Twisted hate
20. Jules
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Jules
La definición de manual de «locura» era hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados distintos.
Mi definición de «locura» era haber aceptado tener un acuerdo sexual con Josh Chen.
Le eché la culpa a las hormonas y a mis estudios. Si no estuviera tan ocupada, no tendría que recurrir a acostarme con el enemigo. Literalmente.
No nos habíamos enrollado desde que habíamos llegado a ese pacto la semana anterior, pero acabaría sucediendo en algún momento. Me ponía nerviosa solo con pensarlo. Cuando no tenía nada más, mis vibradores hacían la función, pero ahora que podía enrollarme con alguien recurrentemente y que, además, por más que odiara admitirlo, lo hacía genial, mi cuerpo me pedía a gritos que recuperara todos los orgasmos que me había perdido durante los años que había dedicado a estudiar Derecho.
Intenté pasar del hormigueo que me recorría las venas mientras Alex, Ava, Stella y yo entrábamos en el Hyacinth, un club superchulo que habían abierto hacía poco en la calle Catorce.
Esta noche no iba a pensar en él; no con Ava al lado. Estaba mal y punto.
Además, me había emparanoiado con la idea de que mi amiga hubiese desarrollado poderes psíquicos y ahora pudiera leerme la mente y descubrir que estaba pensando en su hermano en cualquier momento.
La miré rápidamente, pero ella estaba demasiado ocupada hablando con Alex como para caer en la expresión de culpabilidad que llevaba dibujada en la cara.
—Este lugar mola un montón. —Stella levantó la cabeza para estudiar la lámpara de araña en cascada que colgaba justo encima de nuestras cabezas. Había tres niveles de lágrimas de cristal que reflejaban la luz por toda la sala. La música se escuchaba por todas partes y notaba la vibración en los huesos, lo cual hizo que una energía contagiosa me subiera por la columna vertebral.
Lo había echado de menos. Había echado de menos la sensación de estar viva y de disfrutar del mundo exterior en lugar de quedarme encerrada en una biblioteca. A Ava y a Stella les gustaba disfrutar de un rato a solas, pero yo era más de moverme donde hubiera mucha gente. Me daba más energía que cualquier chute de cafeína o adrenalina.
—Es la mejor forma de celebrar que tenemos piso nuevo. —Meneé la cadera y le di un golpe a la misma altura—. ¿Te lo puedes creer? Pensaba que le daría un infarto a Pam.
Tras semanas de espera, Stella y yo por fin nos habíamos mudado al Mirage. Aquella misma mañana nos había entregado las llaves una Pam molesta, y habíamos dedicado el resto del día a deshacer cajas con la ayuda de nuestros amigos. Ahora estábamos celebrándolo con una merecidísima noche de bebidas y bailando en este nuevo y chulísimo local de la ciudad.
Stella sacudió la cabeza.
—Eres la única persona que puede sonar contenta diciendo esto.
—No puedo evitarlo. Me lo pone muy fácil. —Sonreí traviesa—. Te prometo que seremos las mejores inquilinas que hayan tenido nunca.
—J., te juro por Dios que como nos echen del edificio por tu culpa...
—Que no. Confía un poco más en mí. Pero si se le sube la tensión cada vez que nos ve... —me encogí de hombros—, ¿qué culpa tenemos nosotras?
Stella suspiró y volvió a sacudir la cabeza.
Ava me tocó el brazo.
—Alex y yo vamos a por una mesa. ¿Venís? —Las mesas estaban en la zona vip, que estaba acordonada, pero no me sorprendería que Alex consiguiera que nos dejaran pasar.
Lo que sí me había sorprendido había sido que nos ayudara a desempaquetar las cosas, aunque estaba convencidísima de que había sido cosa de Ava. Se había pasado todo el día con los mismos morros que ahora.
—Luego. Primero voy a ir a ver qué tal es la pista de baile. —Me gustaban las zonas vip tanto como a cualquier otra persona, pero no pensaba aislarme después de meses sin salir—. Id tirando; voy en un rato. —Le di un golpecito a Alex en el hombro—. Sonríe. No es ilegal.
Su expresión imperturbable no cedió ni un ápice.
Bueno. Lo había intentado.
Mientras Alex, Ava y Stella iban hacia la zona vip, yo me acerqué a la barra. Ya iría más tarde a ver qué tal era la pista de baile, si había algo interesante, y luego me reuniría con ellos.
La que había sugerido que saliéramos hoy había sido yo, por más cansados que estuviéramos todos tras la mudanza, así que tampoco iba a culparlos si querían descansar un poco. A decir verdad, deberíamos habernos quedado en casa, pero era la última noche que tenía medianamente libre antes de graduarme. Tenía que hacer algo, lo que fuera, antes de que mi vida se viera consumida por el estudio para aprobar el examen de abogacía, y habernos mudado al Mirage era una excusa perfecta para una noche de celebración.
Pedí un whisky sour y miré a mi alrededor mientras esperaba a que me lo sirvieran. Unos bocetos dorados de jacintos decoraban, serpenteantes, las negras paredes del local y las mesas modulares que había por toda la sala estaban adornadas con ramos frescos de esta misma flor. Un DJ con el pelo verde iba poniendo remixes desde su alta tarima, y las camareras, vestidas con uniformes negros cortísimos, iban de un lado a otro con bandejas llenas de chupitos. Estaba muy por encima de lo que tenían que ofrecer el resto de los locales de Washington; no me extrañaba que Hyacinth fuera tan popu...
Me llegó un mensaje al móvil y este vibró.
Cuando vi de quién era sentí cierta molestia y algo de nervios a la altura del pecho.
Josh: Hoy, a medianoche.
Habíamos acordado que nos comunicaríamos de forma breve, directa y sin detalles para que, si alguien veía algún mensaje, pudiéramos salirnos de rositas con cualquier excusa creativa. Su mensaje cumplía con todos los requisitos, pero aun así...
¿Dónde había quedado lo de mandar el típico «Hey, ¿cómo vas?» antes?
Yo: No puedo. Estoy ocupada.
Josh: ¿Tanto como para perderte un orgasmo?
Yo: ¿Tu frágil ego no es capaz de soportar que le pospongan el plan? Porque si es así, esto no irá a ninguna parte...
Por una vez en la vida, Josh ignoró mi pulla.
Josh: Mañana, 22.00 h. En mi casa.
Josh: P. D.: Me las pagarás por lo que has dicho de tener un ego frágil...
Se me entrecortó la respiración y, a la que me puse a teclear una respuesta, oí mi nombre alto y claro por encima de la música.
—Jules.
Me quedé petrificada y se me congeló la sangre al oír esa voz.
No podía ser él. Yo estaba en Washington. ¿Cómo podía haberme encontrado, aquí y ahora?
Mi cabeza me la estaba jugando. Tenía que ser eso.
No obstante, al levantar la vista, mis ojos confirmaron lo que mi cerebro tan desesperadamente quería negar.
Pelo castaño claro. Ojos azules. Hendidura en el mentón.
«No.» Entré en pánico y enmudecí.
—Hey, J. —Max sonrió y, en lugar de tranquilizarme, me atemoricé más—. Cuánto tiempo.