Twisted hate
18. Jules
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Jules
Me quedé en shock y no fui capaz de mover los pies del suelo. Había temido que esto ocurriera, que lo presionara tanto que Josh acabara cruzando su propio límite. Al fin y al cabo, lo había chinchado sin parar.
Pero ahora que estaba ocurriendo de verdad, no supe reaccionar. No me venían las palabras, no me podía mover; solo sentía una completa incredulidad y una misteriosa e inquietante fogosidad que se propagaba rápidamente por mis venas.
El calor de antes se había convertido en un volcán en erupción que no paraba de escupir lava hasta cubrir de emoción todas y cada una de mis terminaciones nerviosas. El corazón me palpitaba con la fuerza de mil caballos al galope y esta misma sensación fue expandiéndose hasta que sentí los latidos por todo el cuerpo: en la cabeza, en la garganta y, de repente, en un lugar dolorosamente sensible entre las piernas.
Josh me agarró por detrás del cuello, haciéndome prisionera mientras me saqueaba la boca.
La forma en que besaba era igual que la forma en la que discutía. Vehemente. Brusca. Explosiva.
Me encantaba, y lo odiaba.
Retomé el control de mis extremidades y levanté las manos para apartarlo, pero, para mi sorpresa, en lugar de hacer eso lo agarré por la camisa. Cerré los puños alrededor del algodón blanco y lo acerqué todavía más a mí hasta que quedamos el uno contra el otro, tan cerca que no sabía dónde acababa yo y dónde empezaba él.
Josh movió las caderas sutilmente; su erección me rozó el sexo y se me escapó un pequeño gemido.
—No tienes suficiente, ¿a que no? —La dulzura de esa burla susurrada a mis labios era completamente opuesta a la fuerza con la que me agarraba el pelo.
Sentí una punzada de dolor y se me humedecieron los ojos. Las pulsaciones que sentía en la parte inferior de mi vientre se intensificaron.
—Que te jodan —respondí entre dientes.
—Ya sé que eso es lo que quieres, Pelirroja. —Me mordió el labio inferior y tiró de él con la fuerza suficiente para hacer que otro escalofrío lleno de dolor y placer me recorriera entera—. No hace falta que ruegues.
Un grave gruñido me subió por la garganta. Al final lo aparté con el corazón a mil por hora y los labios y el coño palpitándome por igual.
—Nunca te rogaré nada a ti.
Josh se secó la boca con el dorso de la mano con un movimiento tan lento y deliberado que resultó más sensual de lo que debería haber sido. La excitación le sonrojó sus marcados pómulos y la intensidad de su mirada me quemó la piel mientras me recorría la cara hasta llegar al punto donde se me abría el abrigo.
—Yo no estaría tan seguro. —Las brasas de sus ojos ardían con más fuerza aún—. Hagamos otra apuesta, Pelirroja. Apuesto a que si te abro de piernas y te levanto esta faldita que llevas, veré que estás empapada. Y apuesto a que podría hacer que me suplicaras para que te la metiera, para que haga que te corras con tanto ímpetu que incluso verás las estrellas antes de que se haga de día.
Apreté los dientes, molesta. No me gustaba nada su ego, su arrogante sonrisa de superioridad, absolutamente nada que proviniera de él. Y, aun así, estaba tan mojada que sentía cómo chorreaba con solo imaginarme que las obscenas palabras que acababa de pronunciar se hicieran realidad.
—Buen intento, Joshy, pero no pienso morder el anzuelo.
Fue una respuesta de cobarde, pero estaba a nada de estallar y me negaba a darle la satisfacción de ser él quien lo causara.
—Ya decía yo... —me provocó—. ¿Te da miedo, Jules?
—¿No pillas las indirectas, Josh?
Nos aguantamos una fulminante mirada. Nuestro enfado se palpó en el frío aire de la noche antes de que el espacio que nos separaba volviera a desaparecer y nuestras bocas colisionaran de nuevo la una con la otra. Con más fuerza, más desesperadamente que la primera vez y con nuestras lenguas peleándose por tomar el control mientras, con las manos, nos recorríamos toda la piel.
