Twisted Games

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Capítulo 9

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Bridget

Algo cambió la noche de mi graduación. Tal vez fue el trauma compartido, o el hecho de que Rhys se hubiera abierto a mí por voluntad propia respecto a su pasado, pero la enemistad que teníamos se había transformado en otra cosa; algo que me quitaba el sueño por las noches y que volvía locas a las mariposas que tenía en el estómago.

No estaba pillada exactamente. Solo era atracción unida a… ¿curiosidad? ¿Fascinación? Fuera lo que fuera, me estaba llevando al límite, porque en la lista de las peores ideas que se me habían ocurrido nunca, escaparme a escondidas y sufrir un secuestro ocupaban el segundo puesto. Desarrollar sentimientos no platónicos hacia mi guardaespaldas ocupaba el primero.

Por suerte, mi agenda en Nueva York me mantenía tan ocupada que apenas tenía tiempo ni para respirar, así que mucho menos para permitirme fantasías inapropiadas.

Rhys y yo nos mudamos a Manhattan tres días después de la graduación, y ese verano fue un torbellino de reuniones de juntas benéficas, compromisos sociales y búsqueda de casa.

Cuando llegó agosto, ya había firmado el alquiler de una pequeña casa en Greenwich Village, había destrozado dos pares de tacones de tanto caminar por la ciudad, y había conocido a todo el mundo del circuito social, incluso a los que habría preferido no conocer.

—Se te ha ido. —Rhys examinó a la muchedumbre que nos rodeaba.

Estábamos en la inauguración de una nueva exposición del Upper East Side de artistas de Eldorra, lo cual normalmente no causaba tanto revuelo, pero en la lista de invitados estaba el actor de cine de acción Nate Reynolds y los paparazzi habían acudido en manada.

—¿Qué? —dije mientras posaba para las cámaras. Las apariciones públicas eran agotadoras. Era capaz de aguantar sonrisas, saludos y conversaciones vacías hasta cierto punto antes de caer redonda del aburrimiento, pero era parte de mi trabajo, así que sonreí y me aguanté.

—La sonrisa. Se te ha ido.

Tenía razón. Ni me había dado cuenta.

Recargué las pilas e intenté no bostezar. Dios, estaba deseando llegar a casa. Todavía me quedaba una comida, dos entrevistas, una reunión de la junta de la Fundación de Rescate de Animales de Nueva York y un par de recados que hacer, pero después…, pijamita y a dormir.

No es que odiara mi trabajo, pero me habría gustado hacer algo más significativo que ser un simple maniquí andante y parlante.

Y así siempre. Día tras día, mes tras mes de lo mismo. El otoño se convirtió en invierno, después en primavera y verano, y después en otoño otra vez.

Rhys lo pasó conmigo, severo y malhumorado como siempre, aunque había rebajado su actitud autoritaria. Al menos para lo que él solía ser. Comparado con cualquier persona normal, seguía siendo sobreprotector hasta la extenuación.

Me encantaba el cambio y lo odiaba al mismo tiempo. Me encantaba porque tenía más libertad, lo odiaba porque ya no podía usar mi enfado como escudo contra lo que fuera que estuviera creciendo entre nosotros.

Y había algo. No estaba segura de si yo era la única que se daba cuenta, o si él lo veía también.

No le pregunté. Era más seguro así.

—¿Alguna vez has pensado en dedicarte a otra cosa que no sea guardaespaldar? —le pregunté una de esas raras noches en las que me quedé en casa. Por una vez, no tenía ningún plan aparte de una cita con la tele y un tarro de helado, lo que me hacía muy feliz.

Era septiembre, y habían pasado casi dos años desde que conocí a Rhys y más de un año desde la mudanza a Nueva York. Me había vuelto loca con la decoración otoñal, que incluía una guirnalda de hojas sobre la chimenea, cojines de colores terrosos, mantas y un pequeño centro de mesa de una calabaza.

Rhys y yo estábamos viendo una comedia delirante que me había salido en las recomendaciones de Netflix. Él estaba sentado, tieso como una vela, completamente vestido con su traje de trabajo, mientras yo estaba acurrucada con los pies en el sofá y un tarro de helado entre las manos.

