Twisted hate
14. Jules
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Jules
Al despertarme olía ligeramente a lavanda y sentí el peso de un brazo fuerte alrededor de mi cintura. Ni siquiera me acordaba de la última vez que me había despertado con un tío en la cama. Normalmente no dormía con el chico después de acostarme.
Aunque tenía un buen brazo. Fuerte, firme y reconfortante, como si pudiera protegerme de cualquier adversidad. Y el chico olía genial.
Exhalé contenta y me acurruqué más a la persona que me estaba abrazando. Sin abrir los ojos. Aún no estaba preparada para de salir de ese agradable nido y enfrentarme a la realidad.
El chico en cuestión me agarró con más fuerza y me acercó a él hasta que mi espalda quedó bien alineada y presionada contra su torso. Cuando soltó un somnoliento y masculino gruñido y hundió la cara en mi cuello, mis labios se encorvaron en una sonrisa. A su vez, como consecuencia de la forma en que las esculpidas y fuertes líneas de su cuerpo se ajustaban a las del mío, más suave, una ola de calor se fue abriendo paso en la parte inferior de mi estómago.
¿Quién era? ¿Nos habíamos enrollado por la noche?
Aún no tenía el cerebro en pleno funcionamiento y ponerme a indagar entre los recuerdos de las últimas veinticuatro horas tan temprano me parecía una tarea demasiado sobrecogedora a estas horas.
Me estiré y rocé algo suave y esponjoso. Abrí un ojo, curiosa, y vi que había una toalla de manos doblada a mi lado, encima de la cama.
¿Qué hacía yo con una toalla en...?
Vermont. Lío de habitaciones. Clases de esquí. Regla. Josh. Masaje.
El cerebro se me despertó de golpe y los acontecimientos del día anterior empezaron a bombardearme la mente a la velocidad de la luz.
Abrí los ojos a más no poder. Si Josh y yo habíamos tenido que compartir habitación, significaba que quien me estaba abrazando...
—¡Aaah! —Lo aparté de un tirón, salté de la cama y, con las prisas, me di en la barbilla con la mesita de noche.
Algún día volvería la vista atrás y me moriría de vergüenza de haber pegado un grito tan soez, pero ahora solo podía pensar en que me había acostado con Josh Chen. Solo literalmente, gracias a Dios, pero aun así...
—Joder —refunfuñó y se tapó los ojos con el antebrazo. Las sábanas resbalaron y revelaron su desnudo y musculado pecho—. Es demasiado temprano para tus gritos de loca, Pelirroja.
Exhalé agitadamente a causa de la indignación.
—Me estabas a-bra-zan-do —le reproché—. Y vas sin camiseta.
Me obligué a mirarlo a la cara en lugar de fijarme en cómo se le tensaban los músculos con cada movimiento que hacía. Esbeltos y potentes; eran los músculos de alguien que se tonificaba practicando deporte y saliendo al exterior, no de quien se encerraba en el gimnasio.
Hombros anchos, pectorales definidos, la tableta de los abdominales que se asomaba entre las arrugadas sábanas que le envolvían la cintura...
«Basta.»
—Estabas aquí y desprendías calor. Es el instinto. —Josh bostezó y estiró los brazos por encima de la cabeza—. Bueno, me alegro de ver que sigues viva. Ayer estabas que no estabas.
A pesar de haber sonado pasota, me miró fijamente, como si estuviera buscando cualquier indicio del malestar que sentí anoche.
Por suerte, la regla me provocaba un dolor insoportable durante un único día, aproximadamente. Luego, el dolor iba disminuyendo hasta ser normal. Llevaba así desde que tenía once años, de modo que ya había aprendido a organizarme según la fecha prevista en la que me tenía que llegar la menstruación, pero este mes se me había adelantado cuatro días y por eso me había pillado tan desprevenida.
—Ya, pero, bueno, tampoco puedes librarte de mí tan fácilmente. —Mi enfado se disipó un poco al recordar lo que hizo por mí la noche anterior. No sabía si era eso o el simple hecho de tener a alguien que me reconfortara, porque normalmente detestaba estar con gente el primer día de regla, pero su masaje me había aliviado el dolor más que cualquier otra cosa que hubiese intentado a lo largo de los años. Y también debió de haber preparado la toalla con agua caliente después de que me quedara frita.
