Twisted Games
Capítulo 11
Página 16 de 60
11
Bridget
Rhys y yo no volvimos a hablar en el avión, pero consiguió quitarme de la cabeza la situación con mi abuelo lo suficiente como para caer rendida justo después de que se fuera. No había dormido nada la noche anterior, así que me pasé la mayor parte del vuelo inconsciente.
Cuando aterrizamos me volvieron los nervios, y me tuve que contener para no gritarle al chófer que fuera más rápido mientras atravesábamos toda la ciudad de camino al hospital. Cada segundo que pasábamos parados en un semáforo era un segundo más que no estaba con mi abuelo.
¿Y si perdía la oportunidad de verle con vida solo por uno, dos, tres minutos?
Me empecé a marear y tuve que cerrar los ojos y obligarme a respirar profundo para que no me sobrepasara la ansiedad.
Cuando al fin llegamos al hospital, Markus, el jefe de seguridad de mi abuelo y su mano derecha, nos estaba esperando en la entrada secreta que utilizaban para los pacientes vips. Desde el coche vi la horda de reporteros que se agolpaban en la puerta de entrada principal, y la imagen triplicó mi ansiedad.
—Su majestad está bien —dijo Markus nada más verme. Parecía algo más desaliñado que de costumbre, lo que en el mundo de Markus significaba que un pelo se le había movido de su sitio y que tenía una pequeña arruga en la camisa—. Se ha despertado justo antes de que bajara.
—Uf, gracias a Dios. —Suspiré de alivio. Si mi abuelo estaba despierto, era porque ya no estaba tan grave. ¿No?
Subimos en ascensor hasta la suite privada de mi abuelo, donde me encontré a Nikolai caminando por el pasillo con el ceño fruncido.
—Me ha echado —dijo por toda explicación—. Dice que doy muchas vueltas.
Esbocé una sonrisa.
—Típico de él. —Si había algo que Edvard von Ascheberg III odiara, era que le agobiasen.
—Sí. —A Nikolai se le escapó una risa de resignación y alivio al mismo tiempo, antes de darme un abrazo—. Me alegro de verte, Bridget.
No nos veíamos ni hablábamos a menudo. Vivíamos vidas diferentes (Nikolai, en Eldorra, como príncipe heredero, y yo en Estados Unidos, como una princesa que hacía todo lo posible por fingir que no lo era), pero nada unía más a dos personas que la tragedia compartida.
Por otra parte, eso significaba que quizás podríamos haber sido uña y carne después de la muerte de nuestros padres. Pero no había sido así exactamente.
—También me alegro de verte. —Le abracé y me volví hacia su novia—. Hola, Sabrina.
—Hola. —Me dio un abrazo rápido y cariñoso.
Sabrina era una azafata estadounidense que Nikolai había conocido en un vuelo transoceánico. Llevaban dos años saliendo, y cuando su relación salió a la luz generó un gran revuelo mediático. ¿Un príncipe saliendo con una plebeya? Carne de prensa del corazón. Desde entonces el interés había disminuido, en parte porque Nikolai y Sabrina eran muy discretos con su relación, pero seguían siendo la comidilla de la sociedad de Athenberg.
Tal vez por eso yo sentía la presión de salir con alguien «apropiado». No quería volver a decepcionar a mi abuelo. Le había cogido cariño a Sabrina, pero por poco le da un ataque cuando se enteró de su relación.
—Te está esperando dentro. —Nikolai esbozó una media sonrisa—. Pero no te pongas a deambular, o te echará como a mí.
Me reí.
—Lo tendré en cuenta.
—Te espero aquí —dijo Rhys. Normalmente insistía en seguirme a todas partes, pero ahora entendió que necesitaba un momento a solas con mi abuelo.
Le sonreí en agradecimiento antes de entrar en la habitación.
Edvard estaba, como me habían dicho, despierto y recostado en la cama, pero verle con el camisón de hospital y conectado a las máquinas me provocó una avalancha de recuerdos.
—¡Papá, despierta! ¡Por favor, despierta! —Lloré, mientras intentaba zafarme del brazo de Elin para salir corriendo a su lado—. ¡Papá!
Pero por mucho que gritara o llorara, él seguía pálido e inmóvil. La máquina a la que estaba conectado emitía un pitido largo y constante, y todo el mundo en la habitación empezó a gritar y a correr, a excepción de mi abuelo, que se quedó sentado con la cabeza gacha y los hombros temblando. Habían obligado a Nikolai a salir de la habitación, y ahora intentaban que yo saliera también, pero me negué.
No hasta que papá se despertara.
—Papá, por favor. —Había gritado hasta quedarme afónica, y mi última súplica salió en un susurro.
