Twisted hate
15. Jules
Página 19 de 68
15
Jules
Max no volvió a ponerse en contacto conmigo tras aquellos primeros mensajes. Quien lo ignoró primero fui yo, pero su silencio fue haciendo mella en mí hasta que, al embarcar en el avión para volver a Washington, la ansiedad me superaba.
Cuando salí pitando de la comida, puse como excusa la menstruación; nadie me hizo ninguna pregunta, pero el escepticismo de Josh era más que evidente. Pasé del tema; tenía problemas más grandes de los que preocuparme en lugar de rayarme por lo que pensara Josh de mí.
Di un golpecito en el escritorio con el boli y me quedé mirando la pantalla que tenía delante. Mi escritorio había llegado el día anterior y por fin estaba trabajando desde el primer piso del CAML, desde donde oía ligeramente el ruido de la cadena del baño que había al final del pasillo y el tintineo de las campanas que había en el dintel de la puerta cada vez que alguien la abría. Era más caótico que trabajar sola desde la cocina, pero el ruido de fondo hacía que me pusiera las pilas.
A no ser, por supuesto, que me distrajera algo más.
La mirada se me iba al móvil. Lo tenía bloqueado y en silencio al lado de mi taza llena de bolis, pero yo seguía esperando ahí sentada como si en cualquier momento se fuera a iluminar la pantalla con un mensaje de Max.
Debería llamarlo directamente y quitarme esto de encima, pero no era capaz de salir de mi círculo de ignorancia en parte miserable y en parte dichosa.
«Céntrate.»
Respiré profundamente y enderecé los hombros. Me acababa de poner a teclear de nuevo cuando Ellie gritó desde detrás de mí:
—¡Josh! No sabía que venías hoy.
—Hola, El. —La profunda, insinuante y calmada voz de Josh hizo que se me erizara la piel—. ¿Te has cortado el pelo?
Ella rio nerviosamente, halagada.
—Sí. Qué fuerte que te hayas dado cuenta.
La mueca que hice me saludó al reflejarse en la pantalla de mi ordenador. Ellie era maja, pero el crush que tenía por Josh era tan evidente que hasta dolía.
—Te queda bien —comentó Josh—. El pelo corto te favorece.
—Gracias. —Otra risita.
Empecé a teclear más rápidamente y el sonido del teclado fue adoptando un ritmo furioso a medida que los pasos de Josh se fueron acercando. Y se detuvo a mi lado.
Pum. Pum. Pum...
—Jules.
Esperé un poco antes de levantar la cabeza y mirar a Josh a los ojos. En lo primero que me fijé fue en su indumentaria. Era la primera vez que lo veía vestido de médico, ya que normalmente se cambiaba antes de llegar al CAML. Ese uniforme de color azul era demasiado recto como para ser objetivamente favorecedor, pero...
Sentí que me daba una especie de vuelco el corazón.
«Ay, no. Ay, no, no, no.»
Me escandalicé y se me cerró el estómago. No podía sentirme... atraída hacia Josh Chen. Aquí, en Washington, no. Lo de Vermont lo podía atribuir a una pérdida del juicio momentánea debido a la presión atmosférica en las montañas, pero no había ninguna excusa para que me ocurriera aquí.
Cualquier mariposa, cualquier aleteo y cualquier vuelco de corazón eran inaceptables. Impensables. Absolutamente repugnantes.
—Veo que ya te ha llegado el escritorio. —Josh paseó la mirada de mi cara a mi boli rosa peludo favorito. Se le encorvó sutilmente la comisura de los labios—. Parece que seremos vecinos. Mira qué suerte has tenido.
Hizo un gesto con la cabeza y señaló la mesa que había justo delante de la mía, al otro lado del pasillo. Me había preguntado de quién sería, pues la escasa decoración que lo adornaba daba pocas pistas acerca de la identidad del propietario.
—Qué ilusión —respondí con un tono monocorde. Me recosté en la silla y entrecerré los ojos—. No sabía que los voluntarios también tenían su propia mesa.
—No tienen; solo yo —me contó con un deje engreído—. Me quieren mucho por aquí, Pelirroja.