No tenía por qué haberlo hecho y, aun así, lo hizo.
—Gracias —dije sinceramente y con recelo a partes iguales— por... Ya sabes. —Me señalé el estómago.
Esperaba que Josh se regodeara de mi agradecimiento (el primero que le había ofrecido en toda la vida), pero se limitó a responder:
—De nada.
El silencio se abrió paso entre nosotros. Me coloqué un mechón de pelo detrás de la oreja; de repente, me sentía cohibida. Estaba hinchada de narices a causa de la menstruación y seguro que tenía unas pintas tremendas, grogui a más no poder y con el pelo revuelto de toda la noche.
En lugar de apartar los ojos, Josh se me quedó mirando con una intensidad que me atravesó la piel e hizo que se prendiera una hoguera en mi estómago, parecida a lo que había sentido antes de dormirme anoche.
Estuve a punto de desmayarme, pero la combinación de sus fuertes manos, su acogedora mirada y el dolor que se fue aliviando hicieron que mis fantasías se adentraran por unos senderos vírgenes. Fantasías de cómo sería notarlo en otras partes de mi cuerpo y de si su lengua sería tan hábil como sus manos...
Alguien llamó a la puerta y me sacó de mis inapropiadas cavilaciones.
Josh y yo apartamos la vista el uno del otro. La evidente tensión de sus hombros le hacía la competencia a la rigidez de mis músculos. No estábamos haciendo nada malo, pero no por eso dejé de sentirme como una niña a quien han pillado con la mano en el tarro de las galletas cuando la voz de Ava atravesó la gruesa puerta de roble.
—¿Estáis despiertos? El desayuno recoge en media hora.
Miré hacia el reloj que había en la pared automáticamente. Mierda. Nos habíamos quedado dormidos más de lo que creía.
—Sí —respondí—. Enseguida salimos.
Josh y yo nos cambiamos sin cruzar palabra. Hoy no iba a esquiar ni de broma, así que me puse unas mallas de yoga y un jersey oversize. Cuando me venía la regla, las ganas de arreglarme se reducían a cero.
—¿Cómo te encuentras? —me preguntó Ava mientras íbamos a desayunar.
—Mucho mejor. —Gracias a tu hermano—. Gracias, cuqui.
Entrelazó el brazo con el mío.
—¿Qué te parece si, en lugar de ir a esquiar, nos vamos al spa después de desayunar? Todavía tenemos el vale por amortizar.
Ay, gracias a Dios, joder.
—Ava, no se lo digas a Alex, pero aquí la más lista de la relación eres tú —le confesé.
Mi amiga se rio.
El resto de la mañana pasó volando. Alex y Josh se fueron a esquiar, y Ava y yo disfrutamos de un masaje y tratamientos faciales en el spa. No obstante, a pesar de que la masajista que me tocó estaba perfectamente cualificada, no dio en el mismo punto que Josh.
—Un poco más a la izquierda, por favor... Ahora a la derecha... Un poco más fuerte... —Traté con todas mis fuerzas de descifrar por qué no acababa de disfrutar de la sesión.
—¿Así? —La masajista siguió mis instrucciones al pie de la letra, pero nada de lo que hacía se podía comparar a como lo había hecho Josh—. ¿Qué te parece?
—Genial —musité, tirando la toalla—. Gracias.
Quizás era por el aceite que Josh había utilizado. Olía mejor que los aceites florales del spa.
Cuando Ava y yo nos unimos a los chicos para comer, yo estaba más molesta que relajada por mis incesantes pensamientos acerca de cierto médico.
No estaba del todo convencida de que no hubiese mezclado algún tipo de poción sexual con el aceite para masajes antes de untármelo. Era la única explicación que le encontraba al hecho de no poder dejar de pensar en él.
Seguro que había sido tan majo porque quería sacar algo de ello.
—¿Qué tal el spa? —Alex apoyó la mano en el respaldo de la silla de Ava y le acarició la mejilla con los labios.
—Súper. —Mi amiga sonrió y se le iluminó la cara con tanto amor que hasta sentí que me dolía el corazón—. ¿Y la esquiada? ¿Habéis vuelto a la pista de triple diamante negro?
—Sí —dijo Josh.
—No —contestó Alex al unísono—. Yo he hecho snowboard.
