Twisted Games

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Capítulo 8

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8

Bridget/Rhys

Bridget

Recuerdo que estaba de pie. Y, en cuestión de un segundo, ya estaba en el suelo, con la mejilla apoyada contra la hierba, mientras Rhys protegía mi cuerpo con el suyo, y los gritos resonaban por todo el parque.

Pasó todo tan rápido que a mi cerebro le costó unos instantes asimilar lo que estaba ocurriendo.

Cena. Parque. Disparos. Gritos.

Palabras sueltas que tenían sentido por sí solas, pero que no podía relacionar entre sí en una línea de pensamiento coherente.

Sonó otro disparo, seguido de más gritos.

Aún encima de mí, Rhys soltó una maldición en un volumen tan bajo que me pareció que me la había imaginado.

—Cuando cuente hasta tres, corremos a ese árbol. —Su tono calmado me tranquilizó un poco—. ¿Vale?

Asentí. Mi cena amenazaba con hacer acto de presencia, pero me obligué a centrarme. No podía perder la calma, no mientras estuviéramos en el campo de visión de un atacante.

Entonces le vi. Estaba tan oscuro que no le distinguía con detalle, a excepción del pelo, más bien largo y rizado, y la ropa: sudadera, vaqueros, deportivas. Se parecía a cualquiera de mis compañeros de clase de Thayer, lo cual me asustaba todavía más.

Nos dio la espalda, como si mirara algo, o a alguien (la víctima), pero en cualquier momento podía darse la vuelta otra vez.

Rhys se separó para que yo pudiera impulsarme con las manos y las rodillas, sin levantarme del todo. Él sacó la pistola y entonces el hombre gruñón pero detallista de la cena desapareció, y fue reemplazado por un soldado de sangre fría.

Concentrado. Decidido. Letal.

Por primera vez, vi al hombre que había sido en el ejército, y me recorrió un escalofrío por toda la espalda. Sentí lástima de cualquiera que se hubiera enfrentado a él en el campo de batalla.

Rhys hizo la cuenta atrás con el mismo tono calmado.

—Tres, dos, uno… ¡ya!

No pensé. Solo corrí.

Detrás de nosotros sonó otro disparo, me estremecí y me tropecé con una roca suelta. Rhys me agarró de los brazos con las manos firmes y el cuerpo todavía protegiéndome por detrás, y me guio hasta la espesura de los árboles en el extremo del parque. No podíamos llegar a la salida sin pasar al lado del tirador, donde no había nada para cubrirse, por lo que tendríamos que esperar a que llegara la policía.

Suponía que llegarían de un momento a otro. Alguien del parque tendría que haberles llamado.

Rhys me empujó detrás de un árbol grande.

—Espera aquí y no te muevas hasta que yo te diga —ordenó—. Y, sobre todo, no dejes que te vea.

Se me aceleró el pulso.

—¿Adónde vas?

—Alguien tiene que pararle.

Sentí un sudor frío por todo el cuerpo. No podía estar diciendo lo que me parecía que estaba diciendo.

—Pero no tienes que ser tú. La policía…

—Cuando lleguen ya será demasiado tarde. —Rhys estaba más serio que nunca—. No te muevas.

Y desapareció.

Miré con horror cómo Rhys cruzaba la amplia extensión de hierba hasta el atacante, que apuntaba a alguien tirado en el suelo. Un banco me impedía ver quién era la víctima, pero cuando bajé la cabeza para mirar por debajo, mi terror se multiplicó.

No era una persona. Eran dos. Un hombre y, a juzgar por el tamaño de la persona que tenía al lado, un niño.

Ahora sabía por qué Rhys había puesto esa cara antes de ir.

¿Quién apuntaría con un arma a un niño?

Me presioné la boca con el puño, conteniendo las ganas de vomitar. Hacía menos de una hora, estaba bromeando con Rhys mientras tomábamos vino y pan y pensando en lo que iba a echar en la maleta de Nueva York. Y ahora estaba escondida detrás de un árbol en un parque, viendo cómo mi guardaespaldas corría hacia lo que podía ser una muerte segura.

