Twisted Games
Capítulo 10
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Rhys
Bridget quería irse a Eldorra esa misma noche, pero la convencí para que durmiera un poco primero. Habíamos tenido un día muy largo, y aunque yo funcionaba bien durmiendo lo mínimo, Bridget podía ponerse… de mal humor.
Se empeñaba en decir que no, pero era verdad. Yo lo sabía. A menudo era el receptor de su mal humor. Además, no había mucho que pudiéramos hacer a las once de la noche.
Mientras ella dormía o intentaba dormir, yo hice las maletas, reservé un vuelo a través de la línea directa vip 24 horas de su aerolínea habitual de vuelos chárter y dormí unas horas antes de despertarme a tiempo para ir a por café y desayuno al bar más cercano.
Salimos de casa justo cuando el sol asomaba por el horizonte y nos dirigimos al Aeropuerto de Teterboro en silencio. Cuando subimos al avión privado, Bridget casi temblaba de inquietud.
—Gracias por encargarte de todo. —Se puso a juguetear con su collar y negó con la cabeza cuando la azafata le ofreció un vaso de zumo—. No tenías por qué.
—No hay problema. Solo era una llamada. —Nada me ponía más incómodo que el exceso de gratitud. En un mundo ideal, la gente aceptaría un gesto amable y no lo volvería a mencionar nunca más. Así todo sería más sencillo.
—No era solo una llamada. Era hacer las maletas, y traer el desayuno, y… venir conmigo.
—Mi trabajo es ir contigo, princesa.
Puso cara de decepción y me sentí automáticamente el tío más cabrón del mundo. Qué manera de consolar a alguien cuando está triste, Larsen.
Si yo no hubiera sido yo y ella no hubiera sido ella, me habría intentado disculpar, pero tal y como estaba la cosa, mejor no empeorarla. Las palabras no eran mi fuerte, especialmente con Bridget. Todo salía mal cuando hablaba con ella.
Cambié de tema.
—Me parece que deberías dormir más.
Hizo una mueca.
—¿Tan mal estoy?
Y por eso tengo que aprender a cerrar la boca. Me restregué la mano por la cara, avergonzado y enfadado conmigo mismo.
—No me refería a eso.
—No pasa nada. Ya sé que estoy horrible —dijo Bridget—. A Elin, la secretaria de Comunicaciones, le entrarían los siete males si me viera así.
Resoplé.
—Princesa, no podrías estar horrible ni a propósito.
Aunque parecía más cansada de lo habitual y tenía unas ojeras púrpuras y no le brillaba la piel tanto como siempre, seguía dándole mil vueltas a cualquier otra chica.
Bridget levantó las cejas.
—¿Eso era otro cumplido, señor Larsen? Dos en dos años. Cuidado, o me voy a creer que te caigo bien.
—Tómatelo como quieras —dije—. Pero me caerás bien el día que yo te caiga bien a ti.
A Bridget se le escapó una sonrisa auténtica, y por poco se la devuelvo. A pesar de mis palabras, en ese momento nos llevábamos bien, al margen de alguna discusión puntual. La transición del principio había sido dura, pero habíamos aprendido a adaptarnos y comprometernos…, excepto cuando salía con chicos.
Ni uno solo de esos idiotas era merecedor de su tiempo, y tenían suerte de que no les hubiera arrancado los ojos por mirarla como la miraban.
Si no hubiera ido con ella a las citas, habrían intentado algo, estoy seguro, y de solo pensarlo me hervía la sangre.
Noté que la mirada de Bridget se desviaba al teléfono del avión cada pocos minutos, hasta que al fin dije:
—Es bueno que no llamen.
El príncipe Nikolai había prometido llamar si había alguna noticia. Todavía no había habido ninguna, pero, en una situación así, que no hubiera noticias era la mejor noticia.
Ella suspiró.
—Ya lo sé. Pero me está volviendo loca no saber lo que pasa. Debería estar allí. Debería haberme mudado después de la graduación en lugar de empeñarme en quedarme en Estados Unidos. —Le corroía la culpa—. ¿Qué pasa si no vuelvo a verle nunca más? ¿Y si…?
—No lo pienses. Pronto estaremos allí.
El vuelo a Athenberg duraba siete horas. Podía pasar de todo en siete horas, pero me guardé esa parte para mí.
—Él nos crio, ¿sabes? —Bridget se volvió hacia la ventanilla con la mirada perdida—. Al morir mi padre, mi abuelo nos acogió e hizo todo lo que pudo para cubrir ese vacío paterno con el que nos quedamos Nik y yo. A pesar de ser el rey y tener siempre mil cosas que hacer, sacaba tiempo para nosotros de donde no había. Venía a desayunar con nosotros cada mañana cuando no estaba de viaje, y siempre iba a todas las actividades del colegio, incluso a aquellas que no eran importantes. —Sonrió débilmente—. Una vez canceló una reunión con el primer ministro japonés solo para verme hacer de «girasol tres» en la obra de teatro de quinto de primaria. Era una actriz terrible, y ni siquiera mi estatus real fue suficiente para que me dieran un papel con frase.
