Twisted Games

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Capítulo 5

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Rhys

No me va a pasar nada, mis cojones.

Las palabras que Bridget había pronunciado con tanta confianza un mes atrás, volvieron para estallarle en la cara a ella y, por extensión, a mí también. Después de revisar el lugar del concierto, le dije expresamente que no fuera, ya que se celebraba en un almacén cochambroso que la policía tendría que haber cerrado por incumplir mil y una normas de seguridad. El edificio estaba a una ráfaga de viento de derrumbarse.

Sin embargo, Bridget había hecho caso omiso de mis órdenes y se había escapado en mitad de la noche para ir al maldito concierto, solamente para ser secuestrada después.

Efectivamente. Fue secuestrada por un mercenario que las acorraló a Ava y a ella en la calle.

No era solo el concierto lo que me enfurecía. Si Bridget hubiera insistido en ir, yo la habría acompañado, porque era mi protegida. No podía retenerla físicamente para evitar que hiciera lo que quería.

No, lo que me enfurecía era que se hubiera escabullido a mis espaldas, ya que el secuestro se podría haber evitado si me hubiera dicho la verdad.

Miré por el retrovisor para asegurarme de que Bridget seguía allí. Aunque estuviera furioso, verla en el asiento trasero, magullada pero a salvo, alivió parte del gélido terror que me había invadido desde que me desperté y me di cuenta de que había desaparecido.

Por suerte, había tenido la precaución de colocar a escondidas un chip de seguimiento en su teléfono móvil unas semanas antes, y este me indicó que estaba en Filadelfia, donde las encontré a las dos, Ava y Bridget, atadas y a merced de un matón a sueldo. Toda la situación era el desenlace de una larga y sórdida historia entre Alex Volkov, el tío psicópata de Alex, que había tomado a Ava como rehén contra su sobrino, y muchos años de secretos y venganzas.

Sinceramente, me importaba una mierda la historia. Lo único que me importaba era sacar a Bridget viva de allí, y ya lo había hecho, aunque solo fuera para poder matarla con mis propias manos.

—Ava se queda con nosotros esta noche. —Bridget, con el ceño fruncido, le pasó una mano por el pelo a su amiga con delicadeza—. No quiero que esté sola.

Ava iba acurrucada en su regazo, y sus sollozos eran más suaves que antes, pero aún lo bastante frecuentes como para que me diera un escalofrío. No tenía ni idea de qué hacer cuando alguien lloraba delante de mí, especialmente si a esa persona su exnovio le había confesado que llevaba mintiéndole durante toda la relación para vengarse del hombre que creía que había asesinado a su familia. Y esto era solo la versión resumida de lo que había ocurrido.

Todo era una mierda, pero Alex Volkov siempre había sido un perturbado, de los que son capaces de asesinarte cuando tienen un mal día. Al menos todo el mundo estaba vivo… A excepción de su tío y el matón.

—Está bien. —Las palabras resonaron en el coche como un disparo.

Bridget se estremeció, y una pequeña semilla de culpa me brotó en el estómago. No fue suficiente para ahogar mi ira, pero sí para hacerme sentir como un gilipollas mientras aparcaba en la puerta de su casa. Había vivido un infierno, y lo correcto era dejarla descansar de todo lo ocurrido en las últimas veinte horas antes de echarme encima de ella.

Palabra clave: correcto. Pero nunca me ha importado mucho hacer lo correcto. Lo único que me importaba era lo necesario, y era necesario que Bridget entendiera que no podía pasarse mis normas por el forro. Estaban para protegerla, joder; y como le hubiera pasado algo…

Me atravesó una punzada de terror.

Entramos en la casa, y esperé hasta que Ava se hubo retirado al cuarto de Bridget para señalar con la cabeza a mi derecha.

—Cocina. Ya.