Por desgracia, era verdad. El resto del personal lo adulaba como si fuera la segunda llegada del Mesías. Lo suficiente como para que me entraran ganas de potar.
—Pues no sé por qué. —«No te olvides de la tregua»—. Bueno, por más agradable que sea esta conversación, más vale que siga trabajando. Tengo mucho por hacer —dije tratando de sonar enérgica.
Un destello de diversión atravesó la mirada de Josh cuando respondió:
—Por supuesto.
Se acomodó en su escritorio y no volvimos a hablar en toda la tarde.
Cuando el reloj ya casi marcaba las cinco, yo ya tenía los ojos cansados de haberme pasado tanto rato mirando la pantalla y las muñecas me dolían de tanto teclear. Quizás había sido un poquito agresiva con mi teclado, pero me había servido para descargar la tensión acumulada.
—Menudo día. —Ellie bostezó—. No me vendría mal salir a tomar una copa. ¿Alguien se apunta? La oferta de la hora feliz del Black Fox no está nada mal.
El Black Fox era el bar que había al otro lado de la calle y un antro muy conocido entre el personal del hospital.
—Yo. —Marshall desprendía entusiasmo por los poros. Al igual que Ellie, era investigador asociado a tiempo completo y, si el interés de Ellie por Josh era como una señal de neón intermitente, el interés de Marshall por Ellie era como una valla publicitaria en toda regla, con focos incluidos y letras de tres metros que decían: «TE QUIERO, ELLIE»—. Yo te acompaño.
—Genial —respondió Ellie—. ¿Josh?
—Claro. Yo nunca le digo que no a una copa a buen precio. —Su hoyuelo hizo una breve aparición—. ¿Te animas, Pelirroja?
Dudé. Tenía que estudiar para los finales y hacer las cajas de la mudanza, que estaba a la vuelta de la esquina, pero cierto era que me vendría bien desestresarme un poco.
—Claro, ¿por qué no?
Nadie más pudo venir, de modo que, al cabo de media hora ya estábamos los cuatro alrededor de una mesa en el Black Fox, alargando unas copas un tanto diluidas, pero exageradamente baratas.
—Propongo un juego. —Se suponía que Ellie estaba hablando con todos los ahí presentes, pero tenía la vista puesta en Josh.
Este hizo una mueca con los labios.
—¿Cuál?
Lo tenía sentado a mi lado, con un brazo alrededor de la silla que tenía al costado y, en la otra mano, un cubata de whisky y Coca-Cola. Se había quitado el uniforme y, entre su posición, su enmarañado pelo oscuro y la nueva vestimenta (un jersey azul marino de cachemir que se había remangado y el reloj que le relucía en la muñeca), parecía que estuviera posando para una revista de moda masculina.
Me terminé lo que me quedaba de bebida de un trago para intentar estabilizar el calor que se estaba adueñando de mi estómago.
—Verdad o atrevimiento —resolvió Ellie.
—No sé si es buena idea, El. —Marshall, que continuaba sentado, se movió un poco—. Trabajamos juntos. Es poco apropiado.
Contuve las ganas de hacer una mueca. Marshall solo tenía unos cuantos años más que Ellie, pero aleccionar a alguien sobre qué es o no apropiado en un bar en medio de la hora feliz no era la mejor forma de llamar la atención de una chica.
—Pero si solo estamos nosotros. Lisa no está. —Ellie hizo un gesto despreocupado con la mano—. Bueno, ¿qué os parece?
Josh se acercó el vaso a la boca y, con una mirada divertida, sentenció:
—Claro que sí.
—Perfecto. —Ella sonrió y luego se giró hacia mí—: ¿Jules?
—Adelante. —Normalmente habría sido yo la primera en sugerir un juego, pero como me había pasado una semana preocupada, ya no tenía ni energía para eso y lo mejor que podía hacer era seguirles el rollo.
—¿Marshall? —Ellie le dio un codazo y él se sonrojó.
—Vale. —Parecía resignado.
Ellie decidió que debía empezar Josh, lo cual fue una sorpresa para... nadie.
