Twisted Games
Capítulo 2
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Rhys
La princesa Bridget von Ascheberg de Eldorra iba a ser mi perdición. Si no mi muerte literal, la muerte de mi paciencia y mi cordura. Estaba convencido, y eso que solo llevábamos dos semanas juntos.
Nunca había tenido un cliente que me sacara tanto de quicio como ella. La verdad es que era guapa (nada bueno cuando estás en mi posición) y encantadora (con todos menos conmigo), pero también era una mosca cojonera. Cuando yo decía «derecha», ella iba a la izquierda; cuando yo decía «vamos», ella se quedaba. Insistía en ir a eventos multitudinarios sin avisar, antes de que yo pudiera examinar el terreno, y se comportaba como si mis medidas de seguridad se pudieran improvisar de cualquier manera.
Bridget decía que siempre lo había hecho así con Booth, y todo había ido bien. Le dije que yo no era Booth, así que me daba igual lo que hiciera o dejara de hacer cuando estaba con él. Ahora mandaba yo.
No se lo tomó bien, pero me importaba un bledo. Mi función no era ganar el título a Mr. Simpático. Mi función era que estuviera a salvo.
Esa noche habíamos ido al bar más abarrotado de gente de Hazelburg. La mitad de Thayer había ido para aprovechar las copas a mitad de precio de la noche del viernes, y estaba seguro de que el bar había sobrepasado su aforo máximo permitido.
Música alta, gente ruidosa. Era el tipo de sitio que menos me gustaba, y, al parecer, el que más le gustaba a Bridget, teniendo en cuenta lo mucho que había insistido para ir.
—Así que… —Su amiga pelirroja, Jules, me miró por encima de una copa—. ¿Conque estabas en la Marina, eh?
—Sí. —No me engañó su tono irónico ni su actitud de chica alocada. Había investigado a fondo los antecedentes de todas las amigas de Bridget antes de aceptar el trabajo, y sabía de sobra que Jules Ambrose era más peligrosa de lo que aparentaba. Pero no suponía ninguna amenaza para Bridget, por lo que no mencioné lo que había hecho en Ohio. No era mi cometido contar esa historia.
—Me encantan los militares —ronroneó.
—Exmilitar, J. —Bridget ni me miró mientras apuraba la copa—. Además, es muy mayor para ti.
Era una de las pocas cosas en las que estábamos de acuerdo. Yo solo tenía treinta y un años, así que no era mayor en absoluto, pero ya había hecho y presenciado suficiente mierda como para sentirme mayor, especialmente en comparación con unas jóvenes universitarias que ni siquiera habían tenido un trabajo serio todavía.
Yo nunca me había sentido joven, ni siquiera de niño. Crecí entre la escoria y la basura.
Mientras tanto, Bridget se sentó delante de mí y me miró como la princesa de cuento que era. Tenía los ojos azules y grandes y los labios gruesos y rosados encuadrados en un rostro en forma de corazón, una piel perfecta de alabastro y una melena dorada que le caía en ondas por la espalda. La camiseta le dejaba al aire los hombros suaves y en las orejas le brillaban unos pequeños diamantes.
Joven, rica y de la realeza. Lo opuesto a mí.
—Negativo. A mí me gustan mayores. —Jules aumentó el voltaje de su sonrisa mientras me miraba de arriba abajo—. Y estás bueno.
No le devolví la sonrisa. No era tan tonto como para mantener ningún tipo de relación con la amiga de una clienta. Ya tenía las manos ocupadas con Bridget.
Es un decir.
—Déjale en paz —se rio Stella. Graduada en Diseño de Moda y Comunicación. Hija de un abogado medioambiental y la jefa de personal de un alto cargo del gobierno. Estrella de las redes sociales. Repasé mentalmente todo lo que sabía sobre ella mientras hacía una foto del cóctel antes de darle un sorbo—. Búscate a alguien de tu edad.
—Los tíos de mi edad son un coñazo. Si lo sabré yo. He salido con unos cuantos. —Jules le dio un codazo a Ava, la última integrante del grupo de amigas de Bridget. Si olvidábamos las insinuaciones inapropiadas de Jules, eran una pandilla decente. Mucho mejores que los amigos de la estrella de Hollywood en ciernes a quien había protegido durante tres meses insoportables, en los cuales vi más genitales que en toda mi vida—. Hablando de hombres mayores, ¿dónde está tu amorcito?
