Twisted hate

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17. Jules

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Jules

¿Que cuál fue el resultado de nuestro juego? Josh consiguió dieciséis números de teléfono; yo, veintisiete.

—Has hecho trampa. —A pesar de su afirmación, el brillo en los ojos de Josh me decía que estaba más enfadado por no haber pensado antes en mi idea que por el hecho de que yo hubiera optado por una estrategia poco convencional.

—No se puede hacer trampa cuando no hay reglas. —Mi ilusión por la victoria hizo que pegara un pequeño salto al andar.

Nos habíamos marchado del bar después de haber hecho el recuento de números conseguidos y ahora estábamos andando desde la estación de metro de Hazelburg hasta nuestras respectivas casas. Quizás fuera el alcohol o el calor que emanaba el cuerpo de Josh mientras caminaba a mi lado, pero yo me estaba asando con el abrigo puesto, a pesar de que la temperatura de esa tarde noche no llegara a los diez grados. No obstante, como no me apetecía tener que ir arrastrándolo, no me lo quité.

—Debería haberme imaginado que encontrarías un vacío legal. —Josh hizo un gesto con la barbilla y señaló mi bolso, donde había guardado decenas de servilletas con los números de teléfono de varios tíos—. ¿Llamarás a alguno?

—Puede. Peor que intentar conocer a alguien a través de una app no será. —La sonrisa se me borró de los labios al recordar mi encuentro con Todd. Menudas narices tenía el chaval para acercarse a mí de esa forma. Aunque, pensándolo bien, el descaro de los tíos era algo sin igual.

—Mmm...

El contrariado sonido de la voz de Josh me caló hasta los huesos e hizo que se me disparara el pulso. ¿Estaba... celoso?

No. Menuda tontería. Para estar celoso, tendría que gustarle y, aunque ahora habíamos desarrollado cierto respeto mutuo (si bien de mala gana), no nos gustábamos. Cada vez que lo veía seguía queriendo abofetearle esa petulante sonrisa de superioridad hasta que le desapareciera de la cara.

—¿Y tú? ¿Vas a llamar a alguno de los teléfonos que te han dado? —pregunté como quien no quiere la cosa.

—Puede —respondió Josh—. Aún no lo he pensado.

—Mmm...

Mierda. El sonido se me escapó de la boca sin pensarlo. Ahora parecía que la celosa fuese yo.

—Bueno, ¿y a ti qué te pasa últimamente? —Me apresuré a añadir para desviar su atención de mi pifia—. Antes te cepillabas a una chica y la cambiabas por otra distinta cada semana, pero ahora hace meses que no te veo con nadie.

—Qué exagerada. Y no me la cepillaba y la cambiaba por otra; dejaba claras mis intenciones desde el primer momento. No buscaba una relación ni un compromiso, y eso lo sabían todas antes de que hiciéramos nada. —Me miró—. Tú ya me entiendes.

Sí. Nuestro punto de vista en cuanto al sexo y las relaciones era una de las pocas cosas que teníamos en común. Al igual que Josh, a mí nunca me había interesado tener una relación duradera. Tenía demasiados objetivos por conseguir, demasiado mundo por ver y demasiada vida por delante como para atarme a alguien.

Además, después de mi única experiencia en una relación seria, no tenía prisa alguna por meterme en otra.

 

 

—¿Quieres estudiar Derecho? —Max hizo una mueca—. ¿Por qué?

—Creo que sería buena abogada. —Jugueteé con el dobladillo de la camisa. Era nueva; me la había comprado con la paga que me daba Alastair, mi padrastro. Después de años de vestirme como una pordiosera, no podía evitar ir tocando la ropa para asegurarme de que no estaba soñando, de que realmente llevaba una camisa de marca que valía más que todo el dinero que me podría haber gastado en comida durante un mes tiempo atrás—. Si me meto en derecho de sociedades, cobraré bien y podré ayudar...

Una estridente risa me cortó.

—Venga ya, Jules.

—¿Qué? —Arqueé una ceja, confundida y algo dolida.

—Eres monísima. —Me sonrió condescendiente, como si yo fuera una niña diciéndole que iba a presentarme a las elecciones presidenciales—. Pero sé realista, cielo: ¿cómo vas a querer ser abogada?

Cogí la camisa con más fuerza.

