Twisted hate
21. Jules
Página 25 de 68
21
Jules
—¿Qué...? ¿Tú...? —Mi capacidad para formular una frase coherente sufrió una muerte para nada digna mientras yo seguía mirando a mi exnovio.
Estaba aquí. En Washington. A poco más de medio metro de mí y con una expresión alarmantemente calmada.
—Sorpresa. —Se metió las manos en los bolsillos y se inclinó hacia atrás, apoyándose en los talones. Los pantalones que llevaba estaban más descoloridos de lo que solía gustarle a él y la camisa, más arrugada. Su cara había perdido todos los rasgos jóvenes y había adquirido un aspecto más demacrado.
Por lo demás, era el mismo Max de siempre.
Atractivo, encantador y extremadamente manipulador.
Algunas personas cambiaban, pero Max seguiría siendo de la misma forma que había sido siempre. Si estaba en Washington era porque quería algo de mí, y no se iría hasta conseguirlo.
—Jules Miller sin palabras. Ver para creer. —La forma en la que se rio hizo saltar una decena de alarmas en mi mente—. ¿O debería decir Jules Ambrose? Bonito cambio, aunque me sorprende que no te lo cambiaras por completo.
Se me tensaron los músculos.
—Fue un cambio de nombre lícito. —Me lo cambié al mudarme a Maryland y, como en esa época solo tenía dieciocho años, ninguna hipoteca, ninguna tarjeta de crédito ni deuda alguna, no me costó demasiado deshacerme del nombre de «Jules Miller» y cambiarlo por «Jules Ambrose».
A lo mejor debería haberme cambiado también el nombre de pila, pero me gustaba el nombre de Jules y no tuve el valor de deshacerme por completo de mi antigua identidad.
—Una de las pocas cosas legales que hiciste —bromeó Max, aunque sus palabras no fueron nada graciosas.
La energía del local, tan extraordinaria hasta hacía nada, se transformó en algo siniestro, como si estuviera a solo una nota discordante de explotar y desatar el caos. Sentí que la música y el resto de la gente me iban encerrando hasta dejarme atrapaba en una jaula invisible.
Max era una de las pocas personas que conocía mi pasado. Con un simple soplo podía derrumbar mi mundo como si fuera un castillo de naipes.
—Tú deberías estar... —Volví a buscar palabras que nunca llegaron a mi boca.
—¿En Ohio? —Max sonrió con más vehemencia—. Ya. Tenemos mucho de qué hablar. —Miró a nuestro alrededor, pero la gente estaba demasiado ocupada intentando llamar al camarero como para prestarnos atención alguna. Sin embargo, Max hizo un gesto con la cabeza y señaló hacia una oscura esquina de la sala—. Ven.
Lo seguí hasta un silencioso pasillo que había cerca de la salida trasera. Quedaba a solo unos pasos de la sala principal, pero estaba tan a oscuras y en silencio que incluso parecía un mundo completamente distinto.
Volví a guardar el móvil en el bolso, olvidándome temporalmente de Josh, y me froté las palmas de las manos con el vestido.
De ser lista, habría salido corriendo sin mirar atrás, pero Max ya había dado conmigo. Salir corriendo solo retrasaría lo inevitable.
—Me ha dolido que no me contestaras a los mensajes —me dijo Max sin perder esa expresión afable—. Teniendo en cuenta nuestro pasado, esperaba como mínimo una respuesta.
—No tengo nada que decirte. —Traté de mantener la voz tan serena como pude a pesar del temblor de la mano—. ¿Cómo me has encontrado? ¿Cómo has conseguido mi número de teléfono?
—Tsss. Esas no son las preguntas que deberías estar haciéndome. Pregúntame por qué no me he puesto en contacto contigo hasta ahora. Pregúntame dónde he estado estos siete años. —Al ver que no lo hacía, se le ensombreció la mirada—. Pregúntamelo.
Una sensación que no me gustó nada se apoderó de mi estómago.
—¿Dónde has estado estos siete años?
—En la cárcel, Jules. —Su sonrisa no llegó a su fría e inexpresiva mirada—. He estado en la cárcel por lo que tú hiciste —dijo enfatizando el tú—. Salí hace pocos meses.
