Twisted Games

Twisted Games


Capítulo 7

Página 12 de 60

7

Bridget

Cuarto mes de prueba

Cuando llegó la graduación un mes después, ya había logrado encerrar a todas las mariposas en una jaula, excepto a una rebelde que se escapó dos veces. La primera, cuando vi a Rhys haciéndole mimos a Flor, quien con lo adorable que era había conseguido conquistarle. Y otra vez cuando vi cómo se le tensaban los músculos mientras metía las bolsas de la compra en casa.

No les hacía falta gran cosa para echar a volar. Malditas.

Aun así, a pesar de los bichos pesadísimos que vivían de gratis en mi estómago, intenté comportarme con normalidad alrededor de Rhys. No me quedaba otra.

—¿Me vas a dar alguna medalla o un certificado de reconocimiento por haberme portado tan bien estos cuatro meses? —Daba la casualidad de que el último día del periodo de prueba coincidía con mi ceremonia de graduación, y no pude resistirme a burlarme de Rhys mientras esperábamos a que Ava preparara el trípode para hacer la foto. Era nuestra fotógrafa de grupo no oficial.

—No. Lo que ganas es un teléfono sin rastreador. —Rhys examinó el patio, con la mirada clavada en los padres de barriga cervecera y en las madres blancas y rubias vestidas de marca de arriba abajo.

—Lleva todo este tiempo sin rastreador.

—Pues ahora se queda así.

Al parecer, Rhys nunca había oído hablar de la empatía. Estaba intentando estar de buen rollo, y él estaba más serio que un ataque al corazón.

¿En serio, Bridget? ¿Este es el tío por el que sientes mariposas?

Antes de que se me ocurriera una respuesta ingeniosa, Ava nos hizo un gesto para que fuéramos a hacernos las fotos, y Rhys se quedó por detrás mientras yo me colocaba junto a Jules, Stella, Josh y Ava, que controlaba la cámara con una aplicación del móvil.

Ya me ocuparía luego de las mariposas. Era el último día en el campus con mis amigas como alumna y quería disfrutarlo.

—Me has pisado —le dijo Jules a Josh.

—Pues quita el pie de donde estoy yo —replicó Josh.

—Lo dices como si tuviera la intención de poner alguna parte de mi cuerpo en tu camino…

—Tendría que desinfectarme después de…

—¡Que os calléis! —Stella levantó las manos en el aire, haciéndonos callar a todos con su tono. Normalmente era la más zen del grupo—. O subo a Instagram las peores fotos que tengo de vosotros dos.

Josh y Jules ahogaron un grito.

—¡Ni de coña! —dijeron a la vez antes de mirarse.

Contuve una carcajada mientras Ava, que era quien solía mediar en los conflictos entre su amiga y su hermano, sonreía.

Al final logramos hacernos una foto de grupo decente, y luego otra, y otra, hasta que tuvimos bastantes fotos como para llenar media docena de álbumes, y entonces llegó la hora de despedirnos.

Abracé a mis amigas e intenté tragarme el nudo de emoción que tenía en la garganta.

—Os voy a echar de menos.

Jules y Stella se quedarían en Washington, una para estudiar Derecho y la otra para trabajar como asistente en la revista D. C. Style, pero Ava se iba a Londres con una beca de estudios de un curso entero, y yo me iba a Nueva York.

Había convencido a la Casa Real de que me dejaran quedarme en el país como embajadora de Eldorra. Si había algún evento que requiriera la presencia de la familia real de Eldorra, yo iría en representación. Desgraciadamente, por mucho que quisiera quedarme en Washington, la mayoría de los actos se celebraban en Nueva York, por lo que iría para allá.

Le di el abrazo más largo e intenso a Ava. Entre su drama familiar y su ruptura con Alex, lo había pasado fatal en los últimos meses, y necesitaba más cariño que nadie.

—Te va a encantar Londres —dije—. Será un nuevo comienzo, y tienes el librito que te regalé con todos los lugares de visita obligada.

