Twisted hate

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22. Jules

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22

Jules

Me cedieron las rodillas, aliviadas. Jamás pensé que agradecería oír esa voz; en ese momento, en cambio, le habría construido un santuario y la habría adorado en su propio altar.

Miré por encima del hombro de Max y el oxígeno volvió a llenarme los pulmones al ver el pelo alborotado de Josh y su esbelta y fuerte figura.

—Josh —dije como si fuera mi salvación.

En parte, lo era.

A Max le cambió la mirada, bajó la mano y se dio la vuelta para señalar a Josh con un amable gesto con la cabeza. Josh no se lo devolvió.

—No interrumpes nada. Solo estaba saludando a una vieja amiga. —Se le veía en los ojos que estaba muerto de curiosidad y paseó la mirada entre él y yo, pero no volvió a dirigirle la palabra a Josh—. Me alegro de verte, J. Y recuerda... —Le dio un toquecito a su móvil, sonrió engreído y se marchó.

Esperé a que hubiese desaparecido y me dejé caer contra la pared. El corazón me iba a mil por hora y la cena amenazaba con salir disparada de mi estómago de una forma poco elegante.

Josh acortó la distancia entre nosotros y me agarró por los brazos. Me estudió la cara con la mirada, preocupado y con el ceño fruncido.

—Tienes pinta de estar a punto de vomitar.

Me obligué a sonreír.

—Es la reacción que tengo siempre que te veo —solté.

Sin convicción para demostrarlo, mi insulto sonó vacío. En realidad, quería hundirme en el pecho de Josh y fingir que la última media hora no había existido. Josh y yo no éramos amigos, pero era un pilar de estabilidad en un mundo que, de repente, se había puesto patas arriba.

No hizo ningún comentario al respecto de mi lamentable intento de sarcasmo.

—¿Te estaba haciendo daño? —El tono más bien sombrío de su voz derritió un poco el bloque de hielo en el que se había convertido mi piel.

—No. —Al menos, no físicamente—. Como ha dicho, es... alguien a quien conocía. Nos estábamos poniendo al día.

No podía dejar que nadie se enterara de quién era Max en realidad, ni tampoco cuál era mi pasado. Josh ya pensaba lo peor de mí. No quería ni imaginarme cuál sería su reacción si descubría que antes era una ladrona.

—¿En el sentido bíblico? —El tono de su voz pasó de ser sombrío o tenebroso a más no poder.

—Cuidado, Josh —lo advertí haciendo caso omiso de cómo me latía el corazón en ese momento a pesar de todo lo que acababa de ocurrir—, o al final pensaré que estás celoso.

Una apretada sonrisa se le dibujó en los labios.

—Yo no me pongo celoso.

—Siempre hay una primera vez para todo. —Me erguí y disfruté de la preocupación de Josh más de lo que debería haberlo hecho—. Por cierto, ¿qué haces aquí?

—Lo mismo que tú, supongo —respondió con retintín—. Quería ver cómo era el local, pero no me estaba divirtiendo del todo y ya me estaba yendo cuando te he visto.

—Ah. —Estábamos cerca de la salida, así que lo que decía tenía sentido.

Aunque Max se hubiera ido, su presencia y la de su ultimátum eran como el olor a podrido: no acababan de marcharse.

¿En serio quería que le hiciera un favor que tenía ya en mente o iría improvisando a medida que avanzaran los días? Había dicho que no era algo relacionado con el sexo, pero podía ser algo ilegal. ¿Y si quería que volviera a robar algo por él? Además, ¿por qué quería que le hiciera un único favor? Se había pasado siete años entre rejas.

Pensé que querría más. ¿De verdad quería que le hiciera un favor o eso no era más que una excusa para conseguir algo más? Y, en caso de que así fuera, ¿qué era ese «algo más»?

Miles de preguntas sin respuesta me bombardearon la mente.

«Respira. Céntrate.»

Ya me ocuparía de lo de Max más adelante, cuando me hubiera relajado un poco y se me hubiesen aclarado las ideas. Ahora mismo tampoco podía hacer demasiado al respecto.

Pestañeé y aparté los pensamientos de mi ex a un lado a pesar de que intentaran aferrarse con uñas y dientes para no perder el primer puesto en mi mente.

