Twisted hate
19. Josh
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Josh
Existían, por lo menos, doce tipos distintos de sexo.
Existía la opción de hacer el amor de forma dulce y sensual. Existía el sexo duro. Existían los polvos rápidos y los interludios emocionales, y entre estos cabía cualquier tipo de relación íntima imaginable. Después de veintinueve años en este mundo, creía que ya me había tirado a chicas de todas las formas posibles.
Hasta que llegó Jules.
Ni siquiera sabía cómo llamar a lo que habíamos hecho. Describirlo como «sexo» me parecía demasiado anodino y general. Había sido algo más carnal, más primitivo. Algo que se coló hasta el nido de espinas que tenía escondido en los recovecos de mi conciencia y las arrancó de ahí para que estuvieran a la vista de todo el mundo. Cada una de mis sombras y de los pedazos rotos de mi ser quedaron al descubierto.
Jules había desenterrado una versión de mí más oscura que ni yo mismo reconocía y, ahora que había salido a la luz, no estaba convencido de poder volver a esconderla nunca más.
Debería haberme aterrorizado, pero fue algo más bien liberador. El mayor subidón que había experimentado hasta entonces.
Mejor que hacer salto base. Mejor que hacer ciclismo de montaña por el infame Camino de la Muerte en Bolivia. Un millón de veces mejor que cualquier noche que hubiera compartido con otra mujer en el pasado.
Antes de que me fuera esa noche, Jules y yo no volvimos a hablar. Sin embargo, al cabo de unos días, me consumió la necesidad de repetirlo.
—Tierra llamando a Josh. —Ava me chasqueó los dedos en la cara—. ¿Estás aquí? ¿O ya estás en Nueva Zelanda? —bromeó.
Me obligué a volver al presente. Habíamos quedado para comer porque era uno de esos pocos días en que ambos librábamos.
—Sí. —Le di un sorbo al agua, aunque deseaba que fuese algo más fuerte. ¿Era demasiado temprano para empezar a beber? En algún lugar del mundo ya serían las cinco de la tarde, ¿no?—. Ojalá estuviera en Nueva Zelanda. Me muero de ganas, joder.
Ya solo quedaban siete semanas para que me fuera de viaje. Estaba entusiasmadísimo, pero no era capaz de trasladar ese entusiasmo a las ganas de hablar del tema. Los pensamientos de Jules me tenían demasiado distraído.
A lo mejor no me equivocaba cuando decía que esa chica era un súcubo. Era la única explicación que se me ocurría para entender cómo se había infiltrado en mi mente cada segundo del día que pasaba despierto, e incluso cada segundo que pasaba durmiendo.
—Te lo pasarás genial. —Ava cogió un trozo de pan y se lo metió en la boca—. Pero te advierto: como te olvides de traerme un recuerdo de El señor de los anillos no te perdonaré nunca.
—Ni siquiera te gusta El señor de los anillos. Te quedaste dormida a mitad de la primera peli.
—Ya, pero no puedes ir a Nueva Zelanda y no traer un recuerdo relacionado con eso. Sería inhumano.
—«Inhumano.» No creo que signifique lo que tú crees —dije citando una de nuestras películas favoritas.
Sí, La princesa prometida era una de mis películas favoritas. No me daba vergüenza admitirlo. Esa peli era un puto clásico.
Ava hizo una mueca.
—Lo que tú digas. Por cierto, ¿dónde estabas el miércoles por la noche? No respondiste a ninguno de mis mensajes.
Mierda. Le había contestado a la mañana siguiente, pero tenía la esperanza de que no me preguntara por qué había desaparecido cuando habíamos dicho que quizás podríamos ver la última película de Marvel juntos.
—Perdona. Surgió algo que tuve que gestionar inmediatamente.
¿Qué diría Ava si supiera que me había acostado con su mejor amiga? Seguro que nada bueno. Era extremadamente protectora con sus amigas, y sabía que Jules y yo éramos como el agua y el aceite.
Menos en la cama, por lo visto.
—Y el premio a la respuesta más difusa va para... —Le saltó la alarma del móvil e hizo una mueca—. Vaya, tengo que irme. He quedado con Alex para ir a ver una exposición en la Galería Renwick. Me ha gustado que nos hayamos puesto al día. —Se levantó y me dio un breve abrazo—. Descansa un poco, ¿vale? Tienes cara de estar reventado.
