Twisted Games

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Capítulo 51

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Rhys

Tres meses después

—¡Rhys! —Luciana me dedicó una enorme sonrisa—. ¿Cómo estás? —Miró a Bridget con un destello en los ojos y a continuación preguntó en tono burlón—: ¿Es tu novia?

Me reí y entrelacé los dedos con los de Bridget.

—Sí, es mi novia.

—¡Lo sabía! —dijo Luciana con alegría—. Por fin. Venid, venid. Tengo comida para ustedes.

Nos condujo a la misma mesa en la que nos habíamos sentado en nuestro último viaje a Costa Rica. No podía creer que hubiera sido solo un año antes. Había cambiado tanto desde entonces.

Joder, todo había cambiado mucho en los últimos tres meses. Por fin Bridget y yo podíamos disfrutar de estar juntos, incluso mientras ella estaba más inmersa en los preparativos de su coronación y yo me acostumbraba a la fama poco a poco. No disfrutaba de la atención, pero me sentía más cómodo con ella, por lo menos.

—Ha sido una buena idea. —Bridget suspiró de felicidad cuando Luciana nos trajo un festín de arroz con carne—. Necesitaba vacaciones.

Sonreí.

—Siempre tengo buenas ideas.

Bridget no quería irse de viaje hasta después de su coronación, pero me di cuenta de que se estaba hundiendo bajo el peso del estrés. Necesitaba una escapada para reponerse. Además, yo tenía una boca muy persuasiva, especialmente cuando la utilizaba para otros fines que no fueran hablar.

Eran nuestras primeras vacaciones como pareja oficial, y había elegido Costa Rica no solo por motivos sentimentales, sino porque nadie en la ciudad sabía o le importaba que Bridget fuera una princesa. Incluso después de la reciente cobertura de la prensa, la trataban como a cualquier otra persona: con cariño y amabilidad, a veces inquisitivos, pero nunca indiscretos.

—Cinco días en el paraíso —dije—. Nadando, tomando el sol, follando…

—Rhys.

—¿Qué, no te gusta el plan?

—Baja la voz —siseó, con la cara del mismo color que el tomate del plato—. Te van a escuchar.

—Nadie me escucha.

Habíamos viajado solos. Sin Booth, sin séquito. Me costó mucho convencerlos, pero finalmente la Casa Real había aceptado mi plan. Yo seguía cualificado para custodiar a Bridget, incluso aunque ya no fuera un empleado oficial.

Desde que dejé de trabajar para Christian, había aceptado algunos trabajos de consultoría de seguridad por cuenta propia. No necesitaba el dinero (Seguridad Harper me había pagado muy bien y yo no era un gran derrochador), pero me habría vuelto loco de aburrimiento si no hubiera tenido algo en lo que ocupar mis días.

—Eso no lo sabes. —Bridget se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja. Llevaba una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos, y la piel ya le brillaba por el sol. No llevaba maquillaje ni ropa elegante, y aun así seguía siendo la chica más guapa que había visto en mi vida—. Alguien podría estar escuchando.

—Confía en mí. Lo sé. —Las personas más cercanas a nosotros estaban sentadas a tres mesas de distancia, con los ojos pegados a un partido de fútbol de la televisión—. Incluso si lo son, no hay nada malo en follar…

—Rhys.

Me reí, pero dejé de intentar provocarla, no fuera que le explotara la cara de vergüenza. Nunca dejaba de sorprenderme lo remilgada que era Bridget en público en comparación con lo salvaje que era en la cama. Eso hacía que nuestro sexo fuera aún más excitante, al saber que podía ver un lado de ella que nadie más conocía.

Después de comer, paseamos un poco por el pueblo antes de convencerla de volver a la villa.

No podía esperar mucho más.

—Tengo una sorpresa para ti —le dije mientras subíamos la colina. No pude resistirme a soltar una indirecta, y hablar me permitió distraerme del nudo de nervios que tenía en el estómago.

No estaba acostumbrado a estar nervioso.

Bridget se animó.

—Me encantan las sorpresas. ¿Qué es?

Mantuve una mano agarrada al volante y entrelacé la otra mano a la suya.

—Si te lo dijera no sería una sorpresa.

—Me gustan las sorpresas para las que estoy preparada —dijo ella—. ¡Solo una pista!

Sacudí la cabeza con una sonrisa. Últimamente sonreía mucho más.

Algo había cambiado en los últimos meses. La nube oscura y pesada que me había acompañado toda la vida se había disipado. Todavía volvía de vez en cuando, pero los días soleados eran ahora la norma, no las tormentas.

Era… extraño. La oscuridad había sido un escudo protector y, sin ella, me sentía desnudo. Indefenso, algo que nunca había querido sentir. Pero en momentos como este, cuando estaba a solas con Bridget, no necesitaba ninguna coraza. De cualquier forma, ella ya las había roto todas.

