Twisted Games
Capítulo 3
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Bridget
Una de las peores cosas de tener guardaespaldas las veinticuatro horas del día era que había que vivir con él. Con Booth eso no había supuesto ningún problema, porque nos llevábamos genial, pero vivir con Rhys me ponía de los nervios.
De pronto, mi casa parecía demasiado pequeña y, mirara donde mirara, ahí estaba Rhys.
Tomando café en la cocina. Saliendo de la ducha. Haciendo ejercicio en el jardín, con los músculos a toda máquina y la piel brillante de sudor.
Todo parecía extrañamente doméstico de una forma que no sentía con Booth, y no me gustaba ni un pelo.
—¿No tienes calor con esa ropa? —pregunté un día extremadamente caluroso mientras miraba a Rhys hacer flexiones.
Aunque fuera otoño, la temperatura rozaba los treinta grados, y por el cuello me resbalaba una gota de sudor a pesar del vestido ligero de algodón y de la limonada fría que tenía entre las manos.
Rhys debía de estar cocido con la camiseta negra y los pantalones de deporte.
—¿Pretendes que me quite la camiseta? —Siguió haciendo flexiones, sin la mínima señal de agotamiento.
Sentí cómo me subía a las mejillas un calor que no tenía nada que ver con el tiempo.
—Más quisieras.
No era la respuesta más original, pero fue lo único que se me ocurrió.
A decir verdad, sí que tenía curiosidad por ver a Rhys sin camiseta. No porque quisiera echar un vistazo a sus abdominales (que tenían que ser fantásticos si se parecían al resto de su cuerpo), sino porque estaba empeñado en no quitársela. Incluso cuando salía del baño después de ducharse, estaba completamente vestido.
A lo mejor le incomodaba quedarse medio desnudo delante de los clientes, pero me daba la impresión de que Rhys Larsen no solía incomodarse fácilmente. Tenía que ser otra cosa. Un tatuaje ridículo, quizás, o una enfermedad de la piel que solo le afectaba al torso.
Rhys terminó las flexiones y se dirigió a la barra de dominadas.
—¿Te vas a quedar ahí mirándome o puedo ayudarte en algo, princesa?
Empezó a hacer más calor.
—No te estaba mirando. Estaba rezando en silencio para que no te diera un golpe de calor. Si te da, no voy a ayudarte. Tengo que… leer un libro.
Dios santo, ¿qué estaba diciendo? Ni yo misma lo sabía.
Después de nuestro momento de compañerismo en La Cripta dos semanas atrás, Rhys y yo habíamos vuelto a nuestra dinámica habitual de burla y sarcasmo, que odiaba, porque yo no era una persona especialmente bromista o sarcástica.
Un atisbo de sonrisa se dibujó en las comisuras de la boca de Rhys, pero desapareció antes de ser real.
—Está bien saberlo.
A esas alturas, estaba convencida de que me había puesto roja como un tomate, pero levanté la barbilla y volví a entrar en casa con toda la dignidad que pude.
Dejé que Rhys se achicharrara al sol. Deseé que le diera un golpe de calor. A lo mejor así no tendría tantas ganas de ser un imbécil.
Por desgracia, no le dio, y aún le sobraba energía para ser un imbécil.
—¿Qué tal el libro? —me dijo más tarde, al terminar el ejercicio. Cogí el libro que había más cerca justo antes de que entrara en el salón.
—Fascinante. —Intenté concentrarme en la página en lugar de en la camiseta empapada de sudor que se le había pegado al torso.
Me pareció que tenía los abdominales marcados. Puede que seis, o incluso ocho. Aunque tampoco es que me hubiera puesto a contarlos.
—Tiene pinta. —Rhys seguía impasible, pero me pareció atisbar cierta sorna en su voz. Se dirigió al cuarto de baño y, sin darse la vuelta, añadió—: Por cierto, princesa, tienes el libro al revés.
Lo cerré de un golpe, con la cara ardiendo de vergüenza.
Dios, era insufrible. Un caballero no habría dicho eso, pero Rhys Larsen no era ningún caballero. Era la cruz de mi existencia.
