Twisted hate

Twisted hate


16. Josh

Página 20 de 68

16

Josh

Había conocido a un montón de capullos, pero podía afirmar con total seguridad que el tío que tenía delante los ganaba a todos por goleada.

Quizás fuera por su empalagosa sonrisa o por cómo se había repeinado el pelo hacia atrás, como si fuera un político zalamero en las listas de las próximas elecciones. O quizás fuera por cómo miraba a Jules con lujuria, como si fuese un suculento bistec y el tipo llevara días sin comer.

Mi previa satisfacción tras haber conseguido hacer enfadar a Jules dio paso a un odio irracional.

Necesitas a alguien que te abra de piernas y te folle hasta que se te quite toda esta mala leche.

El whisky me había soltado la lengua, y el beso entre Jules y Marshall me había dado el empujón final para que dijera lo que ya llevaba un rato pensando. Para que dijera lo que ambos llevábamos pensando desde Vermont.

Jules podía ir tan de gruñona como quisiera, pero no podía esconder el deseo que sentía. Me deseaba tanto como yo a ella, y ambos nos odiábamos por eso.

—Todd. —Jules llenó esa única palabra con todo el desdén del mundo.

Sonreí involuntariamente y luego recuperé una expresión de indiferencia.

¿Jules lo conocía?

—Me ha parecido que eras tú, pero no estaba convencido. Eres aún más guapa en persona —le dijo el chaval sin quitarle los ojos del pecho.

Apreté la mandíbula. Me gustaban los pechos de una chica tanto como a cualquier otro tío, pero ese chaval era maleducado de narices. No la había mirado a los ojos desde que había llegado.

Una parte de mí agradecía la interrupción, que me había salvado de hacer algo de lo que me hubiera arrepentido. Sin embargo, otra parte de mí, una más oscura, quería arrancarle los ojos por mirarla así.

Removí el líquido del vaso que tenía en la mano, molesto por mis violentos e indeseados pensamientos. ¿De dónde diablos salían? ¿Desde cuándo me importaba cómo mirasen los otros tíos a Jules?

«No me importa. La cara de Todd es de esas que te gritan que le pegues una bofetada. Nada más.»

—Tú no. —La voz de Jules contenía tanto veneno que podría haber tumbado a un elefante—. Supongo que las fotos pueden decepcionar de verdad.

Esta vez, a pesar de mi fastidio, no pude evitar sonreír ampliamente.

Jules era agresiva. Y, joder, eso me encantaba.

Si a Todd le molestó el comentario, no lo exteriorizó. Ni siquiera estaba seguro de que la hubiese oído; el tío estaba demasiado ocupado babeando con el pecho de Jules, que amenazaba con hacer saltar los botones de la camisa que llevaba puesta.

—Siento lo de la cita del otro día —le dijo y, tal y como había llegado, mi sonrisa desapareció de inmediato—. Se me estropeó el coche y se me murió el móvil. Te escribí varios mensajes luego, pero no respondiste a ninguno.

Encajé las piezas de aquel rompecabezas antes de que a Jules le diera tiempo a responder. ¿Este tío era el que la había dejado plantada en el Bronze Gear?

Santo Cielo. Pensaba que Jules tenía mejor gusto.

—Si con «el otro día» te refieres a hace casi un mes, disculpa no aceptada —respondió Jules con frialdad—. Además, no me mandaste ningún mensaje, pero eso da igual. Mi juicio debió de estar severamente afectado cuando deslicé hacia la derecha al ver tu perfil. Ahora ya vuelvo a ser la de siempre, así que puedes ir tirando. —Le hizo un gesto con la mano para que se apartara—. Ah, y los ojos los tengo aquí arriba, imbécil.

A Todd le cambió el color de la cara y pasó a un morado que revelaba su enfado.

—Estaba intentando ser majo por lo ocurrido. No hace falta que seas tan cabrona por eso.

Un gruñido grave me subió por la garganta.

Abrí la boca para responder, pero Jules se me adelantó:

—Me da a mí que el único que está siendo un cabrón aquí eres tú. Yo solo estoy tomándome una copa. —Arqueó una ceja—. Sigue molestándome y llamaré a los de seguridad para que te echen a la calle por acoso. Así que, a no ser que quieras que te humille delante de toda esta gente —señaló a la multitud que teníamos alrededor—, te sugiero que sigas mi consejo y te vayas. Ya.

Todd apretó los labios, pero fue lo suficientemente listo como para no poner a prueba la amenaza de Jules.