Josh me empujó hacia la puerta, que estaba medio abierta, y la cerró con una patada detrás de nosotros sin dejar de besarme.
Fuimos serpenteando los dedos por encima de la ropa en unas prisas frenéticas por deshacernos de ella.
Mi abrigo. Su camisa. Mi falda. Sus pantalones. Todo fue cayendo al suelo del salón hasta que estuvimos desnudos y un zumbido eléctrico que me recorría las venas e inundaba el aire nos envolvió cálidamente la piel.
—Ponte a cuatro patas.
Se me puso la piel de gallina al oír la tosca orden de Josh, pero, en lugar de obedecer, levanté la barbilla desafiante y le dije:
—Oblígame.
Casi no me dio tiempo de acabar de pronunciar la palabra. Josh dio dos zancadas, acortó la distancia entre nosotros y me dio la vuelta. Apoyó su rodilla en la parte trasera de la mía y me obligó a agacharme. Intenté resistirme, pero no podía competir con la fuerza de Josh.
Me inmovilizó ambas muñecas detrás de la espalda con una mano y coló la otra entre mis piernas para acariciarme el clítoris.
La sacudida de placer que sentí se transformó en algo a medio camino entre un gemido y un grito ahogado.
—¿Qué decías? —Se burló Josh. Se abrió paso dentro de mí con un dedo y, con el pulgar, siguió rozándome el clítoris. Estaba tan húmeda que no sentí ningún tipo de fricción cuando me metió el dedo entero—. Justo como me lo imaginaba. Estás mojada de cojones.
Apreté los puños. Ya estaba jadeando y tan cachonda que apenas podía pensar con claridad, y eso que esto solo acababa de empezar.
—Suplícame, Pelirroja. —Encorvó el dedo y dio en el punto más sensible de mi interior, desencadenando otro gemido antes de sacarlo lentamente y metérmelo de nuevo. Su respiración se volvió más pesada—. Suplícame que te folle. Que haga que te corras alrededor de mi polla de la forma que tanto anhelas.
—Ya te gustaría. —Me clavé las uñas en las palmas de las manos—. Mi vibrador lo hace mejor que tú. Incluso cuando lo tengo en el modo más lento.
Josh soltó una sutil risa.
—Siempre tienes que ponerlo difícil. —Me soltó las muñecas, me agarró del pelo y me tiró la cabeza hacia atrás hasta que su boca quedó cerca de mi oreja—. Pero a mí me encantan las peleas.
La respuesta que quise darle murió en mi lengua en el preciso momento en que Josh me metió otro dedo con fuerza. Dentro, fuera, dentro, fuera, cada vez más rápido hasta que un hormigueo me avisó del inminente orgasmo que se estaba formando en mi interior. Josh estiró el brazo y me pellizcó un pezón; un escalofrío me recorrió de pies a cabeza justo cuando el...
Josh apartó las manos.
«¡No!»
Al soltarme, caí de cuatro patas y solté un pequeño grito, frustrada porque me hubiera arruinado el orgasmo. Giré la cabeza y lo miré cabreada:
—Capullo de mierda.
Mi único consuelo era saber que yo no era la única que lo estaba pasando mal. Josh respiraba entrecortadamente, cogiendo profundas bocanadas de aire que hacían que se le moviera el pecho al compás, y tenía la polla tan empalmada y dura que seguro que le dolía. Un rayo de luz de luna atravesó las ventanas y dibujó afiladas sombras en el rostro de Josh, resaltando su firme mandíbula y la fogosa lujuria que le brillaba en los ojos.
—Ya sabes lo que tienes que hacer si quieres correrte. —Una sonrisa se le dibujó en los labios mientras Josh me abría más de piernas—. Mírate. Menudas pintas.
No tenía ni que mirarme a mí misma para saber que tenía razón. La humedad me resbalaba por los muslos y cada vez que el aire me rozaba mi desnudo coño otro escalofrío me recorría entera, recordándome que necesitaba más.
Aun así, me aferré con fuerza a la parte racional de mi cerebro para darle la vuelta a la tortilla.
Si quería jugar a manipular, podía irse preparando.