—¿«Guardaespaldar»?

—Seguro que existe —dije—. Y si no, me la acabo de inventar por decreto real.

Sonrió.

—Cómo no. Y respondiendo a tu pregunta, no, no lo he pensado. Ya lo pensaré cuando deje de guardaespaldar.

Puse los ojos en blanco.

—Debe de ser increíble verlo todo en blanco y negro.

Rhys posó la mirada en mí durante un segundo y la retiró.

—Créeme —dijo—. No todo es blanco y negro.

Sin motivo aparente, el corazón me dio un pequeño vuelco, pero me obligué a no preguntarle a qué se refería. Probablemente no se refería a nada en concreto. Era una frase hecha.

Me volví a concentrar en la película y en no mirar al hombre sentado a mi lado.

Funcionaba. Más o menos.

Me reí por algo que dijo un personaje y al mirar de reojo me di cuenta de que Rhys me estaba observando.

—Es bonita —dijo.

—¿Qué?

—Tu sonrisa real.

De «pequeño vuelco» nada. El corazón me dio una voltereta.

Sin embargo, esta vez lo disimulé señalándole con la cuchara.

—Eso era un cumplido.

—Si tú lo dices.

—No eches balones fuera. —Estaba orgullosa de lo normal que parecía, cuando la realidad era que mis órganos estaban haciendo cosas que eran de todo menos normales. Revoloteaban, saltaban, se retorcían. Mi médico habría flipado—. Esto es un acontecimiento. El primer cumplido de Rhys Larsen a Bridget von Ascheberg, y solo ha costado dos años. Anótalo.

Rhys resopló, pero tenía un brillo divertido en la mirada.

—Un año y diez meses —dijo—. Si contamos bien.

Él sí lo contaba.

Como mi corazón siguiera dando volteretas, le iban a dar el oro en los Juegos Olímpicos.

Esto no está bien. Nada bien.

Sintiera lo que sintiera por Rhys, no podía convertirse en nada más de lo que era en ese momento. Así que, en un esfuerzo por liberarme de mis reacciones hacia mi guardaespaldas, cada vez más perturbadoras, había accedido a tener una cita con Louis, el hijo del embajador de Francia ante las Naciones Unidas, cuando me lo encontré un mes antes.

Louis se había presentado en la cita a las siete en punto con un ramo de flores rojas y una sonrisa encantadora, que se marchitó al ver al guardaespaldas que yo llevaba detrás. Estaba tan cerca que notaba el calor de su cuerpo.

—Son para ti. —Louis me extendió el ramo con un ojo puesto en Rhys—. Estás muy guapa.

Detrás de mí sonó un gruñido, y Louis tragó saliva.

—Gracias, son preciosas —dije con una sonrisa cortés—. Deja que las ponga en agua y ahora mismo vuelvo.

Se me borró la sonrisa cuando volví con Louis y me giré hacia Rhys.

—Señor Larsen, ven un momento, por favor. —Una vez entramos en la cocina, le susurré—. Deja de amenazar a mis citas con la pistola.

No le había visto, pero estaba convencida de que había insinuado el arma por debajo de la chaqueta.

Louis no era el primer chico con el que quedaba en Nueva York, aunque la última vez que había tenido una cita había sido meses atrás. Rhys seguía espantando a cualquier potencial novio, y la mitad de los hombres de la ciudad tenían miedo de pedirme salir por temor a que les pegara un tiro.

Hasta el momento no me había molestado, porque mis anteriores citas no me importaban mucho, pero era un incordio tener que estar constantemente intentando ignorar la extraña atracción que ejercía Rhys en mí.

Rhys intensificó su mirada asesina.

—Lleva alzas en los zapatos. Merece que le amenace.

Apreté los labios, pero un vistazo rápido a los pies de Louis a través de la puerta de la cocina me confirmó la observación de Rhys. Pensaba que era más alto. No tenía nada en contra de las alzas, pero siete centímetros me parecía demasiado.

Por desgracia, aunque podía pasar por alto las alzas, no pude ignorar la absoluta falta de química que tuvimos.