—¿Qué dices? Qué va. —Observé mi reflejo en la ventana de hoja de vidrio y me relajé. No estaba pálido ni tenía ojeras o bolsas en los ojos. Tenía un aspecto estupendo.
—He hecho que te mires. —Ava sonrió al ver que fruncía el ceño—. Mira que llegas a ser creído.
—Eso lo dice Carly Simon en su canción You’re So Vain, pero la descripción no se ajusta a mí. —Que me preocupara por mi apariencia no significaba que fuera creído. En este mundo, las apariencias lo eran todo; era lógico que quisiera estar guapo—. Pensaba que te tenías que ir —señalé.
Adoraba a Ava, pero, igual que cualquier hermana pequeña, a veces podía ser una tocapelotas de narices.
Con razón se llevaba bien con Jules.
—Vale, ya pillo la indirecta. Pero te lo digo en serio —me dijo por encima del hombro mientras se iba—, descansa. No puedes depender toda la vida del café.
—¡Pero puedo intentarlo! —grité a sus espaldas y los comensales que había a mi alrededor me miraron con caras raras.
Ava siempre se quejaba de mi ciclo de sueño, pero yo era residente de Medicina. En mi vida no existía semejante cosa como un «ciclo de sueño».
Pagué y me fui poco después que mi hermana. Habíamos compartido un buen rato mientras comíamos, pero me hubiera gustado que pudiéramos hablar de algo más que no fuera nuestro trabajo y nuestros planes para el fin de semana. Antes siempre nos pedíamos opinión el uno al otro, pero ahora ella tenía a Alex y yo, un sinfín de mierdas de las que no le podía hablar. Sobre todo lo que había ocurrido con Jules y las cartas de Michael, que precisamente había recibido otra ayer.
Ya habían pasado tres años y todavía era incapaz de sacarlo de mi vida por completo. No iba nunca a verlo a la cárcel, pero guardaba su correspondencia como si fuera un indicio de..., bueno, ni idea. Pero cada día tenía más curiosidad. Era cuestión de tiempo que acabara abriendo una de sus cartas algún día, y ya odiaba a mi futuro yo por eso. Lo veía como una traición.
Michael había intentado matar a mi hermana y había incriminado a mi madre, y yo seguía aferrándome a la otra parte que describía al hombre que había sido. Al hombre que me había enseñado a montar en bici y me había llevado a ver mi primer partido de baloncesto cuando tenía siete años. El que no era un criminal, sino mi padre.
Tragué saliva amargamente mientras entraba en la estación de metro justo a tiempo para coger el siguiente tren hacia Hazelburg. Aparté los pensamientos de Michael y decidí centrarme en los planes que tenía para el resto de la tarde. Cada vez que pensaba en mi padre entraba en bucle, y no quería desperdiciar mi valioso día de descanso agonizando al respecto.
Me fui dando golpecitos en el muslo con los dedos, inquieto. Ya era demasiado tarde para ir a hacer senderismo. Quizás podía llamar a algunos viejos amigos de la universidad para ver si estaban libres y si les apetecía echar el rato.
«O puedes volver a ver a Jules.»
Apreté los dientes. Joder, ¿qué narices me pasaba? Habíamos follado. Y había sido increíble, pero solo había sido sexo. No debería obsesionarme tanto por haberme enrollado con ella una sola noche.
Cogí el móvil y abrí una guía de viaje de Nueva Zelanda con la intención de quitarme a cierta pelirroja de la cabeza.
No funcionó.
Cada vez que veía una cascada, me imaginaba a la maldita Jules debajo.
Cada vez que veía un restaurante, me imaginaba a Jules y a mí comiendo ahí, juntos, como una puñetera pareja.
Cada vez que veía un sendero, me imaginaba... Bueno, ya os hacéis a la idea.
—Joder. —Me estaba volviendo loco.
La mujer que estaba sentada a mi lado con su hija pequeña me fulminó con la mirada antes de alejarse vagón abajo.
En otra ocasión me habría disculpado, pero estaba demasiado molesto como para hacer algo más aparte de un pesaroso mohín.
Solo había una opción para quitarme a Jules de la cabeza. No me gustaba, pero era la única que quedaba.
Cuando llegué a Hazelburg, fui directo hacia la casa de Jules. Estaba a punto de hacer algo que seguramente fuese una mala idea, pero prefería eso a tener a Jules viviendo en mi cabeza a saber cuánto tiempo más.
