Twisted Games

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Capítulo 6

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Bridget

Primer mes de prueba

—Me estás vacilando. —Saqué el chaleco negro del paquete y dejé que me colgara de los dedos como una prenda de ropa sucia.

Rhys le dio un sorbo al café y no levantó la vista del periódico.

—No bromeo con la seguridad.

—Esto es un chaleco antibalas.

—Soy consciente. Lo he comprado yo.

Inhala. Exhala.

—Señor Larsen, explícame por favor por qué necesito un chaleco antibalas. ¿Cuándo se supone que me lo tengo que poner? ¿En clase? ¿En mi próximo turno en el refugio?

—Es para protegerte de las balas. Y sí, claro, póntelo ahí si quieres.

Me tembló un músculo detrás del ojo. Había pasado un mes desde que hicimos el trato. Y vale. La había liado. Nunca debí haberme escapado con Ava, pero estaba tan triste por sus problemas con Alex que quería animarla.

Obviamente, no había salido bien. Todo lo contrario.

El incidente del secuestro había arrojado un jarro de agua fría sobre mi concepción de la seguridad personal, y me había comprometido a tener un comportamiento más responsable. Odiaba admitir que Rhys tenía razón porque la mayor parte del tiempo era un capullo arrogante, pero todos los días se jugaba la vida por mí. Sin embargo, también parecía empeñado en hacerme renegar del trato con las sugerencias más intolerables.

Como un maldito chaleco antibalas.

—Lo he comprado por si acaso —dijo Rhys con suavidad—. Ahora que lo mencionas, deberíamos probarlo la próxima vez que estés en público.

«Quita el chip y yo haré lo que tú me digas, cuando tú lo digas, siempre y cuando tenga que ver con la seguridad. Te lo prometo».

Apreté los dientes. Rhys había quitado el chip, y yo no había roto mi promesa.

—Vale. —Se me encendió la bombilla y sonreí—. Pues me lo pongo ahora.

Por fin levantó la cabeza, con expresión suspicaz por la facilidad con la que había accedido.

—¿Adónde vamos?

—De compras.

Si había algo que Rhys odiara, era acompañarme de compras. Era la típica debilidad masculina, y tenía la intención de explotarla.

Su rostro se oscureció aún más y yo sonreí con ganas.

Esto va a ser divertido.

Una hora más tarde, llegamos al centro comercial de Hazelburg, una meca de cuatro plantas de tiendas con las que podía torturar a Rhys. Por suerte, era invierno, lo que significaba que podía ocultar la mayor parte del volumen del chaleco debajo de un jersey grueso y un abrigo.

Según Rhys, me había comprado una versión más ligera, pero el chaleco seguía siendo muy incómodo, pesado y daba mucho calor. Por poco me arrepiento de mi plan de venganza, pero la cara de Rhys hizo que todo valiera la pena… Hasta que se sobrevino la catástrofe.

Me estaba probando ropa en la duodécima tienda del día cuando me quedé atascada en un vestido. Había cogido por error la talla que no era, y la tela implacable se me clavó en la caja torácica y me dejó atrapada con los brazos por encima de la cabeza. No veía nada y apenas podía moverme.

Mierda. —No solía decir palabrotas, pero la situación lo requería. Uno de mis miedos más irracionales de siempre era quedarme atascada en un vestido dentro de un probador.

—¿Qué pasa? —preguntó Rhys desde el otro lado—. ¿Va todo bien?

—Sí. —Cogí la punta del vestido e intenté tirar de él hacia arriba, sin éxito—. Estoy bien.

Diez minutos después, estaba sudando y jadeando del esfuerzo y la falta de aire, y me dolían los brazos de tenerlos tanto tiempo subidos.

Mierda, mierda, mierda.

—¿Qué coño haces ahí dentro? —Percibí el enfado de Rhys al otro lado de la puerta, alto y claro—. Tardas mucho.

No había escapatoria. Tenía que pedir ayuda.

—¿Puedes llamar a una vendedora? Necesito ayuda con… una cosa de la ropa.

Hubo una larga pausa.

—Se te ha atascado algo.

Las llamas de la vergüenza me subieron a la cara.

—Tú llama a alguien. Por favor.

—No puedo. Una empleada se ha ido a comer, y la otra tiene una cola de seis personas en la caja. —Me imaginé que Rhys había escrutado los movimientos de todo el mundo mientras me esperaba—. Yo te ayudo.

Si hubiera podido ver mi reflejo, seguro que me habría encontrado con una máscara de horror devolviéndome la mirada.

No. ¡No puedes pasar!