Se me escapó una sonrisa al imaginarme a la pequeña Bridget disfrazada de girasol.
—Provocando un conflicto internacional con diez años. ¿Por qué no me sorprende?
Me fulminó con la mirada.
—Que conste que tenía once años, y que el primer ministro lo entendió. Él también era abuelo. —Se le esfumó la sonrisa—. No sé qué voy a hacer como le pase algo… —susurró.
Ya no se refería al primer ministro.
—Todo tiene solución. —No era del todo verdad, pero no sabía qué otra cosa decir.
Realmente se me daba fatal lo de consolar a los demás. Y por eso era guardaespaldas y no enfermero.
—Tienes razón. Claro que sí. —Bridget respiró profundo—. Lo siento. No sé qué me pasa. Normalmente no me pongo así. —Le empezó a dar vueltas al anillo que llevaba en el dedo—. Bueno, ya está bien de hablar de mí. Cuéntame algo sobre ti que no sepa.
¿Traducción? Distráeme de la idea de que mi abuelo pueda estar muriéndose.
—¿Como qué?
—Como… —Se quedó pensando unos instantes—. Cuál es tu pizza favorita.
Era una pregunta que no había hecho en el interrogatorio improvisado de la cena de su graduación.
—No como pizza. —Se le borró la sonrisa de un plumazo y puso cara de horror—. Es broma. Hay que mejorar esa ingenuidad, princesa.
—En dos años no te he visto nunca comer una. Podría ser —se defendió.
Volví a sonreír.
—No es mi comida favorita, pero me gusta la de pepperoni. Menos es más.
—Ya veo. —Bridget se quedó mirando mi conjunto de camisa negra, pantalones negros y botas negras. Algunos clientes preferían que sus guardaespaldas se vistieran de etiqueta (traje, corbata, auricular, toda la pesca), pero Bridget quería que yo me mezclara con la gente, de ahí el conjunto informal.
No lo hizo con intención sexual, pero eso no impidió que mi entrepierna se pusiera en guardia mientras bajaba la mirada desde mis hombros hasta mi estómago y muslos. Era vergonzosa la cantidad de erecciones espontáneas que había tenido por estar cerca de ella, teniendo en cuenta que ya era mayorcito, no un saco de hormonas que aún va al instituto.
Pero Bridget era el tipo de mujer que aparece una vez en la vida, y su carácter empeoraba la situación, porque tenía, y mucho. Pero era un buen carácter, al menos cuando no se convertía en obstinación y me sacaba de quicio.
Acepté el puesto creyendo que sería una chica mimada y engreída como las otras princesas a las que había protegido, pero resultó ser lista, amable y con los pies en la tierra, y a través de la fachada de frialdad vislumbraba suficiente brillo como para desear quitarle toda la ropa hasta dejarla desnuda para mí y solo para mí.
La mirada de Bridget se detuvo en la zona debajo de mi cinturón. La polla se me puso todavía más dura, y me agarré a los reposabrazos con toda la fuerza que pude. Eso estaba mal. Joder, estaba preocupada porque su abuelo pudiera estar muriéndose, y yo fantaseando con follarla en todas las posturas posibles dentro del puto avión.
Tengo un problema serio. Lo de menos era el dolor de entrepierna.
—Te recomiendo que dejes de mirarme así, princesa —dije, con la voz letalmente suave—. A menos que estés planeando hacer algo al respecto.
Quizás era lo más inapropiado que le había dicho nunca, y muy lejos de cualquier tipo de profesionalidad, pero en ese momento me tambaleaba al borde de la cordura.
A pesar de lo que había insinuado el día anterior, llevaba sin tocar a una mujer desde que empecé en ese trabajo, y estaba perdiendo la cabeza poco a poco. No era porque no quisiera. Iba a bares, tonteaba con chicas, tenía dónde elegir, pero no sentía nada. Ni chispas, ni deseo, ni lujuria. Me habría preocupado por mi amiguito de ahí abajo si no fuera por mis reacciones viscerales hacia Bridget.
La única persona que me la ponía dura en ese momento era mi clienta.
Tengo la peor suerte del mundo.
Bridget levantó la cabeza, con los ojos como platos.
—No estoy… No estaba…
—Pregúntame otra cosa.
—¿El qué?
—Has dicho que querías saber más sobre mí. Pregúntame otra cosa —dije entre dientes. Lo que sea para apartar de mi mente el deseo de subirte la falda y descubrir lo mojada que estás para mí.
Porque lo estaba. Quitando mi larga y reciente sequía, tenía bastante experiencia con el sexo opuesto como para identificar las señales de la excitación femenina a un kilómetro de distancia.
Pupilas dilatadas, mejillas sonrosadas, respiración agitada.
Sí, sí, y por supuesto que sí.
—Bueno, eh… —Bridget se aclaró la garganta, más nerviosa de lo que jamás la había visto—. Háblame… Háblame de tu familia.