Si en los Juegos Olímpicos se dieran medallas por represión, yo ganaría una cada cuatro años.

—Dijiste que estabas ocupada. —Josh apoyó el antebrazo en la pared, por encima de mi cabeza, y me miró fijamente a los ojos.

—Porque lo estoy. —Me acomodé el pelo en el hombro y sonreí descaradamente—. O quizás es que no me apetecía quedar contigo. Mira por dónde, nunca lo sabrás.

—¿Intentas provocarme, Pelirroja? —Su lóbrega advertencia me recorrió de arriba abajo.

«Sí.»

—Solo provoco a la gente que me importa. —Pestañeé y lo miré con cara de no haber roto nunca un plato—. Y tú no entras en ese grupo, Joshy.

Me puse un poco en alerta al ver que se le escapaba un gruñido.

—No quiero importarte; quiero otra cosa.

Reclamó mis labios con un severo beso. Tal arremetida hizo que me ardiera la sangre y, cuando su lengua obligó a la mía a acatar sus órdenes, le tiré del pelo a modo de represalia hasta que Josh siseó y gruñó de dolor.

—Uy. —Me reí—. Ya no me acordaba de lo delicado que eras. Intentaré ser menos brusca la próxima vez.

Josh se enderezó y se lamió el labio inferior justo en la parte que tenía ensangrentada. Lo había mordisqueado con tanta fuerza mientras nos besábamos que le había hecho un corte.

—Tranquila, Pelirroja —me dijo sonriente—. Ya te enseñaré lo delicado que puedo llegar a ser.

Me agarró con fuerza por la cintura y me empujó hacia una puerta que pasaba desapercibida al otro lado del pasillo. Por sorprendente que pareciera, no estaba cerrada con llave.

Josh me empujó hacia dentro.

Era una especie de despensa-barra-sala de escucha. Las estanterías negras metálicas estaban repletas de papeles y otros utensilios; en la esquina, entre una alfombra enrollada y una lámpara de araña destartalada, había una máquina de humo, y en la pared que había frente a la puerta descansaba un espejo, justo encima de una pequeña mesa.

Al oír un clic detrás de mí que me indicaba que se había cerrado la puerta con pestillo, volví a centrar mi atención en Josh. Su presencia llenaba cada rincón de la habitación y hacía que ese cuarto, pequeño de por sí, aún lo pareciera más. Incluso podía notar el calor que irradiaba su cuerpo y cómo se colaba en el mío por cada poro de la piel.

O, quizás, lo que provocara ese calor fuera la forma en que me miraba, como si quisiera devorarme entera.

Sentí un montón de chispas bailando dentro de mí.

Me notaba el pulso en los oídos y la sangre me corría eufórica por las venas. Los pensamientos de Max se fueron desvaneciendo hasta quedar en el éter al cual pertenecían.

Eso era exactamente lo que necesitaba.

—¿Vas a quedarte ahí sin más o piensas hacer algo? —pregunté con el tono más monocorde que pude.

Bajo la tenue luz, los ojos de Josh destellaron. Se me acercó lentamente y, con cada paso que daba, yo iba asustándome y poniéndome un poco más nerviosa.

No tuvo que dar demasiadas zancadas para llegar a mí. Sin embargo, cuando lo tuve delante, me dio la sensación de que se me iba a salir el corazón del sitio.

Me levantó el vestido bruscamente sin apartarme la mirada y me arrancó la ropa interior.

Al oír cómo la delgada seda se desgarraba sin resistencia alguna, siseé en señal de protesta.

—Estas bragas eran buenas, capullo.

Josh acercó la boca a la mía.

—Mira lo que me importa. —Se tragó la respuesta malhumorada que quería darle con otro agresivo beso mientras hurgaba con los dedos entre mis piernas. Me encontró húmeda y muriéndome por tenerlo dentro.

«Menudo gilipollas de mierda.» Pensar eso no me hizo desearlo menos, pero tampoco significaba que tuviera que ponérselo fácil.

Lo aparté y le pegué una bofetada. No fue demasiado fuerte, pero sí lo suficiente como para que el satisfactorio golpe de mi mano contra su piel hiciera eco en ese diminuto espacio.