—¿Por qué no?

—Porque estoy… —Medio desnuda. Expuesta—. Indecente.

—Ya he visto alguna que otra vez a mujeres medio desnudas, princesa. O me dejas pasar para ayudarte con el problema que sea que tengas, o vas a tener que esperar sentada una hora, que es lo que la cajera va a tardar en quitarse toda la cola. Se mueven más despacio que una tortuga puesta de morfina.

El universo me odiaba. Estaba convencida.

—Vale —dije en contra de mi voluntad, con las llamas de la vergüenza ardiendo cada vez con más fuerza—. Pasa.

Los probadores no tenían pestillo, y en un segundo la presencia de Rhys llenó el pequeño espacio. Aunque no le hubiera oído entrar, le habría sentido. Exudaba una intensa energía que cargaba cada molécula de aire y hacía que vibrara con él.

Ruda. Masculina. Poderosa.

Contuve el aliento mientras se acercaba, pisando con suavidad el suelo de linóleo con las botas. Para ser tan grande, se movía con la agilidad de una pantera.

El vestido me cubría el pecho, pero mis bragas de encaje se veían perfectamente, e intenté no pensar en cuánta carne le estaba enseñando a Rhys mientras este se colocaba delante de mí. Estaba tan cerca que sentía el calor que irradiaba su cuerpo y olía su aroma a jabón.

La tensión y el silencio bulleron con la misma fuerza cuando me agarró el dobladillo por encima de la cabeza y tiró de él. Se deslizó medio centímetro antes de detenerse otra vez, y me retorcí cuando la tela se me clavó en la piel.

—Voy a intentarlo por arriba —dijo Rhys con la voz distante y controlada.

Por arriba. Es decir, que tenía que ponerme las manos en la piel desnuda.

—Vale. —Me salió una indeseable voz de pito.

Todos los músculos del cuerpo se me tensaron cuando me puso las palmas de las manos en lo alto de las costillas. Pasó los pulgares por las rozaduras que me acababa de hacer el vestido antes de enganchar sus dedos debajo de la tela todo lo que pudo para subirlo poco a poco.

No podía seguir conteniendo la respiración.

Por fin solté el aire, con el pecho agitado, como si quisiera sentir más profundamente el tacto áspero y cálido de Rhys. Mis jadeos sonaron vergonzosamente fuertes en medio del silencio.

Rhys hizo una pausa. El vestido me llegaba a la mitad de los hombros, suficiente para dejar al aire mi pecho solo cubierto por el sujetador.

—Relaja la respiración, princesa, o esto no va a funcionar —dijo con un tono algo más tenso que un minuto antes.

Me moría de calor, pero logré controlar la respiración y él reanudó su trabajo.

Un poco más… Un poco más… Y fui libre.

Respiré aire fresco y parpadeé hasta ajustarme a la luz después de haber estado atrapada en el vestido durante veinte minutos.

Lo agarré, con la cara ardiendo de vergüenza y alivio.

—Gracias. —No sabía qué más decir.

Rhys dio un paso atrás, con la mandíbula como el granito. En lugar de contestar, cogió el chaleco antibalas y la camiseta que me ponía debajo e hizo un gesto con el dedo.

—Ven aquí.

—Me lo puedo poner yo sola.

De nuevo, no contestó.

Suspiré y me acerqué a él. Estaba muy cansada para pelearme, y no me resistí cuando me pasó la camiseta por el pecho, seguida del chaleco. Le observé en el espejo mientras ajustaba las correas del vestido hasta que se acomodó en mi torso. Seguía con el vestido en la mano, colocado estratégicamente para que me cubriera las bragas.

No sabía por qué me importaba tanto. Rhys mostraba el mismo interés en mi desnudez que en un maniquí de gomaespuma.

Sentí una punzada de enfado.

Rhys terminó de colocar el chaleco, pero antes de que pudiera retirarme, sus manos se aferraron a mis bíceps como un agarre metálico. Eran tan grandes que me abarcaban todo el brazo.

Me miró a los ojos en el espejo y bajó la cabeza hasta pegar la boca a mi oído.

—No te creas que no sé lo que llevas haciendo todo el día. —El aliento de Rhys me acarició la piel en una oscura advertencia—. Esta vez lo he dejado pasar, princesa, pero no me gustan los juegos. Por suerte, has pasado la prueba. —Me deslizó las manos hacia arriba por los brazos hasta apoyarlas en los hombros revestidos por el chaleco, dejando un reguero de fuego a su paso—. Tienes que aprender a seguir instrucciones sin replicar. Me da igual si te parecen ridículas. Un retraso de un segundo puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Si digo que te agaches, te agachas. Si digo que te pongas el chaleco antibalas en la puta playa, te pones el chaleco. ¿Entendido?