—¿Te da miedo no poder estar a la altura de tu promesa, Chen? —murmuré—. ¿Qué hay de lo de follarme hasta que se me quite toda esta mala leche? Hablas mucho, pero veo que lo de terminar lo que empiezas no acabas de llevarlo demasiado bien. —Señalé su erección con la mirada.
A pesar de haberlo provocado así, el sexo se me encogió al ver lo que tenía delante.
El cuerpo de Josh podría servir de molde para esculpir la estatua de un dios griego. Hombros anchos, unos abdominales perfectamente marcados, unos brazos tonificados... y una polla larga y gorda que tenía toda la pinta de poder dejarme destrozada sin demasiado esfuerzo.
Joder. Se me secó la boca.
Se inclinó hacia mí y, sin apartarme la mirada de encima, me agarró el cuello con una mano. Me apretó con la fuerza suficiente como para dejarme sin aliento unos cuantos segundos antes de dejar de presionar tanto. Cogí aire profundamente para llenarme los pulmones con la cabeza un poco aturdida por la breve falta de oxígeno.
—Un día de estos —dijo—, esa boquita que tienes te acabará metiendo en problemas.
No tuve ni tiempo de contestar antes de que se hundiera en mí desde atrás con un violento empellón. Se me escapó un grito al notar su tamaño y la brutalidad con la que me follaba. Se me humedecieron los ojos, pero mi grito acabó convirtiéndose en una sarta de gemidos y chillidos mientras me penetraba.
—¿Qué dices? —El aliento de Josh me acarició la mejilla—. Tú siempre tienes muchas cosas por decir. ¿Dónde están ahora tus palabras, eh?
—Vete-al-infierno —jadeé. Fue la única frase que conseguí decir antes de que otra fuerte embestida me desordenara los pensamientos.
Se rio por lo bajo, lúgubre, y ese sonido me caló hasta los huesos.
—Tú eres mi infierno personal, Pelirroja. —Volvió a tirarme del pelo bruscamente—. Y no quiero irme de aquí.
Antes de que pudiera deducir el significado de sus palabras, Josh me dio la vuelta y me quedé bocarriba. Siguió sin apartarme la mano del cuello para inmovilizarme mientras me levantaba una pierna y me la acomodaba en su hombro. Con esta postura, llegó a puntos que ni siquiera sabía que existían.
Le clavé las uñas en la piel, en parte por instinto y en parte para devolverle que me hubiese mareado tanto. Una sensación de satisfacción se apoderó de mis labios al oírlo sisear de dolor mientras le recorría la espalda con las uñas. Como represalia, empezó a follarme más abruptamente hasta que nuestros gemidos y los furiosos choques de nuestros cuerpos fueron el único ruido que se oía en mi oscuro salón.
Me contraje a propósito alrededor de su miembro hasta que Josh soltó un siseo grave. Tenía la frente cubierta de sudor y una expresión tan tensa en la cara que parecía que estuviera rígido como el mármol.
—Por lo que parece, no soy la única que tiene que correrse —lo vacilé.
Volví a contraer mi sexo y el siseo de Josh se transformó en una maldición.
—Iba a tomármelo con calma contigo, pero ahora... —Hizo más presión en mi cuello hasta que se me empezó a nublar la visión y me subió la temperatura corporal—. Tendremos que hacerlo a las malas.
El siguiente empellón fue tan violento que acabé de soltar el poco aliento que me quedaba.
Lo que estábamos haciendo no tenía nada de cariñoso o sensual. No se trataba de ningún vínculo afectivo. Ni siquiera se trataba de atracción física, por más húmeda que estuviera o por más que me penetrara.
No. Estábamos follando como si esto fuera nuestra catarsis, como si nos estuviésemos deshaciendo de todas las experiencias oscuras y horribles que habíamos ido acumulando a lo largo de los años. En parte era liberador que no te importara una mierda lo que pensara la otra persona de ti. Podíamos ser las peores y más descontroladas versiones de nosotros mismos y, en un mundo donde la gente intentaba ponerle etiquetas a todo, era estimulante y doloroso por igual.
Pero, por muy bien que me sintiera, mi orgasmo seguía sin llegar. Cada vez que estaba a punto de alcanzarlo, Josh ralentizaba el ritmo, prolongando nuestra sesión de exquisita tortura furiosa.