Cenamos en un precioso restaurante francés, donde tuve que esforzarme para no quedarme dormida mientras él divagaba sobre sus veranos en Saint-Tropez. Ryhs, sentado a la mesa de al lado, mantenía una expresión tan sombría que los clientes de una mesa próxima pidieron que los cambiaran de sitio.

Cuando terminamos de cenar, Louis estaba tan alterado por la presencia amenazante a menos de un metro de distancia que volcó sin querer la copa de vino y por poco hizo que a un camarero se le cayera la bandeja.

—No pasa nada —dije ayudando a Louis, muerto de vergüenza, a limpiar el desastre mientras el camarero hiperventilaba al ver la mancha del mantel—. Ha sido un accidente.

Le lancé una mirada asesina a Rhys, que me la devolvió sin una pizca de remordimiento.

—Claro. —Louis sonrió, todavía rojo de vergüenza.

Cuando terminamos de limpiar, dejó una generosa propina para el camarero y me dio las buenas noches. No me pidió una segunda cita.

No me molestó. Los que sí me molestaban eran ciertos ojos grises.

—Has asustado muchísimo a Louis —dije mientras Rhys y yo volvíamos a casa. No era capaz de controlar la ira que se impregnaba en mi voz—. La próxima vez intenta no poner tan nervioso a mi acompañante como para que acabe tirándose el vino encima.

—Si se asusta con esa facilidad, es que no merece que salgas con él. —Rhys se había vestido según la etiqueta del restaurante, pero la chaqueta y la corbata no podían enmascarar la masculinidad cruda e indómita que le invadía en poderosas oleadas.

—Ibas armado y le estabas mirando fijamente como si acabara de matar a tu perro. No es muy difícil ponerse nervioso en una situación así. —Tiré las llaves a la mesita y me quité los tacones.

—No tengo perro.

—Era una metáfora. —Me solté el pelo y me deshice las ondas con la mano—. Sigue así y acabaré como una de esas solteronas de las novelas históricas. Has espantado a todos los hombres con los que he salido en el último año.

Lo que no había cambiado en todo ese tiempo era mi rechazo a llamarle con otro nombre que no fuera «señor Larsen», y su rechazo a llamarme con otro nombre que no fuera «princesa».

Rhys frunció el ceño.

—Dejaré de asustarlos cuando tengas mejor gusto para los hombres. Ya sé por qué tu vida amorosa es un fracaso. Mira a los cretinos con los que te empeñas en salir.

Me invadió la furia. Mi vida amorosa no era un fracaso. Estaba cerca, pero no lo era todavía.

—Mira quién fue a hablar.

Se cruzó de brazos.

—¿Qué insinúas?

—Insinúo que no te he visto salir con nadie desde que trabajas para mí. —Me quité la chaqueta y se le fue la mirada a mis hombros desnudos durante una fracción de segundo antes de volver a mi cara—. No tienes ninguna autoridad para darme consejos.

—Yo no salgo nunca con nadie. Eso no significa que no sepa identificar a un idiota redomado cuando le veo.

Hice una pausa, sorprendida por lo que acababa de admitir. Rhys siempre estaba conmigo durante el día, pero por la noche estaba fuera de servicio. A veces se quedaba y a veces no. Siempre asumía que las noches que salía estaba haciendo… cosas.

Me invadió una mezcla de alivio e incredulidad. Incredulidad, porque aunque Rhys no era el hombre más encantador del mundo, sí que estaba bastante bueno como para que la mayor parte de las mujeres pasaran por alto su mal humor. Alivio, porque… Bueno, prefería no analizar mucho eso.

—¿Llevas dos años célibe? —La pregunta se me escapó antes de pudiera pensarla bien, y me arrepentí al instante.

Rhys levantó una ceja, y su ceño se convirtió en una sonrisa burlona.

—¿Me estás preguntando sobre mi vida sexual, princesa?

Me puse roja de vergüenza, tanto por haber hecho una pregunta tan inapropiada como por escuchar la palabra «sexual» en su boca.

—No te he preguntado eso.

—A lo mejor no he ido a un colegio pijo como tú, pero entiendo los subtextos. —Le brillaron los ojos—. Y, por cierto, salir con chicas y acostarse con ellas no es lo mismo.

Claro. Por supuesto.