Retorcí el vestido con las manos.

—¿El chaleco era una prueba para ver si me lo ponía? Eso es muy… tramposo. —Un día entero perdido en una prueba estúpida. Sentí el peso de la indignación en el estómago—. Odio cuando haces esto.

Rhys esbozó una media sonrisa.

—Prefiero que me odies y estés viva a que me quieras, pero estés muerta. —Me soltó los hombros—. Vístete. Nos vamos.

Cerró la puerta tras él.

Por fin podía respirar, pero sus palabras seguían resonando en mi cabeza.

Prefiero que me odies y que estés viva a que me quieras, pero estés muerta.

El problema era que no le odiaba. Odiaba sus normas y restricciones, pero no a él.

Ojalá odiarle.

Mi vida habría sido mucho más fácil.

Tercer mes de prueba

—No puedo ir.

—¿Cómo que no puedes ir? —La voz de Jules rebosaba incredulidad al otro lado del teléfono—. Llevamos hablando de este festival desde segundo. Nos hemos vestido a juego. ¡Stella ha alquilado un coche! Puede que nos matemos en un accidente porque conduce fatal…

—¡Te estoy oyendo! —gritó Stella a lo lejos.

—… pero es la única que tiene carnet.

—Ya lo sé. —Miré fijamente a Rhys, que estaba sentado en el sofá mientras afilaba un cuchillo como un psicópata—. A cierto guardaespaldas no le ha parecido seguro.

Llevaba años planeando ir al festival de música de Rokbury con mis amigas, y ahora tenía que caerme del plan.

—¿Y qué? Ven igual. Es él quien trabaja para ti, no al revés.

Ojalá hubiera podido, pero todavía estábamos en el periodo de prueba del trato, y las preocupaciones de Rhys no eran del todo infundadas. Rokbury se celebraba en un camping, a una hora y media de Nueva York, y aunque parecía una maravilla, todos los años pasaba algo: una tienda de campaña que se incendiaba, una pelea de borrachos que acababa en el hospital, una estampida provocada por el pánico… Además, anunciaban tormenta el fin de semana del festival, lo cual significaba que el camping se convertiría en un gigantesco lodazal, pero mis amigas querían arriesgarse de cualquier forma.

—Lo siento, J. Otro año iré.

Jules suspiró.

—Dile a tu maromo que está buenísimo, pero que es un completo aguafiestas.

—No es mi maromo. Es mi guardaespaldas. —Bajé la voz, pero me pareció ver como Rhys hacia una brevísima pausa antes de seguir puliendo el cuchillo.

—Peor aún. Se ha hecho con el control de tu vida y a cambio no recibes ni una ración de polla.

Jules.

—Sabes que es verdad. —Otro suspiro—. Vale, lo pillo. Te echaremos de menos, pero ya nos veremos a la vuelta.

—Me parece bien.

Colgué el teléfono y me senté en el sillón, con el FOMO (Fear of Missing Out, «miedo a perderse cosas») por las nubes. Había comprado las entradas del festival hacía meses, antes de que Rhys empezara a trabajar para mí, y ahora tenía que revendérselas a un niñato cualquiera de mi clase de Teoría Política.

—Estarás contento —dije con resquemor.

No respondió.

Rhys y yo habíamos establecido una dinámica más funcional en los últimos tres meses, pero algunas veces seguía teniendo ganas de lanzarle un libro de texto a la cabeza. Como ahora.

Sin embargo, cuando llegó el día del festival el fin de semana siguiente, me llevé la sorpresa de mi vida.

Entré en el salón y se me salieron los ojos de las órbitas al ver que todo estaba completamente cambiado. Los muebles estaban agrupados a un lado, y habían sido reemplazados por una pila de almohadas de estampado boho y unos cojines en el suelo. Sobre la mesa de café había varios aperitivos y refrescos, y en la pantalla de la tele se podía ver en directo el festival de Rokbury. Y la joya de la corona era una tienda de campaña decorada con lucecitas, exactamente iguales que las que se ponían en el recinto del festival.

Rhys se sentó en el sofá, ahora colocado junto a la pared y debajo de la ventana, y frunció el ceño mirando su teléfono.

—Pero qué… —Me froté los ojos. No, no estaba soñando. La tienda, la comida, todo estaba ahí—. ¿Qué es esto?

—Un festival de interior —murmuró.

