Twisted Games
Capítulo 49
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Bridget
Nos pasamos el resto del día y de la noche en mi habitación, y solo salimos para comer, pero a la mañana siguiente nos dimos de bruces con la realidad y me obligué a salir de los brazos de Rhys.
Por mucho que estuviera disfrutando de nuestra victoria, todavía me quedaba una cuestión que abordar. Había esperado hasta después de la votación porque no podía permitirme ni una distracción hasta ese momento, pero ya era hora de enfrentarme a ello de una vez por todas.
Rhys se quedó en el dormitorio mientras yo esperaba a mi visita en el salón.
Escuché unos golpecitos en la puerta antes de que Mikaela asomara la cabeza.
—¿Querías verme?
—Sí. Por favor, siéntate.
Pasó y se dejó caer en el asiento frente a mí.
—Me moría por hablar contigo, pero ayer no respondiste a mis llamadas. Supuse que estarías… ocupada, pero, Dios mío, ¡la votación! ¡Hay que celebrarla! Es geni…
—¿Por qué filtraste las fotos a la prensa? —Me salté los preliminares y fui directa al grano. No soportaba las charlas vacías mientras había una nube negra sobrevolando por encima.
Mi tono de voz era neutro, pero tenía las uñas tan clavadas en el cojín del sofá que dejaron pequeñas marcas.
No había querido creer a Rhys cuando me lo contó. Una parte de mí aún esperaba que se hubiera equivocado. Pero la cara pálida y los ojos de pánico de Mikaela me confirmaron todo lo que necesitaba saber.
Era verdad.
La traición me apuñaló con afiladas garras y atravesó mi calma hasta ese momento fría.
No tenía muchos amigos en Eldorra. Tenía conocidos y gente que me hacía la pelota por mi título, pero no amigos de verdad. Mikaela había sido la única constante a mi lado, y había confiado en ella.
—Yo… No sé de qué estás hablando —dijo Mikaela, evitando el contacto visual.
—La antigua empresa de Rhys rastreó las fotos hasta tu dirección IP. —Al parecer, Christian, el antiguo jefe de Rhys, era un genio de la informática, y Rhys le había pedido que le ayudara a descubrir la identidad del filtrador. Hacía semanas que sabía que Mikaela podía ser la culpable, y había tenido que fingir que no pasaba nada hasta enfrentarme a ella.
Si lo de la realeza no funcionaba, podría tener una carrera alternativa como actriz.
Mikaela abrió la boca, la cerró y la volvió a abrir.
—Pensé que te estaba ayudando —dijo débilmente—. Me dijo que te ayudaría.
—Lo sé.
Las garras de la traición se me clavaron más profundo.
Christian había encontrado algunos… mensajes interesantes al investigar la correspondencia de Mikaela con el Daily Tea, y me habían dejado tan sorprendida como el descubrimiento de que Mikaela era técnicamente la filtradora.
El hecho de que no hubiera sido idea de Mikaela no disminuyó el escozor. Tendría que haberlo evitado.
Volvieron a llamar a la puerta.
—Adelante. —No aparté los ojos de Mikaela, que parecía querer hundirse en el sofá y no volver a levantarse nunca.
Elin entró, elegante e impecable con su traje blanco de Escada y sus tacones de cinco centímetros. Recorrió a Mikaela con la mirada antes de detenerse en mí.
—Ha pedido verme, alteza.
—Sí. Estábamos hablando de las fotos filtradas de Rhys y de mí. —Finalmente aparté la vista de mi amiga (examiga) y me enfrenté a la fría mirada azul de Elin—. ¿Sabes algo de eso?
Elin no era tonta. Se dio cuenta de mi insinuación de inmediato, pero, a su favor, hay que decir que no fingió ignorancia ni puso excusas.
—Lo hice para ayudarle, alteza —dijo después de solo un segundo.
—¿Filtrando fotos privadas mías? ¿Cómo se supone que me ayuda eso?
—No eran fotos privadas. —En su voz había un atisbo de irritación—. Eran fotos absolutamente inocentes dispuestas de forma sugerente. Nunca habría filtrado imágenes verdaderamente incriminatorias. Pero si no lo hubiera hecho, usted y el señor Larsen habrían seguido con sus imprudencias y habría salido a la luz algo más escandaloso. Solo era cuestión de tiempo. No crea que no me di cuenta de lo que ustedes dos trataban de ocultar delante de mis narices. No he mantenido tanto tiempo este cargo siendo una inconsciente.
Maldita sea. Debería haberme dado cuenta de que Elin se enteraría de nuestra relación.
Tenía razón. Sí que habíamos sido imprudentes, demasiado inmersos en nuestra fase de luna de miel como para tomar las precauciones habituales. Pero eso no significaba que estuviera bien lo que había hecho.
—¿Y el vídeo?