—Es imposible. —La suspicacia hizo que se me cerrara la garganta—. Nos escapamos.
—Tú te escapaste. Tú te marchaste de Maryland y creaste una vida perfecta para ti con el dinero que robamos los dos. —Me enseñó los dientes un momento y luego volvió a relajar su expresión—. Te fuiste sin avisar, me dejaste ahí y yo tuve que arreglar el pollo que tú habías montado.
Me mordí la lengua para no devolverle una respuesta hiriente. No quería provocarlo hasta saber qué era lo que quería; sin embargo, a pesar de que fuera cierto que me había escapado sin decirle nada ni dejarle una nota siquiera, la idea de robar a Alastair juntos había sido de los dos. A quien le pudo la codicia fue a Max, y se desvió del plan.
—Volverán pronto. —Miré alrededor de la oficina de mi padrastro, hecha un manojo de nervios—. Tenemos que irnos ya.
Ya habíamos conseguido lo que queríamos. Cincuenta mil dólares en efectivo que Alastair tenía guardados en su caja fuerte «secreta». Él pensaba que nadie sabía de su existencia, pero yo me había empeñado en explorar hasta el último rincón de la mansión cuando vivía aquí. Y eso incluía todos aquellos lugares en los que Alastair pudiera esconder sus secretos. Incluso descubrí la combinación de la caja fuerte: 0495, el mes y el año en el que fundó su empresa textil.
Abrir la caja fuerte no era complicado, y los cincuenta mil dólares que tenía ahí no eran ningún secreto. Lo que sí representaba ese dinero, sin embargo, era una suma descomunal, incluso después de que Max y yo nos la repartiéramos equitativamente.
—Espera. Casi... lo... tengo —gruñó Max mientras forzaba el candado hecho a medida de la cajita de metal que estaba unido al interior de la caja fuerte. Era una segunda capa de seguridad para el artículo más preciado de Alastair: un antiguo collar de diamantes que había ganado en una subasta hacía unos cuantos años después de haber ofrecido cien mil dólares por esa misma pieza.
Ya me arrepentía de haberle contado a Max lo del collar. Debería haberme imaginado que cincuenta mil dólares no le bastarían. A Max nunca nada le parecía suficiente. Siempre quería más dinero, más poder. Más, más, más, aunque eso supusiera meterse en líos.
—Déjalo —dije entre dientes—. Ni siquiera podemos empeñarlo sin que las autoridades acaben descubriéndonos. Tenemos que...
Un brillante rayo de luz atravesó las ventanas y nos enfocó directamente a nosotros, que nos quedamos petrificados. A esto le siguió el portazo de un coche y la inconfundible y profunda voz de Alastair.
Él y mi madre iban a cenar a la ciudad cada viernes, pero normalmente no solían volver hasta las diez. Todavía eran las nueve y media.
—¡Mierda! —Se me cerró la garganta del miedo que tenía—. Deja el puto collar, Max. ¡Tenemos que irnos!
—Ya casi estoy. Con esta preciosidad tendremos la vida solucionada durante años. —Max tiró violentamente del candado con una sonrisa triunfal en la cara y sacó los diamantes—. ¡Lo tengo!
Ni siquiera me molesté en responder. Yo ya estaba fuera de la habitación, escabulléndome por el pasillo en dirección a la puerta trasera. La bolsa de deporte llena de dinero me iba golpeando la cadera a cada paso que daba.
Aun así, pegué un frenazo al oír que se abría la puerta delantera y Max casi se choca conmigo.
—Qué restaurante tan malo, Alastair. —Mi madre sorbió por la nariz—. El pato estaba frío y el vino, malísimo. La semana que viene tenemos que elegir mejor.
Agarré la tira de la bolsa con fuerza al oír la voz de Adeline.
No había hablado con ella desde que me había echado de casa hacía un año, justo después de que yo cumpliera los diecisiete. A pesar de los malos términos en los que habíamos acabado, su dulce tono familiar hizo que me escocieran los ojos.
Mi padrastro susurró algo que no conseguí oír.