Al ver que su expresión cambiaba de estar confundida, muy brevemente, a otra llena de ira, la adrenalina me volvió a llenar por dentro.

El miedo avivó mi excitación hasta convertirla en una llama al rojo vivo. Una llama que ardió con más fuerza todavía cuando Josh me obligó a arrodillarme y se desabrochó el cinturón y los pantalones.

La tela del suelo alfombrado se me clavó en la piel. Empecé a respirar con pesadez y agitadamente en cuanto vi que se sacaba la polla, dura y rígida, y que ya estaba preeyaculando.

—Abre la boca.

Unas palpitaciones llenas de ganas de lo que estaba a punto de ocurrir se abrieron paso dentro de mí como si tuvieran vida propia, pero levanté la vista hacia Josh y la clavé en sus ojos con una mirada desafiante. Permanecí con los labios apretados, sin acatar sus órdenes.

El mensaje era claro.

«Oblígame.»

Lo mismo que le dije la primera vez que nos acostamos y una señal para que entendiera qué me apetecía.

A Josh se le incendió todavía más la mirada. Me agarró por el cuello y apretó hasta que ya no pude aguantarlo más. Abrí la boca para respirar y conseguí coger una bocanada de aire antes de que me metiera la polla dentro.

Oh, Dios.

La lujuria se apoderó de mí a pesar de las arcadas. Notaba el grosor de su polla entre las paredes de mi garganta, y la saliva me resbalaba por las comisuras de los labios hasta la barbilla.

Guemajiago gangue. —Demasiado grande. El sonido de mi lamento quedó amortiguado. Hice un tímido intento de presionar las manos contra sus muslos a la vez que los míos se iban empapando de mis propios fluidos.

No me gustaba nada tener tantas ganas de esto. De él.

La dureza del suelo, la punzada de dolor que sentí cuando Josh me agarró del pelo con ambas manos, la sensación de tener la garganta a punto de explotar... Era demasiado.

Los pezones se me endurecieron como diamantes, pero resistí la tentación de frotarme el clítoris.

Estaba a punto de llegar al orgasmo y Josh aún no me había ni tocado.

Me echó la cabeza hacia atrás hasta que pudo mirarme directamente a los ojos, ya vidriosos.

—Pienso follarte esa hábil boca que tienes hasta que el único sonido que consigas articular sea el que emitas mientras te ahogas con mi polla —anunció calmadamente antes de secarme una lágrima con el pulgar.

Una corriente eléctrica me recorrió la columna vertebral ante el contraste que acababa de provocar su dulce aunque letal amenaza y el suave tacto de su mano.

—La próxima vez que quieras insultarme, piensa en esto. —Se apartó hasta dejarme exclusivamente la punta de la polla en la boca; luego se detuvo y volvió a metérmela con una fuerte embestida. Volví a sentir náuseas, las lágrimas me brotaron más rápidamente aún de los ojos y el color que sentía en el vientre empezó a arder con más vehemencia—. En cómo estás arrodillada, con mi polla entera metida en la boca mientras te follo esa estrecha garganta que tienes.

Lloriqueé. Tenía los pezones y el coño tan sensibles que una fuerte ráfaga de viento podría hacerme explotar sin problema alguno.

Vece a la miega. —Vete a la mierda.

Josh sonrió y el miedo que sentía se intensificó hasta que mi cuerpo entero se convirtió en una especie de cable de alta tensión.

—Qué bien lo vamos a pasar.

Ese fue su último aviso antes de que empezara a follarme la boca con tan poca piedad que lo único que podía hacer yo era coger aire por la nariz antes de que volviera a metérmela hasta el fondo.

Mis gorgojeos se mezclaron con los fuertes gemidos de Josh y los golpes obscenos de sus huevos contra mi mandíbula mientras me castigaba el cuello a base de embestidas tal y como había prometido.

Con fuerza. Raudo. Implacable.

Me retorcí e intenté aliviar el dolor que sentía en la mandíbula, pero Josh la tenía demasiado grande y me estaba follando con demasiada fiereza. Sabía que podría haberle dicho que parase en cualquier momento, pero ansiaba el desatino del momento. La mezcla de ese intenso placer con el apacible dolor que hacía que cada uno de mis pensamientos ajenos a eso se redujeran a cenizas.