Por desgracia, yo era la única que lo opinaba. A todos les parecía simpático su mal humor, incluyendo a mis amigas y a la gente del refugio, así que ni siquiera podía quejarme a ellos de la cruz que suponía para mí.
—¿Qué tal con tu nuevo guardaespaldas? —me susurró Wendy, una de las voluntarias más antiguas de Wags and Whiskers. Miró fugazmente donde estaba sentado Rhys como una estatua hecha de piedra, músculos y tatuajes—. Tiene un aura fuerte y misteriosa. Es muy sexi.
—Eso lo dirás tú, porque no tienes que convivir con él.
Habían pasado dos días desde el incidente del libro al revés, y Rhys y yo no habíamos intercambiado ni una palabra a excepción de «buenos días» y «buenas noches».
No me importaba. Era más fácil fingir que no existía.
Wendy se rio.
—Me cambiaría contigo sin dudarlo. Mi compañera de piso está todo el día haciendo pescado en el microondas, deja un pestazo en la cocina y no se parece en nada a tu guardaespaldas. —Se apretó la coleta y se levantó—. Hablando de cambiarnos, me tengo que ir a estudiar. ¿Necesitas algo más aquí?
Negué con la cabeza. Había hecho el cambio de turno con Wendy tantas veces como para saberme la rutina al dedillo.
Rhys no se movió de su rincón. Estábamos solos, pero examinaba la sala como si en cualquier momento fuera a aparecer un asesino por detrás de la caseta de los gatos.
—¿No te cansas? —Rasqué a Flor, la última gata que había llegado al refugio, por detrás de las orejas.
—¿De qué?
—De estar todo el día vigilando. —Siempre alerta, buscando el peligro. Era su trabajo, pero nunca había visto a Rhys relajarse, ni siquiera cuando estábamos solos en casa.
—No.
—Sabes que puedes responder algo más que un monosílabo, ¿no?
—Sí.
Era imposible.
—Gracias a Dios que te tengo a ti, cosita —le dije a Flor—. Al menos tú tienes una conversación decente.
Maulló en agradecimiento, y yo sonreí. Juro que a veces los gatos son más listos que los humanos.
Hubo otro rato de silencio antes de que Rhys me sorprendiera con una pregunta:
—¿Por qué trabajas de voluntaria en un refugio de animales?
Me sorprendió tanto que hubiera iniciado una conversación no relacionada con la seguridad que me quedé paralizada en medio de una caricia. Flor volvió a maullar, esta vez en protesta.
Seguí rascándola y pensé en cuánto debía contarle a Rhys, antes de darle la respuesta simple:
—Me gustan los animales. Por tanto, también los refugios de animales.
—Mmm.
Me dio un escalofrío por la espalda ante el escepticismo de su voz.
—¿Por qué lo preguntas?
Rhys frunció el ceño.
—Porque no me parece la típica actividad que se suele hacer en el tiempo libre.
No quise preguntar qué tipo de cosas se creía que me gustaba hacer en mi tiempo libre. La mayoría de la gente me miraba y sacaba conclusiones basadas en mi aspecto y mi origen, y sí, a veces eran ciertas. Me gustaba ir de compras y salir de fiesta tanto como a cualquier otra chica, pero eso no significaba que no me importaran otras cosas también.
—Es increíble lo bien que me conoces después de solo un mes —dije con frialdad.
—Investigo, princesa. —Esa era la única forma en la que Rhys se dirigía a mí. Se negaba a llamarme por mi nombre de pila o «alteza». Del mismo modo, yo me negaba a llamarle nada que no fuera «señor Larsen». No estaba segura de que sirviera de algo, ya que no daba ninguna señal de que le molestara, pero satisfacía mi lado más malvado—. Sé más de lo que crees.
—Pero no por qué trabajo de voluntaria en un refugio de animales. Así que obviamente tienes que mejorar esas habilidades de investigador.
Me miró con sus ojos grises, y me pareció ver un atisbo de diversión en él antes de que todo se volviera a fastidiar.
—Touché —dudó, y añadió con triunfo—: Eres diferente de como pensaba.