—¿Verdad o atrevimiento? —le preguntó.
—Verdad.
Vaya. Fingí no estar sorprendida. Creía que Josh elegiría atrevimiento.
Ellie se inclinó hacia él de una forma en la que Josh podía verle el canalillo perfectamente. Se había quitado el blazer hacía rato y los pechos casi se le salían del top.
Me quedé mirando a Josh, que seguía con la vista clavada en la cara de Ellie. Él ni siquiera pestañeó.
A Marshall le ocurría todo lo contrario. Parecía que fuera a estallar.
—¿Te interesa alguien del Centro? —preguntó Ellie.
Qué sutil.
Josh arqueó las cejas.
—¿Alguien voluntario o del personal que trabaja allí?
Me removí y el plástico emitió un bochornoso ruido cuando desenganché las piernas de la silla. Josh desvió la vista hacia mí; resultaba evidente que ahora estaba divirtiéndose más aún. Levanté la barbilla, desafiándolo.
—Da igual —respondió Ellie, reclamando de nuevo su atención—. Del personal mismo, por ejemplo.
—Me interesáis todos los del Centro —contestó él—. Sois todos geniales.
Ellie se quedó desanimada porque se acababa de dar cuenta de que debería haber especificado un poco más.
—Jules. —Josh me miró y yo me enderecé, preparándome por lo que pudiera venir—. ¿Verdad o atrevimiento?
—Atrevimiento —contesté sin dudar siquiera.
Una sonrisa se fue formando lentamente en sus labios.
—Te reto a que beses a alguien de esta mesa durante treinta segundos.
Reconocí el satisfecho brillo que tenía en la mirada. Esperaba que fuera a echarme atrás.
Pues qué pena por él, porque yo nunca me había echado atrás ante un reto.
Le aguanté la mirada, me eché hacia delante y acorté el espacio que nos separaba angustiosamente, centímetro a centímetro, hasta que se le escurrió la sonrisa de la cara y se le incendió la mirada.
Esperé a tener la cara prácticamente pegada a la suya antes de girarme bruscamente y besar a un Marshall sobresaltado.
—Mmmphng —gruñó este.
—¿Te importa? —le susurré con los labios pegados a su boca.
—Mmmphng —repitió con un tono un poco más agudo que antes. Como no se apartó, me lo tomé como un «no».
Fui besándolo hasta que pasaron los treinta segundos; luego me aparté. Al ver las reacciones de quienes me rodeaban, sonreí ufana. Ellie tenía la boca prácticamente descolocada y Josh me estaba mirando con una expresión imperturbable que nada revelaba de la diversión anterior. Marshall, a su vez, seguía petrificado en su asiento, boquiabierto y con la mirada perdida.
—Perdona por haberme lanzado así —le dije—. Pero besas muy bien. Te doy un sobresaliente.
—N-n-no pasa nada —tartamudeó—. Esto, eh... Yo... —Miró a Ellie, que lo estaba mirando con algo más de interés que antes.
Reprimí mis ganas de sonreír. La mejor forma de despertar el interés de una mujer era demostrándole que tenía algo de competencia.
—Creo que esto han sido treinta segundos, ¿no? —le pregunté a Josh.
—Más de treinta —replicó—. Debes de haberlo disfrutado muchísimo.
—Como he dicho... —Jugueteé con mi vaso, que ahora ya no contenía líquido alguno dentro—. Marshall besa muy bien.
—Te creo. —Desvió la vista hacia Marshall—. Marshall, tío, te toca.
Jugamos tres rondas más antes de que Ellie se disculpara a regañadientes porque tenía que coger un vuelo a primera hora al día siguiente. Por lo visto, su abuela cumplía ochenta y cinco años y se iba a casa, a Milwaukee, para celebrarlo.
Miró a Josh como si quisiera que se fuera con ella, pero él se limitó a desearle buenas noches y que tuviera un buen vuelo. Marshall, cómo no, se ofreció a compartir un Uber con Ellie, ya que ambos se iban en la misma dirección.
Y nos quedamos solo los dos.