No lo entendía. Estaba bien unas horas antes. Había salido a comprar palomitas y chucherías porque se habían acabado las de la cocina del palacio y dijo que era una tontería mandar a alguien a por algo que podía comprar él mismo. Dijo que cuando volviera veríamos Frozen mientras nos comíamos las palomitas.
Pero nunca volvió.
Había oído hablar a los médicos y enfermeros. Decían algo sobre un coche y un choque repentino. No sabía lo que significaba, pero estaba segura de que nada bueno.
Y supe que papá no iba a volver nunca más.
Sentí el ardor de las lágrimas que amenazaban con asomar, y un nudo en la garganta que ya conocía, pero sonreí e intenté que no se me notara la preocupación.
—Abuelo. —Corrí junto a Edvard. Cuando era pequeña le llamaba abuelo y nunca dejé de hacerlo, aunque ahora solo podía hacerlo a solas porque el protocolo era demasiado «informal» para un rey.
—Bridget. —Estaba pálido y parecía cansado, pero esbozó una sonrisa débil—. No tenías que venir hasta aquí. Estoy bien.
—Me lo creeré cuando me lo diga el médico. —Le apreté la mano en un gesto tranquilizador, tanto para él como para mí.
—Soy el rey —replicó—. Cuando yo digo algo, se hace.
—No por motivos médicos.
Edvard suspiró y gruñó, pero no siguió discutiendo. En cambio, me preguntó por Nueva York, y le puse al día de todo lo que había hecho desde que le vi en Navidad, hasta que se cansó y se quedó frito en mitad de mi anécdota sobre la cita en la que Louis se tiró encima la copa de vino.
Se negó a contarme cómo había acabado en el hospital, pero Nikolai y los médicos me informaron. Al parecer, mi abuelo padecía una afección cardíaca que no le habían diagnosticado nunca, y que solían desarrollar los pacientes sometidos a una ansiedad o estrés extremos. En estos casos, esta dolencia podía provocar un paro cardíaco repentino, e incluso la muerte.
El paro cardíaco casi me da a mí cuando me lo contaron, pero los médicos me aseguraron que el caso de mi abuelo había sido leve. Se había desmayado y había perdido el conocimiento durante un rato, pero no había necesitado cirugía, lo cual era positivo. Sin embargo, la enfermedad no tenía cura y necesitaría un cambio radical de estilo de vida para reducir su nivel de estrés si quería evitar un incidente más grave en el futuro.
Me podía imaginar la respuesta de Edvard. Era adicto al trabajo como el que más.
Los médicos le dejaron ingresado tres días más, para tenerle bajo control. Querían que fuera una semana entera, pero él se negó. Dijo que no era bueno para la imagen pública, y que tenía que volver al trabajo. Y cuando un rey ordena algo, nadie le lleva la contraria.
Cuando volvió a casa, Nikolai y yo hicimos todo lo posible para que delegara algunas responsabilidades en sus consejeros, pero él nos ignoró.
Tres semanas después, seguíamos en un punto muerto, y yo ya no podía más.
—Es un cabezota. —No pude disimular la frustración mientras guiaba a mi caballo hacia la parte trasera de los terrenos de palacio. Edvard, harto de que Nikolai y yo le insistiéramos para que hiciera caso a los consejos del médico, por la tarde prácticamente nos echó del palacio. «Salid a que os dé el sol —dijo—. Y dejadme en paz con mi estrés». A Nikolai y a mí no nos había hecho gracia—. Al menos debería reducir las reuniones nocturnas.
—Ya sabes cómo es el abuelo. —Nikolai se acercó a lomos de su caballo, con el pelo revuelto por el viento—. Es más cabezota que tú.
—¿Me estás llamando cabezota a mí? Tócate las narices —me burlé—. Si no recuerdo mal, tú eres el que se pasó tres días en huelga de hambre porque el abuelo no te dejó saltar en paracaídas con tus amigos.
Nikolai se rio.
—Y funcionó, ¿no? Se rindió antes de que terminara el tercer día. —Mi hermano era la viva imagen de nuestro padre: pelo trigueño, ojos azules, mandíbula cuadrada… A veces le veía tan parecido que me dolía el corazón—. Además, eso no fue nada comparado con tu insistencia para irte a vivir a Estados Unidos. ¿Tan odioso es este país?
Pues vale. Nada como un bonito día de otoño con su ración de culpa.
—Sabes que no fue por eso.
—Bridget, puedo contar con los dedos de una mano las veces que has venido a casa en los últimos cinco años. No veo más explicación.
