Twisted hate

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55. Josh

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Josh

Cuando volvimos al salón, Ava se llevó a Jules, supongo que para tener una conversación similar a la que había tenido conmigo, pero sin entrar en temas fraternales. Sin embargo, en lugar de quedarse en el apartamento, se fueron pitando a un bar que quedaba cerca para que Ava pudiera «intentar olvidar eso de “me estaba tirando a tu hermano”».

Sinceramente, pensé que se habían ido del piso para planear cómo atacarme luego en grupo (las conocía muy bien), pero estaba tan aliviado tras haber obtenido el visto bueno de Ava en cuanto a mi relación con Jules que lo demás me daba igual.

Después de que se hubieran ido, me acerqué a Alex, que estaba cerca de la pared de ventanales, pensativo.

—Me sorprende que no hayas ido con ellas. —Me coloqué a su lado y me quedé observando las vistas de la ciudad que se abrían ante nuestros ojos. La luz del crepúsculo convertía el cielo en una paleta de claros tonos rosados y lilas, y ese mar de edificios brillaba con el resplandor de unas luces que lo asemejaban a una moqueta de diminutas joyas—. Sueles estar pegado a Ava.

Alex llevaba paranoico con la seguridad de Ava desde que su tío la secuestró; incluso contrató a un guardaespaldas para mi hermana hasta que ella se hartó de su constante sombra. Fue motivo de una gran discusión entre ambos, pero finalmente Alex cedió y bajó un poco el nivel de protección.

—Estamos trabajando en ello. —Sonaba sutilmente contrariado—. Dice que soy demasiado paranoico.

—Es que lo eres. Y te lo digo yo, que soy su hermano y me preocupo muchísimo por su bienestar.

Emitió un sordo gruñido, irritado, pero dejó el tema.

—Si no me he ido con ellas, también ha sido por otra cosa. Tengo que... quiero contarte algo.

Su atípica torpeza me llevó a arquear las cejas.

—Vale. Aunque espero que no sea otra confesión sobre una mentira de hace ocho años, porque te juro por Dios...

—¿Quién es el paranoico ahora? —Alex se frotó la mandíbula con la mano y frunció el ceño.

Cuanto más lo veía dudar, más curiosidad sentía. A Alex no solía resultarle complicado expresarse. A excepción de Ava, le importaba una mierda todo el mundo como para preocuparse por cómo se tomaba la gente sus comentarios.

—Yo no he crecido con una familia —dijo al fin—. Como ya sabes, asesinaron a mis padres y a mi hermana cuando yo era pequeño, y mi tío era un psicópata. —Alex era la única persona capaz de hablar de unos hechos tan bárbaros con tan fría sinceridad—. Tampoco es que creciera con muchos amigos a lo largo de mi vida, lo cual tampoco me supuso un grave problema; la mayoría de la gente que conozco no me cae bien. Tenía mis negocios y otros proyectos, y eso me bastaba. —Tragó saliva con fuerza—. Pero entonces os conocí a ti y a Ava. Al principio me irritabais bastante con vuestra insistencia para acatar las formalidades sociales y con vuestra predisposición a ver lo mejor de la gente, por más estúpida que resulte esta idea. —Me reí por la nariz, pero sentí que una sensación extraña me oprimía un poco el pecho—. Pero... —Alex volvió a dudar—. También visteis lo mejor de mí. Sois las únicas personas que habéis visto algo en mí más allá de mi cuenta bancaria, mi estatus o mis conexiones empresariales. Puede que tengamos algunos puntos de vista distintos sobre la vida y sobre cómo hacer ciertas cosas, pero tú y Ava... sois lo más parecido que tengo a una familia —sentenció con un tono de voz más dulce.

Ay, mierda. Como se me humedecieran los ojos por algo que saliera de la boca de Alex, me lo restregaría toda la vida.

Aunque sabía lo mucho que le había costado aceptarlo. Alex tenía lo mismo de sentimental que un puercoespín de suave; no obstante, pifias aparte, era un buen amigo, a su manera. Era leal, incondicional y estaba dispuesto a absolutamente todo por la gente a la que quería.

—Joder, macho, deberías haberme avisado de que te ibas a poner sentimental y demás. Habría traído más pañuelos de papel.

Aquellas palabras me salieron más entrecortadas de lo que me hubiese gustado.

Alex sonrió sutilmente.

—Estoy diciendo las cosas como son; no estoy siendo un sentimental. Y hablando del tema... —Se llevó la mano al bolsillo y sacó una pequeña caja aterciopelada—. Me gustaría formalizar la relación.