—Calla —me dijo Jules después de que Todd se fuera cabreado, y se terminó lo que le quedaba del cóctel de un trago sin ni siquiera mirarme.

Levanté las manos en señal de rendición. La tensión que se había apoderado de mis músculos se fue relajando con la marcha de Todd, pero la rabia que me corría por las venas se fue cociendo a fuego lento en mi interior.

—No diré ni mu. —Tras una larga pausa, añadí—: ¿Deslizaste a la derecha por ese tío?

A Jules le subieron los colores.

—Ando liada con Derecho... —soltó—. Mis opciones son limitadas y una tiene ciertas necesidades, así que...

—¿Bajaste el listón al máximo?

—Puede, pero al menos aún no he llegado a ti —dijo dulcemente—. Por cierto, últimamente no te he visto quedar con nadie. ¿Qué ha pasado, Joshy? ¿Ya no encuentras a más mujeres que se crean todas tus chorradas?

—Es por decisión propia, Pelirroja. Puedo conseguir a cualquier tía que quiera en cualquier momento.

—Mentira. A mí no.

—Tampoco lo he intentado.

Nos quedamos mirando el uno al otro y nuestro implícito desafío se quedó flotando en el aire con pesadez.

Si lo intentara..., ¿sucumbiría Jules a lo que sus ojos me decían que quería? ¿Me dejaría abrirle las piernas y hacérselo como había dicho antes o se pelearía conmigo para tener el control a cada paso que diera?

Se me encorvaron los labios.

Algo me decía que ya sabía la respuesta. Jules nunca ponía nada fácil. Y esa era una de las cosas que, en secreto, me gustaban de ella.

—Menudo arrogante de mierda. —Me estudió con una mirada calculadora—. Ya que confías tanto en tus habilidades con las mujeres, juguemos a algo distinto.

La intriga se apoderó de mí.

—¿A qué?

—Es simple. Vamos a ver quién consigue más números de teléfono en una hora. —Jules ladeó la cabeza y unas cuantas ondas de su sedoso pelo cobrizo le resbalaron por el hombro—. El que gane tendrá permiso para fanfarronear.

Desde fuera podía parecer una tontería, pero, para nosotros, tener permiso para fanfarronear suponía disfrutar de algo con el mismo prestigio que un Rolex o un Lamborghini. Quizás más.

Nuestro bien más preciado era el orgullo.

—Trato hecho. —Sonreí jactancioso. Jules era buena, pero iba a ganar yo.

Como siempre.

—Genial. —Miró hacia el enorme reloj que colgaba de la pared—. Nos volvemos a encontrar a las siete menos diez.

Antes de que terminara la frase, yo ya me había ido. Cuando Jules había empezado a contar las reglas del juego, yo ya me había puesto a mirar a mi alrededor y a trazar mi plan, así que no dudé en ir directamente hacia el grupo de veinteañeras que había en una esquina.

Por suerte, en ese bar había el doble de chicas que de chicos, de modo que tenía ventaja incluso acercándome solo a aquellas chicas que no estaban allí con sus parejas.

Mantuve mis conversaciones breves e insinuantes. Yo nunca prometía más de lo que podía ofrecer, y hacía que las mujeres con las que hablaba se sintieran lo suficientemente cómodas para que no dudaran en darme su número de teléfono al cabo de pocos minutos. Teniendo en cuenta lo rápido que iba de una chica a otra, diría que algunas sabían que tramaba algo, pero eso no les impidió coquetear conmigo.

Cuando dieron las seis y media, yo ya había conseguido más de una docena de contactos. Debería de haberme alegrado, pero al ver que Jules no se movía de su asiento, empecé a sospechar. Le dio un trago a la bebida y me miró, tranquila, mientras yo me iba paseando por el bar.

¿Qué estaba tramando?

Al final ya no aguantaba más, así que terminé la conversación que había entablado con una mujer y fui directo hacia Jules. Apoyé las manos de mala gana en la mesa de madera y entrecerré los ojos.

—Vale, ¿a qué juegas?

—¿Cómo que a qué juego? —me preguntó Jules con cara de inocente como un corderito que acababa de llegar al mundo.

—Nos quedan —volví a mirar el reloj— diez minutos y tú no has intentado hablar ni con un tío. No me digas que estás aquí sentada esperando a que se te acerquen ellos.

Algunos lo habían hecho, pero Jules era de las que tomaban la iniciativa. Le gustaba ir siempre a por todas, en cualquier situación.