Bridget se abrazó el cuerpo con los brazos. Me invadió otra oleada de furia al ver la piel irritada y enrojecida de sus muñecas, donde le habían atado las cuerdas.

Si el mercenario no estuviera ya muerto, le descuartizaría yo mismo y procuraría recrearme más de lo que lo había hecho Alex.

Entró en la cocina y se puso a preparar un té, evitando el contacto visual conmigo.

—Todo ha acabado bien —dijo con un hilo de voz—. Estoy bien.

Una vena me latió en la sien.

—Estás bien —repetí. Salió como un gruñido.

Estábamos a un metro y medio. Yo en la puerta, con los puños apretados a ambos lados del cuerpo; Bridget en el fregadero, con una taza entre las manos y los ojos enormes en medio de su semblante pálido.

—He cometido un error, pero…

—¿Un error? —En mis venas se desató un fuego que me abrasaba por dentro—. Un error es equivocarse de clase. Un error es olvidarse de echar la llave cuando te vas de casa. Que un psicópata te secuestre y esté a punto de matarte porque te has escapado como una adolescente saltándose el toque de queda diría que es algo más que un error.

A cada palabra que pronunciaba levantaba la voz un poco más. Nunca antes había perdido los papeles con un cliente, pero Bridget tenía la extraña habilidad de llevarme al límite de mis emociones, tanto buenas como malas.

—No es que quisiera que me secuestraran. —El fuego volvió a los ojos de Bridget—. El concierto era perfectamente seguro, a pesar de lo que dijeras. Fue después… —Cogió aire profundamente—. No iban a por mí. Iban a por Ava, y dio la casualidad de que yo estaba con ella. Podría haber pasado en cualquier momento.

La vena de mi sien me latió con más fuerza.

—No. No podría haber pasado en cualquier momento. —Avancé hacia ella, y mi boca se llenó de un placer sombrío cuando vi que abría los ojos de terror. Bien. Debería temerme, porque estaba a punto de aguarle la fiesta con fuego del infierno—. ¿Quieres saber por qué?

Bridget tuvo la sensatez de no contestar. A cada paso que yo daba, ella retrocedía, hasta que acabó con la espalda contra la pared y las manos blancas de apretar la taza.

—Porque yo habría estado allí —susurré—. Y me importa una soberana mierda si iban a por ti, a por Ava o a por la puta gallina Caponata. Si yo hubiera estado allí, habría neutralizado a ese cabrón antes de que te pusiera un dedo encima. —No era arrogancia, era la verdad. Había una razón por la que yo era el agente más demandado de Harper, y no era por mi forma de ser—. ¿Qué te dije cuando nos conocimos?

Bridget no contestó.

—¿Qué-te-dije? —Apoyé el antebrazo en la pared encima de su cabeza y la mano junto a su cara, acorralándola. Estábamos tan cerca que podía olerle el perfume (algo sutil y embriagador, como a flores frescas de un día de verano) y ver el anillo oscuro alrededor de sus pupilas. Nunca había visto unos ojos así, tan profundos y azules que era como mirar directamente las profundidades del océano. Eran el tipo de ojos que te atraían y te absorbían sin que te dieras cuenta.

El hecho de que me fijara en algo tan estúpido justo el peor día de mi carrera solo me enfurecía más.

—Que hiciera lo que tú dijeras, cuando tú me lo dijeras. —En su susurro había un atisbo de desafío.

—Exacto. No lo has hecho, y has estado a punto de morir. —Si no hubiera llegado allí en ese momento… Se me heló la sangre. Estaba Alex, pero ese puto loco era capaz tanto de pegarle un tiro a Bridget como de salvarla—. ¿Sabes lo que podría haber…? —Me detuve a mitad de frase. Había levantado mucho el tono. Apreté la mandíbula y me obligué a respirar profundo—. Ya sé que opinas que soy un controlador y un paranoico, pero no te prohíbo cosas porque quiera torturarte, princesa. Quiero protegerte, y como sigas desafiándome a la mínima, vas a conseguir que te maten a ti y a los que vayan contigo. ¿Quieres eso?