Ava esbozó una breve sonrisa.

—Seguro que sí. Gracias. —Miró alrededor, quizás buscando a Alex. Daba igual lo que dijera, no lo había superado, y probablemente no lo haría durante un tiempo.

No le vi entre la multitud, pero tampoco me sorprendía. Para ser un supuesto genio, podía ser bastante idiota. Había dicho y hecho cosas terribles, pero se preocupaba por Ava. Solo que era demasiado terco o estúpido para hacerse cargo.

Anoté mentalmente ir a verle antes de irme a Nueva York. Estaba cansada de esperar a que sacara la cabeza de su propio culo.

Después de una última ronda de abrazos, mis amigas se fueron con sus familias hasta que solo quedamos Rhys y yo.

Mi abuelo y Nikolai querían ir, pero tuvieron que cancelar el viaje en el último momento por no sé qué crisis diplomática con Italia. A los dos les dio rabia perderse mi graduación, pero les aseguré que no me importaba.

Y era verdad. Entendía las responsabilidades que conllevaban la corona y la sucesión al trono. Pero eso no significaba que no pudiera revolcarme en un poco de autocompasión.

—¿Estás lista? —preguntó Rhys con un tono más amable de lo habitual.

Asentí, reprimiendo el cosquilleo de soledad en el estómago mientras íbamos hacia el coche. La graduación, el cambio de ciudad, despedirme del que había sido mi hogar los últimos cuatro años… Eran muchos cambios en poco tiempo.

Estaba tan inmersa en mis pensamientos que no me di cuenta de que estábamos yendo al centro en vez de a casa, hasta que vi a lo lejos el Monumento a Washington.

—¿Adónde vamos? —Me recoloqué en el asiento—. No me estarás llevando a algún almacén para descuartizarme, ¿no?

No veía la cara de Rhys, pero casi podía escuchar su mirada.

—Si quisiera hacer eso, lo habría hecho nada más conocerte. —Me pareció más insultante que tranquilizador, y fruncí el ceño, pero cuando estaba a punto de replicarle, añadió—: Me imaginaba que no querrías quedarte en casa y pedir comida la noche de tu graduación.

Pues no, no quería quedarme en casa la noche de mi graduación. Me parecía bastante triste, pero también lo era cenar sola en cualquier restaurante de la ciudad.

Iba con Rhys, pero a él le pagaban por estar ahí, y no es que hablara por los codos precisamente. Y, sin embargo…, había adivinado justo lo que necesitaba sin que yo le hubiera dicho ni una palabra.

Otra mariposa se me escapó del estómago antes de que volviera a meterla en su jaula.

—¿Y adónde vamos, entonces? —volví a preguntar, a medida que la intriga reemplazaba a la melancolía.

Se detuvo delante de un centro comercial pequeño. No había muchos de ese estilo en Washington, pero este tenía todas las tiendas de un centro comercial grande, y además un Subway, un salón de manicura y un restaurante llamado Walia.

—El mejor etíope de la ciudad. —Rhys apagó el motor.

Me dio un vuelco el corazón. La comida etíope era mi favorita. Pero di por hecho que Rhys lo había elegido al azar sin acordarse del dato, que se me había escapado una vez en el coche.

—No te creo —dije—. El mejor etíope está en la calle U.

Pues no. En cuanto probé la injera y el tibs de ternera una hora después, confirmé que Rhys tenía razón. que era el mejor etíope de la ciudad.

—¿Cómo es que no conocía este sitio? —pregunté, partiendo otro trozo de injera para coger la carne. En la cultura etíope, el pan es un utensilio más con el que comer.

—No lo conoce mucha gente. Fui el escolta de un pez gordo etíope durante varios meses. Así es como descubrí este sitio.

—Eres una caja de sorpresas. —Mastiqué la comida, pensativa. Después de tragar, añadí—: Ya que es mi fiesta de graduación, vamos a jugar a un juego. Se llama «Conociendo a Rhys Larsen».