Estaban cerca. Demasiado cerca. El vestíbulo y el pasillo estaban separados únicamente por una sola pared, y Max y yo teníamos que atravesar el arco que conectaba ambos espacios para poder llegar a la salida. Si mi madre y Alastair se adentraban en el pasillo en lugar de ir directos hacia el salón, estaríamos jodidos.
Mamá continuó quejándose del restaurante, pero su voz se fue desvaneciendo cada vez más.
Se habían ido al salón.
En lugar de sentirme aliviada, un dolor familiar se apoderó de mi pecho. Yo era su única hija; sin embargo, mi madre había elegido a su nuevo marido antes que a mí y ni siquiera me había buscado ni una sola vez desde que me había echado de casa por algo que había sido culpa de Alastair.
Adeline nunca había sido la madre más cariñosa o empática del mundo, pero la indolencia de sus acciones me dolía más de lo que habría imaginado. La dureza de sus palabras no me importaba; se suponía que debíamos estar ella y yo juntas.
Pero al final resultó que prefería quedarse con el dinero. O con su ego. Daba igual. Lo único que importaba era que yo no era ni nunca había sido su prioridad.
—¿Qué haces? —Max pasó por mi lado—. ¡Vámonos!
Sacudí la cabeza para salir de ese trance y lo seguí. Ahora no era momento de autocompadecerme. Alastair no tardaría en descubrir que tanto su dinero como sus valiosas joyas habían desaparecido y, para cuando esto ocurriera, nosotros queríamos estar bien lejos de aquí.
Cuando vi la salida, me dio un vuelco el estómago. Lo conseguiríamos. Unos pasos más y...
¡Crac!
Abrí los ojos como platos, horrorizada. Max había chocado con una mesilla mientras escapaba. El jarrón de porcelana que había encima se había caído al suelo y se había roto con tanta fuerza que habría podido despertar a un muerto.
Max cayó contra los trozos rotos del jarrón y soltó una palabrota.
—¡¿Qué ha sido eso?! —gritó Alastair, cuya voz atravesó toda la casa—. ¡¿Quién está ahí?!
—¡Mierda! —Cogí a Max de la mano y lo fui arrastrando por el pasillo—. ¡Tenemos que irnos!
Se resistió.
—¡El collar!
Miré por encima del hombro y vi que los relucientes diamantes estaban entre los dentados fragmentos de porcelana.
—No hay tiempo. Alastair está aquí mismo —gruñí.
Los pasos enfadados de mi padrastro empezaron a escucharse cada vez más y más fuerte. Nos alcanzaría en menos de un minuto, y entonces ya podríamos olvidarnos de tener libertad alguna, a no ser que hoy se mostrara indulgente.
Me subió la bilis por la garganta solo con pensar que mi futuro estaba a merced de ese cerdo.
Max era avaro, pero no idiota. Siguió mi consejo y abandonó la idea de ir a por el collar.
Mientras salíamos corriendo hacia la puerta trasera vi el poco pelo rubio de Alastair y su expresión enfurecida. No obstante, no me detuve hasta que tanto Max como yo hubimos atravesado el bosque que colindaba con la finca y llegamos al lado de la carretera donde habíamos dejado el coche aparcado para escaparnos.
Y en ese momento vi que la manga de Max estaba manchada de sangre.
—Utilizaron la sangre de la herida que me hice al cortarme con ese maldito jarrón y me pillaron. —La voz de Max estaba llena de resentimiento—. Unas cuantas manchas de sangre de mierda me hicieron perder siete años de vida. Resulta que el juez era un buen amigo de Alastair, así que se encargó de que me cayera una pena dura de cojones. Claro que, cuando llegó la policía, tú ya estabas muy lejos de ahí. No había nada que demostrara que tú también habías estado implicada en el robo, las cámaras de seguridad ni siquiera te captaron la cara y, en cuanto Alastair me pilló como cabeza de turco, no quiso alargar más el caso. Así que tú acabaste saliéndote de rositas.
No me gustaba nada la sensación de culpabilidad que se había adueñado de mi estómago. Nos habíamos equivocado los dos, pero el único que había pagado las consecuencias había sido él.
Entendía que estuviera cabreado, pero no me arrepentía de haberme escapado en cuanto pude.
