Twisted Games
Capítulo 46
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Bridget
Después de la noche con Rhys, puse en marcha mi plan y recé para que funcionara. No me sentía especialmente mal por presionar a Erhall, pero no era inteligente enemistarse con todo el Parlamento. No creía en la dictadura del miedo.
Así fue como de pronto me encontré delante de tres docenas de periodistas el domingo, tres días después de mi encuentro con Rhys. Los había convocado en el jardín norte del palacio y, detrás de la manada de prensa, muchos curiosos se arremolinaban contra las vallas metálicas, ansiosos por ver en persona a un miembro de la realeza.
Mis amigas se habían ido esa mañana. Las había informado de mis planes, pero esperé a que estuvieran en el avión de vuelta a Estados Unidos para dar la rueda de prensa. No quería que tuvieran que enfrentarse a la locura que estaba a punto de desatarse. No les gustó mi decisión; quisieron quedarse para darme apoyo moral, pero era algo que tenía que hacer yo sola.
—Buenas tardes. —Mi voz resonó en el recinto y el barullo se disipó—. Gracias por venir, teniendo en cuenta que hemos avisado con poca antelación. Soy consciente de que es domingo, y de que seguramente preferiríais estar ahora mismo en otro lugar, desayunando algo rico o en la cama. —Se oyó alguna pequeña carcajada; no estaban acostumbrados a que los miembros de la familia real hablaran en un tono tan informal—. Así que os agradezco vuestra asistencia. Pero, antes de responder a las preguntas, me gustaría decir algo sobre el motivo por el que os he reunido aquí.
Observé los rostros expectantes que me devolvían la mirada. Pum. Pum. Pum. A pesar de que el corazón me latía con fuerza, estaba extrañamente tranquila. Era como si hubiera gastado tanta energía preocupándome de antemano que no me quedara ninguna para el momento de la verdad.
Rhys tenía razón. Era un riesgo enorme, y a Elin casi le da un infarto cuando se enteró de la rueda de prensa de última hora, pero ya estaba harta de ir siempre sobre seguro.
Si quería algo, tenía que luchar por ello, aunque significara la posibilidad de estrellarme delante del mundo entero.
Si no era lo suficientemente valiente como para defender lo que quería, no había ninguna esperanza de que pudiera defender lo que el pueblo necesitaba.
—Soy una orgullosa ciudadana de Eldorra. Amo este país y a su gente, y para mí es un honor serviros como princesa. También espero poder ser una reina digna de vuestro orgullo, llegado el momento. —Respira. Puedes hacerlo—. Sin embargo, soy consciente de que ha habido cierta inquietud sobre mi deseo e idoneidad para servir a la corona desde que me convertí en princesa heredera. Esas preocupaciones no han sido del todo infundadas.
Se escuchó una oleada de murmullos en reacción a la declaración, pero continué:
—Creo que hablo en nombre de todos los presentes cuando digo que ninguno de nosotros podría haber predicho los acontecimientos que me han llevado a donde estoy hoy: a nueve meses de mi coronación como reina de este gran país. —Respiré profundamente—. Cuando me enteré de los planes de abdicación de mi hermano, el príncipe Nikolai, tuve miedo. Miedo de asumir un cargo que nunca había esperado ocupar, miedo de no estar a la altura del título y fallar a mi familia, a mi país. Pero el miedo no es razón para quedarse paralizada y, afortunadamente, tengo a un equipo maravilloso que me guía a través de los entresijos que requiere un cargo tan importante. A principios de este año, pasé tres semanas viajando por el país, conociendo a ciudadanos como vosotros. Cómo vivían, qué preocupaciones les quitaban el sueño…
Continué el discurso, hablando no solo de la gira, sino del programa de Cartas Ciudadanas y de los puntos del orden del día que llevé al Parlamento, antes de llegar a la parte más importante de mi discurso.
—Me he dado cuenta de que ser reina no consiste solo en representar al país tal y como es. Consiste en hacer avanzar a la nación y en mantener las tradiciones que hacen de Eldorra un lugar único y maravilloso; y al mismo tiempo desprender al país de aquellas que lo frenan. Eso se aplica a las reformas que he ayudado a impulsar en el Parlamento. Pero también a las tradiciones que atan a la corona a normas y expectativas anticuadas… como la Ley de Matrimonios Reales. Lo que me lleva al siguiente punto.
Más murmullos, más altos esta vez.
Tomé aire de nuevo, más profundamente. Allá vamos.
—Como ya sabéis, el mes pasado salió a la luz información sobre una supuesta relación entre mi antiguo guardaespaldas, Rhys Larsen, y yo. Esas acusaciones fueron oficialmente negadas. Pero hoy estoy aquí para deciros que son ciertas.
Los murmullos estallaron en un estruendo. Los periodistas saltaron de los asientos, gritando y acercándome los micrófonos. Detrás de ellos, la multitud enloqueció.
Flashes de cámara. Gritos. Un millón de teléfonos móviles elevados en el aire, apuntando hacia mí.
Mi ritmo cardíaco se redujo y me retumbó en los oídos.
Intenté no imaginarme las reacciones de Elin o de mi familia. Debían de estar como locos. Me había negado a decirles de antemano lo que iba a decir, y había insistido en que se quedaran dentro del palacio durante el evento.
