Twisted Games
Capítulo 48
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Bridget
El mes siguiente empecé a hacer campaña para convencer, o amenazar, a suficientes ministros para que votaran sí a la derogación. Algunos fueron fáciles de persuadir, otros no tanto. Pero después de un centenar de llamadas telefónicas, once charlas en persona, veintitrés entrevistas con los medios de comunicación e innumerables apariciones públicas (tanto programadas como «espontáneas») de Rhys y mías, finalmente llegó el gran día.
Rhys y yo estábamos sentados en mi suite, viendo la votación en la televisión. Yo canalizaba el estrés con dos paquetes de Oreo mientras él estaba sentado a mi lado, con el rostro impasible, pero con el cuerpo vibrando con la misma energía inquieta que me corría por las venas.
El recuento de votos hasta el momento era de: noventa a favor, treinta en contra y dos abstenciones, y aún quedaban cuarenta y ocho personas por votar. Necesitábamos ciento treinta y cinco votos a favor para la derogación. Tenía buena pinta, pero no iba a vender la piel del oso antes de cazarlo.
—Lady Jensen. —La voz agria de Erhall resonó por la sala de paneles de caoba en la pantalla.
—Sí.
—Lord Orskov.
—Sí.
Le apreté la mano a Rhys, con el corazón a mil por hora. Había puesto a Orskov en la columna de quizás, así que su voto era una gran victoria.
—La van a aprobar. —La tranquilidad de Rhys me calmó los nervios—. Y si no lo hacen, tenemos un plan B.
—¿Cuál?
—Quemar el Parlamento.
Me eché a reír.
—¿Cómo se supone que eso va a ayudar?
—No lo sé, pero me quedaría muy a gusto.
Otra risa, otro respiro a los nervios.
Cincuenta y siete menos. Cincuenta y seis. Cincuenta y cinco.
La votación continuó hasta que solo quedaban dos ministros y nos faltaba un sí para la derogación. Si alguno de ellos votaba que sí, éramos libres.
Apreté la mano de Rhys de nuevo mientras Erhall llamaba al siguiente ministro.
—Lord Koppel.
—No.
Me desinflé mientras Rhys soltaba una retahíla de insultos. No esperaba que Koppel votara a favor, pero de todos modos fue decepcionante.
Empecé a notar cómo el arrepentimiento me subía por la garganta. Debería haber chantajeado a Koppel. Había tratado de no salirme de los límites legales en mi campaña, y no amenazar abiertamente a ninguno de los ministros, excepto a Erhall, pero quizás había calculado mal. No sería la primera persona en la historia a la que su conciencia le ha jugado una mala pasada.
Has hecho lo correcto.
Se me erizaron los pelos de la nuca. Me incorporé y miré alrededor de mi suite, pero solo estábamos Rhys y yo. Sin embargo, habría jurado que acababa de oír una suave voz femenina susurrándome… Una voz que se parecía sospechosamente a la de mi madre, según los viejos vídeos que había visto de ella.
Esto me pasa por quedarme despierta hasta tarde. La noche anterior estaba demasiado nerviosa como para conciliar el sueño, y ahora claramente estaba delirando de cansancio.
En la pantalla, a Erhall se le dibujó en la cara una sonrisa de satisfacción, y me di cuenta de que estaba rezando para que la derogación fracasara. Había presentado la moción, como había prometido, pero su regocijo había sido visible cada vez que alguien votaba en contra.
—Lady Dahl.
Me mordí el labio inferior.
Dahl era la última ministra que quedaba. Tenía uno de los criterios de votación más impredecibles del Parlamento, y podía ir en cualquier dirección. Ninguna de las llamadas que le había hecho había logrado nada más que un cortés «Gracias, alteza. Me lo pensaré».
La energía inquieta que emanaba de Rhys se triplicó hasta ser casi audible en el denso silencio de mi suite. Las Oreo me chapoteaban en el estómago y deseé no haberme dado ese atracón de azúcar en tan poco tiempo.
Dahl abrió la boca y yo cerré los ojos con fuerza, incapaz de ver el momento que cambiaría mi vida, para bien o para mal.
Por favor, por favor, por favor…
—Sí.
Sí. Mi cerebro tardó un poco en procesar esa palabra.
Cuando lo hizo, abrí los ojos a tiempo de ver a un Erhall de aspecto irritado decir:
—Con un recuento final de ciento treinta y cinco votos a favor, cuarenta votos en contra y cinco abstenciones, el Parlamento declara oficialmente derogada la Ley de Matrimonios Reales de 1723. La Cámara…
No escuché el resto de su discurso. Estaba demasiado emocionada, con la piel acelerada por un cosquilleo eléctrico y la cabeza me daba vueltas de incredulidad. Mi mirada aturdida se encontró con la de Rhys.