Por fin le había contado a Rhys lo del vídeo de la boda de Nikolai unas semanas atrás. Le molestó que lo hubiera mantenido en secreto durante tanto tiempo, pero como no había salido nada a la luz, se tranquilizó después de…, bueno, cinco días. Sin embargo, también le pidió a Christian que investigara quién lo había enviado, y cuando supe que Elin también estaba detrás del vídeo, casi me caigo redonda.
Las sorpresas no dejaban de llegar.
Los ojos de Mikaela rebotaban entre Elin y yo.
—¿Qué vídeo?
La ignoramos, demasiado encerradas en nuestro duelo de miradas.
—Es un delito poner cámaras en una residencia privada —dije—. Especialmente en una residencia privada real.
—El príncipe Nikolai sabía lo de las cámaras. —Elin ni siquiera parpadeó—. El jefe de seguridad le convenció para que instalara una cámara oculta de vigilancia mientras la casa estaba de reformas. Demasiados obreros entrando y saliendo. Fue una medida de precaución.
Hice una pausa, absorbiendo la información, antes de decir:
—El chantaje también es ilegal.
—No le he chantajeado, ni lo haría nunca. —Las cejas de Elin se fruncieron con fuerza—. Le envié el vídeo con la esperanza de que le hiciera romper su relación con el señor Larsen. Como no lo hizo, tuve que filtrar las imágenes.
—No tenías que hacer nada. Podrías haber hablado conmigo primero —dije con frialdad—. Para ser la secretaria de Comunicaciones, no eres muy buena comunicadora.
—No habría cambiado nada. Es usted muy tozuda, alteza. Me habría dicho que iba a romper la relación y habría vuelto con él. Tuve que forzarlo un poco. Además, el reportero del Daily Tea al que le enviamos las fotos ya había estado husmeando, esperando encontrar algo sucio. Seguridad lo encontró invadiendo los terrenos del palacio. Ese fue especialmente insistente, casi como si tuviera algo personal. —Elin ladeó la cabeza—. Hans Nielsen, antes era del National Express. ¿Le suena?
Vaya que si me sonaba. Hans era el paparazzo cuya cámara Rhys había hecho trizas en el cementerio el año anterior. Al parecer, había ascendido en su carrera y le guardaba rencor.
Me remonté a unas semanas atrás, cuando Rhys me dijo que sospechaba que alguien había husmeado en la casa de huéspedes mientras él vivía allí. Apostaba a que había sido Hans, teniendo en cuenta que había ocurrido antes de que nos pillaran juntos a Rhys y a mí y de que Elin contratase a un fotógrafo para que nos siguiera.
Sin embargo, no le dije a Elin nada de eso.
—En cualquier caso, las fotos le satisficieron y evitaron que siguiera indagando —dijo Elin cuando no respondí—. Debo decir que, visto en perspectiva, su rueda de prensa estuvo inspirada, y usted y el señor Larsen la supieron gestionar. La votación de ayer fue una gran victoria, así que aquí no ha pasado nada.
Era curioso que ahora dijera que la rueda de prensa estuvo inspirada, después del escándalo que montó en su momento.
—¿Cómo que aquí no ha pasado nada? —repetí—. ¡Elin, conspiraste a mis espaldas, provocaste un escándalo y metiste a Mikaela en el plan!
Mikaela, que había estado observando el duelo con los ojos como platos, bajó la cabeza.
—Necesitaba un intermediario. No podía dejar que las fotos me delataran. —Elin dejó escapar un profundo suspiro—. Sinceramente, alteza, todo salió bien. Alimenté a la prensa con un escándalo menor para que no tropezaran con uno mayor. Estaba protegiendo a la familia real. Ese ha sido siempre mi objetivo número uno.
—Puede ser. —Me puse firme—. Y aprecio tu servicio a la familia durante estos años, pero me temo que es hora de que nos separemos.
Mikaela chilló mientras el color se desvanecía en la cara de Elin.
—¿Me está despidiendo? No puede despedirme. Su majestad…
—Él me ha dado la potestad para hacer cualquier cambio de personal que crea conveniente —concluí. Me presioné las manos contra los muslos para dejar de temblar. Elin era una de las empleadas más veteranas de la Casa Real, y siempre me había dado un poco de miedo. Pero aunque era excelente en la parte externa de su trabajo, yo necesitaba a alguien que trabajara a mi lado, no a alguien que conspirara a mis espaldas y tratara de dictar mis acciones—. Te pasaste de la raya y perdiste nuestra confianza. La mía y la del rey.
Elin se mantenía aferrada al teléfono, con los nudillos más blancos que su traje. Por fin, dijo:
—Como quiera. Tendré mi escritorio recogido para el fin de semana. —Le tembló un músculo debajo del ojo, pero, aparte de eso, no mostró ninguna emoción—. ¿Algo más, alteza?
Eficiente hasta el final.
—No —dije con una sensación extrañamente melancólica. Elin y yo nunca habíamos tenido confianza, pero era el fin de una era—. Puedes retirarte.
Me dirigió un tenso movimiento de cabeza y se marchó. No le gustaba el dramatismo y me conocía lo suficiente como para saber cuándo me proponía algo.
