Twisted Games

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Capítulo 47

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Rhys

Una semana después

—¡Alteza! —La asistente de Erhall se levantó de golpe de su escritorio, con los ojos como platos—. Lo siento mucho. No sé qué ha pasado, pero no la tenemos en la agenda. Debe de haber habido una confusión…

—No te preocupes —dijo Bridget con una sonrisa amable—. No he concertado cita, pero nos gustaría hablar con el presidente. ¿Está disponible?

—Oh, eh… —La mujer, visiblemente nerviosa, rebuscó entre sus papeles antes de sacudir la cabeza—. Sí, por supuesto. Por favor, síganme.

Nos condujo a través de las dependencias del presidente hacia su despacho. La gruesa alfombra azul amortiguaba el sonido de nuestros pasos, y se me tensaron los músculos de la inquietud.

De verdad vamos a hacer esto.

No me daba miedo Erhall, pero era la primera vez que le veía desde que descubrí que era mi padre. El biológico, al menos. No había hecho una mierda para ganarse el honor del título.

La asistente de Erhall llamó a la puerta. No hubo respuesta. Volvió a llamar.

—¿Qué? ¡Te he dicho que no me molestaras! —ladró Erhall.

La mujer se estremeció.

—Señor presidente, ha venido a verle su alteza la princesa Bridget. Y, eh…, el señor Larsen. —Me echó un rápido vistazo.

Reprimí una mueca.

Después de la última semana, todo Eldorra (mejor dicho: todo el mundo) conocía mi cara y mi nombre. Habían copado los titulares desde Tokio hasta Nueva York, y las imágenes de la rueda de prensa de Bridget, así como las fotos y los vídeos «espontáneos» de nosotros besándonos después, se habían emitido en bucle por todos los canales de noticias.

La prensa hizo que la historia se convirtiera en un cuento de hadas al revés, sobre una princesa y su guardaespaldas, y se siguió fomentando con miles de artículos y columnas de opinión sobre el amor, el deber y la tradición.

La respuesta pública fue apabullante. Según Bridget, el Parlamento se vio desbordado por las llamadas para derogar la ley, y el hashtag #AmorOPatria fue tendencia toda la semana en las redes sociales.

El amor era la emoción más universal. No todo el mundo lo experimentaba, pero todos lo querían (incluso los que decían que no lo querían) y la rueda de prensa de Bridget se había aprovechado de esa necesidad fundamental. Ya no era solo una reina. Era un ser humano y, lo más importante, se identificaban con ella todos los que no podían estar con la persona que querían, fuera por la razón que fuera.

No había nada más poderoso para despertar la empatía de los demás.

El plan de Bridget había funcionado mejor de lo que cabía esperar, pero era desconcertante ver mi cara por todos los quioscos y que la gente se detuviera a mirarme por donde quiera que fuera.

Pero había accedido al plan a sabiendas de que destruiría cualquier atisbo de privacidad que me quedara, y si salir de las sombras y ocupar el centro de atención era lo que hacía falta para que estuviéramos juntos, estaba dispuesto a matarme a entrevistas con cualquier revista que me lo pidiera.

Bridget, la asistente de Erhall y yo nos quedamos esperando la respuesta del presidente del Parlamento a la visita de Bridget.

Oí el golpe de un cajón del escritorio, seguido de varios segundos de silencio, antes de que la puerta se abriera, dejando ver a un Erhall de aspecto irritado.

La tensión de mis músculos se duplicó. Mi padre. No sé qué esperaba. Tal vez un vuelco en el estómago al ver al hombre que técnicamente era una mitad de mí, o un odio que se había cocinado a fuego lento y en secreto durante más de tres décadas, esperando el día en que pudiera descargarlo en una lluvia de puños, sangre e insultos.

En cambio, no sentí nada. Nada, excepto un vago asco por el pelo excesivamente engominado y resbaladizo de Erhall, y rabia por la sonrisa forzada y casi irrespetuosa que le dedicó a Bridget.

—Alteza. Por favor, pase. —Su tono indicaba que la sorpresa no le hacía mucha gracia y no me dijo nada cuando entramos en su gran despacho de paneles de roble.

Bridget y yo tomamos asiento frente a él. El despacho le definía bien: era frío y carente de objetos personales, salvo los títulos universitarios enmarcados que colgaban de las paredes.

Estudié a Erhall, intentando ver el parecido entre nosotros. Encontré un atisbo en el ángulo de sus pómulos y en la curva de su frente. No era lo suficientemente obvio como para que los desconocidos nos miraran y adivinaran que éramos parientes, pero estaba ahí si se observaba con suficiente atención.