Ava se sonrojó.
—No ha podido venir. Tenía una reunión con unos socios de Japón.
—Bueno, ya vendrá —dijo Jules—. Estás en un bar lleno de universitarios borrachos y salidos. Me sorprende que todavía no… Ah. Hablando del rey de Roma. Ahí está.
Seguí su mirada hasta un hombre alto de pelo oscuro que se abría paso entre la multitud llena de, efectivamente, universitarios borrachos y salidos.
Ojos verdes, ropa de diseño hecha a medida, una expresión tan fría que hacía que la tundra helada de Groenlandia pareciera una isla tropical.
Alex Volkov.
No le conocía a él personalmente, pero sí su nombre y su reputación. Era una leyenda en determinados círculos.
Como director ejecutivo de facto de la empresa de desarrollo inmobiliario más grande del país, Alex tenía suficientes contactos y material para chantajear como para acabar con la mitad del Congreso y otros tantos de la lista de los más ricos del mundo.
No confiaba en él, pero estaba saliendo con una de las mejores amigas de Bridget, lo que significaba que su presencia era inevitable.
La cara de Ava se iluminó al verle aparecer.
—¡Alex! Creía que tenías una reunión de negocios.
—Ha terminado pronto, así que se me ha ocurrido pasarme. —Se dieron un beso en los labios.
—Me encanta tener razón, lo cual ocurre casi siempre. —Jules le dirigió a Alex una sonrisa traviesa—. ¿Alex Volkov en un bar de estudiantes? Jamás pensé que vería algo así.
Él la ignoró.
La música pasó de un rhythm and blues suave a un remix de los éxitos más recientes de la radio, y todo el bar se volvió loco. Jules y Stella salieron disparadas de sus sillas a la pista de baile, seguidas por Bridget, pero Ava se quedó donde estaba.
—Id vosotras. Yo me quedo aquí —bostezó—. Estoy cansada.
Jules la miró con horror.
—¡Si solo son las once! —Se volvió a mí—. Rhys, baila con nosotras. Tienes que compensar esta… blasfemia. —Señaló a Ava, acurrucada junto a Alex, que le rodeaba los hombros con un brazo protector. Ava hizo un gesto; Alex no movió ni un músculo de la cara. Había visto bloques de hielo mostrar más emoción que él.
Me quedé sentado.
—Yo no bailo.
—Tú no bailas. Alex no canta. Los dos sois la viva imagen del entusiasmo —gruñó Jules—. Bridget, haz algo.
Bridget me miró antes de retirar la vista.
—Está trabajando. Venga —se rio—. ¿No te valemos Stella y yo?
Jules dejó escapar un suspiro.
—Supongo que sí. Qué manera de hacerme sentir culpable.
—Perfeccioné el arte de hacer sentir culpables a los demás en la escuela de princesas. —Bridget arrastró a sus amigas a la pista de baile—. Vamos.
Para sorpresa de nadie, Ava y Alex dieron por terminada la noche poco después, y yo me quedé solo en la mesa, con un ojo puesto en las chicas y el otro en el resto del bar. Al menos, haciendo el intento. Pero se me iba la mirada a Bridget, y solo a Bridget, más a menudo de lo que me habría gustado; y no solo porque fuera mi clienta.
Sabía que iba a ser un problema desde el primer momento en que Christian me encomendó la nueva misión. Me la encomendó, no me la sugirió, porque Christian Harper solo daba órdenes, no sugerencias. Pero habíamos vivido suficientes cosas como para haberme permitido rechazar el encargo. Y vaya si quería rechazarlo. ¿Yo, protegiendo a la princesa de Eldorra cuando no quería ni oír hablar de Eldorra? La peor idea de la historia.
Y entonces fue cuando miré la foto de Bridget y vi algo en su mirada que me atrajo. Quizás fue un atisbo de soledad o la vulnerabilidad que trataba de esconder. Fuera lo que fuera, fue suficiente para que aceptara, aunque a regañadientes.
Y ahora estaba ahí, atrapado con una carga que apenas aguantaba; y ella estaba igual que yo.
Eres un imbécil integral, Larsen.