—Tú has preparado esto. —Más que una pregunta, era una declaración de incredulidad.

—A regañadientes, y con ayuda. —Rhys levantó la mirada—. Tu amiga pelirroja es una amenaza.

Claro. Eso tenía más sentido. Mis amigas debían de sentirse mal por que me perdiera el festival, así que me habían organizado una fiesta de consolación, por llamarlo de algún modo. Pero algo no encajaba.

—Ellas se fueron anoche.

—Lo dejaron todo listo de antemano mientras estabas en la ducha.

Mmm, podía ser. Me daba duchas muy largas.

Entusiasmada y algo más calmada, cogí un puñado de patatas fritas, gominolas y gaseosa y me arrastré hasta la tienda de campaña llena de cojines, donde vi las actuaciones de mis grupos favoritos por la tele. El sonido y la imagen eran tan buenos que casi era como estar allí.

Tenía que admitir que estaba más cómoda de lo que habría estado en el propio festival, pero echaba de menos disfrutarlo rodeada de toda la gente.

Después de una hora, saqué la cabeza de la tienda, dubitativa.

—Señor Larsen, ¿quieres unirte? Hay mucha comida.

Seguía sentado en el sofá, con el ceño fruncido como un oso que se acaba de despertar en el lado equivocado de la cueva.

—No, gracias.

—Venga. —Le llamé con la mano—. No me dejes sola con la fiesta. Es tristísimo.

Rhys hizo un gesto de burla antes de levantarse del asiento.

—Solo porque me has hecho caso con lo de no ir al festival.

Esta vez fui yo la que frunció el ceño.

—Lo dices como si estuvieras adiestrando a un perro.

—La mayoría de las cosas de la vida son como adiestrar a un perro.

—No es verdad.

—Vas a trabajar, te pagan. Cortejas a una chica, te acuestas con ella. Estudias, sacas buenas notas. Acción y recompensa. La sociedad funciona así.

Abrí la boca para rebatírselo, pero tenía razón.

—Nadie dice «cortejar» desde hace años —murmuré. Odiaba cuando tenía razón.

Su sonrisa se ensanchó ligeramente.

Era demasiado grande para meterse en la tienda conmigo, así que se sentó al lado, en el suelo. A pesar de mi insistencia, se negó a tocar la comida, y dejó que yo me comiera todos los aperitivos.

Una hora después, había ingerido tanto azúcar e hidratos de carbono que me dolía un poco la tripa, y Rhys parecía aburrido y a punto de dormirse.

—Ya veo que no eres fan de la música electrónica. —Me estiré con un gesto de dolor. La última bolsa de patatas con sal y vinagre no había sido buena idea.

—Suena como un anuncio malo de Mountain Dew.

Casi me atraganto con el agua.

—De acuerdo. —Me limpié la boca con una servilleta, incapaz de contener la sonrisa. Rhys estaba tan serio que disfrutaba cada vez que su coraza de piedra se resquebrajaba—. Pues dime. Si no te gusta la electrónica y el dance, ¿qué te gusta?

—No suelo escuchar música.

—¿Y alguna afición? —insistí—. Tienes que tener un hobby.

No respondió, pero el breve destello de desconfianza en sus ojos me dijo todo lo que necesitaba saber.

—¡Tienes uno! —Sabía tan poco de Rhys, aparte de su trabajo, que me aferré a ese bocado de información como un animal hambriento—. ¿Qué es? Déjame adivinarlo. Tejer. No, ir a ver pájaros. No, hacer cosplay.

Eran los hobbies más aleatorios e impropios de Rhys que se me ocurrieron.

—No.

—¿Sellos? ¿Yoga? ¿Pokémon?

—Si te lo digo, ¿te callas? —dijo de malos modos.

Respondí con una sonrisa virginal.

—Puede.

Rhys dudo un momento antes de decir:

—A veces dibujo.

De todas las cosas que esperaba que dijera, no estaba ni entre las primeras cien.

—¿Qué dibujas? —pregunté con tono burlón—. Seguro que coches blindados y alarmas de seguridad. A lo mejor un pastor alemán cuando te pones nostálgico y tontorrón…

Resopló.

—Excepto por lo del pastor alemán, haces que parezca la hostia de aburrido. —Abrí la boca y él alzó la mano—. Ni lo sueñes.

Cerré la boca, pero mantuve la sonrisa.

—¿Cómo empezaste a dibujar?

—Me lo sugirió mi terapeuta. Dijo que me ayudaría con mi condición. Y resulta que me gusta. —Se encogió de hombros—. Acabé con la terapeuta, pero seguí dibujando.