—Suena aburrido. —Rhys examinó el restaurante—. Yo ya conozco a Rhys Larsen.

—Yo no.

Suspiró profundamente y yo me contuve para no ponerme a dar saltos de alegría, porque el suspiro significaba que estaba a punto de ceder. No solía ceder, pero cuando lo hacía, disfrutaba como una niña en una tienda de golosinas.

—Vale. —Rhys se reclinó hacia atrás y se cruzó de brazos como un perfecto gruñón—. Solo porque es tu graduación.

Sonreí.

Bridget, uno. Rhys, cero.

Durante el resto de la cena le estuve bombardeando a preguntas que siempre había querido preguntarle, empezando por las más tontas:

¿Comida favorita? El boniato asado.

¿Color favorito? El negro. (Sorpresa).

¿Película favorita? Reservoir Dogs.

Una vez agotadas las preguntas básicas, pasé a un terreno más personal. Para mi sorpresa, respondió a casi todas las preguntas sin quejarse. Las únicas que eludió fueron las relativas a su familia.

¿Tu mayor miedo? El fracaso.

¿Tu mayor sueño? La paz.

¿De qué te arrepientes más? De la inacción.

Rhys no elaboró sus respuestas, y yo tampoco le presioné. Ya me había dado más de lo que esperaba, y si le presionaba demasiado, se cerraría.

Al final, me armé de valor para sacar un tema que llevaba rondándome varias semanas.

El vino dulce ayudaba. Me hacía entrar en calor, me excitaba, y a cada sorbo iba eliminando cualquier clase de inhibición.

—Respecto al festival de interior que hiciste con lo de Rokbury…

Rhys pinchó un trozo de carne, ignorando a la mesa de mujeres que le miraban desde la esquina.

—¿Qué pasa?

—Mis amigas no sabían de qué les estaba hablando cuando se lo mencioné. —También lo había comprobado con Ava y Stella, por si acaso, y las dos se me quedaron mirando como si tuviera dos cabezas.

—¿Y qué?

Apuré el vino, hecha un manojo de nervios.

—Que dijiste que mis amigas te ayudaron a prepararlo.

Rhys masticó en silencio, sin contestar.

—¿Se te ocurrió…? —Se me formó un extraño nudo en la garganta. Debía de haber comido demasiado—. ¿Se te ocurrió a ti la idea? ¿Y lo preparaste todo solo?

—No es para tanto. —Siguió comiendo sin mirarme.

Sabía que había sido él desde que hablé por teléfono con Jules, pero escuchar su confirmación era otra historia.

Las mariposas del estómago se me escaparon todas a la vez, mientras el nudo en mi garganta se iba haciendo cada vez más grande.

—Sí que es para tanto. Fue… un detalle por tu parte. Igual que lo de esta noche. Gracias. —Empecé a darle vueltas a mi anillo de plata—. Pero no entiendo por qué no me dijiste que fue idea tuya, ni por qué lo hiciste. Si ni siquiera te caigo bien.

Rhys frunció el ceño.

—¿Quién dice que no me caigas bien?

—Tú.

—Yo nunca he dicho eso.

—Lo has dado a entender. Siempre estás quejándote y riñéndome.

—Solo cuando no me escuchas.

Me mordí los labios para no darle una respuesta cortante. La noche estaba yendo muy bien, y no quería estropearla, incluso aunque a veces me hiciera sentir como una niña rebelde.

—No te lo dije porque no era apropiado —añadió con la voz grave—. Eres mi clienta. No debería… hacer ese tipo de cosas.

Me estalló el corazón en el pecho.

—Pero el caso es que lo hiciste.

Rhys hizo un gesto de disgusto, como si estuviera enfadado por sus propias acciones.

—Sí.

—¿Por qué?

Levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron por fin.

—Porque sé lo que es la soledad.