—Hablo en serio.

—Pues hablemos en serio. —Max me pasó la mano por el hombro y me acarició el brazo con ternura antes de estrujarme el pecho y de que se le iluminaran los ojos con esa mirada de lujuria típica en él—. Estás demasiado buena como para pasarte el día encerrada en una sala de audiencia que apesta a humedad. Deberías ser modelo. Sacarle provecho a esta cara y a este cuerpo. No todo el mundo tiene la suerte de haber nacido tan guapa.

Me obligué a sonreír. Sí, había nacido con un atractivo superior al de la mayoría de la gente, pero no por eso me sentía afortunada. Y menos cuando mi físico era lo único que veían los demás cuando me miraban, o cuando mi propia madre me veía como su competencia en lugar de verme como familia.

Pero a lo mejor Max tenía razón. A lo mejor me estaba precipitando. ¿Qué me hacía pensar que podría ser abogada? Mis notas eran buenas, pero no era lo mismo sacar un sobresaliente en un pequeño instituto de Ohio que conseguir graduarse en una de las mejores universidades de Derecho.

—Venga, ya basta de charlas aburridas. —A Max se le alteró la respiración mientras me desabotonaba la camisa—. Se me ocurre una cosa que podemos hacer con la boca...

 

 

Un agrio sabor me inundó la boca. Qué joven e inocente era en esa época. Ya no era la misma que cuando tenía diecisiete años; sin embargo, en algunas ocasiones, los susurros del pasado se reafirmaban y hacían que me cuestionara todo lo que había conseguido y por lo que tanto había luchado.

Y los recientes mensajes de Max tampoco habían ayudado. Era como el ex que no moría nunca. Metafóricamente hablando, no en sentido literal.

El zumbido que notaba en la cabeza a causa del alcohol se fue intensificando. Quizás debería llamarlo para ver qué quería. Así podría dejarlo atrás de una vez y...

—¡Jules!

El grito de pánico de Josh me perforó el oído al mismo tiempo que oí unos neumáticos chirriar en medio de la noche. Levanté la cabeza y abrí los ojos como platos al ver cómo unos faros se acercaban a mí a toda velocidad.

Estaba tan absorta en mis pensamientos que había acabado caminando por el medio de la carretera sin darme cuenta.

«¡Muévete!», me gritó mi conciencia; sin embargo, mi cuerpo, no obedeció. Me quedé ahí pasmada, helada, hasta que alguien me cogió el brazo con fuerza y tiró de mí hacia la acera un milisegundo antes de que un camión pasara por delante a toda velocidad y pitando.

Con el impulso, acabé con la cara empotrada en el pecho de Josh. Fue como chocar con un muro de ladrillos. La fuerza del movimiento, combinada con la descarga de adrenalina que había supuesto el estar a punto de morir, me dejaron sin aliento y sin palabras. Y no fui capaz de hacer nada más que no fuera quedarme ahí, apoyada en el pecho de Josh mientras él me envolvía en un fuerte abrazo.

—¿Estás bien? —Sentí que el corazón le latía con fuerza bajo mi mejilla.

—Sí —contesté con la voz ronca y demasiado aturdida como para formular una respuesta más elaborada.

Levanté la cabeza y tragué saliva al ver la expresión de su cara. Tenía la frente arrugada en señal de preocupación, pero le ardía la mirada y una vena le palpitaba visiblemente en la sien.

—Mejor. —Estrechó su abrazo hasta dejarme sin aliento otra vez—. ¿En qué narices estabas pensando? ¿Cómo vas andando así por el medio de la carretera? —Había un hilo de enfado en su voz—. ¡Casi te matan!

—Yo... —No se me ocurrió ninguna respuesta válida.

¿Qué se suponía que tenía que decir? ¿«Estaba demasiado perdida en los recuerdos del imbécil de mi ex como para prestar atención a por dónde andaba»?

Me daba a mí que no se lo iba a tragar.

Joder, si Max fuera la última persona en quien pensara antes de morir, estaría cabreadísima.

—Te he llamado dos veces y ni te has inmutado. —El tenue resplandor de las farolas de la calle le iluminaron el rostro a Josh, perfilando nítidamente el relieve de sus afilados pómulos y la esculpida y marcada línea de su mandíbula—. ¿Qué coño ha pasado?