Si me había metido en líos de ese tipo, había sido por culpa de Max. Yo necesitaba el dinero y, cuando la gente de la ciudad se enteró de que mi madre me había echado de casa, me fue imposible encontrar trabajo. Mi madre nunca le contó a nadie el motivo de sus actos, así que los rumores se fueron esparciendo e iban desde la patraña de que vendía droga a la de que me había quedado embarazada y había perdido al bebé por culpa de mi supuesta adicción a la coca. Conclusión: nadie quería tocarme ni con un palo de tres metros.
Por suerte, había ahorrado el dinero suficiente como para apañármelas hasta que conocí a Max, dos semanas después de que me hubieran echado de casa. Me habían cautivado su atractivo, su encanto y su llamativo coche, y enseguida empezamos a estafar a la gente en Columbus.
Sin embargo, nuestra escapada de esquí un fin de semana rompió su hechizo y seguí con él solo hasta que tuve los recursos suficientes como para irme de Ohio de una vez por todas. Que me aceptaran en Thayer y contara con el dinero de Alastair me dieron todo cuanto necesitaba, y me escabullí esa misma noche, tras haber entrado a robar en la mansión de mi padrastro.
Me subí a un bus que salía a medianoche dirección a Columbus, compré un billete de avión para coger el siguiente vuelto a Washington y nunca volví la vista atrás.
—Si crees que estoy enfadado —el Max del presente se pasó la mano por el pelo—, que sepas que no. He tenido mucho tiempo para pensar a lo largo de estos años. Para convertirme en mejor persona. He aprendido a dejar el pasado atrás. Dicho esto...
Allá iba.
Cerré los puños y me preparé para lo que fuera a decir a continuación.
—Estás en deuda conmigo. Me comí el marrón por ti.
—¿Qué quieres, Max? —Ni siquiera señalé que, en realidad, él había cometido un delito y se había comido su propio marrón. No merecía la pena—. Siento que te pillaran. En serio. Pero no puedo devolverte estos siete años.
—No —dijo entrando un poco en razón—. Pero sí que puedes hacerme un favor. Qué menos.
Me entraron todos los males.
—¿Qué favor, exactamente?
—No sería divertido si te lo dijera ahora, ¿no crees? —Sonrió—. Ya verás. Te lo contaré llegado el momento.
—No me acostaré contigo. —Se me revolvían las tripas con solo pensarlo.
—Oh, no. —Su risa retumbó a nuestro alrededor y me raspó la piel como si fueran unas uñas chirriando en una pizarra—. ¿Con lo desgastada que estarás ya de todos estos años? No, gracias.
Me hirvió la sangre y tuve que reprimir la necesidad de pegarle una patada en los cojones con uno de mis stilettos.
—Aunque un talento sí que tienes: siempre has sido muy entusiasta en la cama. —Al ver que sacaba el móvil, me dio un vuelco el estómago—. Incluso tengo pruebas que lo demuestran.
Le dio a un botón y se me revolvieron las tripas al oír cómo los gemidos de mi antigua yo llenaban el aire a mi alrededor.
—Ahí, ahí —jadeaba mi yo de la pantalla, que sonaba asquerosamente sincera a pesar de que odié cada segundo de ese polvo—. Es increíble.
—¿Sí? ¿Te gusta? —La grave voz del hombre hizo que me entraran ganas de vomitar—. Supe que eras una puta zorra desde el momento en que te vi.
La calidad del vídeo no era demasiado buena, pero se veía lo suficientemente bien como para que se nos reconocieran las caras y se le viera la polla mientras me la iba metiendo y sacando. Yo apenas conocía al tipo, pero Max me había convencido de que me acostara con él y, además, de grabarlo.
Y yo había sido tan sumamente idiota ese día...
—Apágalo. —No soportaba el sonido de mis falsos gemidos. Se me colaban uno a uno en el cerebro y me devolvían a un pasado oscuro en el que buscaba tan desesperadamente la aprobación de los demás que habría hecho cualquier cosa con tal de conseguirlo, incluido acostarme con un tío que me doblaba la edad solo para poder robarle.