¿Tenía un problema en los oídos o había notado cierto nerviosismo en la voz de Alex?

Me lo quedé mirando impasiblemente. Una parte de mí sabía dónde quería llegar, pero mi cerebro iba un poco más lento.

—¿Qué relación?

—La familiar. —Abrió la cajita y me deslumbró.

Me cago en la leche, joder.

El Wollman Rink se quedaba pequeño al lado del anillo que descansaba en medio del cojín aterciopelado de la caja. Yo no entendía mucho de diamantes, pero sabía que este costaba, como mínimo, una cantidad de cinco cifras.

Resplandecía cual estrella fugaz al caer la noche. El aro de platino, decorado con diamantes más pequeños, hizo que brillaran unos prismas de los colores del arcoíris por toda la sala, y, a ambos lados de la almohadita, se leía: Harry Winston.

—Quería decírtelo antes de pedirle la mano a Ava. —Alex logró cerrar la cajita antes de que me quemase la retina—. Ya sabes lo que siento por ella, así que no voy a aburrirte con los detalles. Y tampoco me gusta nada la antigua tradición de tener que pedir permiso a alguien para casarse. Dicho esto, sé lo importante que es tu opinión para Ava. Para mí también lo es y, aunque no la necesite... —tragó saliva con fuerza—, me gustaría contar con tu aprobación.

A sus palabras las siguió un ensordecedor silencio.

Alex. Pidiéndole matrimonio a Ava. Se convertiría en mi cuñado.

Unos pensamientos inconexos aunque relacionados entre sí se pasaron por mi cabeza. Hostia santa. Supe que Alex y mi hermana estarían juntos para siempre desde el día en que me enteré de que él había dejado su empresa para estar con ella. Recuperó el negocio después de que Ava lo hubiese perdonado, pero el simple hecho de que Alex hubiese considerado hacer algo tan drástico ya me demostró que estaba enamorado de verdad.

Aun así, jamás me habría imaginado que fuera a pedirle que se casaran tan pronto, ni tampoco que fuera a pedirme permiso.

Alex nunca le pedía permiso a nadie.

—No quería pedirle matrimonio hasta que tú y yo hubiéramos... resuelto algunas de nuestras diferencias. —Con la cara tensa, Alex me dedicó una mirada penetrante—. No quería poneros en una situación peliaguda a ninguno de los dos.

En el pozo de emociones que era mi pecho en ese momento, por fin pude encontrar las palabras.

—No si al final resultará que se te está pegando la forma de ser de mi hermana. Hasta suenas humano.

—Se me da bien imitar a la gente.

Se hizo el silencio un momento antes de que se me escapara la risa.

—Joder, Volkov, no me mates de un infarto antes de la boda. Ava se cabreará.

A Alex se le encorvaron los labios.

—¿Me estás dando tu aprobación de forma implícita?

—No te flipes. —Me puse serio—. Tienes razón: nuestros puntos de vista son muy distintos y, con el paso del tiempo, hemos tenido nuestros, eh..., baches. Sigo pensando que eres un capullo el ochenta por ciento de las veces. Pero... acompañaste a mi hermana a casa cada día durante un año cual Romeo enloquecido. Siempre pones su seguridad y su bienestar por delante de los tuyos, y eso en tu caso es decir muchísimo, leches. —Tragué con fuerza—. Ava es mi única hermana. Es la única familia que tengo de verdad. Siempre la he cuidado y no me fío de que esté con cualquiera, pero sí me fío de ti.

Si de algo estaba seguro era de que Alex era capaz de jugarse la vida por Ava. Podría ser un capullo con el resto de la sociedad, pero sabía que siempre cuidaría de mi hermana.

Le di una palmada en la espalda y sentí que la presión que notaba en el pecho se intensificaba.

—Así que sí, tienes mi maldita aprobación. Pero no la mates con el anillo; este pedrusco es grande que flipas.

Un extraño brillo le atravesó la mirada a Alex, pero desapareció en cuanto pestañeó. Se le escapó una risa que parecía más bien de alivio.

—No le pasará nada. Es más fuerte que tú.

—En eso tienes razón. —A pesar de su ciego optimismo y de lo que algunos llamarían ingenuidad, Ava había superado todas las adversidades que la vida le había ido lanzando por el camino. Sacudí la cabeza, incrédulo—. No me puedo creer que vaya a tener que aguantarte toda la vida como cuñado.

No tenía ninguna duda de que Ava diría que sí, pero tener a Alex Volkov como cuñado..., válgame Dios.

—Mira qué suerte tienes. —Alex continuó sonriendo muy discretamente, pero su mirada se volvió seria—. Por cierto, también quería pedirte algo a ti.