Parpadeé y el parecido desapareció, sustituido por un rostro enjuto y unos ojos fríos y calculadores.

—Bueno. —Erhall se puso los dedos debajo de la barbilla, con los labios tan finos como el resto de su cara—. La mismísima princesa de la corona me visita en mi despacho. ¿A qué debo el honor?

—Tengo que hablar con usted de un punto del orden del día de la próxima sesión del Parlamento.

Bridget irradiaba autoridad, y el orgullo se apoderó de mí. Había recorrido un largo camino desde el día en que nos sentamos en su suite de hotel en Nueva York, viendo la abdicación de Nikolai en la televisión. Durante aquel discurso parecía tener ganas de vomitar, pero ya no quedaba ni rastro de esa chica asustada e insegura.

—Lleve al pleno la moción para derogar la Ley de Matrimonios Reales.

Erhall se la quedó mirando durante un segundo antes de empezar a reírse. A carcajadas.

Un gruñido me retumbó en la garganta, pero me obligué a guardar silencio. Esto era cosa de Bridget.

—Creía que era otra cuestión de escritura ciudadana —dijo Erhall—. Me temo que no puedo hacerlo. La ley es una de las más antiguas de Eldorra, y, por muy… conmovedora que fuera su rueda de prensa, es una tradición. Por no mencionar que tenemos asuntos mucho más importantes, incluyendo el problema de la contaminación del agua que usted trajo a colación el mes pasado. Quiere agua potable para los habitantes de Hedelberg, ¿verdad?

Bridget sonrió, sin pestañear, ante su amenaza torpe.

—Me temo que me malinterpreta. No era una petición, y confío en que el Parlamento sea lo suficientemente competente como para poder manejar más de un asunto a la vez. Si no lo es, sugiero un cambio en la forma de dirigir la Cámara, señor presidente…, o un cambio en la presidencia.

La risa de Erhall se esfumó, y agravó el gesto.

—Con el debido respeto, alteza, el Parlamento consulta a la corona por cortesía, pero nadie, ni siquiera su majestad, dicta la ley.

—Entonces, menos mal que no dicto yo la ley. —Bridget cruzó las piernas, con una postura impecable, mientras le miraba fijamente—. Le digo que derogue una. Está anticuada y no tiene ningún valor práctico para el país ni para su gente. Sin valor, la tradición no es más que una imitación del pasado, y el pueblo está de acuerdo. Una encuesta pública reciente demuestra que el noventa y tres por ciento de los ciudadanos está a favor.

El pecho de Erhall se agitó de indignación.

—Siento discrepar. La tradición es la base de este país, de mi cargo y del suyo propio. No podemos ir destruyéndola a nuestro antojo. Así que no, me temo que no puedo llevar la moción al pleno. Me da igual cuántas camisetas de recuerdo vendan con la cara del señor Larsen —añadió con una pequeña mueca.

Bridget y yo intercambiamos miradas.

¿Estás segura?

Sí. Hazlo.

Breve, concisa y silenciosa. Fue la conversación más eficaz que habíamos tenido nunca.

—Debería preocuparse más por el perfil público del señor Larsen —dijo Bridget con un tono suave que no dio ningún aviso antes de soltar la bomba—. Teniendo en cuenta que es su hijo.

La mayoría de las explosiones eran ensordecedoras, y hacían rechinar los dientes y los tímpanos con la fuerza de la energía liberada. Esta fue silenciosa, pero cien veces más mortífera, y su onda expansiva impactó en Erhall antes de que la viera venir.

Pude identificar el momento del impacto. Su rostro perdió todo el color, y se le borró de un plumazo la cara de arrogancia, mientras pasaba la mirada alternativamente de Bridget a mí. De una a otro, y de otro a una, como dos pelotas de ping-pong atrapadas en un péndulo.

—Eso es… es… es mentira —espetó Erhall—. No tengo ningún hijo.

—Míchigan, verano del 86 —dije—. Deidre Larsen.

No creí que fuera posible, pero el rostro de Erhall palideció aún más hasta igualar el color de su camisa almidonada.

—A juzgar por tu reacción, la recuerdas. —Me incliné hacia delante, y le dediqué una sonrisa sombría cuando retrocedió ligeramente en respuesta. En la frente le brillaba una débil capa de sudor—. Está muerta, por cierto. Se hundió en el alcohol y las drogas después de que un pedazo de mierda infame la abandonara cuando le dijo que estaba embarazada. Murió de sobredosis cuando yo tenía once años.

Me pareció atisbar una pizca de arrepentimiento en los ojos de Erhall antes de que lo enmascarara.