Llamé a la puerta. Al cabo de un minuto, esta se abrió y detrás de ella aparecieron unos rizos morenos y unos sorprendidos ojos verdes.
—Hey, Josh —me saludó Stella—. ¿Qué haces aquí?
Mierda. Se me había olvidado que Jules tenía una compañera de piso. Al igual que todo el mundo, Stella pensaba que Jules y yo nos odiábamos (en realidad, era cierto), así que sería raro que dijera que me había presentado ahí para ver a Jules. A no ser que...
—Tengo que hablar con Jules sobre un caso del Centro —mentí—. Es urgente. ¿Está aquí?
En caso de que Stella sospechara algo, no lo demostró. Aunque, en realidad, de toda la gente que conocía, Stella era una de las que más confiaba en los demás, así que probablemente no se le ocurriera que quizás no estaba diciendo la verdad.
—Sí. Pasa. —Abrió la puerta de par en par e hizo un gesto con el brazo para que entrara—. Jules está arriba, en su habitación.
—Gracias. —Subí los escalones de dos en dos hasta que llegué al cuarto de Jules.
Llamé a la puerta con los nudillos y esperé.
—¡Adelante!
Entré y cerré la puerta tras de mí.
Jules estaba sentada en su escritorio y menos arreglada de lo habitual. Pantalones de chándal, una camiseta oversize, sin maquillaje, y con el pelo recogido y revuelto en un moño. A pesar de que me gustara la ropa reveladora, también me gustaba esa versión de Jules. Era más auténtica. Más humana.
Al verme ahí, le cambió la cara. Volvió a centrar la vista en su ordenador y siguió escribiendo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó como si nada, como si no tuviera sus uñas marcadas en toda la espalda de cuando me la había follado hacía unos días.
Me deshice del enfado, me apoyé en la cómoda y me crucé de brazos.
Tenía trabajo por hacer, viajes por planear y horas de sueño por dormir. Sin embargo, hacía cuatro días, once horas y treinta y dos minutos desde que nos habíamos acostado y desde entonces todo habían sido recuerdos de canela y calor y cómo se deslizaban mis manos por su sedosa piel.
No sabía qué clase de hechizo de vudú me había echado Jules, pero tenía que quitármelo de encima. Si una noche no había bastado, tiraría de todas las noches que hiciera falta para deshacerme de mi alarmante obsesión por ella.
—Tengo una propuesta para ti —anuncié.
—No. —Jules no levantó la vista de la pantalla.
—Te propongo que lleguemos a un acuerdo beneficioso para los dos —proseguí haciendo caso omiso de su directa negativa—. Por más que me duela aceptarlo, no fuiste terriblemente mala el otro día, y sé que yo tampoco lo soy. Ambos estamos demasiado ocupados como para salir con alguien o tener que lidiar con lo de buscar a una persona por Internet. Así que deberíamos llegar a un acuerdo de amigos con derecho a roce, pero sin lo de ser amigos.
Mi idea era increíble, si se me permitía decirlo. La atracción física estaba ahí y ninguno de los dos tenía que preocuparse por que el otro no fuera a pillarse. Podíamos follar hasta que nos cansáramos.
Sinceramente, Mensa debería ofrecerme una membresía por haber trazado un plan tan brillante.
—Josh. —Jules cerró el ordenador y me miró—. Preferiría arder en las abrasadoras profundidades del infierno que volver a dormir contigo.
Sonreí con suficiencia.
—No vamos a dormir demasiado, Pelirroja. ¿O se te ha olvidado?
En un momento en concreto, se acordó de la otra noche juntos y lo vi.
Se le dilataron las pupilas, se le aceleró la respiración y un sutil color rosado le acarició las mejillas. Una persona cualquiera no se habría dado cuenta de esos mínimos cambios, pero yo no era una persona cualquiera. Quisiera o no, me daba cuenta de todo lo que tenía que ver con Jules.
Los labios se me encorvaron, llenos de satisfacción.
—No vamos a hacer demasiado de nada más allá de tolerar la presencia del otro por el bien de Ava —respondió entre dientes—. Tienes suerte de que no te arrancara la polla de un mordisco.
—De haberlo hecho, no habrías podido correrte con tanta fuerza con mi polla dentro de ti. En múltiples ocasiones —contesté con voz aterciopelada—. Y habría sido una terrible pena. Tus gritos son muy dulces.
Jules gruñó y yo sonreí.