Pero por mucho que Bridget me sacara de mis casillas, tenía que admitir que me gustaba cómo estaba esa noche. Tenía la sonrisa amplia, la cara resplandeciente, los ojos brillantes de entusiasmo y picardía. Nada de la soledad que había visto en la foto que me había enseñado Christian.
Levantaba las manos en el aire y movía las caderas al ritmo de la música, y me deleité con la desnuda extensión de sus piernas largas y suaves antes de retirar la mirada, con la mandíbula tensa.
Había protegido a muchas mujeres guapas, pero cuando conocí a Bridget en persona, tuve una reacción que jamás había tenido con ninguna de mis clientas anteriores. La piel se me calentó, la polla se me puso dura, mis manos sintieron la urgencia de agarrar su melena dorada. Había sido algo visceral, inesperado y casi suficiente como para hacerme renunciar al trabajo antes de empezar, porque desear a una clienta solo podía terminar en desastre.
Pero mi orgullo ganó, y me quedé. Solo esperaba no arrepentirme.
Jules y Stella le dijeron algo a Bridget, que asintió antes de ir a lo que supuse que era el baño. Pasaron dos minutos cuando un chico con pinta de formar parte de una fraternidad vestido con un polo rosa se abalanzó hacia Bridget con determinación.
Se me tensaron los hombros.
Me levanté del asiento mientras el Fraternidiota llegaba hasta Bridget y le susurraba algo al oído. Ella negó con la cabeza, pero él no se fue.
Algo oscuro se me desató en el estómago. Si había algo que odiaba, eran los hombres que no entendían una puta indirecta.
El Fraternidiota se acercó más a Bridget. Ella apartó el brazo antes de que él pudiera tocárselo y volvió a decir algo, con expresión más seria. Parecía cada vez más molesta. Él volvió a acercarse, pero antes de que pudiera tocarla, me metí en medio, cortándole el paso.
—¿Hay algún problema? —Me quedé mirándole.
El Fraternidiota supuraba esa actitud de quien no está acostumbrado a un «no» por respuesta gracias al dinero de papá; y además era tan estúpido o tan arrogante como para darse cuenta de que estaba a dos segundos de partirle la cara en tantos trozos que ni un cirujano plástico habría sido capaz de arreglársela.
—Ningún problema. Solo le estaba preguntando si quería bailar. —El Fraternidiota me miró como si estuviera pensando en enfrentarse a mí.
Era tonto de remate.
—No quiero bailar. —Bridget se colocó detrás de mí y fulminó con la mirada al Fraternidiota—. Ya te lo he dicho dos veces. No me hagas repetírtelo una tercera. No te va a gustar lo que puede ocurrir.
Algunas veces se me olvidaba que Bridget era una princesa, como cuando desafinaba en la ducha (creía que no la oía, pero la oía), o cuando se pasaba la noche estudiando en la mesa de la cocina.
Ahora era una de esas veces. Irradiaba una frialdad real por todos los poros de la piel, y esbocé una pequeña sonrisa de admiración.
El Fraternidiota mantuvo el ceño fruncido, pero llevaba las de perder, y lo sabía. Se dio la vuelta mientras murmuraba «zorra imbécil» entre dientes.
A juzgar por el rubor en las mejillas de Bridget, le oyó. Por desgracia para él, yo también.
No había dado ni dos pasos cuando le agarré tan fuerte que pegó un grito. Un giro estratégico de muñeca y le habría roto el brazo, pero no quería montar un número, así que era su día de suerte.
De momento.
—¿Qué has dicho? —Mi voz sonó como una cuchilla.
Bridget y yo no éramos los mejores amigos, pero eso no le daba a nadie derecho a insultarla. No conmigo delante.
Era cuestión de principios y de una decencia básica.
—Na… nada. —El cerebro de chorlito del Fraternidiota por fin se percató de la situación y se puso rojo de pánico.
—No creo que eso fuera nada. —Le apreté más fuerte, y gimió de dolor—. Creo que has usado una palabra muy fea para insultar a esta señorita. —Otro apretón, otro gimoteo—. Y creo que más vale que te disculpes antes de que la situación se agrave. ¿No crees?
No fue necesario explicarle lo que significaba «agravar».
—Lo siento —murmuró el Fraternidiota a Bridget, que le miró con expresión gélida sin decir nada.
—No te he oído —dije yo.
El Fraternidiota me miró con odio, pero no era tan idiota como para ponerse a discutir.