Rhys era un soldado con experiencia, pero seguía siendo humano, y los humanos se morían. Uno podía estar vivo y, a continuación, muerto, dejando tan solo una carcasa inerte y vacía de la persona que era antes.

Cielo, me temo que tengo malas noticias. —Me pareció que mi abuelo tenía los ojos irritados, y me apreté la jirafa de peluche contra el pecho, sintiendo cómo el miedo me invadía todo el cuerpo. Mi abuelo nunca lloraba—. Es tu padre. Ha tenido un accidente.

El recuerdo se esfumó de mi memoria justo a tiempo para ver cómo el hombre que estaba en el suelo volvía la cabeza ligeramente. Había visto a Rhys pasando por detrás del atacante.

Por desgracia, ese pequeño movimiento fue suficiente para advertir al atacante, que se dio la vuelta y disparó otra vez al mismo tiempo que Rhys también lo hacía.

Dejé escapar un grito.

Rhys. Disparo. Rhys. Disparo.

Las palabras se repetían en mi cerebro como el mantra más espantoso del mundo.

El atacante se desplomó en el suelo. Rhys se tambaleó, pero se mantuvo en pie.

A lo lejos empezaron a sonar sirenas de policía.

Todo, desde el primer disparo hasta el último, había sucedido en menos de diez minutos, pero el terror tenía una forma curiosa de distorsionar el tiempo hasta hacer que cada segundo pareciera una eternidad.

Parecía que la cena hubiera sido hacía años. Y la graduación, en otra vida.

El instinto me devolvió al presente, y corrí hacia Rhys, con el corazón en la garganta.

Por favor, que esté bien.

Cuando llegué, me di cuenta de que había desarmado al atacante, que ahora se estaba desangrando entre gemidos en el suelo. A pocos metros, el hombre al que había apuntado con la pistola también sangraba, y bajo la luz de la luna vi que estaba pálido. El niño, de unos ocho o nueve años, arrodillado a su lado, nos miraba a Rhys y a mí con los ojos como platos.

—¿Qué coño haces? —ladró Rhys al verme.

Lo examiné en busca de alguna herida, pero estaba tan entero y gruñón como siempre, así que me imaginé que no tenía nada grave.

El niño, por su parte, necesitaba que alguien le consolara.

Ignoré la pregunta de Rhys y me agaché hasta bajar al nivel del niño.

—Tranquilo —dije con suavidad. No me acerqué para no asustarle más—. No te vamos a hacer daño.

Apretó el brazo de quien deduje que era su padre.

—¿Mi padre se va a morir? —preguntó con un hilo de voz.

Un nudo de emoción se me formó en la garganta. Debía de tener la misma edad que yo cuando murió mi padre, y…

Basta. Esto no va de ti. Céntrate en el presente.

—Los médicos llegarán enseguida para curarle. —Eso esperaba. El hombre estaba perdiendo el conocimiento por momentos y no paraba de sangrar, hasta que se formó un charco que manchó las zapatillas de su hijo.

Para ser más precisos, los que iban a venir eran los técnicos de emergencias, pero no le iba a explicar la diferencia a un niño traumatizado. «Médicos» sonaba más tranquilizador.

Rhys se arrodilló a mi lado.

—Tiene razón. Los médicos saben lo que hacen. —Habló con una voz suave que nunca le había oído, y se me encogió el corazón. Mucho—. Nos quedaremos contigo hasta que lleguen. ¿Qué te parece?

Al niño le tembló el labio, pero asintió.

—Vale.

Antes de que pudiera decir nada más, aparecieron unas luces detrás de nosotros y una voz retumbó por todo el parque.

—¡Policía! ¡Manos arriba!

Rhys

Preguntas. Revisión médica. Más preguntas, seguidas de unas cuantas palmadas en la espalda por ser un «héroe».

La siguiente hora puso a prueba mi paciencia como nunca antes… gracias a la maldita mujer que me acompañaba.

