré la garganta para que mi voz no sonara tan áspera y luego añadí—: Te traeré una toalla caliente para que te ayude por la noche.

Me levanté y fui hacia el baño antes de que le diera tiempo a responder, y lo hice girándome para que no pudiera ver la inoportuna tienda de campaña que tenía bajo los pantalones. Cuando salí con la toalla, Jules ya estaba profundamente dormida.

Una ola de alivio y otra de decepción se apoderaron de mí a partes iguales.

Le coloqué la toalla con cuidado sobre la barriga y le puse las manos encima para que no se le cayera. Subí el edredón, apagué la lámpara y regresé al baño; una vez allí, abrí el agua al máximo y dejé que me deshiciera la tensión que sentía en el cuerpo.

Me froté la cara con las manos para intentar encontrarle algo de sentido a lo ocurrido en las últimas catorce horas.

Aquella mañana, Jules y yo habíamos intercambiado insultos como de costumbre; sin embargo, a medida que había ido avanzando el día, le había enseñado a esquiar por voluntad propia, me había preocupado por su bienestar y le había dado un puto masaje de aromaterapia. Por no hablar de que seguía con una erección espectacular.

«¿Qué narices me está pasando?»

En lugar de ceder y ocuparme de lo que me ocurría en la parte baja del cuerpo, me acabé de duchar y me puse los pantalones de chándal.

No podía pajearme pensando en Jules; uno, porque estaba durmiendo en la habitación contigua, y, dos, porque ni siquiera me gustaba. Aunque cierto es que la lujuria y el hecho de que te gustase alguien no siempre tenían por qué ir de la mano.

Me metí en la cama e intenté mantenerme tan alejado de ella como pude. Traté de dormirme, pero mi maldito cerebro no se callaba.

Jules. Alex. Las cartas de Michael. Jules. La puta erección que no se me bajaba. Jules.

La polla me empezó a palpitar con más fuerza y sentí cómo un sutil gruñido se iba apoderando de mi garganta.

Iba a ser una noche muy larga.

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