—Suplícame, Pelirroja. —Josh coló una mano entre nosotros y me acarició el clítoris, lo cual hizo que otra explosión de placer se apoderara de mi cuerpo—. Dime lo mucho que necesitas correrte. —Me rozó el cuello con los dientes y chupó con fuerza—. Dime lo mucho que necesitas que haga que te corras.
En otro momento le habría soltado alguna broma sobre problemas de autoestima, pero estaba demasiado ida como para pensar con claridad.
—No. —La negación salió de mi boca en un tono que me pareció débil incluso a mí. Quería sentirme aliviada desesperadamente. Tardaría nada y menos en ceder, pero antes de hacerlo iba a oponer algo más de resistencia.
—¿No? —Josh ralentizó sus embestidas y otro grito lleno de frustración se asomó a mi garganta.
Menudo gilipollas, sádico de mierda.
—Te odio —gemí. Meneé las caderas inútilmente en busca de la fricción que tanto necesitaba.
—Eso espero. —Me miró con un brillo en los ojos—. Utiliza esa boquita, Pelirroja, o estaremos aquí toda la noche.
«No lo digas.»
Volvió a penetrarme con una lentitud martirizadora.
No fui capaz de reprimir mis lastimosos gemidos mientras él iba jugando conmigo, llevándome al extremo hasta que prácticamente me hizo perder la cabeza.
«No lo digas, no lo digas, no-lo-di-gas...»
—Por favor —escupí.
—¿«Por favor» qué?
—Por favor, deja que me corra. —Mis palabras se convirtieron en un gemido a la vez que Josh fue acelerando el ritmo.
—Puedes hacerlo mejor. —Le resplandecía la piel del sudor y se le tensaron los músculos del cuello. Contenerse lo estaba torturando tanto a él como a mí, pero no podía alegrarme por eso cuando estaba a punto de volverme loca.
Una descarga eléctrica estalló dentro de mí cuando dio justo en ESE punto.
—Josh, por favor... —sollocé; ya me daba todo igual—. No puedo... Necesito... Por favor...
Que lo llamara por su nombre debió de despertar algo en su interior, porque por fin dejó de vacilarme y empezó a follarme con todas sus fuerzas otra vez.
—Es increíble, joder —gruñó—. Te encanta sentir mi polla en tu apretado coñito, ¿a que sí?
—Sí —jadeé—. Sí, joder, por favor... Voy a... a... ¡Oh, Dios! ¡Oh, joder!
Grité mientras un incandescente placer se apoderaba de mí, quemaba cada pensamiento y cada recuerdo, y dejaba una soporífera sensación de placer a su paso.
Josh continuó follándome y un segundo orgasmo siguió al anterior, y luego le siguió un tercero. Fueron encadenándose uno tras otro, escurriéndome hasta que no fui más que un montón de carne en el suelo.
Después de mi tercer o cuarto orgasmo, Josh se corrió y nos quedamos ahí tumbados, respirando pesadamente en medio del repentino silencio antes de que se diera impulso para levantarse y tirase el preservativo a la basura que tenía no demasiado lejos de aquí. Ni siquiera me había dado cuenta de que se lo había puesto.
La neblina que me había provocado la lujuria abandonó mi mente. Yo siempre siempre me aseguraba de que los tíos utilizaran protección, aunque me tomase la píldora anticonceptiva. Gracias a Dios, Josh se lo había puesto, pero el hecho de que ni siquiera se me hubiese ocurrido preguntárselo...
Mierda.
Me quedé mirando cómo se vestía en silencio y por fin caí en lo que acabábamos de hacer.
Acababa de acostarme con JOSH CHEN. El hermano de mi mejor amiga y una de las personas a quienes más despreciaba.
Y no solo acababa de acostarme con él sin más. Había sido sexo enfadado, de ese que te hace encoger los dedos de los pies y que te nubla la mente. Le había pedido más y me había corrido con tanto ímpetu que todavía me duraban las secuelas.
«Dios mío...» Se me retorcieron las tripas. «¿Qué he hecho?»