—¿Ha ocurrido de verdad?
Arrugó los ojos con una pequeña sonrisa.
—Sí, princesa, así es.
Se le llenó el rostro de alivio y de un orgullo feroz.
—Lo hemos logrado. —No era capaz de procesarlo. La ley había sido la pesadilla de mi existencia desde que me convertí en princesa heredera, y ahora había desaparecido. Podía casarme con quien quisiera sin renunciar al trono. Podía casarme con Rhys.
De pronto comprendí la magnitud de lo que había pasado.
—¡Lo hemos logrado! —chillé, y me lancé a los brazos de Rhys, que sonreía con fuerza. Todo se volvió borroso y me di cuenta de que estaba llorando, pero no me importó.
Tantos meses de agonía por la ley, tantos madrugones y noches de trabajo y conversaciones que me daban ganas de tirarme de los pelos… Todo había valido la pena, porque lo habíamos logrado.
Estoy orgullosa de ti, cariño. La suave voz femenina regresó y se me formó un nudo de emoción en la garganta.
No importaba si la voz era real o fruto de mi imaginación. Lo único que importaba era que estaba ahí, más cerca que nunca.
Gracias, mamá. Yo también estoy orgullosa de mí.
Rhys, mi abuelo y Nikolai me habían asegurado que era capaz de hacer mi trabajo como reina, pero no les había creído hasta ahora. Mi primera victoria real en el Parlamento. Esperaba que mi relación con los ministros fuera más cooperativa que combativa, pero no era tan ingenua como para pensar que todo iría sobre ruedas. Aún quedaban muchas batallas cuesta arriba, pero si había ganado una vez, podría volver a hacerlo.
Rhys se sumergió en mi boca con un beso profundo y tierno.
—Lo has logrado tú. Yo solo te he acompañado en el camino.
—No es verdad. —Me acurruqué cerca de él, tan eufórica que me habría caído al suelo si no me hubiera agarrado de la cintura con los brazos—. Tú también has participado en todo.
Entrevistas, reuniones, apariciones públicas. Todo.
Un profundo sonido retumbó en el pecho de Rhys.
—Parece que estás atrapada conmigo, princesa. —Me rozó la espalda con los nudillos—. Deberías haberlo pensado antes.
—¿Ah, sí? —Adopté una expresión pensativa—. Siempre puedo romper contigo y salir con otra persona. Hay un actor de cine que siempre me ha… —Volví a chillar cuando se levantó y me cargó encima del hombro.
—Rhys, bájame. —Me dolían las mejillas de sonreír—. Tengo llamadas que responder. —Agité la mano señalando mi teléfono, que llevaba vibrando con nuevos mensajes y llamadas desde que había terminado la votación.
—Eso luego. —La palma de Rhys aterrizó en mi trasero con un fuerte azote, y pegué un grito mientras el calor me abrasaba por el impacto—. Tengo que darte una lección respecto a ese tipo de bromas. Especialmente las que son sobre otros hombres.
¿Estaba mal que se me humedecieran las bragas cuando su voz se convirtió en un gruñido posesivo? Tal vez. Pero no me importó que abriera la puerta de mi habitación de una patada y me tirara en la cama.
—¿Qué clase de lección? —Ya estaba tan mojada que mis muslos estaban pegajosos de la excitación, y la oscura sonrisa de Rhys me hacía mojarme cada vez más.
—Ponte a cuatro patas —dijo ignorando mi pregunta—. Y mirando a la pared.
Obedecí, y se me salió el corazón por la boca cuando la cama se hundió bajo el peso de Rhys. Me levantó la falda con una mano y me bajó las bragas con la otra con un movimiento tan enérgico que escuché el inconfundible desgarro de la seda.
Tenía que reservar un presupuesto mensual para reponer toda la ropa interior que había roto, pero no me quejaba.
—Luego celebramos la votación. —Rhys arrastró el dedo a través de mi humedad y sobre mi clítoris hipersensible, y se me escapó de la boca un pequeño gemido—. Pero, por ahora, vamos a ver si te crees tan graciosa cuando haya terminado contigo.
Esa fue la última advertencia que recibí antes de que una fuerte embestida retumbara en la habitación, y una descarga de dolor mezclada con placer me estallara en la piel.
Bajé la cabeza justo a tiempo de amortiguar mi grito con la almohada antes de que otra explosión de sensaciones se uniera a la primera.
Tenía razón. Podíamos celebrar la votación más tarde. Por ahora necesitábamos aliviar toda la tensión y la ansiedad del último mes y…
Ahogué un jadeo cuando Rhys me penetró desde atrás, y pronto todos los pensamientos se desvanecieron, y solo quedó la felicidad de su contacto y la plenitud de mi corazón.