Al final, se me fue abriendo la garganta y Josh pudo metérmela aún más honda con menos resistencia.

—Así, muy bien —gimió Josh—. Hasta el fondo, así. Sabía que te entraría.

Gemí como respuesta a su elogio. Las lágrimas me nublaban la vista y no veía del todo bien, pero el hormigueo que sentía en la entrepierna era tan fuerte que me resultaba imposible ignorarlo.

Bajé una mano para acariciarme el clítoris.

Antes siquiera de que pudiera tocármelo, Josh me la sacó de la boca, me levantó, me inclinó encima de la mesa e hizo caso omiso de mi protesta.

—Estabas disfrutando demasiado de tu castigo, Pelirroja. Eso no puede ser. —Me separó todavía más las piernas con la rodilla y me dijo con la voz llena de lujuria—: Mírate. Estás empapadísima por mí.

—No es por ti, imbécil. —Mi réplica, jadeante, sonó poco convincente incluso para mí—. Te odio.

La última «o» se convirtió en un aullido en cuanto la palma de su mano colisionó con fuerza contra mi culo.

—Eso, por la broma de antes sobre que tenía un ego frágil. Esto —zas— por lo del pasillo. Y esto —dijo acompañando sus palabras con el golpe más fuerte que me había dado hasta ahora y que hizo que me sobresaltara— es por volverme loco de cojones. —Se me escapó un sollozo que sonó a súplica en cuanto Josh me echó la cabeza hacia atrás y acercó la boca a mi oreja—. Dime: ¿por qué no puedo dejar de pensar en ti, eh? ¿Qué coño me has hecho?

Sacudí la cabeza incapaz de formular una respuesta o de entender el dolor y el placer que sentía por todo el cuerpo.

Estaba excitadísima. La piel me ardía, y las lágrimas y la saliva se acumulaban en la mesa que tenía justo debajo; aun así, todo me abrasaba de una forma tan exquisita que no quería que se acabase nunca.

El grave rugido de Josh me recorrió la columna vertebral hasta hacerme encorvar los dedos de los pies.

—Agárrate a la mesa.

Oí cómo rompía un envoltorio. Apenas me dio tiempo a agarrarme a la fría madera; enseguida lo noté dentro de mí, penetrándome hondo y con fuerza con cada empellón que daba.

Grité y mi mente se quedó desprovista de cualquier pensamiento. Solo sentía su polla embistiéndome y el roce de su piel con la mía.

Nada de Max. Nada de secretos. Nada de mentiras. Solo éxtasis en su estado más puro.

—¿Aún me odias? —se interesó Josh ejerciendo la presión suficiente en mi cuello para intensificar las palpitaciones que sentía en la entrepierna.

—Eso siempre —dije casi sin aliento. Me estaba empezando a marear, pero cuando le agarré la muñeca no sabía si lo hacía para apartarlo de mí... o para que no se moviera de donde estaba.

Josh me estaba mirando en el espejo que había encima de la pared y vi cómo se le dibujaba una sutil sonrisa de superioridad en los labios. Le brillaban los ojos con lujuria y la piel que le envolvía esos afilados pómulos se tensó en una expresión de enfado.

—Bien.

La mesa fue chocando con la pared a cada empellón. Yo tenía los ojos cerrados y me temblaban los párpados a causa de aquella descomunal sobrecarga de emociones; sin embargo, cuando Josh volvió a tirarme del pelo con fuerza, los abrí.

—Abre los ojos, Pelirroja. —Con la otra mano, me agarró el cuello con más fuerza todavía y una nueva oleada de fogosidad me nubló la vista. La presión, la facilidad con la que su mano me envolvía el cuello entero... Todo me hacía sentir horripilantemente bien, como si hubiera nacido para vivir con sus dedos alrededor del cuello—. Quiero que veas claramente de quién es la polla que te estás follando.

Me ardió la piel aún más intensamente. Me quedé mirando nuestro reflejo y me fijé en lo vidriosos que tenía los ojos y lo hinchados que se me habían quedado los labios. Con las manos en la mesa, mi espalda arqueada y la cabeza echada hacia atrás porque Josh continuaba tirándome del pelo. Parecía humillantemente lasciva, como si me hubiesen follado hasta casi matarme y siguiera queriendo más.