—Pero si todavía no hemos llegado a la mejor parte. —A Max se le ensanchó la sonrisa—. Me encanta cuando dejas que te folle de...
—¡Que lo apagues! —Un sudor frío me recorrió el cuerpo—. Y te haré ese puto favor.
Por fin, y menos mal, paró el vídeo.
—Bien. Ya sabía yo que eras lista. —Max se guardó el móvil en el bolsillo. No era tan tonta como para robárselo porque, de ser el caso, sabía que lo único que conseguiría sería que se cabrease. Seguro que tenía copias de ese vídeo guardadas en alguna parte—. A fin de cuentas, no querrás perder tu trabajo en Silver & Klein, ¿a que no? Dudo que a un bufete de alto standing como ese le gustara que hubiese un vídeo circulando por ahí de una de sus empleadas manteniendo relaciones sexuales.
La bilis se me repitió todavía más.
—¿Cómo sabes lo de Silver & Klein? ¿Cómo conseguiste mi teléfono?
Max se encogió de hombros.
—En Internet hay fotos tuyas con una reina —enfatizó esa última palabra—, sobre todo ahora que se acerca la boda real, de modo que no ha sido difícil rastrearte. Cuando descubrí cómo te llamabas ahora, solo tuve que teclearlo en Google y enseguida encontré lo que andaba buscando. Jules Ambrose, miembro de la Revista Jurídica de Thayer. Jules Ambrose, ganadora de una beca completa para estudiar Derecho en Thayer. —Su sonrisa se volvió más fría—. Tienes una buena vida, J. Y en cuanto a tu número de teléfono... Bueno, estas cosas no es que sean del todo privadas. Pagué algo de dinero en un servicio en línea y voilà. Conseguido.
Mierda. Nunca me había planteado cuáles podían ser las consecuencias de que se hubiera hablado tan públicamente de mi amistad con Bridget. Sin embargo, nunca había esperado que Max fuera a buscarme después de tantos años. Me había preocupado por que lo hiciera, pero no lo había esperado como tal.
—¿Y Hyacinth? ¿Cómo has sabido que estaría aquí?
«Respira, Jules. Respira.»
Max puso los ojos en blanco.
—He venido aquí a divertirme, J. Además, tengo... asuntos que hacer en Washington. No todo gira a tu alrededor. Que nos hayamos encontrado aquí ha sido pura coincidencia, aunque sí que tenía en mente volverte a escribir en algún momento. Lo que pasa es que estas semanas he estado... ocupado.
Su trivial irritación era más siniestra que cualquier amenaza descarada o cualquier acto violento, por más que Max nunca hubiera sido propenso a la violencia física. Esta era demasiado vulgar para él; prefería manipular a la gente psicológicamente, lo cual evidenciaba nuestra conversación actual.
Aunque podía imaginarme a qué tipo de «asuntos» se refería. Me apostaba mi nuevo apartamento a que era algo ilegal.
—¿Y cuándo tienes pensado pedirme ese favor? —Si tenía que hacerlo, prefería quitármelo cuanto antes de encima.
—Cuando me dé la gana. Puede que en unos días. O en unas semanas. O meses. —Max se encogió de hombros calmadamente—. Me da a mí que tendrás que tener el móvil cerca a partir de ahora para asegurarte de que ves mi mensaje. No vaya a ser que un día te despiertes y veas que tu vídeo está colgado en Internet.
Me dio un vuelco el estómago. La idea de que la amenaza de Max se fuera paseando por mi mente durante un periodo de tiempo indeterminado hizo que me entraran ganas de vomitar.
—Si lo hago, tú borrarás el vídeo —exigí.
Tenía que intentarlo.
Él se puso más serio.
—Borraré el vídeo cuando quiera, si es que quiero. —Me apartó un mechón de pelo del ojo con un gesto grotescamente tierno dadas las circunstancias—. No tienes ninguna ventaja, cariño. Te has construido esta lujosa vida a base de mentiras y sigues estando igual de desamparada que cuando tenías diecisiete años. —Me bajó la mano por el cuello y me acarició el hombro. Una plaga de arañas invisibles me recorrió la piel—. Harás...
Una voz profunda le cortó con un seco:
—¿Interrumpo algo?