—Nada. Que me he distraído. —Técnicamente, era cierto. De todos modos, se me retorcieron las tripas al pensar en lo que habría pasado si Josh no hubiese estado ahí—. Gracias por salvarme, aunque me sorprende que lo hayas hecho —añadí para intentar destensar un poco el ambiente—. Veía más probable que me empujaras para que me atropellaran que que lo evitaras.

—No tiene gracia.

—Un poco sí.

—No-tiene-gracia —repitió Josh escupiendo cada palabra como si le dejaran mal sabor de boca—. ¿Crees que morir es divertido? ¿Crees que a mí me resulta divertido ver cómo casi se muere alguien?

Se me desdibujó la sonrisa.

—No —respondí en voz baja.

Tuve la impresión de que ya no estábamos hablando de mí.

Al ser médico en urgencias, Josh tenía que lidiar con la vida y la muerte más que cualquier otra persona a quien yo conociera. No podía ni imaginarme todo lo que presenciaba en el hospital, las llamadas que tenía que hacer y los pacientes a quienes no podía salvar. Pero, como siempre hacía comentarios sarcásticos y lo veía tan alegre, nunca me había parado a pensar en cómo le afectaría.

Josh me soltó y dio un paso hacia atrás con cara seria.

—Te acompaño a casa —anunció en un tono monocorde—. A saber en qué lío acabas metiéndote como te deje sola.

Estábamos a solo un par de manzanas, así que ni siquiera me molesté en protestar. Sabía cuándo librar una batalla y cuándo no.

Caminamos en silencio hasta mi casa. Al llegar, lo encontré todo a oscuras; Stella debía de seguir en la oficina o quizás estuviera en algún evento. Entre la revista y su blog, era como si tuviera dos trabajos.

Una vez en el porche, busqué las llaves en el bolso con la mano temblorosa.

—Me has traído hasta casa sana y salva. Cinco estrellas por tu servicio, dos por la conversación —bromeé mientras metía la llave en la cerradura—. Te daría una estrella por la charla, pero como me has salvado la vida voy a ser generosa.

A lo mejor debería haber sido más seria, en vista del humor de Josh, pero cuando no sabía cómo actuar siempre acababa tirando por el sarcasmo. No podía evitarlo.

Vi cómo se le tensaba la mandíbula.

—¿A ti todo te parece gracioso o es que eres así de inconsciente de verdad? —me interrogó—. Te aceptaron en Thayer para estudiar Derecho, así que entiendo que sí eres algo consciente del mundo que te rodea. Déjate de tantas tonterías, Pelirroja. A nadie le interesa esta fachada.

Me quedé petrificada. Reconocía ese tono de voz. Era el mismo que había utilizado cuando le dijo a Ava que dejara de ser mi amiga. El mismo que siempre utilizaba cuando me veía haciendo algo que, según él, era una «mala influencia», como si no fuera suficientemente buena para él o para sus amigos.

Cortante. Moralista. Hipócrita.

Sentí que me ardía la cara.

—¿Y qué quieres decir con esto? —La puerta de la entrada se abrió justo cuando mi voz adoptó un tono firme y defensivo.

—Significa que vas de tía dura y a quien no le afecta nunca nada cuando, en realidad, todo eso no es más que una fachada. —Dio un paso hacia mí, uno diminuto, pero que fue suficiente para que las puntas de sus zapatos rozaran las de los míos. Ese punto de contacto sirvió de conducto para canalizar todo su enfado, que se trasladó a mí y avivó las brasas de irritación que me quemaban en el estómago—. Lo cual me importaría un bledo si no fuera porque tu imprudencia no solo te afecta a ti. También afecta a quienes te rodean. Pero nunca has pensado en eso, ¿a que no? —Tenía las mejillas sutilmente sonrojadas—. Tú solo piensas en ti. No sé qué cojones te ocurrió en el pasado, pero no hay que ser ingeniero para darse cuenta. Eres una niñita asustada que se lanza a cualquier reto con tal de escapar de tus propios demonios y te da igual los destrozos que causes a tu paso. Típico de la maldita Jules Ambrose.

Un dolor que me caló hondo, hasta los huesos, me dejó sin aliento y me empezaron a escocer los ojos.