—Tú también —le dije a Mikaela.
—Bridget, te juro que…
—Necesito pensar bien las cosas. —Tal vez podría perdonarla algún día, pero su traición aún estaba fresca y nada de lo que dijera ahora aliviaría el dolor—. No sé cuánto tiempo me llevará, pero necesito tiempo.
—Lo entiendo. —Le tembló la barbilla—. De verdad, yo solo intentaba ayudar. Elin fue muy convincente. No la creí al principio cuando dijo que Rhys y tú teníais algo. Pero luego pensé en la forma en que os mirabais, y en aquella vez que tardasteis tanto en abrir la puerta de vuestra oficina… Todo tenía sentido. Me dijo que te podías meter en un problemón si…
—Mikaela, por favor. —Me presioné las sienes con los dedos. Me dolían casi tanto como el corazón. Quizás la antigua Bridget habría pasado por alto lo que hizo, pero ya no podía permitirme pasar nada por alto. Necesitaba gente alrededor en la que poder confiar—. Ahora mismo no.
Mikaela tragó saliva, con las pecas contrastadas en la palidez de su piel, pero se marchó sin intentar poner más excusas.
Exhalé un profundo suspiro. La conversación había sido breve, pero más dura de lo que esperaba, incluso después de semanas de preparación mental.
Suponía que nadie nunca estaba del todo preparado para despedir a una de sus empleadas más veteranas y a una de sus amigas más antiguas en tan solo media hora.
Oí que Rhys se acercaba por detrás de mí. No habló. Se limitó a pasarme las palmas de las manos por los hombros y a masajearme los músculos con los pulgares.
—Esperaba que te equivocaras. —Me quedé mirando donde se había sentado Mikaela, con el escozor de la traición aún persistente en la piel.
—Princesa, nunca me equivoco.
Solté una media risa, rompiendo parte de la tensión.
—Se me ocurren algunos casos en los que sí te has equivocado.
—¿Sí? ¿Como cuándo? —me desafió Rhys, con un destello de diversión.
Agravé la voz para imitarlo:
—«Uno, no me involucro en la vida personal de mis clientes. Estoy aquí para salvaguardar tu integridad física. Punto. No estoy aquí para ser tu amigo, ni tu confidente, ni ninguna otra cosa. Esto asegura que mi competencia no se vea comprometida». —Recuperé mi voz habitual—: ¿Qué tal te ha funcionado eso, señor Larsen?
Dejó de masajearme los hombros y me rodeó la garganta con una mano. Se me aceleró el pulso cuando bajó la cabeza hasta que sus labios me rozaron la oreja.
—¿Ya estamos con burlas? ¿Necesitas ya una lección de repaso, alteza?
La tensión se rompió un poco más.
—Puede. A lo mejor tú deberías repasar tus capacidades de enseñanza, señor Larsen —dije, siguiéndole el juego—. Las clases deberían durar más de un par de horas.
Se me escapó otra carcajada cuando Rhys me levantó y me dio la vuelta para colocarme frente a él, y le rodeé el cuello y la cintura con los brazos y las piernas.
—En cuanto te vi supe que ibas a darme problemas. —Me apretó el culo, con fuerza, pero su mirada gris como el acero era suave mientras me examinaba—. Has hecho lo que tenías que hacer, princesa.
A pesar de la forma de decirla, su breve frase me reconfortó más de lo que podría hacerlo un discurso entero de otra persona.
—Lo sé. —Apoyé la frente en la suya, con la tensión en el pecho—. Pero aquí hay muy pocas personas a las que puedo recurrir, y acabo de perder a dos de ellas en un solo día.
Demasiadas cosas estaban cambiando demasiado rápido. Algunas eran buenas, otras me ponían de los nervios. En cualquier caso, apenas era capaz de seguir el ritmo.
—Me tienes a mí.
—Lo sé —repetí, más suave esta vez.
—Bien. Y para que conste… —Los labios de Rhys esbozaron una pequeña sonrisa—. Nunca he estado más feliz de estar equivocado. Qué gilipollez lo de no me involucro en la vida personal. No quiero eso. Quiero estar en tu mente, en tu corazón y en tu puta alma, igual que tú estás en la mía. Tú y yo, princesa…
—… contra el mundo —terminé. La opresión de mi pecho ya no tenía nada que ver con Elin y Mikaela.
—Así es. Nunca estás sola, princesa —me susurró junto a la boca—. Recuérdalo.
Rhys y yo aún no habíamos celebrado oficialmente la victoria de ayer, pero, mientras me besaba, me di cuenta de que no necesitábamos champán y fuegos artificiales. Siempre habíamos estado mejor a solas, sin necesidad de pompa y circunstancia, y la mejor celebración era estar juntos sin tener que escondernos.
Sin pudor ni culpa, sin votaciones decisivas ni conversaciones con examigas o exempleadas colgando sobre nuestras cabezas como una espada de Damocles.
Solo nosotros.
Eso era lo único que necesitábamos.