—Lo siento —dijo en voz más alta.
—¿Por qué?
—Por llamarte… —Me lanzó una mirada temerosa—. Por dirigirme a ti con un insulto.
—¿Y? —insistí.
Levantó la ceja, confuso.
Mi sonrisa expresaba más amenaza que humor.
—Di: «Siento mucho ser un cretino pichafloja que no sabe respetar a las mujeres».
Me pareció oír cómo Bridget ahogaba una pequeña risa, pero estaba concentrado en la reacción del Fraternidiota. Parecía querer darme un puñetazo con la mano libre, y casi deseaba que lo hiciera. Sería gracioso verle intentar llegar hasta mi cara. Le sacaba por lo menos una cabeza, y tenía los brazos cortos.
—Siento mucho ser un cretino pichafloja que no sabe respetar a las mujeres. —Emanaba rencor en oleadas.
—¿Aceptas la disculpa? —le pregunté a Bridget—. Si no, podemos seguir fuera.
El Fraternidiota se puso pálido.
Bridget ladeó la cabeza, con expresión pensativa, y esbocé otra sonrisa maliciosa. Era buena.
—Supongo que sí —dijo finalmente, como si le estuviera perdonando la vida—. No merece la pena perder más tiempo en alguien tan insignificante.
La diversión templó parte de la furia que me hervía en las venas por el comentario del Fraternidiota.
—Tienes suerte. —Le liberé—. Como te vuelva a ver molestándola a ella o a cualquier otra mujer… —Subí el volumen—. Más vale que aprendas a usar la mano izquierda, porque te voy a dejar la derecha fuera de servicio. Para siempre. Lárgate.
No tuve que repetírselo. Salió corriendo, y su polo rosa se fundió con la multitud hasta desaparecer por la puerta principal.
Hasta luego, Lucas.
—Gracias —dijo Bridget—. Agradezco que te hayas metido, aunque es frustrante que haya tenido que intervenir alguien para que pillara la indirecta. ¿Es que mi rechazo no es suficiente? —Frunció el ceño, molesta.
—Algunos son idiotas y otros son gilipollas. —Me eché a un lado para dejar pasar a un grupo de chicos que se reían entre dientes—. Y resulta que te ha tocado el que era las dos cosas.
Sonreí.
—Señor Larsen, parece que estamos manteniendo una conversación cívica.
—¿Ah, sí? Me pinchan y no sangro —bromeé.
Bridget sonrió ampliamente, y juraría que el estómago me dio un pequeño vuelco.
—¿Tomamos algo? —Señaló la barra con la cabeza—. Invito yo.
Negué con la cabeza.
—Estoy de servicio, y no bebo alcohol.
Puso cara de sorpresa.
—¿Nunca?
—Nunca. —No tomaba drogas ni alcohol, tampoco fumaba. Había visto los estragos que causaban y no tenía ningún interés en convertirme en otra cifra de la estadística—. No me va mucho.
La expresión de Bridget daba a entender que sospechaba que había algo más que no le estaba contando, pero no siguió preguntando, lo cual agradecí. La gente suele ser muy entrometida.
—¡Perdón por tardar tanto! —Jules volvió con Stella detrás—. Había una cola infernal en el baño. —Pasó la mirada de Bridget a mí—. ¿Todo bien?
—Sí. El señor Larsen me estaba haciendo compañía mientras no estabais —dijo Bridget sin atisbo de duda.
—¿En serio? —Jules levantó la ceja—. Qué amable por su parte.
Ni Bridget ni yo mordimos el anzuelo.
—Tranquila, J. —dijo Stella mientras yo me volvía a la mesa, ahora que ya se había resuelto el incidente con el Fraternidiota y sus amigas habían vuelto—. Su trabajo es cuidar de ella.
Efectivamente. Era mi trabajo, y Bridget era mi clienta. Nada más y nada menos.
Bridget me miró de reojo, y su mirada se cruzó con la mía una fracción de segundo antes de que la retirara.
Apreté la mano contra el muslo.
Desde luego, me atraía. Era guapa, lista y tenía carácter. Claro que me atraía. Eso no significaba que debiera hacer algo o fuera a hacerlo.
En los cinco años que llevaba como guardaespaldas, nunca había cruzado los límites de la profesionalidad.
Y no pensaba hacerlo ahora.