—No. —El desafío seguía ahí, pero no pasé por alto el brillo en los ojos de Bridget ni el leve temblor de su barbilla.

La dureza funcionaba, y ella necesitaba una buena dosis.

Aun así, suavicé el tono de voz al continuar:

—Tienes que confiar en mí. Deja de pelearte conmigo por todo y, por el amor de Dios, no te escapes de mí a mis espaldas. La próxima vez me lo dices.

—Cada vez que intento hablar contigo, acabamos discutiendo y la conversación no va a ninguna parte. —Bridget me miró fijamente, incitándome a que le llevara la contraria. No lo hice. Estaba acostumbrado a hacer las cosas a mi modo, y mi modo solía ser el correcto—. La confianza va en los dos sentidos. Le colocaste un chip a mi teléfono…

—Y menos mal que lo hice, porque si no probablemente estarías muerta —gruñí.

Apretó los labios y mi mirada se fue sin querer a su boca. Jugosa, rosada y capaz de más insolencia de lo que cabría esperar de una princesa correcta y recatada. Excepto que no había nada correcto ni recatado bajo su superficie… ni en los pensamientos que se me pasaban por la cabeza.

Era el peor momento para pensar en algo mínimamente relacionado con el sexo. La habían secuestrado hacía menos de cuarenta y ocho horas, por el amor de Dios. Pero la adrenalina y la excitación para mí siempre habían ido de la mano y, sinceramente, había muy pocas veces en las que no me excitara. Incluso enfadado con ella, la deseaba.

La polla se me empezó a poner dura, y volví a apretar los puños. Había protegido a las mujeres más guapas del mundo: estrellas de cine, supermodelos, herederas, muchas de las cuales habían dejado claro que estaban más que dispuestas a obedecer mis órdenes tanto en la cama como fuera; pero yo nunca había aceptado sus ofertas. Nunca me habían tentado.

No imaginaba que la única mujer que preferiría verme arder antes que tocarme fuera, precisamente, la que iba a acabar deseando.

—Has dicho que necesitas que confíe en ti. ¿Cómo hacerlo cuando tú no confías en mí? —Bridget puso su voz de negociar, que reconocía por las incontables veces que la había acompañado a actos públicos.

El tono me irritó sobremanera. Preferiría, con mucho, que me faltara al respeto a que me tratara como a un desconocido que quisiera quitarse de encima.

—Te propongo un trato. Quita el chip y yo haré lo que tú me digas, cuando tú lo digas, siempre y cuando tenga que ver con la seguridad. —La mirada de Bridget se fundió con la mía—. Te lo prometo.

Tócate las narices. Era ella la que había cometido el error, pero ahora intentaba negociar conmigo.

Y yo estaba pensando en acceder.

—¿Por qué debería creerte? —Suspiré profundamente y a ella le dio un pequeño escalofrío. A través de la fina seda negra de su vestido se le marcaban claramente los pezones. Duros como piedras, suplicaban que los tocara. Tal vez era por el escalofrío (lo único que las gruesas paredes y las dobles ventanas no podían evitar), pero a juzgar por las mejillas rosadas de Bridget, yo no era el único que se había dado cuenta de la intensa carga del aire entre nosotros.

Respiré por la nariz. Seguía duro como una roca, y lo odiaba. La odiaba a ella por tentarme de esa forma. Y me odiaba a mí mismo por no tener más autocontrol con todo lo relacionado con ella.

—Yo no rompo mis promesas, señor Larsen. —Bridget insistía en llamarme por mi apellido, al igual que yo insistía en llamarla «princesa». A ninguno nos gustaba, pero ninguno quería dar su brazo a torcer. La historia de nuestra relación—. ¿Hay trato?

La mandíbula se me tensó. Uno. Dos. Tres.