Eso sí que fue un jarro de agua fría para mi libido.
Me puse rígido, y mi deseo se desvaneció mientras intentaba averiguar cómo responder.
Cómo no va a querer hablar justo de lo único sobre lo que odio hablar.
—No hay mucho que contar —dije por fin—. No tengo hermanos. Mi madre murió cuando era pequeño. Nunca conocí a mi padre. Mis abuelos también murieron.
Quizás debería haberme saltado la última parte, teniendo en cuenta la situación con su abuelo, pero Bridget no pareció inmutarse.
—¿Qué pasó?
No necesitaba concretar a qué se refería. A mi querida madre.
—Sobredosis —dije de golpe—. Cocaína. Yo tenía once años, y me la encontré al volver del colegio. Estaba sentada delante de la tele, con su programa favorito en marcha. Tenía un plato de pasta a medias en la mesa. Pensaba que se había quedado dormida, porque a veces le pasaba viendo la tele, pero cuando me acerqué… —Tragué saliva—. Tenía los ojos abiertos. Pero no miraban a nada. Y entonces me di cuenta de que estaba muerta.
Bridget ahogó un grito. Mi historia siempre provocaba lástima cuando se la contaba a la gente. Pero no me gustaba que se compadecieran de mí.
—¿Sabes lo más gracioso? Cogí el plato de pasta y lo fregué, como si se fuera a despertar y a gritarme por no haberlo hecho. Luego fregué todos los demás. Apagué la tele. Recogí la mesa. No fue hasta después de todo eso que llamé a urgencias. —Se me escapó una risa débil mientras Bridget me miraba con una expresión insoportablemente calmada—. Ya estaba muerta, pero en mi mente no lo estaría de verdad hasta que apareciera la ambulancia y lo confirmara oficialmente. Lógica infantil.
No había hablado tanto de mi madre en más de dos décadas.
—Lo siento mucho —dijo Bridget en voz baja—. Perder a tus padres nunca es fácil.
Ella lo sabía mejor que nadie. Había perdido a los dos, y a su madre no llegó a conocerla. Igual que yo, excepto porque en mi caso aún cabía la posibilidad de que mi padre estuviese vivo, mientras que para ella no había opciones.
—No me compadezcas, princesa —dije mientras le daba vueltas a una botella de agua entre las manos, deseando que contuviera algo más fuerte. No bebía alcohol, pero a veces sentía el impulso—. Mi madre era una zorra.
Bridget abrió los ojos de par en par. No mucha gente hablaba de la muerte de su madre y acto seguido la llamaba zorra.
Pero si alguien merecía ese apelativo, era Deidre Larsen.
—Aun así, era mi madre —continué—. El único pariente que me quedaba. No tenía ni idea de quién era mi padre, y aunque lo hubiera sabido, estaba claro que no quería saber nada de mí. Así que sí, me puse triste cuando murió, pero tampoco estaba devastado.
Joder, fue un alivio. Lo que dije era enfermizo y retorcido, pero vivir con mi madre era una pesadilla. Antes de la sobredosis pensé muchas veces en escaparme, pero siempre me retenía un extraño sentido de la lealtad.
Puede que Deidre fuera una drogadicta abusiva y alcohólica, pero también era lo único que me quedaba en el mundo, y yo era lo único que le quedaba a ella. Y quizás eso era suficiente.
Bridget se inclinó hacia mí y me apretó la mano. Me puse tenso mientras una inesperada descarga eléctrica me subía por el brazo, pero me mantuve estoico.
—Tu padre no tiene ni idea de lo que se ha perdido —dijo con voz sincera, y yo sentí un calor en el pecho.
Me quedé mirando el contraste de su mano suave y cálida en la mía, áspera y maltratada.
La elegancia contra la sangre. La inocencia contra la oscuridad.
Dos mundos que no debían mezclarse nunca.
Retiré la mano y me levanté de golpe.
—Tengo que ir a revisar unos documentos —dije.
Era mentira. Había terminado el papeleo la noche anterior para poder hacer el viaje a Eldorra, y me sentía mal por dejar a Bridget sola en ese preciso momento, pero necesitaba alejarme de ella para recomponerme.
—Vale. —Parecía sorprendida por el repentino cambio de humor, pero no tuvo oportunidad de decir nada más antes de que yo me fuera al asiento de atrás para no tener que mirarla a la cara.
Me daba vueltas la cabeza, se me había vuelto a poner dura y mi profesionalidad se había arrojado por la ventanilla.
Me restregué la mano por la cara, maldiciéndome en silencio a mí mismo; a Christian, al antiguo guardaespaldas de Bridget por haber tenido un puto bebé, y a todo lo que había contribuido a que me metiera en el lío en el que estaba en ese momento. Es decir, muerto de deseo por alguien a quien no debía desear, y a quien jamás podría tener.
Había aceptado el trabajo con un objetivo, pero ahora tenía dos.
El primero era proteger a Bridget.
El segundo era resistirme a ella.