Detrás de mí, el deseo se dibujaba en el rostro de Josh. Clavó los ojos en los míos para mirarme con fervor y retomó los empellones. Esta vez fue más lento, llenándome centímetro a centímetro con su polla hasta que la hundió por completo.

Se inclinó y tiró suavemente del lóbulo de mi oreja con los dientes.

—¿De quién es esta polla, Pelirroja?

—Tuya —gemí.

—Exacto. A ver, dime... —La sacó y me la volvió a meter con tanto ímpetu que, si no fuera porque no me soltó el cuello, me habría resbalado hacia el otro lado de la mesa—. ¿Te parece frágil?

—Mpff. —Logré articular una respuesta incoherente, pero incluso ese sonido se convirtió en una retahíla de gemidos en el momento en que Josh aceleró y adoptó un ritmo belicoso.

El primer orgasmo me azotó cual relámpago, tan explosivo e inesperado que ni siquiera me dio tiempo a procesarlo antes de llegar al segundo. Ese fue gestándose más lentamente hasta apoderarse de mí y dejar que un placer soporífero me arrollara.

Cuando Josh hubo terminado conmigo, me había corrido ya tantas veces que no era más que un manojo de carne. Me desplomé encima de la mesa y me estremecí al notar el tacto de sus manos frotándome las nalgas para aliviar el escozor que habían provocado sus despiadados azotes previamente.

—Estás tan guapa así... —La suavidad de su voz se oponía firmemente a la rudeza con la que me había follado, pero me envolvió como una agradable manta. Siguió acariciándome con suavidad hasta que la quemazón hubo desaparecido y mi respiración recobró un ritmo normal.

Me dio la vuelta y me limpió con una de las servilletas que había en las estanterías. A continuación me bajó el vestido para cubrirme los muslos y me sentó en la mesa.

—¿Mejor? —preguntó como si nada, como si no acabara de darme por todas partes en la despensa de un club.

—Ajá. —Estaba demasiado aturdida como para pronunciar una respuesta más coherente, aunque una parte de mí se dio cuenta de que Josh había tenido claro en todo momento lo que era eso: una distracción a la que yo misma lo había incitado para que me diera tan fuerte como pudiera.

Se le encorvó la boca, divertido, pero la pesadez de sus párpados relevaba el deseo que todavía se escondía en su mirada.

—Bien. Ahora dile adiós a la gente con quien hayas venido. Tengo planes para una segunda ronda y para ello necesitamos más espacio del que hay aquí.

Una segunda ronda. Claro.

Todavía tenía el cerebro nublado, pero eso de una segunda ronda me parecía bien.

Debería pasar la primera noche tras la mudanza en mi nuevo apartamento, pero la idea de quedarme dando vueltas en la cama mientras me asolaban preguntas sobre qué hacer con Max era lo último que quería en ese momento.

Volver a pensar en Max y en su amorfo «favor» me hicieron bajar de la nube en la que estaba subida y me dio un vuelco el estómago.

No. Mañana. Ya me ocuparía de eso mañana.

Esperé unos cuantos minutos después de que Josh saliera hasta que conseguí aunar la fuerza necesaria para recuperarme. Me atusé el pelo y me arreglé el maquillaje lo mejor que pude, pero milagros, a Lourdes. No podía volver a la sala principal con esas pintas ni de broma.

Para ahorrármelo, le mandé un mensaje rápido a mis amigas para decirles que había conocido a un tío y que ya les escribiría más tarde. Estaban acostumbradas a que hiciera esto en la universidad, así que no dudaron de nada.

Me escabullí de la despensa y me marché por la salida trasera.

Cuando vi a Josh esperándome, con su esbelta y musculada silueta iluminada por la luz de la luna, sentí mariposas en el estómago.

No podía creerme que me estuviera escapando a escondidas de mis amigos para acostarme con él. Ni siquiera me gustaba este tío.

Pero que te gustara alguien y tener ciertas necesidades eran cosas distintas y, ahora mismo, yo necesitaba algo que solo él podía darme.

Solo esperaba no engancharme mientras eso durara.

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