—Siento oír eso. —Un músculo se le tensó en la mandíbula, se llevó la mano a la corbata y la bajó antes de volver a mirarme—. Pero me temo que no conozco a ninguna Deidre Larsen. Me has confundido con otra persona.

Cerré las manos hasta formar dos puños. Bridget me deslizó una mano sobre la rodilla, con una caricia fría y tranquilizadora, y yo exhalé un largo suspiro antes de obligarme a relajarme.

No estaba ahí para darle una paliza a Erhall, al menos no físicamente. Teníamos un objetivo más importante que cumplir.

—Eso no es lo que dicen las pruebas de ADN. —Me metí la mano en el bolsillo y estampé los papeles (cortesía de Andreas) sobre el escritorio con un golpe que hizo que Erhall diera un bote—. Echa un vistazo si no me crees.

No los tocó. Ambos sabíamos que lo que había dicho era cierto.

—¿Qué quieres? —Erhall recuperó algo de su compostura—. ¿Dinero? ¿Un título? —Levantó una ceja—. ¿Excursiones mensuales para fomentar la relación padre e hijo?

A pesar de su tono burlón, me miró con una expresión extraña que casi…

No. El día en que participara voluntariamente en cualquier tipo de «relación» con él sería el día en que las ranas criaran pelo.

—Su alteza ya te lo ha dicho. —Incliné la cabeza hacia Bridget. Estaba sentada tranquilamente a mi lado, con una expresión neutra, casi aburrida, mientras observaba nuestra conversación—. Queremos que lleves al pleno la moción para derogar la Ley de Matrimonios Reales.

—¿Y si no lo hago?

—A lo mejor se encuentra la noticia de su hijo ilegítimo en la portada del próximo Daily Tea —dijo Bridget—. Hipotéticamente hablando, por supuesto. O podrían llegar a manos de los periodistas cosas aún más jugosas. —Sacudió la cabeza—. Es una pena que no esperen hasta después de las elecciones. Este año tiene un rival bastante fuerte. Solo un pequeño atisbo de escándalo podría inclinar la balanza a su favor. Pero ¿qué sabré yo? —Volvió a sonreír—. No soy más que una «cara bonita».

La cara de Erhall cambió de blanco tiza a morado chillón en cero coma dos segundos. Habría sido alarmante si no hubiera sido tan satisfactorio.

—¿Me está chantajeando?

—No —dijo Bridget—. Le estoy animando a hacer lo correcto. Porque hará lo correcto, ¿no es así, señor presidente?

Me di cuenta de que se estaba esforzando por contener algunos calificativos mientras su cabeza iba a toda máquina.

Si se negaba, se arriesgaba a perder su carrera política por el escándalo que provocaría un hijo ilegítimo. Representaba a uno de los condados más tradicionales del país, y sus votantes no responderían bien a la noticia de que había tenido un hijo con una camarera americana fuera del matrimonio.

Y si cedía, perdería el juego de poder, porque de eso se trataba. A Erhall no le costaría mucho llevar la moción al pleno, pero hacerlo significaba que Bridget ganaba la mano. La política era un juego y perder una partida (especialmente ante alguien a quien Erhall consideraba inferior sin otra razón que su género) debía de escocer.

El reloj de pie hacía tictac en la esquina, y el paso de los segundos retumbaba en el silencio.

Finalmente, Erhall dejó caer los hombros y me recorrió una sensación de victoria.

—Aunque lleve la moción al pleno, el Parlamento nunca la aprobará —dijo con rencor—. La opinión pública solo puede ayudarle hasta cierto punto.

La sonrisa de Bridget no vaciló.

—Deje que yo me preocupe del resto del Parlamento. Usted hace su parte y el mundo no tiene por qué enterarse de su indiscreción. Incluso podría ocupar el escaño de primer ministro algún día. Pero recuerde, señor presidente, que voy a ser reina. Y seguiré siendo reina mucho después de que su carrera política haya terminado y usted se ponga a vender sus memorias sobre sus días de gloria en los programas matutinos de televisión. Así que le conviene trabajar conmigo y no poner las cosas más difíciles. ¿No le parece?

Erhall era un cabrón, pero no era idiota.

—De acuerdo. Llevaré la moción a la próxima sesión del Parlamento —dijo con tono hosco.

—Excelente. —Bridget se levantó de su asiento—. Me encantan las reuniones productivas. Señor Larsen, ¿hay algo más que quieras añadir?

Me quedé mirando a Erhall. Aunque ciertas cosas que decía y hacía me molestaban, mis sentimientos generales hacia mi padre habían pasado de la aversión a la indiferencia.