La soledad.

La palabra me golpeó con más fuerza de la debida. No estaba sola físicamente; todos los días a todas horas estaba rodeada de gente. Pero por mucho que me esforzara en fingir que era una universitaria normal y corriente, no lo era. Era la princesa de Eldorra. Eso significaba glamour y fama, pero también guardaespaldas y protección las veinticuatro horas del día, chalecos antibalas y una vida planeada, no vivida.

El resto de los miembros de la realeza que conocía, incluido mi hermano, se conformaban con vivir la vida en una pecera. Yo era la única desesperada por escapar de mi propia piel.

La soledad.

De alguna forma, Rhys había reconocido esa verdad inherente en mí antes incluso que yo.

—Detallista y observador. —Era muy observador con el entorno, pero jamás habría esperado que lo fuera también conmigo, ni que viera partes de mí que incluso me negaba a mí misma—. que eres una caja de sorpresas.

—No se lo cuentes a nadie, o tendré que matarlos.

La tensión se rompió, y esbocé una sonrisa pequeña y genuina.

—También tienes humor. Estoy segura de que los extraterrestres han secuestrado tu cuerpo.

Rhys resopló.

—Que lo intenten.

No le hice más preguntas, y Rhys no me dio más respuestas. Terminamos la cena en un agradable silencio y después de que pagara la cuenta (se negó a pagar a medias) paseamos hasta un parque cercano para bajar la cena.

—¿Me dejas que vaya por ahí sin el chaleco? —bromeé. El chaleco antibalas estaba colgado al fondo de mi armario, no lo había tocado desde el día del centro comercial.

De pronto recordé las manos de Rhys en el probador y me ruboricé.

Menos mal que estaba oscuro.

—No me hagas arrepentirme. —Rhys hizo una pausa antes de añadir—: Has demostrado que puedes comportarte sin que yo esté todo el día detrás —dijo a regañadientes.

Había tenido más cuidado en los últimos meses, incluso cuando Rhys no me daba instrucciones explícitas, pero no esperaba que se hubiera dado cuenta. No había dicho nada hasta ahora.

Sentí un calor agradable en el estómago.

—Señor Larsen, puede que al final no nos acabemos matando.

Torció el gesto.

Seguimos andando por el parque, entre parejas que se enrollaban en los bancos, grupos de adolescentes junto a las fuentes y un músico callejero tocando la guitarra.

Quería quedarme en ese momento para siempre, pero la cena, el alcohol y un largo día habían conspirado para dejarme exhausta, y no pude evitar un pequeño bostezo.

Rhys se dio cuenta de inmediato.

—Hora de irse, princesa. A la cama.

Quizás fue porque estaba delirando del cansancio y las emociones del día, o quizás por mi reciente sequía sexual, pero de solo pensar en la idea de que él «me llevara a la cama», me subió un calor por todo el cuerpo.

Porque en mi imaginación hacíamos absolutamente de todo menos dormir.

Las imágenes de Rhys desnudo encima de mí, debajo de mí, detrás de mí… se agolparon en mi cerebro hasta que los muslos se me tensaron y la ropa me empezó a raspar la piel. De pronto sentía la lengua demasiado espesa, el aire demasiado ligero.

Mi primera fantasía sexual con él, y estaba a un metro y medio de distancia, mirándome fijamente.

Yo era una princesa, él mi guardaespaldas.

Yo tenía veintidós años, él treinta y uno.

Estaba mal, pero no podía parar.

Los ojos de Rhys se oscurecieron. No podía leer la mente, pero tenía la ligera intuición de que podía entrar dentro de mi cerebro y descubrir cada uno de los pensamientos sucios y prohibidos que tenía sobre él.

Abrí la boca, sin saber muy bien qué iba a decir, pero tenía que decir algo para romper el silencio peligrosamente cargado.

Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar palabra, un disparo rompió en dos la noche y se desató el caos.

Ir a la siguiente página

Report Page