—Sabes que os echo de menos al abuelo y a ti. Pero es que… Cada vez que vengo… —Intenté encontrar la mejor manera de expresarme—. Me ponen bajo escrutinio. Diseccionan todas y cada una de las cosas que hago, digo o me pongo. Te lo juro, la prensa rosa es capaz de convertir una simple tos en una historia. Pero en Estados Unidos a nadie le importa lo que haga, mientras no cometa ninguna locura. Puedo ser normal. O al menos tan normal como puede ser alguien como yo.
Aquí no puedo respirar, Nik.
—Ya sé que es mucho —dijo Nikolai con expresión conciliadora—. Pero nacimos para esto, y te has criado aquí. Antes no tenías ningún problema con la fama.
Sí que lo tenía. Pero no lo mostraba.
—Era muy joven. —Paramos a los caballos, le acaricié la crin al mío y me reconfortó el tacto familiar de su pelo sedoso—. La gente no era tan despiadada cuando era pequeña, y además eso fue antes de que fuera a la universidad y experimentara lo que es vivir una vida normal. Y está… muy bien.
Nikolai me miró con una expresión extraña. Si no lo supiera, habría jurado que era de culpa, pero eso no tenía sentido. ¿Por qué iba a sentirse culpable?
—Bridget…
—¿Qué? —El corazón se me aceleró. Su tono, su expresión, la tensión de su postura. Fuera lo que fuera lo que tuviera que decirme, sabía que no me iba a gustar.
Miró al suelo.
—Me vas a odiar por esto.
Agarré con fuerza las riendas del caballo.
—Dímelo y ya está.
—Antes, quiero que sepas que no lo he planeado —dijo Nikolai—. Nunca esperé conocer a Sabrina y enamorarme de ella, ni esperaba estar así dos años más tarde.
La confusión se me mezcló con la aprensión. ¿Qué tiene que ver Sabrina con todo esto?
—Te lo querría haber contado antes —añadió—. Pero ingresaron al abuelo y ha sido una locura… —Tragó saliva con dificultad—. Bridget, le he pedido a Sabrina que se case conmigo. Y ha dicho que sí.
De todo lo que esperaba que dijera, esto era lo último. De lejos.
No conocía mucho a Sabrina, pero me caía bien. Era dulce y divertida, y hacía feliz a mi hermano. Eso me parecía suficiente. No entendía por qué le ponía nervioso contármelo.
—Nik, eso es genial. ¡Felicidades! ¿Ya se lo has contado al abuelo?
—Sí. —Nikolai me sostuvo la mirada con un velo de culpabilidad.
Se me borró la sonrisa.
—¿Se ha enfadado? Sé que no le hizo gracia cuando empezasteis a salir, porque… —Me paré en seco. Me recorrió un escalofrío por toda la espalda cuando por fin encajé las piezas del puzle—. No te puedes casar con Sabrina. No tiene sangre noble.
Eso era lo que decía la ley, no yo. La Ley de Matrimonios Reales de Eldorra estipulaba que los monarcas debían estar casados con alguien de cuna noble. Era una ley arcaica pero férrea y, como futuro rey, Nikolai estaba bajo esa jurisdicción.
—No —dijo Nikolai—. No tiene sangre noble.
Me quedé mirándole. Había tanto silencio que podía escuchar cómo caían las hojas al suelo.
—Entonces ¿qué quieres decir?
Un globo de terror se me empezó a hinchar en el estómago, y creció y creció hasta que me arrebató todo el aire de los pulmones.
—Bridget, voy a abdicar.
El globo estalló, dejando trozos de terror repartidos por todo mi cuerpo. Por el corazón, la garganta, los ojos y los dedos de las manos y de los pies. Me quedé tan impactada que no pude pronunciar ni una palabra en un minuto entero.
—No. —Parpadeé, esperando que eso me despertara de la pesadilla. Pero no me despertó—. No vas a abdicar. Vas a ser rey. Llevas toda la vida preparándote. No puedes tirarlo por la borda.
—Bridget…
—No. —Todo a mi alrededor se nubló, los colores de las hojas y el cielo y la hierba se fundieron en un infierno multicolor—. Nik, ¿cómo has podido?
Normalmente, era capaz de razonar para salir de cualquier situación, pero en ese momento había perdido cualquier tipo de razón, y solo sentía pura emoción y náuseas en el estómago.
No puedo ser reina. Nopuedonopuedonopuedo.
—¿Crees que quiero hacerte esto? —Nikolai agravó la expresión—. Ya sé lo que supone. Llevo meses agonizando por esto, intentando encontrar vacíos legales o razones por las que alejarme de Sabrina. Pero ya sabes cómo es el Parlamento. Lo tradicional que es. Nunca derogarían la ley, y yo… —Suspiró, y de pronto parecía que tenía muchos más que veintisiete años—. No puedo romper con ella, Bridget. La amo.