—Ah. —Ava alternó la vista entre uno y otro—. Vaya.
Incómodo de cojones.
Permanecimos en silencio mientras íbamos leyendo la carta. Josh estaba a mi lado y, cada vez que uno de los dos se movía, la pierna de uno se iba rozando con la del otro.
Hamburguesa de la casa, salmón a la plancha...
Cuando apareció el camarero, dinámico y alegre, yo ya había leído la descripción del mismo plato una decena de veces.
—Para mí, el salmón —farfullé cuando todos habían terminado de pedir—. Gracias.
Odiaba el salmón.
Miré a Josh. Esto era culpa suya. Si no me hubiese distraído, no habría tenido problema alguno en acabar de leer la carta entera y habría pedido algo que me gustara.
Él arqueó las cejas.
—Veo que ya vuelves a estar en modo peleona —me dijo mientras Alex y Ava hablaban en voz baja justo delante de nosotros—. Echaba de menos esa mirada llena de enfado. Es como bálsamo para mi alma.
—Porque estás acostumbrado a vérsela a cualquiera que se cruce contigo.
Discutir con Josh era como ponerme un viejo par de vaqueros: cómodo y familiar.
Josh sonrió y se le marcó el hoyuelo.
—Para nada. Eso tú, Pelirroja. El resto del mundo me adora.
—Te aseguro que eso no es cierto.
Me llegó un mensaje al móvil. Lo miré, deseando distraerme con algo más, pero al leer lo que ponía fruncí el ceño a más no poder.
Número desconocido: Hola, Jules.
Según el prefijo, se trataba de un número de teléfono de Ohio.
Todo lo que tenía alrededor desapareció y un fuerte zumbido se apoderó de mis oídos. Escribí la respuesta con los dedos temblorosos.
Yo: ¿Quién es?
La esperanza, el miedo y la angustia se me arremolinaron en el estómago. Quizás fuese mi madre...
Al cabo de diez segundos que me parecieron una eternidad recibí una contestación y, al verla, casi se me cae el teléfono al suelo.
Número desconocido: Soy Max.
Max. Mi exnovio. ¿Cómo había conseguido mi número de teléfono? ¿Por qué me escribía ahora, después de siete años de absoluto silencio?
Solo podía ser por una cosa y, con solo pensarlo, me subió la bilis a la boca.
Max: Tenemos que hablar.
Metí el teléfono en el bolso. Sentí un sudor frío en las palmas de las manos y me las froté contra los pantalones en un intento por recomponerme.
—Eh.
Al oír la voz de Josh, levanté la cabeza.
Se inclinó hacia mí con la frente arrugada y una expresión que, de haber sido otra persona, hubiese creído que estaba preocupado.
—¿Quién era? Parece que hayas visto un fantasma. —Desvió la vista hacia mi bolso, que ardía con mi móvil dentro.
No iba a responder a Max. No sabía qué decirle ni tampoco quería saber qué quería decirme él. Quizás, si lo ignoraba, desaparecería otros siete años más.
A la mierda los diamantes; el mejor amigo de una mujer era la negación.
—Nadie. Spam —mentí.
Josh no volvió a sacar el tema, pero no apartó el peso de su mirada de mí en toda la comida.
Cargué el tenedor de salmón, me lo llevé a la boca y mastiqué. Sabía a cartón.
Me apostaba lo que fuera a que Max todavía tenía ese vídeo. Lo había guardado durante años. ¿Y si de repente había decidido que ya era hora de empezar a ganar dinero a base de chantaje? ¿Y si yo no podía satisfacer sus demandas?
Como ese vídeo viera la luz, arruinaría mi carrera profesional incluso antes de que alzara el vuelo. Todo por lo que tanto había trabajado se iría al traste en un segundo.
Me empezó a doler el estómago y no solo por la menstruación.
«Creo que voy a vomitar.»
Eché la silla hacia atrás y salí pitando dirección al baño, haciendo caso omiso de las miradas de mis amigos. Llegué justo a tiempo para que mi comida reapareciera. Incluso después de haber sacado todo lo que acababa de ingerir, seguí vomitando hasta irritarme la garganta.
Pensaba que había escapado de mi pasado, pero, a fin de cuentas, nuestros demonios siempre nos acaban encontrando.