—Está pillada por ti —le confesé a Josh cuando ya se hubieron ido nuestros compañeros. Pillé la última patata frita de la cesta y me la metí en la boca. No estaba rompiendo ningún código de chicas porque estaba completamente segura de que Josh ya lo sabía. Vamos a ver, si es que era tan arrogante que seguramente creería que cualquier mujer hetero iba detrás de él, aunque no fuera el caso.
Sonrió ligeramente.
—Lo sé.
—¿Y a ti te interesa ella?
—¿Te importa?
Mastiqué lentamente y me tragué la patata antes de responder con un deliberado:
—Ni lo más mínimo.
La hostilidad se acomodó entre nosotros, escondiendo a su vez otra sensación.
—Por supuesto que no —contestó Josh en voz baja antes de terminarse la bebida sin apartarme la mirada—. Bonito espectáculo te has montado antes con Marshall.
—No sé de qué me hablas.
—No te hagas la tonta. Es indecoroso.
—No me hago la tonta. ¿Crees que no habría besado a Marshall voluntariamente solo porque no tiene una cara perfecta ni un six-pack? —Le lancé una intensa mirada a Josh—. El físico no lo es todo. Al menos Marshall es un chico dulce.
Sonrió con más firmeza.
—Ni quieres ni necesitas a un chico dulce, Pelirroja. Te morirías del aburrimiento.
—¿Eso crees? —Las palabras me salieron de la boca cual dulce veneno—. Pues, por favor, ilumíname: ¿qué quiero y necesito? Como me conoces tan bien...
Josh se inclinó hacia mí hasta prácticamente rozarme la oreja con los labios y me costó la vida y milagros no apartarme. El corazón me empezó a latir con tanta fuerza que, si su voz no se hubiese colado en mí cual oscura seda, peligrosa pero seductora, casi no habría oído su respuesta cuando dijo:
—Quieres a alguien que te desafíe. Que te excite. Que te mantenga en alerta. Y en cuanto a lo que necesitas... —Al notar su aliento con sabor a whisky en la piel, se me puso el vello de punta—. Necesitas a alguien que te abra de piernas y te folle hasta que se te quite toda esta mala leche.
Mi reacción fue instantánea.
Los pezones se me convirtieron en unas piedras duras y dolorosas y se me escapó una cálida humedad que me empapó las bragas. Cada vez que notaba su aliento sobre mi delicada piel, la sensación de necesidad que sentía en la parte inferior del estómago se intensificaba aún más.
—¿Crees que Marshall puede hacerlo? —La voz de Josh me envolvió como un abrazo aterciopelado—. ¿Crees que puede follarte como necesitas?
—¿Y tú sí? —conseguí responder. Oxígeno. Necesitaba oxígeno—. Sigue soñando.
—No estaba ofreciéndome. —Josh me rozó la rodilla con la mano una milésima de segundo, pero fue suficiente para encenderme de pies a cabeza—. Pero me gusta saber que se te ha pasado por la cabeza.
Alguien cortó nuestra conversación y me salvó de tener que dar con una respuesta ingeniosa en el estado de aturdimiento en el que me encontraba ahora.
—¿Jules?
Aquella voz desconocida surtió el mismo efecto que un cubo de agua fría.
Me eché hacia atrás de un tirón con el corazón a mil por hora mientras Josh se volvía a acomodar en su asiento con una enigmática sonrisa de satisfacción.
Menudo cabrón de mierda.
Cuando el intruso se hubiera ido, se la devolvería. Ya encontraría la forma.
Mientras tanto, tenía que atender a alguien más.
Me fijé en el pijo que nos había interrumpido y que me resultaba, en cierto modo, familiar. Llevaba el uniforme masculino no oficial de Washington: una camisa azul y blanca de cuadros finos, unos pantalones caquis y el pelo echado hacia atrás, algo que no le favorecía en absoluto.
Me miraba fijamente, impaciente, y yo lo miré como si nada hasta que fui juntando las piezas en mi mente y caí en quién era.
Todd... El chaval que me había dejado plantada hacía semanas.