—Eres una persona racional. Piénsalo —proseguí—: los dos tenemos nuestras necesidades y esta es la forma perfecta de satisfacerlas sin el dolor de cabeza que implica el encontrar a alguien con quien enrollarse. Menos Todds, más orgasmos. Los dos salimos ganando.
Jules permaneció en silencio. Se lo estaba planteando.
Me apresuré y aproveché la situación para acabar de rematar:
—Aunque si tienes miedo de que vayas a acabar enamorándote de mí, tampoco te culpo. —Me encogí de hombros como si nada—. Soy bastante irresistible.
Al ver cómo le brillaba la mirada, se me ensanchó la sonrisa. Los retos eran la debilidad de Jules, y la mía también.
—Ni en tus mejores sueños. —Jules se recostó en la silla—. ¿Te acuerdas del juego del otro día? Gané yo. Tú perdiste.
—Yo no tengo sueños contigo, Pelirroja. Solo pesadillas.
—Podrías haberme embaucado, teniendo en cuenta cómo te corriste tú el otro día. —Jules se deshizo el moño para soltarse el pelo y este le cayó en cascada por encima de los hombros. Ese movimiento le estiró la camiseta alrededor del pecho y mis ojos se deslizaron involuntariamente hasta donde la fina tela dejaba entreverle los pezones, duros como dos piedras.
Cuando volví a levantar la vista, se me habían tensado los pantalones y Jules sonreía engreída.
—Si vamos a seguir adelante con esto, tenemos que estipular unas cuantas normas.
Bingo. Misión cumplida.
Saboreé el triunfo un segundo antes de inclinar la cabeza.
—Estoy de acuerdo. Las damas primero.
Había aprendido mi lección tras nuestra apuesta en el Black Fox. Siempre había que estipular las normas.
—Es un acuerdo estrictamente físico —dijo Jules—. No le pediremos nada al otro más allá del sexo, así que no me preguntes ni dónde estoy ni qué hago cuando no estemos juntos.
—De acuerdo. —No tenía pensado hacer nada de eso—. Esto se queda entre tú y yo. No se lo puedes decir a nadie: ni a tus amigos, ni a la gente del Centro y, sobre todo, tampoco a Ava.
—Claro que no se lo diré a nadie. —Jules arrugó la nariz—. No quiero que la gente sepa que me relaciono contigo.
—Ya te gustaría tener esa suerte.
Seguimos dictando el resto de las normas rápidamente.
—Utilizaremos siempre protección.
—Nada de quedarse a dormir en casa del otro.
—Nada de tener celos si la otra persona tiene una cita con alguien más.
Me parecía bien. Un rollo cerrado de amigos-sin-ser-amigos con derecho a roce se parecería demasiado a una de esas relaciones en las que estás con el otro solo para tener a alguien.
—Si quieres acabar con el acuerdo, dímelo sin tapujos. Nada de ghosting o de andarse por las ramas. Es inmaduro de cojones.
—Nada de enamorarse.
Me burlé:
—Pelirroja, tú te enamorarás de mí antes de que a mí se me pase la idea por la cabeza siquiera. —Me parecía absurdo solo pensarlo.
Jules era la mujer más complicada que había conocido en la vida. Que Dios pillara confesado al pobre idiota que acabara enamorándose de ella.
—Pero, por favor... —Resopló—. Tienes a tu polla en un pedestal demasiado alto, pero demasiado, Chen. Hace lo que tiene que hacer, pero tampoco es un revólver mágico.
—Última norma: no vuelvas a referirte a mi polla como «revólver» nunca más.
Hay jerga que debería estar prohibida en este idioma.
—Lo que tú digas, Joshy McRevólver. —Jules me dedicó una sonrisa falsamente dulce—. ¿Trato hecho? —Me tendió la mano.
—Trato hecho. —Le cogí la mano y le di un apretón. Jules hizo lo propio con el doble de fuerza, lo cual me recordó a la vez que hicimos lo mismo al pactar nuestra tregua mientras estuviéramos en el CAML. No sabía por qué, pero últimamente estábamos llegando a una barbaridad de acuerdos—. Es solo sexo; nada de sentimientos de por medio.
Tenía más claro que el agua que yo sería capaz de cumplir mi parte del trato. La mayoría de la gente acababa pillándose cuando hacía estas cosas, y por eso nunca duraban.
Pero si había algo que sabía a ciencia cierta era que yo nunca, pero nunca jamás, me enamoraría de Jules Ambrose.