Mi primer instinto fue decir: «Y una mierda». El chip era la única razón por la que seguía viva. Pero aquello era lo más cerca que habíamos estado de una tregua, y aunque no tenía reparos en hacer de poli malo, prefería trabajar con una Bridget cooperativa a tener que vigilar todos los días cada uno de sus movimientos.

—De acuerdo —gruñí—. Empezaremos con un periodo de prueba. Cuatro meses. Si cumples tu parte del trato, te dejo en paz. Pero como no la cumplas, te esposaré a mí hasta que ni siquiera puedas mear tranquilamente. ¿Entendido?

Volvió a apretar los labios, pero no replicó.

—Un periodo de prueba de cuatro meses. Vale. —Dudó, y acto seguido añadió—: Una cosa más…

No me lo podía creer.

—Tienes que estar de broma.

Se puso roja.

—No le digas a nadie lo que ha pasado. Especialmente a la Casa Real.

—Me estás pidiendo que mienta. —Estaba obligado a informar a Christian de cualquier incidente con los clientes. El último que no lo hizo… Se arrepintió de su decisión, por así decirlo. A lo grande.

—No es mentir. Es omitir información —me corrigió Bridget—. Piénsalo. Como mi abuelo se entere de lo que ha pasado, te despedirán y tu reputación acabará por los suelos.

Apelando a mi ego. Buen intento, princesa.

—Mi reputación aguantará. —Levanté una ceja—. Creía que te gustaría librarte de mí.

Se puso aún más roja.

—Ya sabes lo que dicen. Mejor lo malo conocido…

—Mmm. —Además de las interacciones informales ocasionales, no nos soportábamos, a pesar de mi polla dura y sus pezones como piedras. Una cosa era la lujuria, pero si seguíamos así, nos mataríamos. Por no mencionar que estaba rompiendo todas las normas habidas y por haber si mantenía en secreto lo que había ocurrido en Filadelfia. Debía informar a Christian y dejar que él lo hablara con la Casa Real. Además, la diplomacia se le daba mejor a él que a mí.

Pero la idea de alejarme de Bridget y no volver a verla nunca me provocaba una extraña punzada de incomodidad. Por muy exasperante que fuera, era una de las clientas más interesantes que había tenido nunca. Más lista, más amable y menos malcriada y soberbia.

—Supongo que tu trato no tiene nada que ver con el hecho de que no volverás a oler la libertad si el rey se entera de lo que ha pasado. —Mi aliento le rozó la oreja, y volvió a estremecerse—. ¿Eh, princesa?

Para ser la segunda en la línea de sucesión, tenía bastante margen de maniobra en sus idas y venidas. Pero si el rey Edvard descubría que alguien había secuestrado a su preciosa nieta, la encerraría bajo llave.

Bridget tragó saliva.

—¿Y qué importa eso? Al final, queremos lo mismo. Mantener el statu quo. Tú mantienes tu reputación, y yo, mi libertad.

¿Mantener el statu quo? No sé yo.

Sería muy fácil rendirse al deseo que me rugía en las venas, agarrarla del pelo con el puño y descubrir cuánto calor albergaba debajo de esa coraza fría. Ella deseaba lo mismo que yo. Lo sentía en su respiración agitada, en la manera en la que me miraba, en el suave arco que formaba su cuerpo contra el mío.

Al parecer yo no era el único que me excitaba con la furia y la adrenalina.

Piensa con la cabeza, Larsen. No con la entrepierna.

Cerré los ojos y me obligué a contar hasta diez en silencio. Cuando los abrí, se toparon con los de Bridget.

Tormentas grises contra cielos azules.

—Tenemos un trato. Pero como lo rompas o vuelvas a hacer algo a mis espaldas… —Bajé la voz, grave y llena de amenazas veladas—. Te vas a enterar por las malas de lo que ocurre cuando negocias con el diablo.

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