—Te dije que no te movieras. Era una orden simple, princesa —gruñí. Verla correr hacia mí mientras el atacante seguía libre me había provocado más pánico que el hecho de que me apuntara a la cabeza con la pistola.

Daba igual que ya le hubiera desarmado. ¿Y si tenía una segunda pistola que no había visto?

Me dio un escalofrío de terror.

Podía aguantar un disparo. Pero no que le hicieran daño a Bridget.

—Te habían disparado, señor Larsen. —Se cruzó de brazos. Yo me senté en la parte de atrás de la ambulancia con ella de pie, frente a mí—. Ya habías neutralizado al atacante, y creía que ibas a morir.

Le tembló la voz al final de la frase, y toda mi ira se esfumó de pronto.

Además de mis compañeros de la Marina, no recordaba la última vez que alguien se había preocupado de verdad por mí. Pero Bridget lo había hecho, por algún motivo desconocido, y no solo porque yo fuera su guardaespaldas. Lo veía en sus ojos y lo escuchaba en el temblor de su voz, normalmente firme y segura.

Y eso me dolía más que una bala en el pecho.

—Estoy bien. La bala solo me ha rozado. Ni siquiera ha entrado en la carne. —Los técnicos de emergencias me habían vendado y en dos o tres semanas estaría como nuevo.

Al sorprender al atacante, este había disparado por acto reflejo, sin apuntar bien. Al esquivar la bala a tiempo me había librado de una herida en el hombro mucho más grave.

Se lo habían llevado al hospital bajo custodia policial. Seguían investigando lo ocurrido, pero por lo que había presenciado, parecía que el objetivo del atacante era el padre del niño. Parecía ser por algo relacionado con un mal negocio o un ajuste de cuentas. El tirador estaba drogado, hasta el punto de no importarle llevar a cabo su venganza en un parque lleno de gente.

Por suerte, también iba tan drogado que se había puesto a divagar sobre todo lo que le había hecho aquel hombre, en lugar de dispararle directamente.

Las ambulancias se habían llevado al padre y al hijo hacía rato. El padre había perdido mucha sangre, pero le habían estabilizado y se recuperaría. El niño estaba ileso. Traumatizado, pero vivo. Me había asegurado antes de que se fueran.

Gracias a Dios.

—Estabas sangrando. —Bridget me pasó los dedos por el vendaje, y su tacto atravesó la gasa hasta llegar a mis huesos.

Me puse rígido y ella se quedó inmóvil.

—¿Te duele?

—No. —O, por lo menos, no de esa forma.

Pero me miraba como si tuviera miedo de que desapareciera en un parpadeo. Me dolía el pecho como si me hubiera arrancado un pedazo de corazón y se lo hubiera quedado.

—Seguro que no te imaginabas que tu noche de graduación iba a terminar así. —Me pasé una mano por la barbilla y mi boca se torció en una mueca—. Deberíamos haber ido directos a casa después de cenar.

Había utilizado la excusa mala de dar un paseo por el parque para bajar la comida, cuando en realidad lo único que quería era alargar la noche, porque cuando nos despertáramos al día siguiente, todo volvería a ser como siempre. La princesa y su guardaespaldas, la clienta y el empleado.

Era lo máximo que podíamos ser, pero eso no impedía que durante la cena se me hubieran pasado por la cabeza todo tipo de pensamientos. Por ejemplo, que podría haberme quedado con ella toda la noche, aunque normalmente odiaba contestar preguntas personales. O si Bridget sabría tan dulce como parecía, o las ganas que tenía de despojarla de su frialdad hasta llegar al fuego que había debajo. Disfrutar de su calor, dejar que ardiera el mundo hasta que solo quedáramos nosotros.

Pero no eran más que pensamientos. Los aparté de mi mente en un segundo, pero aun así se quedaron al fondo, como la letra de una canción muy pegadiza.

Volví a fruncir el ceño.

Bridget negó con la cabeza.

—No. Estaba siendo una buena noche hasta… Bueno, hasta esto. —Señaló con la mano el parque—. Si nos hubiéramos ido a casa, quizás el padre y el hijo habrían muerto.