—Ya estamos. —Aparqué frente a la villa—. Sorpresa.

Bridget miró despacio a su alrededor.

—Vale… —Me dirigió una mirada confusa—. Odio decirte esto, pero ya hemos estado aquí, ¿te acuerdas? Cuando hemos dejado el equipaje esta mañana. ¿Número cuatro de la lista de deseos?

—Créeme, eso no se me va a olvidar nunca. —Torcí la boca ante el rubor que le subió por las mejillas—. Pero esa no es la sorpresa. Esto sí. —Le mostré un juego de llaves—. He comprado la casa.

Se quedó con la boca abierta.

—¿Qué?

—Mi amigo estaba pensando en venderla de todos modos. Él y su familia se van a mudar al sur. Así que la compré. —Me encogí de hombros.

Podíamos alojarnos en los hoteles más bonitos del mundo, pero yo quería un lugar que nos perteneciera.

—Rhys, no puedes… —Los ojos de Bridget se dirigieron a la villa—. ¿De verdad?

—Sí. —Sonreí ampliamente cuando ella chilló de una manera indudablemente poco refinada y salió del coche de un salto.

—¡Y vendremos todos los años! —gritó mientras me miraba—. ¡Y necesitaremos más hamacas!

La seguí adentro, con una carcajada retumbando en mi pecho mientras visitaba todas las habitaciones como si fueran viejas amigas.

Me encantaba verla así, salvaje y despreocupada, con la guardia baja y el rostro iluminado por una sonrisa. Una de verdad.

—Me encanta este lugar. —Abrió la puerta de cristal de la terraza y suspiró al ver la piscina—. La perfección.

—¿Por qué crees que la he comprado?

Un brillo burlón iluminó sus ojos.

—Rhys, ¿eres un romántico secreto?

—No lo sé. —Rebusqué en el bolsillo y saqué una cajita de terciopelo mientras se multiplicaban los nervios dentro de mi estómago. Bridget ahogó un grito, pero por lo demás todo quedó en silencio: el viento, los pájaros, el rugido del Pacífico en la distancia. Era como si el mundo entero contuviera la respiración, esperando a ver qué ocurría a continuación—. Dímelo tú.

Abrí la caja, revelando el brillante anillo de diamantes que llevaba dos meses esperando al fondo del cajón de mi cómoda. Había querido esperar al momento perfecto. Ahora había llegado, y me sentí como cuando tenía dieciocho años y fui por primera vez a un entrenamiento de la Marina, decidido pero muy asustado por cómo se desarrollaría el siguiente capítulo de mi vida.

La proposición era inevitable. Yo lo sabía, Bridget lo sabía, el mundo lo sabía. Pero que algo fuera inevitable no significaba que no fuera importante, y este era el momento más importante de mi vida.

—No soy el mejor con el lenguaje pomposo, así que lo haré simple. —Joder, ¿me estaba temblando la voz? Esperaba que no—. Nunca he creído en el amor. Nunca lo he buscado. No le veía ningún valor práctico y, para ser sincero, me iba bien sin él. Entonces fue cuando te conocí. Tu sonrisa, tu fuerza, tu inteligencia y tu empatía. Incluso tu rebeldía y tu terquedad. Llenaste una parte de mi alma que siempre pensé que estaría vacía, y curaste cicatrices que no sabía que existían. Y me di cuenta de que… no es que antes no creyera en el amor. Es que lo estaba guardando todo para ti.

Un medio sollozo brotó a través de la mano con la que Bridget se tapaba la boca.

Cogí aire profundamente.

—Bridget, ¿quieres casarte conmigo?

No había terminado de formular la pregunta cuando Bridget ya me estaba rodeando con sus brazos mientras me besaba.

. ¡Sí, sí, mil veces !

Sí. Una palabra de solo dos letras que me llenó tanto que estuve seguro de que no volvería a tener hambre.

Le deslicé el anillo en el dedo. Encajaba a la perfección.

—Ya no hay vuelta atrás —dije con voz seria, esperando que no se diera cuenta de cómo me temblaba la voz—. Ahora sí que estás atrapada conmigo.

Bridget dejó escapar otro sollozo, mitad llanto, mitad risa.

—No querría que fuera de ninguna otra forma, señor Larsen. —Entrelazó los dedos alrededor de los míos—. Tú y yo.

Una punzada profunda y agradable se me extendió por el pecho, calentándome más que el sol de la tarde.

No sabía qué había hecho para merecerla, pero estaba aquí, era mía, y nunca la dejaría ir.

—Tú y yo. —Le acaricié la cara y le rocé sus labios con los míos—. Para siempre.

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