—Alex —me llevé la mano al pecho—, a Ava no le va a gustar que me lo pidas a mí también. La bigamia es ilegal en Washington.

—Qué gracioso. —Fue hacia la barra, sirvió un par de vasos de whisky y me pasó uno—. Si Ava dice que sí...

—Dirá que sí.

Unos nervios un tanto irreconocibles en Alex le atravesaron la mirada y luego desaparecieron bajo su frío tono verdoso.

—Cuando diga que sí, voy a necesitar un padrino. —Pasó el pulgar por el vaso. A pesar del relajado tono de su voz, tenía los hombros tensos—. Como eres mi mejor amigo y una de las pocas personas a quien soporto tener al lado durante más de cinco minutos, tómatelo como que te lo estoy pidiendo oficialmente.

Ay, joder. Volví a sentir una oleada de emociones en el pecho y esta vez se fue espesando hasta que se me formó un nudo en la garganta.

Antes de nuestra discusión, Alex había estado ahí por mí: en cada partido, en cada crisis y en todas mis emergencias. Era la única persona en quien confiaba aparte de mi familia, y yo era la única persona con quien él intercambiaba más de doce palabras seguidas.

Habíamos sido mejores amigos, aunque él nunca me hubiera llamado así, al menos, no estando yo delante. Esta había sido la primera vez.

—Depende. —Me salió una voz rasposa y tuve que carraspear. No iba a llorar por ese cabrón. Hoy no, Satanás—. Uno: ¿me otorgas plena autoridad para organizar tu fiesta de despedida tal y como considere conveniente? Dos: ¿me darás asientos en el palco de por vida para ir a ver cualquier deporte que me apetezca? Y tres: ¿me dejas dar una vuelta con tu Aston?

Alex exhaló con tanta pesadez que casi pensé que iba a desplomarse.

—Dentro de ciertos límites, sí y no.

Uno y medio de tres. No estaba mal. Total, tampoco esperaba que aceptara la tercera propuesta. Nunca dejaba que nadie condujera su preciado coche.

—Me sirve. —Levanté el vaso—. Ya tienes padrino.

—Entusiasmado estoy.

—Me muero de ganas del fiestón que nos pegaremos en Las Vegas —dije ignorando su sosa respuesta—. ¿Qué narices? Hagámoslo más a lo grande. Tal y como me recuerdas constantemente, eres multimillonario, con el «multi» delante. Vayámonos a Macao. No, a Mónaco. No, a Ibi...

—No te adelantes a los hechos, que todavía no me he declarado.

—Pero lo harás y así ya estaré preparado. —Al ver cómo apretaba la mandíbula Alex, dejé de sonreír—. Dirá que sí —repetí con un tono más calmado—, no te preocupes.

Los nervios de Alex hicieron nuevamente acto de presencia en su mirada.

—No me preocupo. —Volvió a pasear el pulgar por el vaso de whisky hasta que se le relajaron ligeramente los hombros—. Pero a Ibiza no. Detesto las fiestas en las islas.

—Hecho. —De todos modos, Mónaco me parecía más divertido—. Por una pedida de mano épica y por un fin de semana de despedida de soltero todavía mejor. —Levanté el vaso otra vez; Alex brindó conmigo y esperé a que ambos nos hubiéramos bebido el contenido para añadir—: Sería tu padrino sin los palcos, eh.

El hielo de sus ojos se quebró y dejó entrever una finísima capa de afabilidad.

—Lo sé.

Pasó un intenso segundo antes de que ambos tosiéramos simultáneamente y soltáramos una extraña risa. Como Alex se parase a pensar demasiado en la sentimentalidad del momento, se quedaría petrificado, y yo no quería que mi hermana se casara con una estatua, literalmente.

—Ahora que ya hemos hablado del tema... —Le pasé un brazo por el hombro y lo guie hacia el sofá—. Hablemos de cómo conseguiremos que nunca olvides tu fiesta de despedida. Se me ocurre que podríamos pedir que nos trajeran tigres, hacernos tatuajes...

—No.

Pasé de su negativa aguafiestas.

—De hecho, ¿qué te parecería bucear en jaulas entre tiburones? Podríamos ir a pasar el fin de semana a Sudáfrica...

Exasperado, Alex se frotó la cara con la mano mientras yo seguía soltando ideas e intentaba contener una sonrisa.

¿Yo tocándole los cojones mientras él fingía estar irritado?

Era como en los viejos tiempos, aunque mejor, porque ahora ya no había mentiras ni secretos de por medio.

Toda gran amistad tenía capítulos.

Y este era el principio de uno nuevo.

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