Una sensación desagradable reemplazó el alivio anterior. La idea de que «no saliera con nadie» me irritaba más de lo debido.

—Ya lo sé —dije—. Yo tampoco salgo con todos con los que me acuesto.

¿Qué estoy diciendo? Llevaba tanto tiempo sin acostarme con nadie que me sorprendía que mi vagina no me hubiera demandado por negligencia, pero quería… ¿Qué? ¿Demostrar que Rhys no era el único que podía acostarse con gente sin compromiso? ¿Picarle?

Si era eso, había funcionado, porque se le borró la sonrisa y frunció el ceño aún más.

—¿Y cuándo fue la última vez que te acostaste con alguien sin compromiso?

Levanté la barbilla, negándome a que me amedrentara con su mirada de hierro.

—Esa es una pregunta extremadamente inapropiada.

—Tú has preguntado primero —replicó—. Responde a la pregunta, princesa.

Respira. Escuché en mi cabeza la voz de Elin, la secretaria de Comunicación de la Casa Real, aconsejándome sobre cómo controlar a la prensa. No puedes controlar lo que dicen ellos, pero sí que puedes controlar lo que dices tú. No dejes que te vean sufrir. Desvía la atención si es necesario, recupera el poder y guía la conversación hacia donde quieras que vaya. La princesa eres tú. No te acobardes delante de nadie. Elin daba miedo, pero era buena, y me tomé su consejo al pie de la letra mientras intentaba no picar en el anzuelo de Rhys.

Uno…, dos…, tres…

Exhalé y me puse firme, mirándole por encima del hombro a pesar de que me sacaba dos cabezas.

—No. Y esta conversación se ha terminado —dije con frialdad. Antes de que este tren descarrile más—. Buenas noches, señor Larsen.

Sus ojos me llamaban cobarde. Los míos le decían que se metiera en sus asuntos.

El aire se llenó de un silencio denso durante el duelo de miradas. Era tarde y estaba cansada, pero antes morir que retirar la mirada.

A juzgar por la postura de Rhys, parecía pensar lo mismo.

Nos habríamos quedado así eternamente, mirándonos fijamente el uno al otro, si no hubiera sido por el estridente sonido del teléfono. Incluso en ese momento, dejé que sonara tres veces antes de retirar la mirada de Rhys y mirar quién llamaba.

Enseguida mi enfado fue reemplazado por la confusión y la preocupación al ver quién me estaba llamando. Nikolai. Mi hermano y yo rara vez hablábamos por teléfono, y eran las cinco de la mañana en Eldorra. Él era madrugador, pero no tanto.

Lo cogí, consciente de la mirada de Rhys, que aún quemaba.

—Nik, ¿pasa algo?

Nikolai no me llamaría sin previo aviso a esas horas a menos que fuera una emergencia.

—Me temo que sí. —Su voz sonaba exhausta—. Es el abuelo.

Me invadió el pánico y tuve que agarrarme a la mesa para sostenerme mientras Nikolai me explicaba la situación. No. El abuelo no. Era la única figura paterna que me quedaba, y como la perdiera…

Rhys se acercó a mí, con expresión de preocupación, pero se detuvo cuando negué con la cabeza. Cuanto más hablaba Nikolai, más ganas tenía de vomitar.

Quince minutos después, colgué la llamada, aturdida.

—¿Qué ha pasado? —Rhys estaba a pocos metros, pero notaba cierta tensión en su postura, como si estuviera listo para asesinar al causante de mi inquietud.

Todo lo que quedaba de nuestra estúpida discusión se desvaneció y sentí la urgencia repentina de arrojarme a sus brazos y dejar que su fuerza me sostuviera.

Pero, por supuesto, no podía hacer eso.

—Es… es mi abuelo. —Me tragué las lágrimas que amenazaban con empezar a resbalarme por las mejillas. Llorar era una terrible falta de decoro. Los miembros de la realeza no lloraban delante de los demás. Pero, en ese momento, no era una princesa. Solo era una nieta muerta de miedo ante la idea de perder al hombre que la había criado—. Ha tenido un infarto y le han llevado al hospital, y… —Levanté la vista hacia Rhys, con una presión tan grande en el pecho que no podía ni respirar—. No sé si va a salir de esta.

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