Twisted Games
Capítulo 50
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Rhys
—No te puedes sentar al lado de la reina si no sabes qué tenedor utilizar. Vas a ponerte en evidencia en un acto oficial. —Andreas se cruzó de brazos—. ¿No has mirado el esquema que te envié?
—Son-todos-tenedores —mascullé—. Cumplen la misma función.
—Me gustaría verte intentando comer un filete con un tenedor de ostras.
En la sien me palpitó un dolor sordo. Llevábamos una hora repasando el protocolo de la cena y estaba a un segundo de apuñalar a Andreas con uno de sus queridos tenedores.
La semana anterior, tras la votación parlamentaria, se había mudado oficialmente del palacio a su casa, y estábamos revisando los cubiertos en su cocina.
Le había pedido que me ayudara a aclimatarme al estilo de vida de la realeza. Protocolo diplomático, quién es quién en la sociedad de Eldorra, etc.
Ya me había arrepentido, y ni siquiera habíamos terminado la primera lección.
Antes de que pudiera responder, sonó el timbre de la puerta, salvando a Andreas de ser asesinado con sus cubiertos.
—Estúdiate el esquema —dijo antes de abrir la puerta.
La sien me volvió a palpitar. Tendría que haberles pedido ayuda a los empleados del palacio en vez de a él. Eran autómatas sin gracia, pero al menos no me daban ganas de asesinarlos cada cinco minutos.
Escuché voces ahogadas, seguidas de pisadas.
—¿Rhys?
Levanté la mirada y vi a Bridget en la puerta con Booth. No estaba seguro de quién estaba más sorprendido, si ella o yo.
—¿Qué haces aquí? —preguntamos al mismo tiempo.
—Parece que ahora soy el más popular de la familia. —Andreas se colocó junto a Bridget—. Qué irónico.
Ella se acercó a mí y me dio un beso rápido antes de fulminar a Andreas con la mirada.
—No eres el más popular en ningún sitio que no sea tu propia cabeza.
No me molesté en reprimir la sonrisa. La Bridget sarcástica era una de mis favoritas.
Andreas levantó una ceja.
—¿Te importa explicar a qué has venido, alteza? Supuse que estarías demasiado ocupada para visitarme a mí.
Buena pregunta. Se supone que Bridget estaba en una reunión para organizar la ceremonia de coronación.
—Mi reunión ha terminado pronto, así que he pensado en venir a darte las gracias. No he tenido la oportunidad de decirlo antes, pero aprecio que hayas ayudado a Rhys con Erhall. —Le salió algo forzado. La relación de Bridget con Andreas se había calmado un poco desde que descubrió que su primo había intentado ayudarla a su manera, pero nunca serían mejores amigos. Eran demasiado diferentes y tenían demasiada historia.
Andreas esbozó una sonrisa retorcida.
—No seas gilipollas —le advertí.
—¿Yo? Nunca —dijo antes de volverse hacia Bridget—. Aprecio la gratitud, querida prima. ¿Eso significa que me debes un favor en el futuro?
Ella entornó los ojos.
—No te pases.
Andreas se encogió de hombros.
—Valía la pena intentarlo. Ya que estás aquí, tal vez tú puedas explicarle a tu novio la disposición de los cubiertos. Hice un esquema perfecto, pero, por desgracia, no es suficiente.
La confusión de Bridget se transformó en risa cuando le expliqué la situación, sin dejar de mirar a Andreas.
—No conoce los tenedores —dijo Andreas cuando terminé—. Estoy tratando de civilizarle. Imagínate usar un tenedor de ensalada para comer pasta —bufó con desdén.
—Los conozco lo suficiente como para apuñalarte con uno de ellos —dije.
Booth resopló desde la puerta.
—La violencia es otra cosa en la que tenemos que trabajar. —Andreas apuró el whisky y lo dejó sobre la encimera—. Ahora sales con una princesa. No puedes ir por ahí apuñalando a la gente.
—Creo que la gente lo entenderá cuando descubra a quién apuñalo.
Bridget se rio.
—Pasa de él —me dijo—. Yo te ayudo. —Se volvió hacia Booth—. Estoy bien aquí. Rhys se queda conmigo. ¿No había un partido de fútbol que querías ver?
Fútbol europeo, no fútbol americano. Era una de las mil pequeñas cosas a las que me había tenido que acostumbrar.
A Booth se le iluminó la cara.
—Si no le importa, alteza.
Como se hacía tarde y Andreas no tenía nada más que leche y huevos, pedimos comida mientras Booth veía el partido en la sala de estar y Bridget y Andreas se peleaban por enseñarme a usar los cubiertos. Al final le cogí el tranquillo y pasamos a los rangos de nobleza. No era difícil de recordar. Después de la familia real, los duques y las duquesas ocupaban los primeros puestos, seguidos de los marqueses, los condes y los barones. Eldorra tenía una jerarquía similar a la de Gran Bretaña.
—Al final resulta que sí que puedes ser un buen príncipe consorte después de todo. —Andreas se limpió la boca con una servilleta y miró el reloj—. Si me disculpas, tengo que llamar a un viejo amigo de Oxford. No te cargues la cocina mientras no estoy.
—Me alegro de oírlo. Ya sabes que vivo para complacerte —dije con un tono inexpresivo.
—Lo sé. —Me dio una palmada en el hombro al salir, y mi nivel de irritación subió un par de puntos.
No podía creer que compartiera el ADN con semejante tipo.
Cuando me volví hacia Bridget, intentó reprimir una sonrisa sin éxito.
—¿Qué te hace tanta gracia?
—Tú y Andreas. Discutís igual que Nik y yo. —Su sonrisa se amplió ante mi cara de incomprensión—. Discutís como hermanos.
«Hermanos».
No me había dado cuenta hasta ese momento. Sabía que Andreas era mi hermano, pero es que era mi hermano de verdad. Y aunque fuera un plasta, era un hermano auténtico, al que veía a menudo. No parábamos de discutir, pero quizás eso era lo que hacían los hermanos, como había dicho Bridget.
Y no lo sabía. Había estado solo toda mi vida… hasta ahora.
El estómago se me revolvió con una sensación muy extraña.
—Todavía no confío plenamente en él —dije. El cinismo estaba metido en mi ADN, y aunque Andreas no había hecho nada turbio desde la conversación en la que hablamos de que éramos hermanos, solo habían pasado dos meses.
—Yo tampoco, pero de momento seamos optimistas. Además, será bueno para ti tener un hermano aquí. Aunque me gustaría que fuera menos…
—¿Menos como Andreas?
Bridget se rio.
—Eso.
—Mmm. Ya veremos.
La atraje hacia mí y le di un beso en la frente. A lo lejos se oía el partido de fútbol de Booth en la sala de estar, y la isla de la cocina estaba llena de envases de comida junto al vaso de whisky vacío de Andreas y el esquema arrugado que me había dibujado.
No parecía una reunión de la realeza. Parecía una noche de miércoles normal en casa.
Y mientras Bridget me rodeaba la cintura con los brazos y Andreas volvía refunfuñando por el retraso de su viaje de soltero a Santorini, identifiqué por fin la extraña sensación que me embargaba.
Era la sensación de tener una familia.