Cualquier tipo de aprecio que hubiésemos mostrado hacia el otro en las últimas semanas se evaporó, calcinado hasta quedar reducido a cenizas por la tormenta de emociones que azotaban el aire a nuestro alrededor.

Ni era únicamente por lo de esta noche ni era tampoco por nosotros. Era por los últimos siete años: por cada insulto, cada mirada con desdén, cada discusión y frustración que habían marcado nuestras vidas, aunque no tuviera nada que ver con el otro. Todo fue hirviendo en mi interior hasta que lo único que pude ver fue una neblina carmesí ante mis ojos como manifestación de lo sumamente enfadada que estaba.

En lugar de intentar tranquilizarme, me recreé con esa sensación.

Estar enfadada me venía bien. Si seguía enfadada, no le daría vueltas a la parte de verdad que escondía su comentario. Y, cuando volví a hablar, las palabras me salieron de la boca envenenadas por ese mismo enfado:

—Mira quién fue a hablar. —Levanté la barbilla y clavé los ojos, con una mirada incendiaria, en los suyos, oscuros como una noche infinita—. Josh Chen, el niño prodigio. El yonqui de la adrenalina. ¿Tú me vas a dar lecciones sobre lanzarme a cualquier reto? ¿Qué hay de las veces que has puesto tu vida en peligro por hacer alguna nueva actividad imprudente a pesar de que eres el único familiar que le queda a Ava? ¿Qué hay de las lecciones morales con las que vas por la vida porque eres médico y se supone que todo lo que haces es lo mejor de lo mejor? —Apreté los puños con tanta fuerza que me clavé las uñas en las palmas de las manos—. Quien no puede pasar página de lo que le ocurrió hace años eres tú. «Me mintió.» «Me traicionó» —dije imitándolo—. Pues te aguantas. Así es la vida. Apechugas y lo superas, o te quedas revolviéndote en tu propio martirio. ¿Crees que yo me escondo tras una fachada? Pues yo diría que tú guardas tanto rencor porque es lo único que te queda. Es lo único que te mantiene vivo y te importa una mierda que eso le haga daño a la gente a la que se supone que quieres.

Fue un golpe bajo, a la misma altura que el otro golpe bajo. Ambos estábamos en la miseria, atascados en la culminación de años de aversión y palabras que jamás le habríamos dicho a alguien más que no fuera el otro. Mentiras que colgaban de un hilo, verdades que salían a la luz y que acababan enmascaradas por insultos.

Una parte de mí estaba hastiada. La otra estaba eufórica a más no poder.

En un mundo donde se esperaba que fuéramos educados y donde saber cuáles eran los límites era lo más importante, no había nada más liberador que soltarlo todo. Sin tapujos.

La ira se apoderó de la cara de Josh.

—Que-te-follen.

—En-tus-sueños.

El frío dejó ver las blancas nubes que se escapaban de nuestros alientos. El aire que nos rodeaba estaba extrañamente calmado, como si estuviera esperando ver cuál sería nuestro próximo movimiento con el alma en vilo.

—No necesito soñar, Pelirroja. —Su voz adoptó un tono oscuro. Ahumado. Se escurrió entre mis defensas y despertó cierto calor en la zona inferior de mi estómago, que en parte no tenía nada que ver con mi enfado y, en parte, estaba completamente relacionado con este—. Podría follarte hasta los sesos ahora mismo. Podría hacer que retiraras todo lo que acabas de decir y que me suplicaras que quieres más cuando ya hubiera acabado.

Era una advertencia, no un arma de seducción. E hizo que la sangre me ardiera todavía más.

—Ya sabes qué dicen de los que presumen tanto. —Sentí un serpenteo en la espalda al notar el peligro que se respiraba en el aire. Estábamos a nada de cruzar una línea de la que no podríamos regresar, y yo estaba tan alterada que ya me daba igual—. Que la tienen pequeña.

En la cara de Josh se dibujó una sonrisa tan mezquina que incluso me hizo sentir cierta inquietud.

—Uy, Pelirroja. Estás a punto de descubrir lo equivocada que estás —dijo en voz baja.

Se movió con tanta agilidad que ni siquiera pude coger aire antes de que me acercara de un tirón a él y empotrara su boca contra la mía.

Y mi mundo, tal y como lo conocía, se fragmentó en un millón de pedazos.

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