—Quizás, pero la he cagado. —No ocurría a menudo, pero era capaz de admitirlo llegado el caso—. Mi prioridad número uno como guardaespaldas es protegerte a ti, no jugar a ser el héroe. Debería haberte sacado de allí y escapar, pero… —Se me tensó la mandíbula.

Bridget esperó paciente a que terminara. Incluso con el pelo revuelto y el vestido sucio de haberse arrastrado por el suelo, parecía un ángel en el infierno de mi vida. Melena rubia, ojos oceánicos, y un resplandor que no procedía de su belleza exterior, sino de la interior.

Era demasiado bella para que la tocara con cualquier parte de mi ser, pero algo me obligó a continuar.

—Cuando iba al instituto, conocí a un chico. —Los recuerdos se desplegaron como una película manchada de sangre, y sentí una punzada de culpa en las tripas—. No era mi amigo, pero quizás sí lo más parecido que tenía a un amigo. Vivíamos muy cerca, y me invitaba a su casa los fines de semana. —Yo nunca invitaba a Travis a la mía. No quería que viera cómo era vivir ahí.

—Un día iba de camino a su casa y vi cómo le atracaban a punta de pistola justo delante de su jardín. Su madre estaba en el trabajo, y era un barrio peligroso, donde podían pasar esas cosas. Pero Travis se negó a darle su reloj al atracador. Era un regalo de su padre, que murió cuando él era pequeño. El atracador no se lo tomó bien y le pegó un tiro ahí mismo, a plena luz del día. Nadie, ni yo mismo, hizo nada por evitarlo. En nuestro barrio había dos reglas de supervivencia: una, cierra la boca, y dos, métete en tus asuntos.

Noté un sabor amargo en la boca. Recordé la imagen y el sonido del cuerpo de Travis desplomándose contra el suelo. Le salía sangre del pecho a borbotones, tenía la mirada desencajada por la sorpresa… y la traición, al ver que yo me había quedado ahí mirando cómo se moría.

—Me fui a casa, vomité y me prometí que nunca más volvería a ser un cobarde.

¿De qué te arrepientes más? De la inacción.

Me alisté en el ejército para tener un propósito y la familia que nunca tuve. Me hice guardaespaldas para absolverme de pecados que nunca podría expiar.

Vidas salvadas por vidas perdidas, directa o indirectamente.

¿Tu mayor miedo? El fracaso.

—No fue culpa tuya —dijo Bridget—. Tú también eras un niño. No podías hacer nada contra un atracador armado. Si lo hubieras intentado, quizás también habrías muerto.

Otra vez. Otra vez la palabra «muerto».

Bridget apartó la mirada, no sin que antes le viera un brillo sospechoso en los ojos.

Apreté los puños.

No lo hagas. Pero ya la había cagado unas cuantas veces esa noche. ¿Qué importaba otra más?

—Ven aquí, princesa. —Levanté el brazo. Ella se acercó y enterró la cabeza en mi hombro sano. Nunca nos habíamos mostrado tan vulnerables el uno con el otro, y removió algo en mi interior.

—No pasa nada. —Le di unas incómodas palmadas en el brazo. No se me daba bien consolar a los demás—. Ya está. Todos estamos bien, excepto el gilipollas de la pistola. Supongo que hoy no era la mejor noche para dejarse el chaleco antibalas en casa.

Ahogó una risa que me hizo vibrar.

—¿Eso es un chiste, señor Larsen?

—Solo una observación. No…

—Es broma —añadió—. Ya lo sé.

Nos sentamos en la parte de atrás de la ambulancia un rato más, mirando cómo la policía acordonaba la zona mientras yo intentaba contener el sentimiento de protección que me ardía en el pecho. Era protector con todos mis clientes, pero esto era distinto. Más visceral.

Una parte de mí quería alejarla todo lo posible, y otra quería arrastrarla a mis brazos y no soltarla nunca.

Pero no podía.

Bridget era demasiado joven, demasiado inocente y estaba demasiado lejos de mi alcance. Y más me valía no olvidarlo.

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