Me atravesó otro destello de sorpresa, tanto por el hecho de que fuera a terapia como por que lo dijera de una forma tan abierta. La mayoría de la gente no lo admitía con tanta facilidad.

Pero tenía sentido. Había servido en el ejército durante diez años. Imaginaba que había vivido una buena cantidad de experiencias que le habrían marcado.

—¿Trastorno de estrés postraumático? —pregunté con suavidad.

Rhys asintió con la cabeza.

—Sí, TEPT complejo. —No entró en detalles, ni se los pedí. Era un tema demasiado personal como para hurgar en él.

—Qué decepción —dije cambiando de tema, ya que sentía que estaba volviendo a cerrarse—. Tenía la esperanza de que hicieras cosplay. Pegarías de Thor, solo que con el pelo moreno.

—Es la segunda vez que intentas que me quite la camiseta, princesa. Cuidado, o pensaré que estás intentando seducirme.

Me puse roja.

—No estoy intentando que te quites la camiseta. Thor ni siquiera… —Me detuve cuando vi que se le escapaba una carcajada—. Me estás vacilando.

—Cuando te picas, te pones como un tomate.

Entre el festival de interior y la frase de «te pones como un tomate» en boca de Rhys, estaba convencida de que me había despertado en una realidad alternativa.

No me he puesto como un tomate —dije con toda la dignidad que pude—. Al menos no soy yo la que se niega a operarse.

Rhys frunció las cejas gruesas y oscuras.

—La cara de asco —aclaré—. Seguro que un buen cirujano plástico te la puede arreglar.

Mis palabras quedaron suspendidas en el aire durante un segundo antes de que Rhys hiciera algo que me dejó de piedra. Se rio.

Y fue una risa real, no la media risita que se le había escapado en Eldorra. Arrugó los ojos y se le marcaron las líneas tenues y extrañamente sensuales de alrededor. El blanco de sus dientes contrastaba con su piel bronceada.

El sonido se deslizó por mi interior, áspero y rugoso como imaginaba que sería su tacto.

Tampoco es que hubiera imaginado nunca cómo sería su tacto. Era una suposición.

Touché. —El final de la risa le asomó por las comisuras de la boca y se transformó en algo magnífico y luego devastador.

Y ahí fue cuando ocurrió otra catástrofe, una mucho más perturbadora que quedarse atascada en un vestido demasiado estrecho dentro de un probador.

Algo ligero y aterciopelado me rozó el corazón… y revoloteó. Solo una vez, pero fue bastante para identificarlo.

Una mariposa.

No, no, no.

Me encantaban los animales, de verdad, pero no podía tener una mariposa en el estómago. No por Rhys Larsen. Debía morir inmediatamente.

—¿Estás bien? —Me miró extrañado—. Parece que estás a punto de vomitar.

—Sí, estoy bien. —Me volví a concentrar en la pantalla, intentando no mirarle—. He comido demasiado, y muy rápido. Eso es todo.

Pero estaba tan nerviosa que no pude concentrarme en nada durante el resto de la tarde, y cuando al fin llegó la hora de dormir, no fui capaz de conciliar el sueño.

No podía gustarme mi guardaespaldas. No podía provocarme esas mariposas.

Solo las había sentido nada más conocerle, pero habían muerto en cuanto Rhys abrió la boca. ¿Por qué volvían ahora, cuando ya sabía lo insufrible que era?

Tranquilízate, Bridget.

Me empezó a vibrar el móvil y cogí la llamada, agradecida por la distracción.

—¡Bridget! —gritó Jules claramente achispada—. ¿Cómo vas, amor?

—Aquí en la cama. —Me reí—. ¿Te lo estás pasando bien en el festival?

—Sííí, pero te echo de menos. Sin ti no mola tanto.

—A mí también me gustaría estar allí. —Me quité un mechón de pelo del ojo—. Al menos he tenido el festival de interior. Ha sido una idea genial, por cierto. Muchas gracias.

—¿Festival de interior? —Jules parecía confusa—. ¿De qué hablas?

—Lo que preparasteis con Rhys —le recordé—. La tienda, los cojines, la comida…

—Igual voy más pedo de lo que creía, pero no tengo ni idea de lo que hablas. Yo no preparé nada con Rhys.

Sonaba sincera, y no tenía motivos para mentir. Pero si Rhys no lo había planeado con mis amigas…

Se me aceleró el latido.

Jules siguió hablando, pero yo ya había desconectado.

Ya no sentía una, sino un millón de mariposas revoloteando en el estómago.

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