—No.

—¿O sea que te rindes? Si te preocupa que vayas a perder, tú solo dímelo. No hace falta montar un numerito.

—Uy, de rendirme nada. —Al final, Jules dejó la bebida en la mesa, se levantó de la silla y se quitó la chaqueta con unos movimientos que recordaban a la miel deslizándose por una botella de cristal.

De forma lenta, delicada, sensual.

Hostia puta.

Al ver lo que tenía delante, se me secó la garganta.

Jules iba vestida de trabajo: camisa blanca abotonada metida por dentro de una falda gris, tacones negros y un discreto collar dorado que se asomaba por el cuello de la camisa. Pero con ese cuerpo y esa seguridad en sí misma, Jules podría haber ido vestida con la lencería de encaje más sexi del mundo.

Por más que lo intentara, no pude evitar devorarle ese llamativo escote con la mirada, ni la forma en la que la ropa abrazaba sus abundantes curvas. Su voluptuoso cuerpo no era esbelto ni estaba tonificado como el de muchas de las chicas que iban al mismo gimnasio que yo; era más mullido. Abundante. Y demasiado atrayente.

La sangre me corrió caliente por las venas al imaginarme levantándola y empotrándola contra una pared, levantándole esa corta y apretada falda, y follándomela hasta que me explotara la cabeza de oírla gritar.

Me deshice de ese pensamiento de inmediato, pero ya era demasiado tarde. La polla ya se me estaba poniendo dura y la excitación se estaba abriendo paso en la parte baja de mi vientre.

Tensé la mandíbula con fuerza. Odiaba este nuevo efecto que me causaba ahora Jules. Durante años, la amiga de mi hermana no me había puesto nunca, y ahora no podía dejar de fantasear con ella. No sabía qué había cambiado, pero me cabreaba soberanamente.

—Voy a ganar la apuesta. Mira y aprende, Chen —murmuró Jules antes de pavonearse en dirección al DJ.

Verla marchar no me alivió el dolor que sentía en la ingle.

De todas las cosas horripilantes que me podrían pasar, sentirme atraído sexualmente por Jules Ambrose era la peor. Sin duda.

La necesidad, la frustración y la curiosidad se peleaban en mi interior mientras veía cómo Jules le decía algo al DJ. Este asintió y puso cara de compasión.

Cuando se paró la música, una repentina sensación de sospecha se unió a todas las anteriores. «¿Por qué...?»

Al darme cuenta de cuál era su plan, levanté la cabeza de inmediato.

«No es capaz. Ni de puta coña.»

—Siento interrumpir vuestra hora feliz, así que seré breve. —La voz de Jules sonó clara y serena, aunque con cierto deje de vulnerabilidad por todo el bar, ahora en silencio, y todo el mundo se acercó para escucharla—. En resumen: acabo de salir de una relación horrorosa y muy larga, y mi amigo —me señaló y decenas de personas se giraron para mirarme— me ha recordado que la mejor forma de superar una ruptura es con eso de que un clavo saca a otro clavo. Así que busco un revolcón. —La mezcla de titubeo premeditado y provocación que desprendía su voz era suficiente para volver loco a cualquier tío con la mente un poco sucia. Joder, sí que era buena—. Si a alguien le interesa pasar una noche o dos conmigo sin ningún tipo de compromiso, que me dé su número. Gracias.

Fue directa al grano, aunque se hubiese servido de una mentira. Típico de Jules.

Un silencio ensordecedor se apoderó del bar durante uno, dos, tres segundos antes de que se desatara el caos. Aclamaciones y aplausos reverberaron por la sala mientras decenas de hombres se lanzaban a Jules, casi tropezándose con las prisas por poder ser su «revolcón».

Sacudí la cabeza, incapaz de procesar lo que estaba ocurriendo. Me sentía como si acabara de aterrizar en medio de una inverosímil escena de película. Ver para creer.

Resultaba evidente que ese era el plan de Jules. Era la única persona que conocía que fuera capaz de hacer algo así.

Me miró entre la multitud y sonrió engreída. «Perder es una mierda», articuló con los labios sin llegar a emitir sonido alguno.

Pues sí. Detestaba perder. Pero ni siquiera podía cabrearme por lo que había hecho. Era lista de cojones.

Me pasé la mano por la boca, riéndome por la reticente admiración que sentía.

Jules Ambrose era la pera.

Ir a la siguiente página

Report Page