Hoy mandaba yo.
Levanté la voz para hablar por encima del bullicio.
—También estoy aquí hoy para deciros que sigo manteniendo una relación con el señor Larsen.
El acabose.
Había tanto jaleo que no podía oírme pensar, pero ya había terminado el discurso. Era el momento de atender a los periodistas, a una en particular.
—Sí. —Señalé a Jas, la reportera del Daily Tea.
—Alteza. —La multitud se calló para escuchar su pregunta—. ¿Qué pasa con la Ley de Matrimonios Reales? Será coronada como reina en menos de nueve meses, y la ley exige que se case con alguien de cuna noble antes de la ceremonia —dijo Jas, tal y como habíamos acordado.
Era increíble lo que podía conseguir la promesa de la primera entrevista exclusiva con la reina de Eldorra.
Sonreí.
—Gracias, Jas. Has planteado una interesante cuestión. Aunque la Ley de Matrimonios Reales exige que el monarca se case con un noble, no requiere que se case antes de la coronación. Dicho esto, creo que es hora de replantear la ley. Fue creada en el siglo XVIII, cuando Eldorra necesitaba asegurar las alianzas a través del matrimonio real para sobrevivir como nación, pero ya no estamos en el siglo XVIII. Europa ya no está en guerra. Y creo que ya es hora de derogar la Ley de Matrimonios Reales.
—Se necesitaría que el presidente de la Cámara llevara la moción al pleno y que al menos tres cuartas partes del Parlamento aprobaran la derogación —dijo Jas, justo a tiempo—. Este tema ya salió a colación cuando abdicó el antiguo príncipe heredero Nikolai. No hubo suficientes votos.
—Eso es cierto. —Hice una pausa, obligando a la multitud a esperar lo que tenía que decir a continuación. Mantén la intriga. La voz de Elin resonó en mi cabeza. No estábamos de acuerdo en todo, pero ella sabía lo que hacía cuando había que manejar a la prensa—. Lo que pasó con mi hermano fue una tragedia. Habría sido un rey maravilloso, pero tuvo que elegir entre el amor y el país, y eligió el amor. Es algo con lo que creo que todos nos podemos sentir identificados. Aunque nosotros, como familia real, nos esforzamos por representar al país y servir a los ciudadanos de Eldorra lo mejor que podemos, también somos humanos. Amamos y perdemos… —Se me quebró la voz al visualizar los rostros de mis padres—. Y, a veces, tenemos que tomar decisiones imposibles. Pero ni mi hermano ni nadie de los presentes debería tener que tomar esa decisión. Que el monarca se case o no con un noble no influye en su capacidad de servicio. La Ley de Matrimonios Reales es una reliquia de una época que ya no existe, y hago un llamamiento al Parlamento para que reconsidere su postura al respecto.
Esas fueron mis palabras, pero mi verdadero llamamiento (el sentido de mi discurso) iba dirigido al público. Abordar sus preocupaciones sobre mí desde el principio, conectar con ellos emocionalmente a través de la confesión de que tenía miedo de asumir mi cargo, recordarles el bien que había hecho y mi experiencia en el Parlamento, y explicar la lógica de por qué había que derogar la ley.
Ethos y logos.
Había pensado cada palabra, pero también había pasado horas elaborando estratégicamente el discurso. Si quería tener éxito como reina, no solo necesitaba saber jugar al juego, sino dominarlo, y la opinión pública significaba todo cuando no tenía ningún poder político real.
Por supuesto, quedaba una parte importante de la rueda de prensa.
Pathos.
—Sigue refiriéndose a la elección entre amor y patria —dijo Jas—. ¿Significa eso que está enamorada del señor Larsen?
La multitud contuvo la respiración. Todo el país, al parecer, contuvo la respiración.
A lo lejos, un coche tocó la bocina, y un pájaro se lanzó en picado, batiendo las alas contra la claridad del cielo azul. Ninguno de los dos rompió el denso silencio que cubría el prado.
Esperé un momento. Dos. Luego, con una pequeña sonrisa, dije:
—Sí. Lo estoy. Eso es todo. Gracias a todos por venir hoy.
Abandoné el podio en medio de un frenesí de gritos y vítores.
Me temblaban las piernas y me retumbaba el corazón mientras caminaba hacia el fondo del palacio. Ya está. No podía creerlo.
Pero no podía celebrarlo todavía. Me quedaba una cosa por hacer.
Entré en el pasillo de mármol de la entrada lateral del palacio. Rhys esperaba entre las sombras de las columnas, con los ojos grises en llamas.
—Bien hecho, princesa.
Me acerqué a su abrazo, con el pulso martilleándome en la garganta.
—Todavía no ha terminado. —Le rodeé el cuello con los brazos y le susurré—: Bésame como si el mundo entero estuviera mirando.
Su lenta sonrisa me atravesó como una suave miel.
—Con mucho gusto, alteza.
La boca de Rhys se fundió con la mía y oí el suave y revelador clic de un obturador de cámara desde los arbustos cercanos.
—¿Crees que lo han captado? —Me rozó con los labios mientras hablaba.
—Sin duda.
Sonrió y volvió a besarme. Más profundo esta vez, más intenso, y me apreté contra él, dejándome llevar por su tacto y su sabor.
El primer beso era para el mundo. Este era para nosotros.