—¿Por qué? ¿Porque no soy una cabeza hueca superficial? —Mi voz se enfrió un grado más mientras intentaba disimular el inesperado escozor de sus palabras.
—Nunca he dicho que fueras una cabeza hueca superficial.
—Lo has dado a entender.
Rhys hizo una mueca.
—No eres la primera miembro de la realeza a quien he protegido —dijo—. Ni siquiera la tercera o cuarta. Y todos se comportaban de forma parecida, así que esperaba que tú hicieras lo mismo. Pero no…
Levanté una ceja.
—¿No soy…?
Esbozó una sonrisa tan tímida que casi me la pierdo.
—Una cabeza hueca superficial.
No pude evitarlo. Me reí.
Yo, riéndome de algo que había dicho Rhys Larsen. De nuevo, me pinchan y no sangro.
—A mi madre le gustaban mucho los animales —dije, sorprendiéndome a mí misma. No había planeado hablarle a Rhys de mi madre, pero me sentí obligada a aprovechar aquella tregua en nuestra relación, normalmente antagónica—. Lo he heredado de ella. Pero la Casa Real no admite mascotas, así que la única forma de interactuar regularmente con animales es trabajando como voluntaria en el refugio.
Detuve la mano y sonreí cuando Flor levantó la patita como si quisiera chocar los cinco.
—Me gusta, pero también lo hago porque… —busqué las palabras adecuadas— me hace sentir más cerca de mi madre. El amor por los animales es algo que solo comparto con ella. Al resto de mis familiares les gustan, pero no de la misma forma. O les gustaban.
No sabía qué me había empujado a confesar todo aquello. ¿Era porque quería demostrar que no era voluntaria por una maniobra de relaciones públicas? Y, de cualquier forma, ¿qué más me daba lo que Rhys pensara de mí?
O tal vez era porque necesitaba hablar de mi madre con alguien que no la conociera. En Athenberg no podía mencionarla sin que la gente me lanzara miradas de compasión, pero Rhys estaba más tranquilo y sereno que nunca.
—Lo entiendo —dijo.
Eran dos palabras sencillas, pero se colaron en mi interior y calmaron una parte de mi ser que no sabía que necesitaba calma.
Nos miramos a los ojos, y el aire se volvió más denso.
Oscuros, misteriosos, penetrantes. Rhys tenía el tipo de ojos que miraba directamente al alma de los demás y la despojaba de todas las capas de elaboradas mentiras hasta alcanzar la cruda realidad que yacía debajo.
¿Cuántas de mis mentiras habría visto? ¿Habría visto a la chica que había debajo de la coraza, la que llevaba décadas cargando con un peso que le aterrorizaba compartir, la que había matado…?
—¡Amo! ¡Azótame, amo! —Cuero eligió ese momento para soltar uno de sus arrebatos de indecencia—. ¡Por favor, azótame!
El hechizo se esfumó tan rápido como se había creado.
Rhys se giró y yo clavé la vista en el suelo, con la respiración agitada en una mezcla de alivio y decepción.
—¡Azó…! —Cuero se calló de golpe cuando Rhys lo fulminó con la mirada. El pájaro se atusó las alas y dio unos saltitos por la jaula antes de instalarse en un silencio nervioso.
—Enhorabuena —dije, intentando sacudirme la inquietante electricidad de hacía un momento—. Debes de ser la primera persona que ha conseguido que Cuero se calle. Deberías adoptarlo.
—No, gracias. No me van los animales groseros.
Nos miramos un segundo antes de que se me escapara una risita y la cortina de hierro que le cubría los ojos se levantara y me dejara ver otro destello de humor.
No hablamos durante el resto del turno, pero el ambiente entre nosotros se había relajado bastante como para convencerme de que era posible mantener una relación funcional con Rhys.
No estaba segura de si era optimismo o desilusión, pero mi cerebro siempre se agarraba a la más mínima prueba de que la situación no estaba tan mal, para sobrellevar mejor el malestar.
El viento me rozaba la piel desnuda de la cara y el cuello mientras caminábamos hacia casa después de mi turno. Rhys y yo habíamos discutido sobre si volver a pie o en coche, pero al final tuvo que admitir que era una tontería ir en coche cuando estábamos tan cerca.