El control que ejercía sobre mí había desaparecido.

—Me he pasado la vida construyéndote en mi mente —dije—. Fuiste la decisión que cambió dos vidas sin remedio, el monstruo que convirtió a mi madre en el monstruo que ella misma acabó siendo. Podría haber descubierto tu identidad hace mucho tiempo, pero decidí no hacerlo. Me dije que era porque no confiaba lo suficiente en mí mismo como para no matarte por lo que hiciste. —Erhall se inclinó y retrocedió otro centímetro—. Pero la verdad es que tenía miedo de enfrentarme al fantasma que me había perseguido toda la vida, incluso cuando estaba convencido de que los fantasmas no eran reales. ¿Cómo sería el hombre que técnicamente era una mitad de mí? ¿Cómo reaccionaría cuando descubriera que yo era su hijo?

A Erhall se le volvió a tensar el músculo de la mandíbula.

—Bueno, pues por fin me he enfrentado a él, ¿y sabes de qué me he dado cuenta? —Le miré directamente a los ojos. No sentí ni una pizca de nada más que no fuera apatía—. De que no es un monstruo. Es un hombrecillo triste y patético que fue demasiado cobarde como para asumir las consecuencias de sus actos, y yo perdí décadas dejando que tuviera más poder sobre mi vida del que merecía. Así que no, no quiero ni querré nunca tu dinero, tu título ni cualquier tipo de relación contigo. En lo que a mí respecta, mi padre está muerto. Murió cuando se marchó hace treinta y cuatro años.

Erhall se estremeció mientras yo me ponía de pie, y mi altura arrojó una sombra sobre su figura encorvada. Asentí con la cabeza.

—Que tenga un buen día, señor presidente.

Bridget y yo estábamos a punto de salir por la puerta cuando dijo:

—Los matrimonios concertados no son solo cosa de la realeza, señor Larsen. La gente se veía obligada a contraer matrimonios sin amor desde mucho antes de que naciera su alteza.

Hice una pausa y miré hacia atrás, con los ojos clavados en los de Erhall. Vislumbré otro destello de arrepentimiento, pero no era suficiente. No por lo que le hizo a Deidre, ni por lo que me hizo a mí. No había excusa para la forma en la que había manejado la situación.

En lugar de responder, acorté la distancia que quedaba hasta la salida y le dejé allí, balbuceando y solo en aquel despacho enorme y frío.

Bridget esperó a que entráramos en el ascensor, lejos de los oídos y ojos indiscretos de la asistente de Erhall, antes de hablar.

—Deberíamos ganarnos la vida dando discursos —dijo—. Haríamos un gran negocio.

Una carcajada me retumbó en la garganta. Me había quitado un gran peso de encima, y mi risa fluyó con más libertad.

—No sé yo. No soy el típico tío que da discursos.

—Lo has hecho muy bien ahí dentro. —Bridget me apretó el brazo, y el gesto transmitió más de lo que podrían las palabras. Un destello de picardía le iluminó los ojos—. Pensaba que le iba a estallar una arteria. Imagínate si hubiéramos mencionado también a Andreas.

Andreas se había empeñado en que Erhall no descubriera nunca la verdad sobre él. Tenía mucho más que perder que cualquiera de nosotros si salía a la luz la verdad sobre su parentesco, y yo no tenía ningún problema en mantener el secreto, en parte porque respetaba su decisión y en parte porque así le mantenía a raya. Aunque no quisiera la corona, seguía vigilándole de cerca. Lo hacía con cualquiera que supusiera una amenaza para Bridget.

—Así que hemos ganado la primera batalla —dije cuando el ascensor se detuvo en la planta baja del edificio del Parlamento—. ¿Qué es lo siguiente?

La picardía de Bridget dio paso a la determinación.

—Lo siguiente es ganar la guerra.

—Dalo por hecho.

Le tendí la mano y ella la agarró; su palma pequeña y suave se acomodó perfectamente en la mía, más grande y áspera.

Las puertas se abrieron y salimos en medio de un frenesí de cámaras y periodistas que nos gritaban preguntas.

Salir de las sombras y ocupar el centro de atención.

Nunca esperé el reconocimiento mundial, pero hablaba en serio cuando dije que seguiría a Bridget a cualquier parte, incluso hacia una tormenta de medios de comunicación.

¿Estás preparado, señor Larsen?

Nací preparado, princesa.

Bridget y yo mantuvimos las manos agarradas mientras atravesábamos la tormenta.

Una batalla ganada, una guerra por ganar.

Menos mal que era, y siempre seré, un soldado para la reina.

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