Cerré los ojos. De todas las razones por las que Nikolai podía decidir abdicar, había elegido justo la única por la que no podía culparle.
Yo nunca me había enamorado, pero había soñado con ello toda la vida. Encontrar ese gran amor, el tipo de amor por el que mereciera la pena renunciar a un trono.
Nikolai sí que lo había encontrado. ¿Cómo iba a reprocharle algo por lo que hasta yo misma daría mi alma?
Cuando volví a abrir los ojos, seguía allí, erguido y orgulloso sobre su caballo. Parecía el rey que ya nunca sería.
—¿Cuándo? —pregunté con tono de resignación.
Su expresión se suavizó de alivio. Probablemente esperaba que nos peleáramos, pero el estrés del último mes me había dejado sin fuerzas. De cualquier forma, no serviría de nada. Una vez que mi hermano tomaba una decisión, no había vuelta atrás.
La terquedad estaba en los genes familiares.
—Esperaremos a que se calme el furor por el ingreso del abuelo. Quizás en un mes o dos. Ya sabes cómo son las noticias. Para entonces ya será agua pasada. También mantendremos el compromiso en secreto hasta ese momento. Elin ya está trabajando en el comunicado de prensa y en la estrategia, y…
—Un momento. —Levanté la mano—. ¿Elin ya lo sabe?
Nikolai se ruborizó al darse cuenta de que había metido la pata.
—Tenía que…
—¿Quién más lo sabe? —Pum. Pum. Pum. El corazón me retumbaba a un volumen demasiado alto. Me pregunté si yo también sufriría algún tipo de afección cardíaca, como mi abuelo. También me pregunté qué podría pasar si Nikolai abdicaba y yo me moría ahí mismo, encima del caballo—. ¿A quién más se lo has contado antes que a mí?
Mastiqué las palabras. Cada una tenía un sabor más amargo que la anterior, recubierto de traición.
—Solo a Elin, al abuelo y a Markus. Tenía que contárselo. —Nikolai no me apartó la mirada—. Elin y Markus tienen que hacer frente a esto, tanto política como mediáticamente. Necesitan tiempo.
Se me escapó una carcajada. Nunca había emitido un sonido tan feroz en toda mi vida, y mi hermano se estremeció.
—¿Que ellos necesitan tiempo? ¡Yo necesito tiempo, Nik! —Libertad. Amor. Poder de elección. Eran cosas de las que apenas había podido disfrutar, y que ahora se habían esfumado para siempre. O se esfumarían después de que Nikolai anunciara oficialmente la abdicación—. Necesito las dos décadas y media que tú has tenido de preparación para el trono. Necesito no sentirme como una segundona en una decisión que va a cambiar mi vida entera. Necesito… —Necesito salir de aquí.
O si no, tal vez cometa una locura, como pegarle un puñetazo en la cara a mi hermano.
Nunca le había dado un puñetazo a nadie, pero había visto bastantes películas como para hacerme a la idea.
En lugar de terminar la frase, espoleé al caballo para que iniciara un trote que enseguida se transformó en galope.
Respira. Tú respira.
—¡Bridget, espera!
Ignoré el grito de Nikolai y volví a espolear al caballo para que galopara más rápido hasta que los árboles se convirtieron en un borrón.
Bridget, voy a abdicar.
Sus palabras resonaron en mi cabeza, provocándome.
Nunca, jamás, ni una sola vez me había planteado la posibilidad de que Nikolai no fuera a ser el heredero al trono. Él quería ser rey. Todo el mundo quería que fuese rey. Estaba preparado.
¿Yo? No creía que pudiera estar nunca preparada.
¿Cuándo le propuso matrimonio a Sabrina? ¿Hace cuánto tiempo que lo sabe todo el mundo? ¿Fue su idea de abdicar la razón por la que al abuelo le dio el infarto?
No recordaba haber visto un anillo de compromiso en la mano de Sabrina el día del hospital, pero tenía sentido si lo querían mantener en secreto.
No me habían dicho nada de un asunto que me afectaba más que a nadie además de a Nikolai, y estaba tan consumida por la agitación, que no me di cuenta de la rama baja hacia la que me estaba dirigiendo, hasta que fue demasiado tarde.
El dolor me estalló en la frente. Me caí del caballo y aterricé en el suelo con un golpe seco, y mi último recuerdo fueron las nubes de tormenta que se cernieron sobre mí antes de que la oscuridad me tragara por completo.