—¿Te hace ilusión ir a Eldorra? —pregunté. En unos días iríamos a Athenberg a pasar las vacaciones de invierno, y Rhys había mencionado que sería su primer viaje allí.
Esperaba poder mantener la camaradería, pero Rhys se amargó más rápido que una fiesta interrumpida por una redada policial.
—Yo no voy allí de vacaciones, princesa. —Dijo allí como si le estuviera obligando a ingresar en un campo de concentración, no un lugar que Viajes + Ocio había catalogado como la novena mejor ciudad del mundo para visitar.
—Ya sé que no vas de vacaciones. —Intenté que no se me notara la molestia y fracasé—. Pero tendrás tiempo li…
El chirrido de unos neumáticos rasgó el aire. Mi cerebro no tuvo tiempo de procesar el sonido antes de que Rhys me empujara a un callejón cercano y me apretara con el cuerpo contra la pared, mientras desenfundaba la pistola.
Se me aceleró el pulso, tanto por la repentina subida de adrenalina como por la proximidad a él. Irradiaba calor y tensión por cada centímetro de aquel cuerpo enorme y musculado, y me envolvió como una crisálida mientras un coche pasaba a nuestro lado a toda velocidad. Llevaba la música a todo trapo y a través de las ventanillas entreabiertas se oían risas.
Los latidos de Rhys me golpeaban los omóplatos, y nos quedamos congelados hasta mucho rato después de que la música se hubiera disuelto a lo lejos. Ya solo se oía el sonido de nuestra respiración agitada.
—Señor Larsen —dije en voz baja—. Creo que ya está bien.
No se movió. Estaba atrapada entre su cuerpo y la pared, dos muros inamovibles que me protegían del mundo. Había apoyado una mano en la pared, junto a mi cabeza, y estaba tan cerca que sentía todos los bultos y contornos de su cuerpo contra el mío.
Pasó otro rato antes de que Rhys volviera a enfundar la pistola y se girara hacia mí.
—¿Seguro que estás bien? —Su voz era profunda y áspera, y me miró en busca de heridas, aunque no me había pasado nada.
—Sí. El coche ha girado muy rápido. Ya está. —Se me escapó una risa nerviosa, con la piel ardiendo bajo su mirada feroz—. Me ha asustado más que me hayas empujado al callejón.
—Por esto tenemos que ir siempre en coche. —Dio un paso atrás, arrebatándome su calor, y el vacío se llenó de aire helado. Me dio un escalofrío, y deseé haberme puesto un jersey más grueso. De pronto me había entrado mucho frío—. Es muy irresponsable caminar por ahí así de desprotegida. Podrían haberte disparado desde el coche.
Casi se me escapa una risa de solo pensarlo.
—Lo dudo mucho. Es más probable que las ranas críen pelo a que haya un tiroteo en Hazelburg. —Era una de las ciudades más seguras del país, y la mayor parte de los estudiantes ni siquiera tenía coche.
Rhys no pareció sorprendido con mi analogía.
—¿Cuántas veces te lo tengo que decir? Solo hace falta que pase una vez. Se acabó ir o volver andando del refugio a partir de ahora.
—No ha pasado absolutamente nada. Estás exagerando —dije mientras el enfado volvía con fuerza.
Su expresión se volvió de granito.
—Mi trabajo consiste en pensar en todo lo que puede salir mal. Si no te gusta, despídeme. Hasta entonces, haz lo que te digo cuando yo lo diga, como te dije el primer día.
Cualquier rastro de nuestra semitregua del refugio se esfumó. Ojalá hubiera podido despedirle, pero no tenía poder de decisión respecto a mis empleados, ni tampoco razones para despedir a Rhys, aparte de que no nos llevábamos bien.
Me había autoconvencido de que la conversación en el refugio había marcado el principio de una fase de nuestra relación, pero Rhys y yo habíamos dado un paso adelante y dos atrás.
Nos imaginé en el vuelo a Athenberg con la única compañía del habitual silencio glacial, y me horroricé.
Iban a ser unas vacaciones de Navidad muy largas.